Adoración Nocturna de Cádiz
Espiritualidad Católica como fuente testimonial. Tras el reconocimiento de nuestro carisma cristiano, buscamos ser consecuentes y por lo tanto expandir el Evangelio de Cristo en nuestra sociedad.
TIEMPOS LITURGICOS
martes, 7 de abril de 2026
miércoles, 1 de abril de 2026
EL TRIDUO PASCUAL Y SU
SIGNIFICACIÓN
La pascua de los primitivos
cristianos, entremezclada con la
experiencia de la comunidad apostólica, giraba en torno a una sola
celebración. El criterio místico de la
concentración dominaba sobre el cronológico de los tres días, que se impuso más
adelante. La pascua era la gran celebración de la noche. Su celebración
concentraba la unidad de la
historia de salvación desde la creación a la parusía.
Pronto esta
vigilia pascual fue precedida de uno o más
días de ayuno, los cuales se transformaron
progresivamente en el triduo del viernes, sábado y domingo, dedicados, respectivamente, a la muerte,
sepultura y resurrección del Señor.
El triduo pascual, vislumbrado ya en
Orígenes, nos lo descubre no como una indicación cronológica, sino de sentido
teológico y litúrgico. Comentando Os 6,2, dice: Prima die nobis passio
Salvatoris est et secunda, qua descendit in infernum, tertia autem
resurrectionis est dies, (El primer y
el segundo día son para nosotros el sufrimiento del Salvador, que bajó a los
infiernos, y el tercero es el día de la resurrección).
Llegados al s. IV,
encontramos una formulación teológica litúrgica bien precisa del triduo sacro. En san Ambrosio podemos leer: "Triduo en el que ha sufrido, ha reposado y ha resucitado el que
pudo decir destruid este templo y en tres días lo reedificaré".
Entre otras escogemos la conocida expresión de Agustín: Sacratissimum triduum crucifixi, sepulti et
suscitati. (Triduo sacratísimo de la crucifixión,
sepultura y resurrección)
La doble tradición acerca del nombre de
pascua contribuyó también a forjar la teología del triduo. Al entrar en crisis
la primitiva, la asiática (pascha-passio), en el s. IV, va adquiriendo
preponderancia la occidental al tener conocimiento de la alejandrina (pascha-transitus).
La traducción latina de la Vulgada de Ex 12,11 de la palabra pascua como
paso, (transitus) está en la base del nuevo acento teológico.
Al interpretarse pascua por paso, como lo hace por primera
vez Clemente de Alejandría, resulta muy adecuada para significar el principio y el término del triduo. Será el vehículo de una
teología que permite poner de relieve los aspectos morales, ascéticos y
doctrinales de la pascua. Los autores cristianos expresan así la dimensión
cristológica, sacramental y escatológica de la fiesta.
CELEBRACIÓN LITÚRGICA
DEL SANTO TRIDUO
Santo Triduo Pascual es el título del misal, puesto inmediatamente antes de la misa vespertina de
la cena del Señor. El epígrafe Santísimo Triduo Pascual de la muerte y
resurrección del Señor, en la oración de las horas, encabeza los oficios que empiezan por las vísperas del
jueves de la cena del Señor. En el leccionario, con
menor precisión, la Misa Crismal del jueves va precedida de la expresión triduo
pascual. El nuevo Ordo Lectionum el orden de
las lecciones del año 1981,
rectificando, pone la Misa Crismal en la cuaresma, y la palabra triduo precede
a la Misa de la cena. Para las normas universales sobre el año litúrgico, el
triduo pascual de la pasión y de la resurrección del Señor comienza con la misa vespertina de la cena del Señor,
tiene su centro en la vigilia pascual y acaba con las vísperas del domingo de
resurrección.
