TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

sábado, 28 de marzo de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA 

   «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mt 21, 9). La Iglesia repite hoy en toda la tierra estas palabras con las que la multitud –congregada en Jerusalén para las fiestas pascuales– aclamó a Jesús de Nazaret. «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» (Ibid.).

   Jesús, rodeado por sus discípulos, entra en la Ciudad Santa montado sobre un asno. También en esta ocasión, como subraya el Evangelista, se cumple en Jesús lo anunciado por el Profeta: «Decid a la hija de Sion: he aquí que viene a ti tu Rey con mansedumbre, sentado sobre un asno, sobre un borrico, hijo de burra de carga» (Mt 21, 5). La Iglesia llama a este día Domingo de Ramos en recuerdo de los ramos que extendieron los habitantes de Jerusalén y los peregrinos, al pasar Jesús, saludado con todo entusiasmo por la multitud. Los cantos litúrgicos de este domingo nos recuerdan que la juventud participó, de modo particular, de aquel entusiasmo: son los «pueri Hebraeorum» –los jóvenes hebreos–, que aparecen en esos cantos como protagonistas de la aclamación popular al Hijo de David […]

   Sí. La liturgia de hoy nos recuerda que la entrada solemne de Jesucristo en Jerusalén fue el preludio o la introducción a los sucesos de la Semana Santa. Aquellos que al ver a Jesús preguntaban: «¿Quién es éste?», sólo hallarán una respuesta completa si siguen sus pasos durante los días decisivos de su muerte y resurrección […] Hoy escuchamos la narración, que de esos hechos hace San Mateo en su Evangelio. Y, aunque sus palabras no sean nuevas, una vez más han suscitado un hondo sentimiento en nosotros. Cuando del texto emerge la figura del hijo del hombre sometido a interrogatorios y torturas, las palabras del Profeta propuestas por la liturgia de hoy, y que se remontan a muchos siglos antes de que los hechos se cumplieran, adquieren plena realidad y elocuencia.

   Isaías escribía del futuro Mesías: «Di mi cuerpo a los que me herían, y mis mejillas a los que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me injuriaban y me escupían» (Is 50, 6). Comparando sus palabras con los trágicos sucesos entre la noche del jueves y la mañana del viernes, la semejanza es asombrosa; el Profeta escribe como si fuera testigo de aquellas escenas. Con igual precisión, el Salmo de la liturgia de hoy preanuncia los sufrimientos de Cristo: «Todos los que me veían, hicieron burla de mí, / tuercen los labios y mueven la cabeza: / Esperó en el Señor, líbrele, / sálvele, puesto que le ama» (Sal 21, 8-9). Son palabras que el texto evangélico confirmará, hasta casi en los menores detalles, al narrar la crucifixión de Jesús en el Gólgota. Entonces se cumplirán también las palabras del Salmista que describen las llagas de Cristo –«Horadaron mis manos y mis pies, pueden contar todos mis huesos» (Ibíd., 17-18)– y la división de sus vestiduras –« Se repartieron mis vestiduras y sobre mi túnica echaron suertes» (Ibíd., 19)–.

   El relato de la pasión del Señor nos acompaña hoy hasta el momento en que el cuerpo de Jesús, muerto en la cruz, queda puesto en un sepulcro de piedra. Y, sin embargo, la liturgia de hoy quiere introducirnos más profundamente en el misterio pascual de Jesucristo. Por eso, el texto conciso de la segunda lectura, tomado de la Carta de San Pablo a los Filipenses, es clave para descubrir, en el trasfondo de los acontecimientos de la Semana Santa, la plena dimensión del misterio divino […]

   ¿Quién es Jesucristo? podríamos preguntarnos de nuevo, como aquellos que lo vieron entrar en Jerusalén […] Vienen entonces a nuestra memoria aquellas síntesis de su actividad misionera, densas en su brevedad, que nos ofrecen los textos inspirados: «Hacía y enseñaba» (cf. Hch 1, 1); «Pasó haciendo el bien... a todos...» (cf. Ibíd., 10, 38); «¡Jamás un hombre ha hablado como habla este hombre!» (Jn 7, 46). Y no obstante, todas nuestras respuestas sobre Jesús serían incompletas, si no habláramos de su muerte en la cruz. En la cruz la vida de Cristo cobra todo su sentido: la muerte es el acto fundamental de la vida de Cristo. Por eso, el texto de San Pablo responde bien a la pregunta antes formulada: «Mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 7-8).

