TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

sábado, 11 de abril de 2026

PARA EL DIÁLOGO Y LA MEDITACIÓN

 

ABRIL TESORO DE AMOR

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar

 LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS

    "Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón".

  Es una de las frases que la Virgen dijo en Fátima a los pastorcitos. Y añadió "A quien la abrace le prometo la salvación". Esos mismos pastorcitos poco antes habían aprendido a adorar la Eucaristía llegando a recibir la comunión de manos de un Ángel. Unamos también nosotros estos dos amores: a María y a la Eucaristía, porque están así unidos en el Corazón de Jesús. Que lo que Dios ha unido en la redención no lo separemos nosotros en nuestra devoción.

  En efecto, Jesús tiene sus delicias en estar entre los hijos de los hombres, y es por eso que quiso permanecer en la presencia eucarística, es por eso que el primero que disfruta en una noche de adoración es él, pues venimos a responder a su deseo. Pero entre todos los hijos de los hombres, quien más consuela y conforta su corazón es sin duda María. Por tener ella el amor más puro y entregado.

  En María el mismo Dios dejó un rastro reconocible. En ella las virtudes de Dios se convierten en una multitud de flores de gran belleza y colorido. Si cuando hacemos cosas buenas se cultiva en nuestro corazón esas flores que lo embellecen representando las virtudes, de alguna manera el Corazón de María es el Jardín de Dios. Por ello su corazón se representa coronado de flores. Si queremos dar gusto a Jesús, citémosle en el Corazón de María, si queremos agradarle de veras, no nos olvidemos de que su Madre esté presente.

  Muchas veces rezamos ante Jesús en la custodia: "Sagrado Corazón de Jesús, dame un corazón semejante al tuyo". En el corazón inmaculado de María podemos ver la maravilla que Él sería capaz de hacer si no pusiéramos obstáculos de nuestra parte. También él nos quiere a nosotros "inmaculados e irreprochables ante él por el amor". Quizá por ello, nos es tan útil y conveniente cuando queremos ir a Jesús, pasar por María. Quizá por ello es tan frecuente en nuestras vigilias de adoración empezar con el rezo del Rosario y acabar con el cántico de la Salve.

  Luis de Trelles tiene algunas preciosas reflexiones sobre este misterio: "El corazón de María es un tesoro de amor a Dios y a los hombres; y por tanto este reclinatorio del Verbo en su vida dentro del claustro materno, es un don para nosotros. Reclinatorio y fuente purísima de la humanidad del Hijo de Dios, el Corazón de su Madre puede decirse de alguna manera que es otra forma tierna de encarnación. Allí dejó el Verbo el depósito de su misericordia y de sus virtudes; y lo dejó para nosotros como medio y órgano de una caridad infinita para bien de los pecadores. Luego que la Virgen Purísima se otorgó por Madre de Dios, se hizo toda nuestra por su afecto maternal; y toda de Dios por su desposorio y consagración a la Trinidad: doble punto de vista de sus virtudes y de sus méritos que da lugar a un doble orden de consideraciones de inefable dulzura."

 ¡Qué expresiones tan hermosas! Tesoro de amor, reclinatorio del Verbo, fuente purísima de su humanidad, depósito de misericordia y virtudes… incluso ¡otra forma tierna de encarnación! Qué audacia amorosa la de Trelles contemplando a María, en cuyo cuerpo y corazón ve el mejor reflejo de sus dos grandes amores: el Cuerpo -Eucarístico- y el Corazón de Jesús. Las virtudes de la Madre provienen del Hijo, pero lo más hermosos es que también es Madre Nuestra sus virtudes también nos pertenecen, y María quiere compartirlas con nosotros.

  Como decía San Juan de la Cruz en su oración del alma enamorada… quien ama a Dios sabe que María es suya: "Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí"

  Igualmente, enamorado Trelles sigue diciendo: "[El seno de María] es un sagrario animado que ha podido tomar y ha tomado par sí, la virtud del Verbo que dejó en su corazón y en su cuerpo santísimo, como dice la Biblia, el olor de sus ungüentos y el aroma de sus virtudes. Grabóse aquí más honda la bondad. Profundizóse más en el alma de la Señora, si cabe, la humildad. Brilló más la pureza. Realzóse la santidad. Afirmóse la fe. Aumentóse la esperanza. Encendióse la caridad. Y resplandecieron con más brillo las virtudes todas, al contacto interno del alma de María con el alma de Jesús, del cuerpo de la Madre con el cuerpo sacratísimo del Hijo." (Trelles LS, 5, 1874 pp.206-210)

Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿Has estado en Fátima? ¿Recuerdas alguna gracia en tu vida vinculada a esta devoción?

¿Qué virtud es la que más te atrae del corazón de María? ¿y de la Eucaristía?

miércoles, 1 de abril de 2026

EL TRIDUO PASCUAL Y SU SIGNIFICACIÓN

    La pascua de los primitivos cristianos, entremezclada con la experiencia de la comunidad apostólica, giraba en torno a una sola celebración. El criterio místico de la concentración dominaba sobre el cronológico de los tres días, que se impuso más adelante. La pascua era la gran celebración de la noche. Su celebración concentraba la unidad de la historia de salvación desde la creación a la parusía.

   Pronto esta vigilia pascual fue precedida de uno o más días de ayuno, los cuales se transformaron progresivamente en el triduo del viernes, sábado y domingo, dedicados, respectivamente, a la muerte, sepultura y resurrección del Señor.

  El triduo pascual, vislumbrado ya en Orígenes, nos lo descubre no como una indicación cronológica, sino de sentido teológico y litúrgico. Comentando Os 6,2, dice: Prima die nobis passio Salvatoris est et secunda, qua descendit in infernum, tertia autem resurrectionis est dies, (El primer y el segundo día son para nosotros el sufrimiento del Salvador, que bajó a los infiernos, y el tercero es el día de la resurrección).

   Llegados al s. IV, encontramos una formulación teológica litúrgica bien precisa del triduo sacro. En san Ambrosio podemos leer: "Triduo en el que ha sufrido, ha reposado y ha resucitado el que pudo decir destruid este templo y en tres días lo reedificaré". Entre otras escogemos la conocida expresión de Agustín: Sacratissimum triduum crucifixi, sepulti et suscitati. (Triduo sacratísimo de la crucifixión, sepultura y resurrección)

   La doble tradición acerca del nombre de pascua contribuyó también a forjar la teología del triduo. Al entrar en crisis la primitiva, la asiática (pascha-passio), en el s. IV, va adquiriendo preponderancia la occidental al tener conocimiento de la alejandrina (pascha-transitus). La traducción latina de la Vulgada de Ex 12,11 de la palabra pascua como paso, (transitus) está en la base del nuevo acento teológico.

   Al interpretarse pascua por paso, como lo hace por primera vez Clemente de Alejandría, resulta muy adecuada para significar el principio y el término del triduo. Será el vehículo de una teología que permite poner de relieve los aspectos morales, ascéticos y doctrinales de la pascua. Los autores cristianos expresan así la dimensión cristológica, sacramental y escatológica de la fiesta.

CELEBRACIÓN LITÚRGICA DEL SANTO TRIDUO

  Santo Triduo Pascual es el título del misal, puesto inmediatamente antes de la misa vespertina de la cena del Señor. El epígrafe Santísimo Triduo Pascual de la muerte y resurrección del Señor, en la oración de las horas, encabeza los oficios que empiezan por las vísperas del jueves de la cena del Señor. En el leccionario, con menor precisión, la Misa Crismal del jueves va precedida de la expresión triduo pascual. El nuevo Ordo Lectionum el orden de las lecciones del año 1981, rectificando, pone la Misa Crismal en la cuaresma, y la palabra triduo precede a la Misa de la cena. Para las normas universales sobre el año litúrgico, el triduo pascual de la pasión y de la resurrección del Señor comienza con la misa vespertina de la cena del Señor, tiene su centro en la vigilia pascual y acaba con las vísperas del domingo de resurrección.

   Hasta aquí una síntesis de la normativa actual según los libros litúrgicos promulgados después del concilio Vaticano II…

   … Las bases bíblicas y patrísticas en ningún caso incluían el jueves santo, ni siquiera parcialmente. Para la iglesia, el triduo pascual de la pasión y resurrección del Señor es el punto culminante de todo el año litúrgico. El triduo pascual, propiamente, comprende los tres días de la muerte, sepultura y resurrección del Señor. Así se explica que la liturgia de las Horas del jueves tenga el carácter de una feria de cuaresma. En todo caso, las vísperas de los que no participan en la misa vespertina, que ocupa el lugar de las primeras vísperas, y la propia eucaristía, son como la introducción del triduo.

              Joan Bellavista

sábado, 28 de marzo de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA 

   «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mt 21, 9). La Iglesia repite hoy en toda la tierra estas palabras con las que la multitud –congregada en Jerusalén para las fiestas pascuales– aclamó a Jesús de Nazaret. «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» (Ibid.).

   Jesús, rodeado por sus discípulos, entra en la Ciudad Santa montado sobre un asno. También en esta ocasión, como subraya el Evangelista, se cumple en Jesús lo anunciado por el Profeta: «Decid a la hija de Sion: he aquí que viene a ti tu Rey con mansedumbre, sentado sobre un asno, sobre un borrico, hijo de burra de carga» (Mt 21, 5). La Iglesia llama a este día Domingo de Ramos en recuerdo de los ramos que extendieron los habitantes de Jerusalén y los peregrinos, al pasar Jesús, saludado con todo entusiasmo por la multitud. Los cantos litúrgicos de este domingo nos recuerdan que la juventud participó, de modo particular, de aquel entusiasmo: son los «pueri Hebraeorum» –los jóvenes hebreos–, que aparecen en esos cantos como protagonistas de la aclamación popular al Hijo de David […]

   Sí. La liturgia de hoy nos recuerda que la entrada solemne de Jesucristo en Jerusalén fue el preludio o la introducción a los sucesos de la Semana Santa. Aquellos que al ver a Jesús preguntaban: «¿Quién es éste?», sólo hallarán una respuesta completa si siguen sus pasos durante los días decisivos de su muerte y resurrección […] Hoy escuchamos la narración, que de esos hechos hace San Mateo en su Evangelio. Y, aunque sus palabras no sean nuevas, una vez más han suscitado un hondo sentimiento en nosotros. Cuando del texto emerge la figura del hijo del hombre sometido a interrogatorios y torturas, las palabras del Profeta propuestas por la liturgia de hoy, y que se remontan a muchos siglos antes de que los hechos se cumplieran, adquieren plena realidad y elocuencia.

   Isaías escribía del futuro Mesías: «Di mi cuerpo a los que me herían, y mis mejillas a los que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me injuriaban y me escupían» (Is 50, 6). Comparando sus palabras con los trágicos sucesos entre la noche del jueves y la mañana del viernes, la semejanza es asombrosa; el Profeta escribe como si fuera testigo de aquellas escenas. Con igual precisión, el Salmo de la liturgia de hoy preanuncia los sufrimientos de Cristo: «Todos los que me veían, hicieron burla de mí, / tuercen los labios y mueven la cabeza: / Esperó en el Señor, líbrele, / sálvele, puesto que le ama» (Sal 21, 8-9). Son palabras que el texto evangélico confirmará, hasta casi en los menores detalles, al narrar la crucifixión de Jesús en el Gólgota. Entonces se cumplirán también las palabras del Salmista que describen las llagas de Cristo –«Horadaron mis manos y mis pies, pueden contar todos mis huesos» (Ibíd., 17-18)– y la división de sus vestiduras –« Se repartieron mis vestiduras y sobre mi túnica echaron suertes» (Ibíd., 19)–.

   El relato de la pasión del Señor nos acompaña hoy hasta el momento en que el cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, queda puesto en un sepulcro de piedra. Y, sin embargo, la liturgia de hoy quiere introducirnos más profundamente en el misterio pascual de Jesucristo. Por eso, el texto conciso de la segunda lectura, tomado de la Carta de San Pablo a los Filipenses, es clave para descubrir, en el trasfondo de los acontecimientos de la Semana Santa, la plena dimensión del misterio divino […]

   ¿Quién es Jesucristo? podríamos preguntarnos de nuevo, como aquellos que lo vieron entrar en Jerusalén […] Vienen entonces a nuestra memoria aquellas síntesis de su actividad misionera, densas en su brevedad, que nos ofrecen los textos inspirados: «Hacía y enseñaba» (cf. Hch 1, 1); «Pasó haciendo el bien... a todos...» (cf. Ibíd., 10, 38); «¡Jamás un hombre ha hablado como habla este hombre!» (Jn 7, 46). Y no obstante, todas nuestras respuestas sobre Jesús serían incompletas, si no habláramos de su muerte en la cruz. En la cruz la vida de Cristo cobra todo su sentido: la muerte es el acto fundamental de la vida de Cristo. Por eso, el texto de San Pablo responde bien a la pregunta antes formulada: «Mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 7-8).

   El centro de toda la vida de Cristo es su muerte en la cruz: ése es el acto fundamental y definitivo de su misión mesiánica. En esta muerte se cumple «su hora» (cf. Jn 18, 37). Cristo toma nuestra carne, nace y vive entre los hombres, para morir por nosotros […]  San Pablo escribe: «Por eso Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para la gloria de Dios Padre» (Flp 2, 9-11) […]

   Sí. El Domingo de Ramos nos introduce en el misterio total de Jesucristo, es decir, en el misterio pascual, en el que todas las cosas alcanzan su culminación, y en el que se reconfirma plenamente la verdad de las palabras y de las obras de Jesús de Nazaret. En este misterio se revela también hasta qué punto «Dios es amor» (cf. 1Jn 4, 8); y a la vez, adquirimos conciencia de la verdadera dignidad del hombre, rescatado con el precio de la Sangre del Hijo de Dios, y destinado a vivir eternamente con El en su amor [...]

  Dejad que este misterio penetre, hasta el fondo, en vuestras vidas, en vuestra conciencia, en vuestra sensibilidad, en vuestros corazones, de modo que dé el verdadero sentido a toda vuestra conducta. El misterio pascual es misterio salvífico, creador. Sólo desde el misterio de Cristo puede entenderse plenamente al hombre; sólo desde Cristo muerto y resucitado puede el hombre comprender su vocación divina y alcanzar su destino último y definitivo. Dejad, pues, que el misterio pascual actúe en vosotros. Para el hombre, y especialmente para el joven, es esencial conocerse a sí mismo, saber cuál es su valor, su verdadero valor, cuál es el significado de su existencia, de su vida, saber cuál es su vocación. Sólo así puede definir el sentido de su propia vida.

   Sólo acogiendo el misterio pascual en vuestras vidas podréis «responder a cualquiera que os pida razón de la esperanza que está en vosotros» (1P 3, 15). Sólo acogiendo a Cristo, muerto y resucitado, podréis responder a los grandes y nobles anhelos de vuestro corazón… Aquel que se entregó a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, El solo tiene palabras de vida eterna. Acoged sus palabras. Aprendedlas. Edificad vuestras vidas teniendo siempre presentes las palabras y la vida de Cristo. Más aún: aprended a ser Cristo mismo, identificados con El en todo.

De una alocución de San Juan Pablo II, Pp

ADORAR MIENTRAS EL MUNDO DUERME

  El adorador nocturno de Jesús Sacramentado es un bautizado que hace lo posible por imitar a su divino modelo: Jesús. En el silencio de la noche hace compañía al Redentor, presente en el Santísimo Sacramento.

   En la soledad nocturna el adorador se descubre indigno, se postra ante su Señor. Ora por los pecados y faltas de amor de todos los hombres. En esa hora de adoración recuerda a Jesús, que en el huerto de los olivos pide por todos sin excepción, y Él, siguiendo la enseñanza divina, encuentra la forma de amar, con el mismo amor de Jesús a favor de todos los hombres.

   Pedir por los pecados propios y del mundo. Con esa Sangre que el adorador nocturno recoge del rostro adorable de Jesús, repara tantas ofensas, tantas injurias, tantos pecados con que se ofende a Dios todos los días, repara los pecados de nuestra patria y los pecados del mundo entero. A través de su vigilia, el adorador nocturno no permite que ningún hermano en el mundo entero esté solo, ya que siempre será puesto en la presencia real de Jesús para su conversión, su salvación, su santificación; para mayor gloria de Dios y bien de nuestras almas.

  El adorador nocturno abandona las comodidades de su hogar con la finalidad de pasar una noche en el templo, en medio de muchas incomodidades, sufrimiento en algunas veces las inclemencias estacionales; se sacrifica por sus hermanos, por seres desconocidos, entregados quizás a la disipación, al pecado y hasta al crimen.

   Por todos va a pedir. También por el enfermo que sufre en el lecho, quejándose tal vez de su soledad; no está solo, el adorador nocturno desde la iglesia le acompaña y pide al Dios de las misericordias consuelo y perdón por sus pecados, para que alcance una muerte dichosa en los brazos de Cristo Redentor.

+Monseñor Luis Martínez Flores

miércoles, 25 de marzo de 2026

sábado, 21 de marzo de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA 

   En nuestro itinerario cuaresmal hemos llegado al quinto domingo, caracterizado por el evangelio de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45). Se trata del último gran «signo» realizado por Jesús, después del cual los sumos sacerdotes reunieron al sanedrín y deliberaron matarlo; y decidieron matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de Cristo, Señor de la vida y de la muerte.