Hasta aquí
una síntesis de la normativa actual según los libros litúrgicos promulgados
después del concilio Vaticano II…
… Las bases bíblicas y patrísticas en ningún caso incluían el jueves santo, ni siquiera parcialmente. Para la iglesia, el triduo pascual de la pasión y resurrección del Señor es el punto culminante de todo el año litúrgico. El triduo pascual, propiamente, comprende los tres días de la muerte, sepultura y resurrección del Señor. Así se explica que la liturgia de las Horas del jueves tenga el carácter de una feria de cuaresma. En todo caso, las vísperas de los que no participan en la misa vespertina, que ocupa el lugar de las primeras vísperas, y la propia eucaristía, son como la introducción del triduo.
Joan Bellavista
sábado, 28 de marzo de 2026
CAMINO HACIA LA PASCUA
«¡Hosanna al
Hijo de David!» (Mt 21, 9). La Iglesia repite hoy en
toda la tierra estas palabras con las que la multitud –congregada en Jerusalén
para las fiestas pascuales– aclamó a Jesús de Nazaret. «¡Hosanna al Hijo de
David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!» (Ibid.).
Jesús, rodeado por sus discípulos, entra
en la Ciudad Santa montado sobre un asno. También en esta ocasión, como subraya
el Evangelista, se cumple en Jesús lo anunciado por el Profeta: «Decid a la hija de Sion: he aquí que viene a ti tu Rey con
mansedumbre, sentado sobre un asno, sobre un borrico, hijo de burra de carga» (Mt 21, 5). La Iglesia llama a este día Domingo de Ramos en recuerdo de los ramos que
extendieron los habitantes de Jerusalén y los peregrinos, al pasar Jesús, saludado con todo entusiasmo por la multitud. Los cantos litúrgicos de este domingo nos
recuerdan que la juventud participó, de modo particular, de aquel entusiasmo: son los «pueri Hebraeorum» –los jóvenes hebreos–, que aparecen en esos cantos como
protagonistas de la aclamación popular al Hijo de David […]
Sí. La liturgia de hoy nos recuerda que
la entrada solemne de Jesucristo en Jerusalén fue el preludio o la introducción a los sucesos
de la Semana Santa. Aquellos que al ver a Jesús preguntaban:
«¿Quién es éste?», sólo hallarán una respuesta completa si siguen sus pasos
durante los días decisivos de su muerte y resurrección […] Hoy escuchamos la
narración, que de esos hechos hace San Mateo en su Evangelio. Y, aunque sus
palabras no sean nuevas, una vez más han suscitado un hondo sentimiento en
nosotros. Cuando del texto
emerge la figura del hijo del hombre sometido a interrogatorios y torturas, las palabras del Profeta propuestas por
la liturgia de hoy, y que se remontan a muchos siglos antes de que los hechos
se cumplieran, adquieren plena realidad y elocuencia.
Isaías escribía del futuro
Mesías: «Di mi cuerpo a los que me herían, y mis mejillas a los
que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me injuriaban y me
escupían» (Is 50, 6). Comparando
sus palabras con los trágicos sucesos entre la noche del jueves y la mañana del
viernes, la semejanza es asombrosa; el Profeta escribe como
si fuera testigo de aquellas escenas. Con igual precisión, el Salmo de la
liturgia de hoy preanuncia los sufrimientos de Cristo: «Todos los
que me veían, hicieron burla de mí, / tuercen los labios y mueven la cabeza: /
Esperó en el Señor, líbrele, / sálvele, puesto que le ama» (Sal 21, 8-9). Son
palabras que el texto evangélico confirmará, hasta casi en los menores
detalles, al narrar la crucifixión de Jesús en el Gólgota.
Entonces se cumplirán también las palabras del Salmista que describen las
llagas de Cristo –«Horadaron mis manos y mis pies, pueden contar todos mis
huesos» (Ibíd.,
17-18)– y la división de sus vestiduras –« Se repartieron mis
vestiduras y sobre mi túnica echaron suertes» (Ibíd., 19)–.
El relato de la pasión del Señor nos
acompaña hoy hasta el momento en que el cuerpo de Jesús, muerto en la cruz,
queda puesto en un sepulcro de piedra. Y, sin embargo, la
liturgia de hoy quiere introducirnos más profundamente en el misterio pascual
de Jesucristo. Por eso, el texto conciso de la segunda
lectura, tomado de la Carta de San Pablo a los Filipenses, es clave para
descubrir, en el trasfondo de los acontecimientos de la Semana Santa, la plena
dimensión del misterio divino […]
¿Quién es Jesucristo?
podríamos preguntarnos de nuevo, como aquellos que lo vieron entrar en
Jerusalén […] Vienen entonces a
nuestra memoria aquellas síntesis de su actividad misionera, densas en su
brevedad, que nos ofrecen los textos inspirados: «Hacía
y enseñaba» (cf.
Hch 1, 1); «Pasó haciendo el bien... a todos...» (cf. Ibíd., 10, 38); «¡Jamás
un hombre ha hablado como habla este hombre!» (Jn 7, 46). Y
no obstante, todas nuestras respuestas sobre Jesús serían incompletas, si no
habláramos de su muerte en la cruz. En la cruz la vida de Cristo
cobra todo su sentido: la muerte es el acto fundamental de la
vida de Cristo. Por eso, el texto de San Pablo responde bien
a la pregunta antes formulada: «Mostrándose igual que los
demás hombres, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y
muerte de cruz» (Flp
2, 7-8).
El centro de toda la vida de Cristo es su muerte en la cruz: ése es el acto fundamental y definitivo de su misión mesiánica. En esta muerte se cumple «su hora» (cf. Jn 18, 37). Cristo toma nuestra carne, nace y vive entre los hombres, para morir por nosotros […] San Pablo escribe: «Por eso Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para la gloria de Dios Padre» (Flp 2, 9-11) […]
Sí. El Domingo de Ramos nos introduce en el misterio total de Jesucristo, es decir, en el misterio pascual, en el que todas las cosas alcanzan su culminación, y en el que se reconfirma plenamente la verdad de las palabras y de las obras de Jesús de Nazaret. En este misterio se revela también hasta qué punto «Dios es amor» (cf. 1Jn 4, 8); y a la vez, adquirimos conciencia de la verdadera dignidad del hombre, rescatado con el precio de la Sangre del Hijo de Dios, y destinado a vivir eternamente con El en su amor [...]
Dejad que este misterio penetre, hasta el fondo, en vuestras vidas, en vuestra conciencia, en vuestra sensibilidad, en vuestros corazones, de modo que dé el verdadero sentido a toda vuestra conducta. El misterio pascual es misterio salvífico, creador. Sólo desde el misterio de Cristo puede entenderse plenamente al hombre; sólo desde Cristo muerto y resucitado puede el hombre comprender su vocación divina y alcanzar su destino último y definitivo. Dejad, pues, que el misterio pascual actúe en vosotros. Para el hombre, y especialmente para el joven, es esencial conocerse a sí mismo, saber cuál es su valor, su verdadero valor, cuál es el significado de su existencia, de su vida, saber cuál es su vocación. Sólo así puede definir el sentido de su propia vida.
Sólo acogiendo el misterio
pascual en vuestras vidas podréis «responder a cualquiera que os pida razón de
la esperanza que está en vosotros» (1P 3, 15).
Sólo acogiendo a Cristo, muerto y resucitado, podréis responder a los grandes y
nobles anhelos de vuestro corazón… Aquel que se entregó a Sí mismo haciéndose
obediente hasta la muerte de cruz, El solo tiene palabras de vida eterna. Acoged
sus palabras. Aprendedlas. Edificad vuestras vidas teniendo
siempre presentes las palabras y la vida de Cristo. Más
aún: aprended a ser Cristo mismo, identificados con El en todo.
De una alocución de San Juan Pablo II, Pp
ADORAR MIENTRAS EL MUNDO DUERME
El
adorador nocturno de Jesús Sacramentado es un bautizado que
hace lo posible por imitar a su divino modelo: Jesús. En el silencio de la noche hace compañía
al Redentor, presente
en el Santísimo Sacramento.
En la soledad nocturna el adorador se
descubre indigno, se postra
ante su Señor. Ora
por los pecados y faltas de amor de todos los hombres. En
esa hora de adoración recuerda a Jesús, que en el huerto de los olivos pide por
todos sin excepción, y Él, siguiendo la enseñanza divina, encuentra la forma de
amar, con el mismo amor de Jesús a favor de todos los hombres.
Pedir por los pecados propios y
del mundo. Con esa Sangre que el adorador nocturno recoge del
rostro adorable de Jesús, repara tantas ofensas, tantas injurias, tantos
pecados con que se ofende a Dios todos los días, repara los pecados de nuestra patria
y los pecados del mundo entero. A
través de su vigilia, el adorador
nocturno no permite que ningún hermano en el mundo entero esté solo, ya
que siempre será puesto en la presencia real de Jesús para
su conversión, su salvación, su santificación; para
mayor gloria de Dios y bien de nuestras almas.
El adorador nocturno abandona las comodidades de su hogar con
la finalidad de pasar una noche en el templo, en medio de muchas
incomodidades, sufrimiento en algunas veces las inclemencias estacionales; se sacrifica por sus hermanos, por seres
desconocidos, entregados quizás a la disipación, al pecado
y hasta al crimen.
Por
todos va a pedir. También por el enfermo que sufre en el lecho,
quejándose tal vez de su soledad; no está solo, el adorador
nocturno desde la iglesia le acompaña y
pide al Dios de las misericordias consuelo y perdón por sus pecados,
para que alcance una muerte dichosa en los brazos de Cristo Redentor.
+Monseñor Luis Martínez Flores
miércoles, 25 de marzo de 2026
sábado, 21 de marzo de 2026
CAMINO HACIA LA PASCUA
En nuestro itinerario cuaresmal hemos
llegado al quinto domingo, caracterizado por el evangelio de la
resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45). Se trata del
último gran «signo» realizado por Jesús, después del cual los sumos sacerdotes reunieron
al sanedrín y deliberaron matarlo; y decidieron
matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de Cristo,
Señor de la vida y de la muerte.
En realidad, esta página evangélica
muestra a Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. Ante todo, el
evangelista insiste en su amistad con Lázaro y con sus hermanas Marta y María.
Subraya que «Jesús los amaba» (Jn
11, 5), y por eso quiso realizar ese gran prodigio. «Lázaro,
nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo» (Jn 11, 11),
así les habló a los discípulos, expresando con la metáfora del sueño el punto
de vista de Dios sobre la muerte física: Dios la considera precisamente como un
sueño, del que se puede despertar.
Jesús demostró un poder absoluto
sobre esta muerte: se ve cuando devuelve la vida al
joven hijo de la viuda de Naím (cf.
Lc 7, 11-17) y a la niña de doce años (cf. Mc 5, 35-43).
Precisamente de ella dijo: «La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5, 39),
provocando la burla de los presentes. Pero, en verdad, es precisamente así:
la muerte del cuerpo es un sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier
momento.
Este señorío sobre la muerte no
impidió a Jesús experimentar una sincera compasión
por el dolor de la separación. Al ver llorar a Marta y María y a cuantos habían
acudido a consolarlas, también Jesús «se conmovió
profundamente, se turbó» y, por último, «lloró» (Jn 11, 33. 35). El
corazón de Cristo es divino-humano: en él Dios y hombre se
encontraron perfectamente, sin separación y sin confusión. Él es la imagen, más
aún, la encarnación de Dios, que es amor, misericordia, ternura paterna y
materna, del Dios que es Vida.
Por eso declaró solemnemente a
Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree
en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá
para siempre». Y añadió: «¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Una
pregunta que Jesús nos dirige a cada uno de nosotros; una
pregunta que ciertamente nos supera, que supera nuestra capacidad de
comprender, y nos pide abandonarnos a él, como
él se abandonó al Padre.
La respuesta de Marta es ejemplar: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11, 27). ¡Sí, oh, Señor! También nosotros creemos, a pesar de nuestras dudas y de nuestras oscuridades; creemos en ti, porque tú tienes palabras de vida eterna; queremos creer en ti, que nos das una esperanza fiable de vida más allá de la vida, de vida auténtica y plena en tu reino de luz y de paz.
Encomendemos esta oración a María
santísima. Que su intercesión fortalezca nuestra fe y nuestra esperanza en
Jesús, especialmente en los momentos de mayor prueba y dificultad.
De una alocución de Benedicto XVI, Pp
¿MIEDO A
QUEDAR ANTICUADOS?
En diversos
momentos de la historia surge un miedo íntimo a perder el tren del progreso, a
quedarse anticuados, a sucumbir bajo acontecimientos e ideas que avanzan
triunfantes. Ése miedo es sano si lo nuevo resulta mejor que lo antiguo. Ése
miedo es confuso si no hemos pensado seriamente donde está lo mejor y donde lo
peor. Ése miedo es suicida y enfermizo cuando algo nuevo destruye elementos
buenos del pasado y avanza hacia metas irracionales, incluso negativas.
Un Adorador, ¿puede tener miedo a
quedar anticuado? En
realidad, si está
profundamente enraizado en Cristo Eucaristía, si cree con fe autentica en la Victoria del Maestro,
si lee y busca vivir el Evangelio, si acoge lo que dicen el Papa y los
obispos cuando exponen su doctrina... un cristiano así no tendrá nunca miedo a quedar anticuado. Porque
vivir según la fe de la Iglesia no es anclarse en ideas caducas que hoy sirven y mañana se tiran,
sino que permite al
creyente construir su existencia sobre una Roca viva y presente en el tiempo y más allá
del tiempo: Jesucristo.
Por eso no
tenemos miedo a quedar anticuados. Él Evangelio conserva una vitalidad y un
empuje que vale para todos los hombres, en todos los tiempos, a través de las
diferentes culturas. Es levadura que rejuvenece, es sal que purifica, es agua
que lava, es alimento que da Vida Eterna.
Solo queda anticuado quien sigue
modas pasajeras, quien abraza novedades sin un sano discernimiento, quien promueve libertades orientadas
al capricho y a la comodidad, quien renuncia al sano sacrificio, quien avanza por la puerta
amplia que lleva a la
perdición (cf. Mt
7,13-14).
No tenemos miedo a quedar anticuados, porque la verdad nunca pasa, mientras que cielos y tierras quedan enjaulados en el flujo del tiempo (cf. Mt 24,35). Ante nuestros ojos sucumben los engaños del mundo, del demonio y de la carne. La belleza de la Eucaristía brilla con la frescura de una mañana eterna y joven. No tenemos miedo, sino esperanza, porque Él ha vencido al mundo (cf. Jn 16,33)…. Y nosotros le adoraremos en la noche.
De un artículo rescatado por Ricardo Nieto, Adorador Nocturno.
sábado, 14 de marzo de 2026
CAMINO HACIA LA PASCUA
En estos domingos de
Cuaresma, a través de los
pasajes del evangelio de san Juan, la liturgia nos
hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del
"agua viva"; hoy, curando al ciego de
nacimiento, se revela como "la luz del mundo"; el domingo próximo, resucitando a su amigo Lázaro, se presentará como "la resurrección y la vida". Agua, luz y vida: son símbolos
del bautismo, sacramento que
"sumerge" a los creyentes en el misterio de la muerte y resurrección
de Cristo, liberándolos de la esclavitud del pecado y dándoles la vida eterna.
Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,
1-41). Los discípulos, según la mentalidad común
de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado
suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma:
"Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de
Dios" (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen
escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento,
Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara
solemnemente: "Tengo que hacer las obras
del que me ha enviado. (...) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del
mundo" (Jn 9, 4-5).
Inmediatamente pasa a la
acción: con un poco de tierra y de saliva hace barro y lo unta en los ojos del
ciego. Este gesto alude a la creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y
animada por el soplo de Dios (cf. Gn 2,
7). De hecho, "Adán" significa "suelo", y el
cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús
la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así,
al final del relato, Jesús y el ciego son "expulsados" por los
fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la
curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.
Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para
realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se
dejan curar, porque presumen de sanos. En
efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema de
seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento de
este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda cegado
por su propio egoísmo.
Dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de
Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el
"gran pecado" (cf. Sal 19,
14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a
Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.
De una alocución de Benedicto XVI, Pp

