SIERVO CUMPLIDOR Y
FIEL, ENTRA AL BANQUETE DE TU SEÑOR
■ “Dichoso el que siga los caminos del Señor” (Sal 127,1). “Dichoso el
hombre que teme al Señor” (Sal 127,4).
En la liturgia de este
XXXIII domingo “per annum”, que nos prepara al Adviento ya cercano, la
Iglesia nos llama a un vigilante y dinámico uso de los talentos que el Señor ha confiado a cada uno de nosotros, y a ser generosos en la correspondencia a las gracias y a los
dones que Él nos destina. Por esto, no son dignos del Señor la comunidad o el
individuo que por miedo de comprometerse, se cierran en sí mismos y se
desentienden de las realidades de este mundo. Precisamente en el Evangelio
tenemos la actitud típica del que no hace fructificar los dones recibidos:
"Señor sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges
donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra" (Mt
25,24-25). ¿Se puede
decir de él que es dichoso porque ha tenido miedo del Señor” ¡Ciertamente no!
Lo dan a entender las mismas palabras de Cristo. Efectivamente, el Señor de la
parábola reprueba el comportamiento de ese siervo. Es un siervo negligente y
holgazán, que no ha utilizado en absoluto su dinero, no lo ha explotado, sino
que sin más lo ha desperdiciado. Y he aquí lo que dice el Señor: "Quitadle
el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le
sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene" (Mt
25,28-29).
■ Esta parábola de los
talentos nos enseña a distinguir el verdadero temor de Dios del falso. El verdadero temor de Dios no es miedo, sino más bien don del
Espíritu, por el cual se teme ofenderle, entristecerle y no hacer lo suficiente
para hacer su voluntad; mientras que el falso temor de Dios se funda en la
desconfianza en Él y sobre el mezquino cálculo humano. Tiene
verdadero temor de Dios el que sigue los caminos del Señor (Sal 127,1), tal como se manifestó en el comportamiento del primero y del
segundo siervo, alabados ambos por el Señor con las palabras: "Muy bien.
Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un
cargo importante (Mt 25,21-23).
Pero, ¿cuál
es el significado de estos talentos evangélicos? Como es sabido, tiene un sentido analógico y, por esto, pueden
prestarse a varias explicaciones. La parábola responde ante todo a las
instancias del Reino: se engañan los que creen cumplir su obligación con
relación a Dios, dándole lo que juzgan lo "suyo", como dice el siervo
holgazán aquí tienes lo tuyo (Mt 25,25), es decir, sin pensar que se trata de una relación existencial en
la que el hombre debe corresponder con la entrega total de sí mismo, sin
soluciones de comodidad o de miedo. Efectivamente, la parábola, insertada como
está en el contexto de la parusía, hace pensar en la plenitud del Reino, como premio
de una vigilancia que es espera operante y valiente en vista de la cual no nos podemos contentar con conservar el
tesoro, mucho menos cuando dejar infructuoso los dones de los diversos talentos
es culpa que merece llanto y rechinar de dientes (Mt
25,30). Todo esto
comporta para cada uno de los cristianos el compromiso de corresponder a la
gracia divina en orden a la perseverancia final, y exige también la voluntad de construir un nuevo mundo.
■ En el pasaje del libro de los Proverbios y
el Salmo responsorial, son muy instructivos. En ellos se describe a la mujer
ideal, en el seno de la familia, y se exalta sus méritos y la alegría con que
ella sabe colmar su hogar. Sus cualidades principales son: la laboriosidad, el
interés por los pobres, la prudencia, la bondad y la donación total al marido y
a los hijos. De este modo ella, empleando sabiamente su talento, realiza con
plenitud su vocación de mujer en el ámbito de su familia y en el más amplio de
la Iglesia y de la sociedad. En cualquier parte, gracias
a la mujer que hace fructificar su talento de fe y de caridad operante, la familia, de la que ella es sabia custodia e inspiradora, y “en las
distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor
sabiduría y armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de
la vida social, constituye el fundamento de la sociedad” (Gaudium et Spes, 52).
■ Por esto, de la liturgia
de hoy nace una doble llamada a permanecer en Cristo, como hemos escuchado en el canto del aleluya: “Sé fiel hasta la
muerte, dice el Señor, y te daré la corona de la vida eterna”, y a
vigilar según las
palabras de San Pablo a los Tesalonicenses. También aquí retorna el tema
general del empleo generoso de los talentos, dados por Dios. El cristiano no es
aquél que pierde el tiempo discutiendo sobre el día y la hora de la venida del
Señor, sino más bien aquél que, instruido por la palabra de Jesús, vive en
comunión con Él, vigilando constantemente. Esta espera, para ser auténtica,
debe ser operante. Pablo insiste a los Tesalonicenses para que sean activos en
el bien: el bien concreto, el de cada día. Se salvarán los que son vigilantes y
sobrios, no los que duermen. Una certeza guía la vida del cristiano y determina
su conducta: ¡el Señor vendrá! y no
hay que considerar su venida solamente en términos escatológicos, es decir, la
que tendrá lugar al fin del mundo, sino también la que se realiza en nuestro
tiempo y en nuestras vicisitudes cotidianas. De aquí nace también nuestra
responsabilidad ante el mundo por su paz y su seguridad (cfr. 1
Ts 5,3); pero no por
“esa paz que reina entre los hombres, infiel, inestable, mudable e incierta...,
sino por la paz que proviene de Jerusalén”, como explica San Agustín (Enarr.
in Ps., 127,16), esto
es, por la paz que garantiza el Señor. Continúa el santo obispo de Hipona:
“Ésta es la paz que os predicamos, la que nosotros mismos amamos y deseamos que
améis. Es una paz que conseguirán los que en la tierra han sido pacíficos. Para
estar allí en la paz, es necesario ser pacíficos aquí. Estos pacíficos se
sientan alrededor de la mesa del Señor” (ib.,16).
Que las
palabras del Señor: “Muy
bien. Eres un empleado fiel y cumplidor..., pasa al banquete de tu Señor” (Mt
25,21 y 23), se
cumplan y se realicen también en cada uno de vosotros. Confío estos deseos a María Santísima de la Salud. Ella os
ayudará a descubrir y a poner en juego todos vuestros talentos.
San Juan Pablo II,
papa
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