TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

viernes, 27 de diciembre de 2019

DOMINGO 29 DE DICIEMBRE DE 2019, JORNADA DE LA SAGRADA FAMILIA



     Dios es familia. Es Trinidad es comunidad. Es Amor que se hace pasión como familia para la salvación del mundo. En pleno corazón de la Navidad la Sagrada familia nos habla de que Dios quiso nacer en una familia y ser acunado en las noches de invierno con la ternura de María y el cuidado de José.
     1.   La profunda humanidad de Jesús que nace y quiere vivir en una familia donde descubre en el amor de María y José, el profundo Amor de su identidad trinitaria. Dios no es un ser solitario que vaga solo por los espacios siderales sin saber dónde ir. Dios es Amor y es desde siempre familia Padre Hijo y Espíritu Santo, y en la plenitud de los tiempos se encarnó en el seno purísimo de la Virgen María.
     2.   En la escena navideña siempre se encuentra a Jesús en los brazos de María cuidado por José en una familia. Es en la Sagrada Familia donde Jesús vive la mayoría de su vida. Aquí aprende de la profunda oración y humildad de la Virgen para vivir aceptando los planes incomprensibles del Dios de lo imposible. De San José aprende la alegría de un trabajador que solo vive para su familia y que saca adelante día a día una familia adelante en un tiempo nada fácil para nadie.
     3.   En la vida de seguimiento de Jesús nunca faltan los problemas y las dificultades de la vida. La huida a Egipto para cuidar al tesoro de su vida que es Jesús, nos advierte que sus vidas... como las nuestras no será un camino de rosas. Aceptar tener que huir, salir de su propio país para poder subsistir, ser emigrante, tener que vivir ocultos por miedo a los poderosos, nos habla de una historia que se repite. Solo vivir una vida de familia, que es el lugar y el espacio donde se nos quiere no por lo que tenemos, sino por lo que somos.

+ Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres



sábado, 21 de diciembre de 2019

DOMINGO 22 DE DICIEMBRE DE 2019, 4º DE ADVIENTO

« JOSÉ HIZO LO QUE LE HABÍA MANDADO EL ÁNGEL »


     María y José en este cuarto domingo de Adviento son  los grandes protagonistas  del que ya está golpeando  a la puerta para venir  y entrar, el Señor Jesús. María, la mujer que creyó que para Dios nada hay imposible, está detrás de la fe de San José al que el Señor le pide lo más difícil y complicado que te puede tocar en esta vida cuando amas. Y el Señor le pide la poda y el despojo total.
     Primero, el amor sin poseer. José tiene que amar con locura y saber que no le pertenece su esposa, María ni el Niño que ha nacido “por obra y gracia del Espíritu Santo”. José no comprende, como nosotros, pero recorre kilómetros amando sólo en fe y esperanza.  No  pide explicaciones especiales, sólo quiere saber dónde situarse en el misterio en el que Dios le envuelve y confía, en medio de no pocas tribulaciones, dudas y dificultades.
     Segundo, el problema de los “Josés” de la historia es cumplir con el papel perfectamente y cuando se cierre el telón saber desaparecer con paz. Es la lógica de las almas grandes, de los gigantes que hacen tanto bien sin notarse. Estar en los momentos claves de la vida y de la historia, como José, y luego de puntillas retirarse en el momento “justo y necesario”.  Esto sólo lo entienden las almas grandes, capaces de vivir en voluntad de Dios. Los que saben que el gran protagonismo de la historia es el Amor de Dios. La profunda humildad del corazón de hacer el bien casi sin notarse.
     Por último, José no se retira al sótano de los quemados intensivos, de los instalados en la queja permanente,  sino que busca, desde su propia realidad, amar hasta el extremo. Desde cualquier situación que vivamos podemos ser Adviento, esperanza y como José,  construir desde nuestra pobreza, desde nuestro cansancio.  Sabiendo que cuando nos ponemos en sus manos con una infinita confianza, el Señor nos transforma y nos crecen las  alas, como a San José, de servicio y de entrega aunque nos toque aparentemente la parte más dura de la vida, la de amar desde el anonimato, la sencillez y el, al mismo tiempo, saber desaparecer.
     José, en este último domingo de Adviento, es una llamada a vivir la fe de María. Abrirse al Misterio. Contemplar al que llega para saciar  nuestro infinito deseo de Amor.
+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres



FELICITACIÓN DIOCESANA


viernes, 20 de diciembre de 2019

(Mt 24, 42)

DICIEMBRE 2019

«Velad porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»
(Mt 24, 42).
    
