IGLESIA PERSEGUIDA

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sábado, 14 de septiembre de 2019

DOMINGO 15 DE SEPTIEMBRE DE 2019, 24º DEL TIEMPO ORDINARIO

«ÉSE ACOGE A LOS PECADORES Y COME CON ELLOS.»


     Lucas es el evangelista de la misericordia y este texto lo rezuma por todas partes. No deja de ser llamativo y original qué si leemos las tres parábolas de la misericordia que se encuentran en el capítulo 15 se destacan tres realidades evangélicas.
     Primero, la alegría de haber encontrado lo que estaba perdido. Se pierde una moneda, una oveja, y un hijo, y todas las llamadas es a la inmensa alegría por haber hallado lo que estaba perdido. Es saber que somos la alegría en el Corazón de Cristo, cuando nos dejamos encontrar por El, por muy perdido que nos encontremos.
     Segundo, porque insiste Lucas tanto en el UNO. Se pierde un hijo, una oveja, y una moneda. Se podrían haber perdido tres hijos, diez ovejas, y treinta monedas…porque se fija en que lo que se pierde es un hijo, una oveja, una moneda…y hay tanta alegría en el corazón de Dios, que parece que va a estallar.
     Es la lógica del UNO, y que es esencialmente lo que hace distinto y original al cristianismo. Nuestro Dios ha perdido la cabeza por cada uno de nosotros. Dios no sabe amar en abstracto, porque sería un amor no creíble. Dios increíblemente nos ama a cada uno. De uno en uno. Y ha perdido la cabeza por ti y por mí, porque solo sabe amar concretamente a cada persona que de un modo admirable ha creado, y más admirablemente ha redimido.
     Por último, nuestra vida es cantar las misericordias del Señor. Su amor es loco y lleva al perdón, que es la mayor expresión de su amor misericordioso. La alegría de nuestra vida, es saber que siempre que volvemos a la casa de su Corazón, la alegría inunda todos los poros de nuestro corazón.
Vivimos la alegría de quien ha conocido el amor, y tiene un Padre que siempre cuida de nosotros, y nos entrega a su Hijo, que nos guía con la luz de su Corazón misericordioso, a lo más profundo de una vida de caridad, y de servicio a los más pobres.

+ Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres


La cruz es la gloria y exaltación de Cristo
     Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz y, junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original. Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos. Por esto, la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo.
      La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Y también: Padre, glorifícame con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz. También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo.
San Andrés de Creta, Sermón 10

sábado, 31 de agosto de 2019

DOMINGO 1º DE SEPTIEMBRE DE 2019, 22º DEL TIEMPO ORDINARIO

«EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO, Y EL QUE SE HUMILLA SERÁ ENALTECIDO»


     Este evangelio con la cita que Jesús siempre buscó, el último puesto, el último lugar, a Él nadie se lo podrá arrebatar. Cambió la vida de Carlos de Foucauld.
     Solo creo en la santidad de los humildes. Es el corazón humilde el que se abre totalmente para dejar pasar la misericordia del Señor. Lucas el evangelista de los pobres y humildes, destaca las tres claves de la profunda espiritualidad del Evangelio.
     Primero, el corazón manso y humilde de Jesús es nuestro modelo. Es la predilección del Señor por los últimos, lo que le lleva a elegir el último puesto para poder acompañarlos y estar a su lado. El Señor siempre se dejó robar el corazón y conmover por los últimos, por los que no cuentan, ni para nada, ni para nadie.
     Segundo, los que se enaltecen no viven en la verdad. Quien dice que no ha pecado repite San Pablo que es un mentiroso. El que se cree superior a todos y siempre humilla a los de su alrededor no puede amar; como mucho se ama a sí mismo. La clave de la santidad es el cimiento de la humildad. Los humildes no son acomplejados, ni tienen un tono vital bajo; pero como María cantan una y otra vez la grandeza del Señor que ha mirado la humillación de su esclava, y que derriba del trono a los poderosos, a los que buscan los puestos de honor en todas las realidades de la vida.
     Por último, el humilde ha bajado a los sótanos para ser transparente delante de quien ha recibido tanto. Ante nuestra historia mal hecha por nuestro pecado, Dios ha hecho y escrito la historia más bella de amor por su parte. Somos preciosos para Dios. Nuestra vida es preciosa para su Corazón. Él siempre está cerca y le conmueve el pobre y el abatido. Alza de la basura al pobre, y el que es humilde de verdad, lleva su nombre tatuado en el corazón de Dios.



+ Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres

viernes, 23 de agosto de 2019

DOMINGO 25 DE AGOSTO DE 2019, 21º DEL TIEMPO ORDINARIO

«"SEÑOR, ¿SERÁN POCOS LOS QUE SE SALVEN?" »


     El tema de la salvación es siempre tratado por Jesús desde la convicción de vivir con esperanza, y el realismo de esforzarnos por entrar por la puerta estrecha.
     Muchas veces me he preguntado cual podría ser esa puerta estrecha de la que habla el Señor, y no encuentro más respuesta que su corazón misericordioso. Una puerta que siempre está abierta desde el primer viernes de la historia, y que solo pueden transitar y entrar, los que cimientan su vida sobre la humildad del corazón. No se cimienta la santidad más que en el corazón manso y humilde que se agacha a los pies de los pecadores, y entrega su vida desde su pobreza y su nada, que son las alas que hacen crecer el amor.
     La anchura es la mundanidad de quien no se toma en serio el evangelio, y como dice el papa Francisco, no es coherente con la fe. Como decía San Francisco de Asís, no podemos contemplar al Señor y querer vivir otra vida distinta a la que Él nos propone. No se trata de rigorismo que matan, porque estrechan el corazón hasta dejarlo sin vida. Se trata de vivir lo que dice el salmo, el Señor en el aprieto, en la estrechez, nos distes anchura grandeza y humildad de corazón.
     Existe un camino que lleva a la perdición, al llanto y rechinar de dientes, y que nos pierde, y que es elegir el camino donde el centro soy yo, y todo lo demás queremos que gire en torno a nosotros.
     La clave siempre es la fidelidad y el saber que el Señor nos reconoce cuando nos identificamos con los sentimientos y proyectos de su Corazón. Esos proyectos de amor es elegir el camino del olvido de sí que es una senda estrecha y que sin embargo conduce a la plenitud del amor a la salvación. Cuando se elige el camino aparentemente ancho de la perdición el Señor no reconoce que ese corazón viva con sus sentimientos. Puede decir, Señor, Señor, pero son palabras huecas, palabras sin corazón.
     Al final el evangelio de Lucas nos da la clave de que muchos primeros, serán últimos, y muchos últimos, serán primeros. Elegir el último puesto que es el que ha elegido Jesús y a El nadie se lo puede arrebatar; es la senda estrecha de un amor que solo puede amar desde la profunda humildad del olvido de sí. Esta es la puerta estrecha que conduce a la vida nueva con un corazón nuevo. La puerta ancha de la perdición se busca uno a si mismo e instalado en su soberbia no puede amar porque los soberbios no aman, se aman e instrumentalizan a los otros, pues para amar habría que amar eligiendo el último puesto, el olvido de si, la puerta estrecha de su corazón siempre abierto.


+ Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres