TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

sábado, 21 de marzo de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA 

   En nuestro itinerario cuaresmal hemos llegado al quinto domingo, caracterizado por el evangelio de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45). Se trata del último gran «signo» realizado por Jesús, después del cual los sumos sacerdotes reunieron al sanedrín y deliberaron matarlo; y decidieron matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de Cristo, Señor de la vida y de la muerte.

   En realidad, esta página evangélica muestra a Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. Ante todo, el evangelista insiste en su amistad con Lázaro y con sus hermanas Marta y María. Subraya que «Jesús los amaba» (Jn 11, 5), y por eso quiso realizar ese gran prodigio. «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo» (Jn 11, 11), así les habló a los discípulos, expresando con la metáfora del sueño el punto de vista de Dios sobre la muerte física: Dios la considera precisamente como un sueño, del que se puede despertar.

   Jesús demostró un poder absoluto sobre esta muerte: se ve cuando devuelve la vida al joven hijo de la viuda de Naím (cf. Lc 7, 11-17) y a la niña de doce años (cf. Mc 5, 35-43). Precisamente de ella dijo: «La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5, 39), provocando la burla de los presentes. Pero, en verdad, es precisamente así: la muerte del cuerpo es un sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier momento.

 Este señorío sobre la muerte no impidió a Jesús experimentar una sincera compasión por el dolor de la separación. Al ver llorar a Marta y María y a cuantos habían acudido a consolarlas, también Jesús «se conmovió profundamente, se turbó» y, por último, «lloró» (Jn 11, 33. 35). El corazón de Cristo es divino-humano: en él Dios y hombre se encontraron perfectamente, sin separación y sin confusión. Él es la imagen, más aún, la encarnación de Dios, que es amor, misericordia, ternura paterna y materna, del Dios que es Vida.

  Por eso declaró solemnemente a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Y añadió: «¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Una pregunta que Jesús nos dirige a cada uno de nosotros; una pregunta que ciertamente nos supera, que supera nuestra capacidad de comprender, y nos pide abandonarnos a él, como él se abandonó al Padre.

   La respuesta de Marta es ejemplar: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11, 27). ¡Sí, oh, Señor! También nosotros creemos, a pesar de nuestras dudas y de nuestras oscuridades; creemos en ti, porque tú tienes palabras de vida eterna; queremos creer en ti, que nos das una esperanza fiable de vida más allá de la vida, de vida auténtica y plena en tu reino de luz y de paz.  

  Encomendemos esta oración a María santísima. Que su intercesión fortalezca nuestra fe y nuestra esperanza en Jesús, especialmente en los momentos de mayor prueba y dificultad.

De una alocución de Benedicto XVI, Pp

¿MIEDO A QUEDAR ANTICUADOS?

   En diversos momentos de la historia surge un miedo íntimo a perder el tren del progreso, a quedarse anticuados, a sucumbir bajo acontecimientos e ideas que avanzan triunfantes. Ése miedo es sano si lo nuevo resulta mejor que lo antiguo. Ése miedo es confuso si no hemos pensado seriamente donde está lo mejor y donde lo peor. Ése miedo es suicida y enfermizo cuando algo nuevo destruye elementos buenos del pasado y avanza hacia metas irracionales, incluso negativas.

   Un Adorador, ¿puede tener miedo a quedar anticuado? En realidad, si está profundamente enraizado en Cristo Eucaristía, si cree con fe autentica en la Victoria del Maestro, si lee y busca vivir el Evangelio, si acoge lo que dicen el Papa y los obispos cuando exponen su doctrina... un cristiano así no tendrá nunca miedo a quedar anticuado. Porque vivir según la fe de la Iglesia no es anclarse en ideas caducas que hoy sirven y mañana se tiran, sino que permite al creyente construir su existencia sobre una Roca viva y presente en el tiempo y más allá del tiempo: Jesucristo.

   Por eso no tenemos miedo a quedar anticuados. Él Evangelio conserva una vitalidad y un empuje que vale para todos los hombres, en todos los tiempos, a través de las diferentes culturas. Es levadura que rejuvenece, es sal que purifica, es agua que lava, es alimento que da Vida Eterna.