     En este pasaje del Evangelio de Mateo, Jesús prepara a sus discípulos para su regreso definitivo e inesperado, que los sorprenderá.
     También en aquella época había muchas dificultades, guerras y sufrimientos de todo tipo. Para el pueblo de Israel la esperanza descansaba en la intervención del Señor, que pondría fin a las lágrimas. Así pues, la espera no era motivo de espanto, sino más bien de consuelo, como tiempo de la salvación.
     Aquí Jesús nos indica un gran secreto: vivir bien el momento presente, porque Él mismo volverá cuando estemos trabajando, ocupados en las cosas normales de la vida diaria, en las que muchas veces nos olvidamos de Dios porque estamos demasiado absorbidos por la preocupación del mañana.
«Velad porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»
     Velar: es una invitación a mantener los ojos abiertos, a reconocer los signos de la presencia de Dios en la historia, en la cotidianidad, y ayudar a otros que viven en la oscuridad a encontrar el camino de la vida.
     La incertidumbre sobre el día preciso en que llegará Jesús pone al cristiano en actitud de continua espera; lo alienta a vivir el momento presente con intensidad, amando hoy, no mañana; perdonando ahora, no después; transformando la realidad en este momento, no cuando encuentre tiempo en una agenda llena de compromisos.
     Meditando sobre esta Palabra, Chiara Lubich escribía: «¿Te has dado cuenta de que en general no vives la vida, sino que tiras de ella a la espera de un "después" en el que debería llegar "algo bueno"? La cuestión es que llegará un "después bueno'; pero no será como te lo esperas. Un instinto divino te lleva a esperar a alguien o algo que pueda satisfacerte. Y te imaginas que será un día de fiesta, o el tiempo libre, o un encuentro especial, y cuando estos terminan no quedas satisfecho, al menos no plenamente. Y reanudas el trantrán de una existencia vivida sin convicción, siempre a la espera. Lo cierto es que entre los elementos que componen tu vida hay uno del que no puedes escapar: el encuentro cara a cara con el Señor que se acerca. Esto es "lo bueno" a lo que tiendes inconscientemente, porque estás hecho para la felicidad. Y la plena felicidad solo Él te la puede dar»[1].
«Velad porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»
     Ciertamente el Señor Jesús vendrá al final de la vida de cada uno, pero ya podemos reconocerlo, realmente presente, cuando celebramos y compartimos la Eucaristía, cuando escuchamos y vivimos su Palabra, cuando acogemos a cada hermano y hermana, cuando su voz nos habla en la conciencia.
     También hoy la vida nos presenta muchos desafíos, y nos preguntamos: «¿Cuándo terminará todo este sufrimiento?».
     No podemos esperar pasivamente una intervención del Señor: hay que aprovechar cada momento para apresurar el Reino de Dios y su designio de fraternidad. Cada pequeño gesto de amor y de cortesía, cada sonrisa que damos transforma nuestra existencia en una continua y fecunda espera.
     Paco es capellán en un hospital en España; hay muchos pacientes ancianos, y algunos sufren graves enfermedades degenerativas. Cuenta: «Al llamar a la puerta de un paciente anciano que suele gritar contra la fe, tengo un momento de duda, pero quiero testimoniarle el amor de Dios. Entro con la mejor sonrisa que tengo. Le hablo suavemente, le explico la belleza de los sacramentos. Le pregunto si quiere recibirlos, y me responde: ¡Claro! Se confiesa y recibe la Eucaristía y la unción de los enfermos. Me quedo con él un poco más. Cuando me voy, está sereno, y su hija, allí presente, está asombrada».
Leticia Magri




[1] C. Lubich, Palabra de vida, dic. 1978, en Ed., Parale di Vita (ed. F. Ciardi), Cittá Nuova, Roma 2017, p. 123. Próxima publicación en castellano.


sábado, 14 de diciembre de 2019

DOMINGO 15 DE DICIEMBRE DE 2019, 3º DE ADVIENTO

« ¿ERES TÚ EL QUE HA DE VENIR…? »


     Este tercer domingo de Adviento, se le llama domingo gaudete (alegraos), porque la alegría forma parte de este tiempo de espera... 

