TIEMPOS LITURGICOS

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jueves, 14 de enero de 2016

2ª CATEQUESIS SOBRE EL AÑO JUBILAR DE LA MISERICORDIA



MISERICORDIA ES DAR LA VIDA

     “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13). Así lo hizo Je­sús muriendo por nosotros, así descubrimos su mayor misericordia.
     Quien se sabe amado y quiere corresponder a quien ama, le entrega su vida. “Obras son amores y no buenas razones”, dice el refrán. ¿Hasta dónde? ¿Cómo? La medida del amor es amar sin medida. La amistad es gratuidad, amor que no pide nada a cambio, amor total.
     El amor infinito de Dios cuando entra en el mundo deja su rastro que es una entrega sin límite. “Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz” (Misericordiae Vultus 7). “Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturale­za es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros” (id. 8). Así se ex­plica que el amor excesivo de Dios provoca en los que le aman el darse sin cálculos, sin previsiones, sin buscar la paga. Este es el amor cristiano. Solamente así se comprende la comunicación cristiana de bienes - como vemos en Cáritas y en tantas asociaciones que favorecen a los pobres-, en ejemplos particulares que resultan ser normales entre nosotros. Más aún, esta es la única explicación de los millares y millares de hombres y mujeres que se consagran a Dios dejando sus posesiones, sus familias y proyectos y se ponen al servicio de los más pobres del mundo; pero también explica la fidelidad de los matrimonios, los que sufren persecución, etc.
     Sucede que el cristiano comprende que la entrega del Hijo de Dios por amor es el único culto razonable posible. Jesús ha inaugurado una nueva relación con Dios que deja atrás los sacrificios animales, porque lo que Dios quiere y consigue es la religión del amor, una entrega de corazón y por amor que es culto auténtico, el único valioso ante Dios.
     Toda la vida es sagrada. Ha sido santificada porque ha sido sacrificada pues el amor del Señor lo hace todo sagrado (etimológicamente es “sacrum-fácere”), en cuanto que se ha ofrecido en sacrificio. Así también nuestra vida ofrecida en oblación es perfecta donación, es servicio y la mayor misericordia, de inmenso valor para Dios y útil para el prójimo. Así lo demostró el diácono San Esteban, el primer mártir que nos recuerda, in­mediatamente después de celebrar el Nacimiento de Jesús, que la vida sin Él no tiene sentido y que se puede perder todo en esta vida menos su vida, pues es vivir para siem­pre, es gloria eterna para el hombre.
     Los mártires son siempre el ejemplo del amor mayor, testigos inacabables de la miseri­cordia infinita de Dios en el mundo. También los niños mártires inocentes masacrados por la primera de las persecuciones contra Jesús nos recuerdan la permanente batalla entre Dios y el maligno, la luz y las tinieblas; que “vino a los suyos y los suyos no le reci­bieron”. Pero la palma del martirio que abre paso a Jesús a su entrada en Jerusalén entre Hosannas es el símbolo de la victoria de la resurrección y del triunfo de cuantos son fie­les a Cristo a lo largo de la historia, nuestros mejores hermanos, los auténticos testigos, los amantes más desprendidos, los más misericordiosos.
     “Este es el día del Señor, es el tiempo de la misericordia” (Sal 123). Este tiempo es hoy, pues cada día actúa Dios y hoy debemos entregarle la vida. No nos faltan oportunidades para ser sus testigos y mostrar a todos su amor, su infinita misericordia. Dejémonos, pues, empapar por el agua y la sangre vivificante que brota del Corazón de nuestro Re­dentor, Jesucristo, el Rey de la Gloria en el sacramento del Bautismo y de la Eucaristía. Sí, las compuertas han sido abiertas para todos los hombres, para cada hombre y para el conjunto de la creación. Recuerda que hicimos profesión de fe renunciando al pecado y a las obras del maligno para ser testigos de la verdad y el amor que no pasa, procla­mando que vale la pena amar hasta entregar la vida. Somos testigos de la Verdad, que es Amor Infinito. Nuestro tesoro es la misericordia y estamos a su servicio.Si no tengo amor no soy nada” (cf1Cor 13).
+ Mons. D. Rafael Zornoza Boy 



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