   El centro de toda la vida de Cristo es su muerte en la cruz: ése es el acto fundamental y definitivo de su misión mesiánica. En esta muerte se cumple «su hora» (cf. Jn 18, 37). Cristo toma nuestra carne, nace y vive entre los hombres, para morir por nosotros […]  San Pablo escribe: «Por eso Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para la gloria de Dios Padre» (Flp 2, 9-11) […]

   Sí. El Domingo de Ramos nos introduce en el misterio total de Jesucristo, es decir, en el misterio pascual, en el que todas las cosas alcanzan su culminación, y en el que se reconfirma plenamente la verdad de las palabras y de las obras de Jesús de Nazaret. En este misterio se revela también hasta qué punto «Dios es amor» (cf. 1Jn 4, 8); y a la vez, adquirimos conciencia de la verdadera dignidad del hombre, rescatado con el precio de la Sangre del Hijo de Dios, y destinado a vivir eternamente con El en su amor [...]

  Dejad que este misterio penetre, hasta el fondo, en vuestras vidas, en vuestra conciencia, en vuestra sensibilidad, en vuestros corazones, de modo que dé el verdadero sentido a toda vuestra conducta. El misterio pascual es misterio salvífico, creador. Sólo desde el misterio de Cristo puede entenderse plenamente al hombre; sólo desde Cristo muerto y resucitado puede el hombre comprender su vocación divina y alcanzar su destino último y definitivo. Dejad, pues, que el misterio pascual actúe en vosotros. Para el hombre, y especialmente para el joven, es esencial conocerse a sí mismo, saber cuál es su valor, su verdadero valor, cuál es el significado de su existencia, de su vida, saber cuál es su vocación. Sólo así puede definir el sentido de su propia vida.

   Sólo acogiendo el misterio pascual en vuestras vidas podréis «responder a cualquiera que os pida razón de la esperanza que está en vosotros» (1P 3, 15). Sólo acogiendo a Cristo, muerto y resucitado, podréis responder a los grandes y nobles anhelos de vuestro corazón… Aquel que se entregó a Sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, El solo tiene palabras de vida eterna. Acoged sus palabras. Aprendedlas. Edificad vuestras vidas teniendo siempre presentes las palabras y la vida de Cristo. Más aún: aprended a ser Cristo mismo, identificados con El en todo.

De una alocución de San Juan Pablo II, Pp

ADORAR MIENTRAS EL MUNDO DUERME

  El adorador nocturno de Jesús Sacramentado es un bautizado que hace lo posible por imitar a su divino modelo: Jesús. En el silencio de la noche hace compañía al Redentor, presente en el Santísimo Sacramento.

   En la soledad nocturna el adorador se descubre indigno, se postra ante su Señor. Ora por los pecados y faltas de amor de todos los hombres. En esa hora de adoración recuerda a Jesús, que en el huerto de los olivos pide por todos sin excepción, y Él, siguiendo la enseñanza divina, encuentra la forma de amar, con el mismo amor de Jesús a favor de todos los hombres.

   Pedir por los pecados propios y del mundo. Con esa Sangre que el adorador nocturno recoge del rostro adorable de Jesús, repara tantas ofensas, tantas injurias, tantos pecados con que se ofende a Dios todos los días, repara los pecados de nuestra patria y los pecados del mundo entero. A través de su vigilia, el adorador nocturno no permite que ningún hermano en el mundo entero esté solo, ya que siempre será puesto en la presencia real de Jesús para su conversión, su salvación, su santificación; para mayor gloria de Dios y bien de nuestras almas.

