TIEMPOS LITURGICOS

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sábado, 12 de marzo de 2016

4ª CATEQUESIS SOBRE EL AÑO JUBILAR DE LA MISERICORDIA


MISERICORDIA QUE NOS PERDONA

     Hace más de medio siglo Pío XII dijo que el drama de nuestra época era haber extra­viado el sentido del pecado, la conciencia del pecado. A esto se suma - dice el Papa Francisco - el drama de considerar nuestro mal, nuestro pecado, como incurable, como algo que no puede ser curado y perdonado. Hemos perdido el sentido de pecado, pero también la fe en encontrar una luz, un apoyo que nos permita salir de la desesperación, de nuestro error, de las jaulas que a veces construimos, y, sobre todo, de la peor prisión que es nuestra propia culpa. “Es una humanidad herida, una humanidad que arrastra he­ridas profundas. No se sabe cómo curarlas o cree que no es posible curarlas…. También el relativismo hiere mucho a las personas: todo parece igual, todo parece lo mismo. Esta humanidad necesita misericordia(Papa Francisco). Nuestra sociedad, que definimos hoy como líquida, parece haber perdido la fe en la existencia de alguien que nos puede levantar cuando caemos. Es lógico: reconocer el mal es algo evidente, pero reconocer el pecado exige la fe, la relación con Dios.
     Nos falta la experiencia concreta de la misericordia porque esto supone tener conciencia de la propia miseria para que el corazón de Dios la asuma, la tome en Él para transfigu­rarla y entregárnosla de nuevo. Pero la fragilidad de los tiempos en que vivimos es doble: no creemos que somos pecadores y además creemos que no existe posibilidad alguna de rescate. No creemos en el pecado ni en la redención. ¿Para qué necesito a alguien que me perdone, que me levante, un amor infinito que me vuelva a poner en el camino, si no me veo caído, frustrado, condenado? Nuestra cultura autosuficiente y atea así nos lo inculca, sin embargo nuestra frustración es cada vez mayor, pues nos vemos derro­tados, ahogados en nuestras culpas, y, además, imposibilitados para pedir la salvación. No vemos nuestra culpa y culpabilizamos a los demás de todo.
     Amar a Cristo me revela amorosamente que soy pecador y que me ofrece una vida nue­va, el perdón, la misericordia, la reconciliación, la regeneración. Esto es muy esclarece­dor pues la misericordia que necesitamos exige la humildad, reconocer la verdad. Los hombres, incluso algunos cristianos, muy a menudo han perdido el sentido del misterio de iniquidad, y del mayor misterio que es el amor de Dios que viene a buscarnos. Si no entendemos la locura que hay en el amor de Dios que se ha hecho hombre hasta el punto de morir en la cruz, corremos el riesgo de no reconocer nuestros pecados.
     Es muy difícil para muchos experimentar lo profundo de la misericordia si se ha ol­vidado a Dios. Quien se hace insensible al pecado caerá en narcisismo o en fariseísmo. Ahora bien, quien en su extravío reconoce en Jesús al pastor que busca la oveja perdida (cf. Lc 15) o a Dios como aquel padre de la parábola que recobra al hijo perdido y se alegra, está salvado. Pero hay que aceptar que somos pecadores, y cuando experimen­tamos que Dios nos perdona y acoge vivimos felices y agradecidos.
     Nuestro Dios es Rico en Misericordia, de un amor desbordante, y nos ha regalado un tesoro inaudito e inimaginable, el mayor de todos los regalos: un amor de comunión por el que compartimos su vida, la Vida Eterna, su ser Infinito que nos saciará para siempre. ¿Cómo lo ha conseguido? Sencillamente: con su perdón, muriendo por nosotros en la cruz. A todo hombre alejado inicialmente de Él por el pecado que llamamos “original” le incorpora por el Bautismo, le hace hijo de Dios en Cristo, su Primogénito. Jesús mismo inicia su predicación invitando a la conversión. Para regalar esta amistad eminente Cristo manda a los apóstoles a predicar la conversión y, con el Bautismo, otorgar el perdón. El Papa Francisco dice por esto que “el primer deber de la Iglesia es proclamar la miseri­cordia de Dios, llamar a la conversión y conducir a todos los hombres a la salvación del Señor” (cf. Jn 12,44-50). La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, don­de todo el mundo se sienta [acogido, amado], perdonado y alentado a vivir según la vida buena del evangelio” (Evangelii Gaudium, 114).