   En realidad, esta página evangélica muestra a Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. Ante todo, el evangelista insiste en su amistad con Lázaro y con sus hermanas Marta y María. Subraya que «Jesús los amaba» (Jn 11, 5), y por eso quiso realizar ese gran prodigio. «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo» (Jn 11, 11), así les habló a los discípulos, expresando con la metáfora del sueño el punto de vista de Dios sobre la muerte física: Dios la considera precisamente como un sueño, del que se puede despertar.

   Jesús demostró un poder absoluto sobre esta muerte: se ve cuando devuelve la vida al joven hijo de la viuda de Naím (cf. Lc 7, 11-17) y a la niña de doce años (cf. Mc 5, 35-43). Precisamente de ella dijo: «La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5, 39), provocando la burla de los presentes. Pero, en verdad, es precisamente así: la muerte del cuerpo es un sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier momento.

 Este señorío sobre la muerte no impidió a Jesús experimentar una sincera compasión por el dolor de la separación. Al ver llorar a Marta y María y a cuantos habían acudido a consolarlas, también Jesús «se conmovió profundamente, se turbó» y, por último, «lloró» (Jn 11, 33. 35). El corazón de Cristo es divino-humano: en él Dios y hombre se encontraron perfectamente, sin separación y sin confusión. Él es la imagen, más aún, la encarnación de Dios, que es amor, misericordia, ternura paterna y materna, del Dios que es Vida.

  Por eso declaró solemnemente a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Y añadió: «¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Una pregunta que Jesús nos dirige a cada uno de nosotros; una pregunta que ciertamente nos supera, que supera nuestra capacidad de comprender, y nos pide abandonarnos a él, como él se abandonó al Padre.

   La respuesta de Marta es ejemplar: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11, 27). ¡Sí, oh, Señor! También nosotros creemos, a pesar de nuestras dudas y de nuestras oscuridades; creemos en ti, porque tú tienes palabras de vida eterna; queremos creer en ti, que nos das una esperanza fiable de vida más allá de la vida, de vida auténtica y plena en tu reino de luz y de paz.  

  Encomendemos esta oración a María santísima. Que su intercesión fortalezca nuestra fe y nuestra esperanza en Jesús, especialmente en los momentos de mayor prueba y dificultad.

De una alocución de Benedicto XVI, Pp

¿MIEDO A QUEDAR ANTICUADOS?

   En diversos momentos de la historia surge un miedo íntimo a perder el tren del progreso, a quedarse anticuados, a sucumbir bajo acontecimientos e ideas que avanzan triunfantes. Ése miedo es sano si lo nuevo resulta mejor que lo antiguo. Ése miedo es confuso si no hemos pensado seriamente donde está lo mejor y donde lo peor. Ése miedo es suicida y enfermizo cuando algo nuevo destruye elementos buenos del pasado y avanza hacia metas irracionales, incluso negativas.

   Un Adorador, ¿puede tener miedo a quedar anticuado? En realidad, si está profundamente enraizado en Cristo Eucaristía, si cree con fe autentica en la Victoria del Maestro, si lee y busca vivir el Evangelio, si acoge lo que dicen el Papa y los obispos cuando exponen su doctrina... un cristiano así no tendrá nunca miedo a quedar anticuado. Porque vivir según la fe de la Iglesia no es anclarse en ideas caducas que hoy sirven y mañana se tiran, sino que permite al creyente construir su existencia sobre una Roca viva y presente en el tiempo y más allá del tiempo: Jesucristo.

   Por eso no tenemos miedo a quedar anticuados. Él Evangelio conserva una vitalidad y un empuje que vale para todos los hombres, en todos los tiempos, a través de las diferentes culturas. Es levadura que rejuvenece, es sal que purifica, es agua que lava, es alimento que da Vida Eterna.

  Solo queda anticuado quien sigue modas pasajeras, quien abraza novedades sin un sano discernimiento, quien promueve libertades orientadas al capricho y a la comodidad, quien renuncia al sano sacrificio, quien avanza por la puerta amplia que lleva a la perdición (cf. Mt 7,13-14).

   No tenemos miedo a quedar anticuados, porque la verdad nunca pasa, mientras que cielos y tierras quedan enjaulados en el flujo del tiempo (cf. Mt 24,35). Ante nuestros ojos sucumben los engaños del mundo, del demonio y de la carne. La belleza de la Eucaristía brilla con la frescura de una mañana eterna y joven. No tenemos miedo, sino esperanza, porque Él ha vencido al mundo (cf. Jn 16,33)…. Y nosotros le adoraremos en la noche.

De un artículo rescatado por Ricardo Nieto, Adorador Nocturno.