  El adorador nocturno abandona las comodidades de su hogar con la finalidad de pasar una noche en el templo, en medio de muchas incomodidades, sufrimiento en algunas veces las inclemencias estacionales; se sacrifica por sus hermanos, por seres desconocidos, entregados quizás a la disipación, al pecado y hasta al crimen.

   Por todos va a pedir. También por el enfermo que sufre en el lecho, quejándose tal vez de su soledad; no está solo, el adorador nocturno desde la iglesia le acompaña y pide al Dios de las misericordias consuelo y perdón por sus pecados, para que alcance una muerte dichosa en los brazos de Cristo Redentor.

+Monseñor Luis Martínez Flores

miércoles, 25 de marzo de 2026

sábado, 21 de marzo de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA 

   En nuestro itinerario cuaresmal hemos llegado al quinto domingo, caracterizado por el evangelio de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45). Se trata del último gran «signo» realizado por Jesús, después del cual los sumos sacerdotes reunieron al sanedrín y deliberaron matarlo; y decidieron matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de Cristo, Señor de la vida y de la muerte.

   En realidad, esta página evangélica muestra a Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. Ante todo, el evangelista insiste en su amistad con Lázaro y con sus hermanas Marta y María. Subraya que «Jesús los amaba» (Jn 11, 5), y por eso quiso realizar ese gran prodigio. «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo» (Jn 11, 11), así les habló a los discípulos, expresando con la metáfora del sueño el punto de vista de Dios sobre la muerte física: Dios la considera precisamente como un sueño, del que se puede despertar.

   Jesús demostró un poder absoluto sobre esta muerte: se ve cuando devuelve la vida al joven hijo de la viuda de Naím (cf. Lc 7, 11-17) y a la niña de doce años (cf. Mc 5, 35-43). Precisamente de ella dijo: «La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5, 39), provocando la burla de los presentes. Pero, en verdad, es precisamente así: la muerte del cuerpo es un sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier momento.

 Este señorío sobre la muerte no impidió a Jesús experimentar una sincera compasión por el dolor de la separación. Al ver llorar a Marta y María y a cuantos habían acudido a consolarlas, también Jesús «se conmovió profundamente, se turbó» y, por último, «lloró» (Jn 11, 33. 35). El corazón de Cristo es divino-humano: en él Dios y hombre se encontraron perfectamente, sin separación y sin confusión. Él es la imagen, más aún, la encarnación de Dios, que es amor, misericordia, ternura paterna y materna, del Dios que es Vida.

  Por eso declaró solemnemente a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Y añadió: «¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Una pregunta que Jesús nos dirige a cada uno de nosotros; una pregunta que ciertamente nos supera, que supera nuestra capacidad de comprender, y nos pide abandonarnos a él, como él se abandonó al Padre.

   La respuesta de Marta es ejemplar: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11, 27). ¡Sí, oh, Señor! También nosotros creemos, a pesar de nuestras dudas y de nuestras oscuridades; creemos en ti, porque tú tienes palabras de vida eterna; queremos creer en ti, que nos das una esperanza fiable de vida más allá de la vida, de vida auténtica y plena en tu reino de luz y de paz.  

  Encomendemos esta oración a María santísima. Que su intercesión fortalezca nuestra fe y nuestra esperanza en Jesús, especialmente en los momentos de mayor prueba y dificultad.

De una alocución de Benedicto XVI, Pp

¿MIEDO A QUEDAR ANTICUADOS?

   En diversos momentos de la historia surge un miedo íntimo a perder el tren del progreso, a quedarse anticuados, a sucumbir bajo acontecimientos e ideas que avanzan triunfantes. Ése miedo es sano si lo nuevo resulta mejor que lo antiguo. Ése miedo es confuso si no hemos pensado seriamente donde está lo mejor y donde lo peor. Ése miedo es suicida y enfermizo cuando algo nuevo destruye elementos buenos del pasado y avanza hacia metas irracionales, incluso negativas.