     Debemos anunciar a todos sin excepción el perdón de Dios, que es el núcleo del primer anuncio de la fe. Pero también nosotros cristianos, que dilapidamos por el pecado esta vida divina, una y otra vez debemos recurrir al sacramento de la reconciliación y volver a la gracia de los bautizados. Con mayor razón se puede esperar de nosotros un esfuerzo agradecido para buscar la santidad, una vida acorde con el evangelio y con la renuncia que hicimos al pecado, a Satanás, a sus obras y mentalidad.
     Hemos de comprender también que la “cristificación” de nuestras personas, supone una “amistad creciente” que implica la vida y el corazón y así nos conduce a la santidad. No es cualquier cosa. Hay que empapar progresivamente nuestra alma con los sentimientos de Cristo, con la bondad de Dios. Os recomiendo, por tanto, acoger la misericordia de Dios experimentada en coloquios frecuentes, hablando con Él, escuchándole; y descu­brir dentro de uno mismo y reconocer que Jesús es Infinitamente Bueno, lo que hace brotar el agradecimiento y la acción de gracias.
     Sepamos que este esfuerzo de reconciliación es permanente. Junto a nuestros grandes deseos de bien, nos encontramos también con nuestro gran desorden, nuestras infide­lidades y, en definitiva, con nuestro “yo” recalcitrante que se erige constantemente por encima de los planes de Dios. Vemos que queremos al Dios- amigo, pero nos puede el enemigo que cada uno llevamos dentro, ese “yo” que se pone en su lugar. Por tanto el ser perdonado va más allá de recibir mecánicamente un sacramento. Es crucial para acoger el amor reconocerse pecador y bajar al fondo más profundo de nuestros sentimientos para pedir perdón con frecuencia. Entonces podemos reconocer fácil­mente su misericordia en la gran paciencia que tiene con nosotros, infieles y mediocres. Desde este momento, cuando nos alejamos de lo que Dios sueña para cada uno mismo, sentimos vergüenza y confusión. Pero es un “dolor” sano, el dolor de quien conoce su enfermedad pero también la medicina y al médico sanador.
     ¿Queremos el júbilo del Jubileo? Pues pidamos perdón de nuestros pecados reci­biendo el Sacramento de la Penitencia, acogiendo la Misericordia de Dios. No hay duda: “Jesús busca incansablemente al pecador a quien carga sobre sus hombros, per­dona y purifica. Nosotros somos ese pecador y Él viene a nuestro auxilio. Este es el paso personal indispensable para la acogida del Jubileo. Resulta evidente que el Jubileo nos ofrece una gracia especial que debemos acoger, pero su fruto tiende a un profundo cam­bio del corazón. El sacramento de la reconciliación, depreciado e infravalorado hoy para muchos, recobra en el Jubileo un imperioso protagonismo y requiere nuestra acogida y motivación. …Tenemos la oportunidad de frecuentar el sacramento de la reconciliación aceptando personalmente la redención de Cristo. …/…Dios ayuda nuestra debilidad con su gracia y pretende no solo el perdón momentáneo de nuestros pecados sino orientar­nos a una colaboración duradera con el Señor, a una amistad creciente que nos purifique y vaya haciendo crecer la imagen de Cristo en nosotros… La misericordia propia de Dios brotará entonces espontáneamente de nosotros, en comunión con los sentimientos de Cristo. Entremos en el Corazón mismo de Jesucristo para acoger con gozo este don que la Iglesia propone para ser Misericordiosos como el Padre, allí donde se une nuestra vocación y nuestra misión(cf. Mons. Zornoza, Carta Pastoral Muéstranos, Señor, tu misericordia: Acoger personalmente el perdón). La cuaresma que empieza es esto: un combate de amor que nos llena de la misericordia de Dios si acogemos la gracia del perdón.
+ Mons. D. Rafael Zornoza Boy – Obispo de Cádiz y Ceuta

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