    En el camino del adviento, hoy se nos presenta la figura de Juan el Bautista. Fue por delante del Señor preparando sus caminos. Ya desde el nacimiento se llenó de alegría en la presencia de Jesús, uno y otro desde el seno de sus madres respectivas: Isabel y María. Y en la vida pública, Jesús comienza sus primeros pasos de la mano del Bautista junto al Jordán. Juan lo presentó en público con aquellas preciosas palabras: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, indicando de esta manera la misión del que viene a cargar con nuestros pecados y a redimirnos por su sacrificio redentor. O cuando llegan a confundirlo con el Mesías, Juan repite: Yo no soy el Mesías, soy el amigo del esposo que se alegra de que el esposo esté presente. Jesús dice de él: no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista.
     La figura de Juan Bautista ocupa un lugar fundamental en los comienzos de la vida pública de Jesús, y por eso es un personaje central en el tiempo de adviento. No sólo nos señala con el dedo quién es Jesús y nos lo presenta, sino que nos indica con su vida cuáles son las actitudes para salir al encuentro del Señor que viene. [En primer lugar, la humildad y la pobreza… La otra actitud de Juan el Bautista es la penitencia. Se preparó para la llegada del Señor, viviendo austeramente en el desierto...] (+ Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba)



Los lugares y los símbolos del adviento



1.- El desierto, el ámbito donde clama la voz del Señor a la conversión, donde mejor escuchar sus designios, el lugar inhóspito que se convertirá en vergel, que florecerá como la flor del narciso.

2.- El camino, signo por excelencia del adviento, camino que lleva a Belén. Camino a recorrer y camino a preparar al Señor. Que lo torcido se enderece y que lo escabroso se iguale.

3.- La colina, símbolo del orgullo, la prepotencia, la vanidad y la “grandeza” de nuestros cálculos y categorías humanas, que son precisos abajar para la llegada del Señor.

4.- El valle, símbolo de nuestro esfuerzo por elevar la esperanza y mantener siempre la confianza en el Señor. ¡Qué los valles se levanten para que puedan contemplar al Señor!

5.- El renuevo, el vástago, que florecerá de su raíz y sobre el que se posará el Espíritu del Señor.

6.- La pradera, donde habitarán y pacerán el lobo con el cordero, la pantera con el cabrito, el novillo y león, mientras los pastoreará un muchacho pequeño.

7.- El silencio, en el silencio de la noche siempre se manifestó Dios. En el silencio de la noche resonó para siempre la Palabra de Dios hecha carne. En el silencio de las noche y de los días del adviento, nos hablará, de nuevo, la Palabra.

8.- El gozo, sentimiento hondo de alegría, el gozo por el Señor que viene, por el Dios que se acerca. El gozo de salvarnos salvados. El gozo “porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro” son quebrantados como en el día de Madían; el gozo y la alegría “como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín”.

9.- La luz, del pueblo del caminaba en tinieblas, que habitaba en tierras de sombras, y se vio envuelto en la gran luz del alumbramiento del Señor. Esa luz expresada hoy día en los símbolos catequéticos y litúrgicos en la corona de adviento, que cada semana del adviento ve incrementada una luz mientras se aproxima la venida del Señor.

10.- La paz, la paz que es el don de los dones del Señor, la plenitud de las promesas y profecías mesiánicas, el anuncio y certeza de que Quien viene es el Príncipe de la paz, el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. “De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas”. “¡Qué en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente!”

     Todos estos lugares, todos estos símbolos, conducirán, como un peregrinar, al pesebre de Belén, la gran realidad y la gran metáfora del adviento.
(Jesús de las Heras – Director de Ecclesia)

viernes, 6 de diciembre de 2019

DOMINGO 8 DE DICIEMBRE DE 2019, 2º DE ADVIENTO - SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

« HÁGASE EN MÍ SEGÚN TU PALABRA »


    En el contexto del adviento, brilla la fiesta de María Santísima, primera redimida, fruto y primicia de la redención de Cristo. Esperamos un Salvador, nuestro Señor Jesucristo. El viene a librarnos del pecado y a darnos la libertad de los hijos de Dios. Romperá nuestras cadenas, las cadenas del pecado, que nos atan a nuestros vicios y egoísmos. Y viviremos con él la libertad de la gracia, la libertad del amor, que nos hace hijos de Dios y hermanos de todos los hombres.
     En María todo esto se ha cumplido. Por eso, ella va delante de nosotros como madre buena e inspira nuestro caminar. Mirándola a ella, entendemos la vida cristiana y a dónde nos quiere llevar el Señor. María ha sido colmada de gracia en el momento mismo de su concepción, y por eso, librada de todo pecado, incluso del pecado original. Es la Inmaculada Concepción, la Purísima, la Llena de gracia. "Toda hermosa eres María y en ti no hay mancha de pecado original"…
     Por eso, el adviento es tiempo de esperanza, porque el que viene a salvarnos, Jesucristo, ya está en medio de nosotros, se oculta en el seno de María virgen, que nos lo dará en la nochebuena, nos trae la alegría del perdón de Dios y de su misericordia. Pongámonos en actitud de conversión, con deseo de purificar tantas malas hierbas de nuestro corazón, y brotará en nosotros una vida nueva, que llenará nuestro corazón de alegría. El adviento es tiempo de esperanza y de alegría, porque nuestros problemas tienen solución en Dios, en Jesucristo. Y María es prueba de ello.