   Un Adorador, ¿puede tener miedo a quedar anticuado? En realidad, si está profundamente enraizado en Cristo Eucaristía, si cree con fe autentica en la Victoria del Maestro, si lee y busca vivir el Evangelio, si acoge lo que dicen el Papa y los obispos cuando exponen su doctrina... un cristiano así no tendrá nunca miedo a quedar anticuado. Porque vivir según la fe de la Iglesia no es anclarse en ideas caducas que hoy sirven y mañana se tiran, sino que permite al creyente construir su existencia sobre una Roca viva y presente en el tiempo y más allá del tiempo: Jesucristo.

   Por eso no tenemos miedo a quedar anticuados. Él Evangelio conserva una vitalidad y un empuje que vale para todos los hombres, en todos los tiempos, a través de las diferentes culturas. Es levadura que rejuvenece, es sal que purifica, es agua que lava, es alimento que da Vida Eterna.

  Solo queda anticuado quien sigue modas pasajeras, quien abraza novedades sin un sano discernimiento, quien promueve libertades orientadas al capricho y a la comodidad, quien renuncia al sano sacrificio, quien avanza por la puerta amplia que lleva a la perdición (cf. Mt 7,13-14).

   No tenemos miedo a quedar anticuados, porque la verdad nunca pasa, mientras que cielos y tierras quedan enjaulados en el flujo del tiempo (cf. Mt 24,35). Ante nuestros ojos sucumben los engaños del mundo, del demonio y de la carne. La belleza de la Eucaristía brilla con la frescura de una mañana eterna y joven. No tenemos miedo, sino esperanza, porque Él ha vencido al mundo (cf. Jn 16,33)…. Y nosotros le adoraremos en la noche.

De un artículo rescatado por Ricardo Nieto, Adorador Nocturno.

sábado, 14 de marzo de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA

   En estos domingos de Cuaresma, a través de los pasajes del evangelio de san Juan, la liturgia nos hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del "agua viva"; hoy, curando al ciego de nacimiento, se revela como "la luz del mundo"; el domingo próximo, resucitando a su amigo Lázaro, se presentará como "la resurrección y la vida". Agua, luz y vida: son símbolos del bautismo, sacramento que "sumerge" a los creyentes en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, liberándolos de la esclavitud del pecado y dándoles la vida eterna.

 Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: "Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios" (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: "Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (...) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo" (Jn 9, 4-5).

   Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por el soplo de Dios (cf. Gn 2, 7). De hecho, "Adán" significa "suelo", y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así, al final del relato, Jesús y el ciego son "expulsados" por los fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.

   Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda cegado por su propio egoísmo.

   Dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el "gran pecado" (cf. Sal 19, 14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.

                            De una alocución de Benedicto XVI, Pp 

NADA ES NUEVO

   La Vigilia es nuestro acto de servicio, nuestra razón de Adorador. Tú, que no faltas a tu oficina, a tu trabajo, a tus citas; unos impuestos por la necesidad de vivir, otras por conveniencias sociales, ¿serás capaz de faltar a tu real servicio nocturno por razones que no te hubieras atrevido a alegar para tus compromisos humanos?

   Me dirás: “en ello no hay pecado”. ¡Tibio, tibio solamente! Y además desertor. Si todos tus hermanos de Adoración tuvieran ese espíritu, corroería la carcoma nuestros abandonados reclinatorios y estarían cegados de sucias telarañas los ventanales de nuestros templos solitarios. No, el día en que el Señor nos honró con tan alta distinción quedamos obligados a Él con todo nuestro cuerpo y alma, y si ni dándole ambos por entero podemos pagarle en nada, ¿crees tener mejor moneda?

   No es pecado, cierto, y , para mayor tranquilidad de tu conciencia, así te lo advierte el Reglamento; pero no queda muy alto el concepto que pueda tenerse te tu fidelidad a la palabra dada, cuando faltas al compromiso fundamental del Adorador de asistir a sus vigilias. ¿Qué cicatería, qué tacañería de alma es esa? ¿No puedes dedicarle a tu Señor una noche al mes? ¿Tan apretado andas de tiempo?

