TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

miércoles, 20 de enero de 2016

Una luz tiene el Sagrario que alumbra la soledad...


…Y ADORANDO QUEDÓ POSTRADO.
DE LA LEYENDA EUCARÍSTICA DEL PANGE LINGUA

 

EL OFICIO DE ADORAR
       Adorar equivale a orar postrado. Y es tributo de fe, que, quien la tiene, se la reserva sólo a Dios. El Oficio de adorar inaugura sus prácticas en la Nochebuena de Belén. San Pablo se lo escribió así a los Hebreos (1,6) «Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en la redondez de la tierra, dice: Y "le adoren todos los Ángeles de Dios".»
     Esto de «otra vez» quiere decir, que han de adorarle ahora como Verbo Humanado en el Tiempo los mismos Ángeles, que le venían adorando en su divina Eternidad, como Verbo del Padre.
     Con lo que bien se echa de ver que las adoraciones a Cristo Dios se inauguran en la misma Cuna de Belén de Judá. Y que son los Ángeles de Dios los primeros en rendírselas en aquella feliz Noche, en la que comenzó a «habitar entre nosotros». (Ev. de San Juan, 1,14.)
     Este Oficio de adorar lo aprendieron los hombres de los Ángeles. Porque es Oficio, que viene de arriba; y salta desde punto y hora en que el Altísimo hizo la Luz, a cuyos vivos fulgores pudo ser vista la Omnipotencia del Creador, ante el que se postró la Creación entera, y le adoró y le aclamó…
     Todavía David, en el curso de los siglos, ponía en las cuerdas de su arpa real éste anhelo de urgente efusión amorosa y le decía al Señor: «Toda la tierra te adore y te cante…» (Salmo 65,4)
     Pero este Oficio de adorar ha de ser espontaneo en su modo e inteligente en su causa. De estos dos modos de adorar son ejemplo permanente los Pastores de Belén y los Magos de Arabia. Les bastó a los primeros el aviso del Ángel para caer postrados ante el Niño-Dios a impulsos de su curiosidad enardecida. Les sacó a los segundos de su país el cálculo racional, que les brindaba una estrella nueva en el firmamento azul. Son estos los dos modos de ejercer el Oficio de adorar: a plena luz de fe despierta, o en tributo justo de razón iluminada.
     Mejor le va al Oficio que se le junten los dos modos en uno. Porque «los verdaderos adoradores adoran... en espíritu y en verdad...» (Ev. de. San- Juan, IV,23.)
     Oficio dice «dedicación, atención, consagración a un fin». No es acto; es hábito, que hace a quien le tiene digno de la distinción que le procura. El Oficio de adorar madura la condición cristiana del creyente que la ejerce; la ennoblece y la vivifica.
     Si el Oficio de adorar supone sacrificio personal, tanto más vale cuanto más cuesta.
     El «fiectamus genua» (arrodillaos), al que el diácono de la Iglesia invita a los fieles en el rito penitencial, seguido al minuto por el «levate» (levantaos) de la misma voz, es un ensayo piadoso ante la Cruz del Altar, de la postración rendida a que se obliga de pura voluntad, y mediante juramento de Bandera, el Adorador nocturno de Jesús Sacramentado, dobladas sus rodillas delante del Tabernáculo abierto una noche y otras tantas más, ejerciendo su Oficio transcendente, hasta que de los divinos labios invisibles de la Hostia blanca salga el dulcísimo «levate», que le lleve a seguir adorando a su Dios con los Ángeles del Cielo... El Oficio no se le quita; se le cambia... Pero, ¡qué cambio, Santo Dios...! 

CRUZ DE LA CRUZ,  Adorador Nocturno Español  (Madrid 1961)



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