(+ Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba)

SOBRE EL TIEMPO DE ADVIENTO


     Ha llegado, amadísimos hermanos, aquel tiempo tan importante y solemne, que, como dice el Espíritu Santo, es tiempo favorable, día de la salvación, de la paz y de la reconciliación; el tiempo que tan ardientemente desearon los patriarcas y profetas y que fue objeto de tantos suspiros y anhelos; el tiempo que Simeón vio lleno de alegría, que la Iglesia celebra solemnemente y que también nosotros debemos vivir en todo momento con fervor, alabando y dando gracias al Padre eterno por la misericordia que en este misterio nos ha manifestado. El Padre, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para librarnos de la tiranía y del poder del demonio, invitarnos al cielo e introducirnos en lo más profundo de los misterios de su reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos la honestidad de costumbres, comunicarnos el germen de las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos adoptivos y herederos de la vida eterna.
     La Iglesia celebra cada año el misterio de este amor tan grande hacia nosotros, exhortándonos a tenerlo siempre presente. A la vez nos enseña que la venida de Cristo no sólo aprovechó a los que vivían en el tiempo del Salvador, sino que su eficacia continúa, y aún hoy se nos comunica si queremos recibir, mediante la fe y los sacramentos, la gracia que él nos prometió, y si ordenamos nuestra conducta conforme a sus mandamientos.
     La Iglesia desea vivamente hacernos comprender que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver en cualquier momento, para habitar espiritualmente en nuestra alma con la abundancia de sus gracias, si nosotros, por nuestra parte, quitamos todo obstáculo.
     Por eso, durante este tiempo, la Iglesia, como madre amantísima y celosísima de nuestra salvación, nos enseña, a través de himnos, cánticos y otras palabras del Espíritu Santo y de diversos ritos, a recibir convenientemente y con un corazón agradecido este beneficio tan grande, a enriquecernos con su fruto y a preparar nuestra alma para la venida de nuestro Señor Jesucristo con tanta solicitud como si hubiera él de venir nuevamente al mundo. No de otra manera nos lo enseñaron con sus palabras y ejemplos los patriarcas del antiguo Testamento para que en ello los imitáramos.
DE LAS CARTAS PASTORALES DE SAN CARLOS BORROMEO

domingo, 1 de diciembre de 2019

DOMINGO 1 DE DICIEMBRE DE 2019, 1º DE ADVIENTO

«ESTAD EN VELA, PORQUE NO SABÉIS QUÉ DÍA VENDRÁ VUESTRO SEÑOR»


     Las palabras que envuelven la Palabra de Dios de este primer domingo de adviento son la espera y la vigilancia. Una espera que nos asoma al acontecimiento que –lo sepamos o no- aguardamos que suceda, y una vigilancia que nos despierta para no estar dormidos cuando le veamos pasar. ¿Cómo estaba la gente que, por primera vez, se encontró con eso que nosotros hoy llamamos adviento?… necesitaban abrazar una novedad que les arrebatase de sus encerronas sin salida, de sus dramas insolubles, de sus trampas disfrazadas, de sus odios y tristezas, de sus errores y horrores...
     Alguien que de verdad fuese la respuesta adecuada a sus búsquedas y anhelos. Era el primer adviento, la sala de espera de Alguien que realmente mereciera la pena y les ofreciese la posibilidad de ser felices.
... “Vigilad”, dice Jesús en el evangelio de este domingo, porque el que ha venido hace veinte siglos y ha prometido volver al final de los tiempos, llega incesantemente al corazón y a la vida de quien no se cierra. Vigilad, es decir, entrad en la sala de espera del adviento, poned vuestras preguntas al sol, porque va a venir Aquel que únicamente las ha tomado en serio y Aquel que únicamente las puede responder: Jesucristo, redentor del hombre.
     Vigilad, estad despiertos, la espera que os embarga no es una quimera pasada y cansada sino la verdadera razón que cada mañana pone en pie nuestra vida para reconocer a Aquel que cada instante no deja de pasar. (+ Fray Jesús Sanz Montes. Arzobispo de Oviedo)