   Con toda tu honda amargura vibra el dulce reproche que no ha perdido vigor a través de los siglos: ¿De modo que no habéis podido velar conmigo una hora? Y luego la terrible frase: “dormid ya y descansad, que ya se acerca la hora y el hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores”. ¡Sí, durmamos y descansemos para que tengan libre el camino los Judas que le venden, los Herodes que le injurian y los Pilatos que le condenan! ¡Dejémosle solo, como entonces, como siempre, mientras le quede una gota de sangre que derramar, un insulto que sufrir, un tormento que padecer!

   Y mientras su Cuerpo cuelga hecho jirones de la cruz, ¡sus leales guardias nocturnos hacen su vela… durmiendo! Y ahora, ¿entiendes, hermano Adorador, por qué, aunque no sea pecado, debes de asistir por encima de todo a tu Vigilia? Sé de tus ocupaciones, de tus achaques, de tu familia, de tu cansancio, de tu falta de tiempo; pero se también que un día se borrará todo eso como un mal sueño; El, que está aquí y allí, seguirá allí y aquí y al sumergirte en la infinita felicidad de su presencia lamentarás no haberle dedicado todas las noches de tu vida. ¡Hermanos, una sola noche al mes!

            (De la Lámpara del Santuario. Noviembre de 1.956) 

sábado, 7 de marzo de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA 

   En este tercer domingo de Cuaresma la liturgia vuelve a proponernos este año uno de los textos más hermosos y profundos de la Biblia: el diálogo entre Jesús y la samaritana (cf. Jn 4, 5-42). San Agustín... se sentía con razón fascinado por este relato, e hizo un comentario memorable de él. Es imposible expresar en una breve explicación la riqueza de esta página evangélica: es preciso leerla y meditarla personalmente, identificándose con aquella mujer que, un día como tantos otros, fue a sacar agua del pozo y allí se encontró a Jesús sentado, «cansado del camino», en medio del calor del mediodía. «Dame de beber», le dijo, dejándola muy sorprendida. En efecto, no era costumbre que un judío dirigiera la palabra a una mujer samaritana, por lo demás desconocida. Pero el asombro de la mujer estaba destinado a aumentar: Jesús le habló de un «agua viva» capaz de saciar la sed y de convertirse en ella en un «manantial de agua que salta hasta la vida eterna»; le demostró, además, que conocía su vida personal; le reveló que había llegado la hora de adorar al único Dios verdadero en espíritu y en verdad; y, por último, le aseguró —cosa muy rara— que era el Mesías.

   Todo esto a partir de la experiencia real y sensible de la sed. El tema de la sed atraviesa todo el evangelio de san Juan: desde el encuentro con la samaritana, pasando por la gran profecía durante la fiesta de las Tiendas (cf. Jn 7, 37-38), hasta la cruz, cuando Jesús, antes de morir, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed» (Jn 19, 28). La sed de Cristo es una puerta de acceso al misterio de Dios, que tuvo sed para saciar la nuestra, como se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8, 9).

   Sí, Dios tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor. Como un padre bueno y misericordioso, desea para nosotros todo el bien posible, y este bien es él mismo. En cambio, la mujer samaritana representa la insatisfacción existencial de quien no ha encontrado lo que busca: había tenido «cinco maridos» y convivía con otro hombre; sus continuas idas al pozo para sacar agua expresan un vivir repetitivo y resignado. Pero todo cambió para ella aquel día gracias al coloquio con el Señor Jesús, que la desconcertó hasta el punto de inducirla a dejar el cántaro del agua y correr a decir a la gente del pueblo: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?» (Jn 4, 28-29).

   Que nos obtenga este don María, la primera y perfecta discípula del Verbo encarnado.

De una alocución de Benedicto XVI, Pp