  Solo queda anticuado quien sigue modas pasajeras, quien abraza novedades sin un sano discernimiento, quien promueve libertades orientadas al capricho y a la comodidad, quien renuncia al sano sacrificio, quien avanza por la puerta amplia que lleva a la perdición (cf. Mt 7,13-14).

   No tenemos miedo a quedar anticuados, porque la verdad nunca pasa, mientras que cielos y tierras quedan enjaulados en el flujo del tiempo (cf. Mt 24,35). Ante nuestros ojos sucumben los engaños del mundo, del demonio y de la carne. La belleza de la Eucaristía brilla con la frescura de una mañana eterna y joven. No tenemos miedo, sino esperanza, porque Él ha vencido al mundo (cf. Jn 16,33)…. Y nosotros le adoraremos en la noche.

De un artículo rescatado por Ricardo Nieto, Adorador Nocturno.

sábado, 14 de marzo de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA

   En estos domingos de Cuaresma, a través de los pasajes del evangelio de san Juan, la liturgia nos hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del "agua viva"; hoy, curando al ciego de nacimiento, se revela como "la luz del mundo"; el domingo próximo, resucitando a su amigo Lázaro, se presentará como "la resurrección y la vida". Agua, luz y vida: son símbolos del bautismo, sacramento que "sumerge" a los creyentes en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, liberándolos de la esclavitud del pecado y dándoles la vida eterna.

 Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: "Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios" (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: "Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (...) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo" (Jn 9, 4-5).

   Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por el soplo de Dios (cf. Gn 2, 7). De hecho, "Adán" significa "suelo", y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así, al final del relato, Jesús y el ciego son "expulsados" por los fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.

   Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda cegado por su propio egoísmo.

   Dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el "gran pecado" (cf. Sal 19, 14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.

                            De una alocución de Benedicto XVI, Pp 

NADA ES NUEVO

   La Vigilia es nuestro acto de servicio, nuestra razón de Adorador. Tú, que no faltas a tu oficina, a tu trabajo, a tus citas; unos impuestos por la necesidad de vivir, otras por conveniencias sociales, ¿serás capaz de faltar a tu real servicio nocturno por razones que no te hubieras atrevido a alegar para tus compromisos humanos?

   Me dirás: “en ello no hay pecado”. ¡Tibio, tibio solamente! Y además desertor. Si todos tus hermanos de Adoración tuvieran ese espíritu, corroería la carcoma nuestros abandonados reclinatorios y estarían cegados de sucias telarañas los ventanales de nuestros templos solitarios. No, el día en que el Señor nos honró con tan alta distinción quedamos obligados a Él con todo nuestro cuerpo y alma, y si ni dándole ambos por entero podemos pagarle en nada, ¿crees tener mejor moneda?

   No es pecado, cierto, y , para mayor tranquilidad de tu conciencia, así te lo advierte el Reglamento; pero no queda muy alto el concepto que pueda tenerse te tu fidelidad a la palabra dada, cuando faltas al compromiso fundamental del Adorador de asistir a sus vigilias. ¿Qué cicatería, qué tacañería de alma es esa? ¿No puedes dedicarle a tu Señor una noche al mes? ¿Tan apretado andas de tiempo?

   Con toda tu honda amargura vibra el dulce reproche que no ha perdido vigor a través de los siglos: ¿De modo que no habéis podido velar conmigo una hora? Y luego la terrible frase: “dormid ya y descansad, que ya se acerca la hora y el hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores”. ¡Sí, durmamos y descansemos para que tengan libre el camino los Judas que le venden, los Herodes que le injurian y los Pilatos que le condenan! ¡Dejémosle solo, como entonces, como siempre, mientras le quede una gota de sangre que derramar, un insulto que sufrir, un tormento que padecer!

   Y mientras su Cuerpo cuelga hecho jirones de la cruz, ¡sus leales guardias nocturnos hacen su vela… durmiendo! Y ahora, ¿entiendes, hermano Adorador, por qué, aunque no sea pecado, debes de asistir por encima de todo a tu Vigilia? Sé de tus ocupaciones, de tus achaques, de tu familia, de tu cansancio, de tu falta de tiempo; pero se también que un día se borrará todo eso como un mal sueño; El, que está aquí y allí, seguirá allí y aquí y al sumergirte en la infinita felicidad de su presencia lamentarás no haberle dedicado todas las noches de tu vida. ¡Hermanos, una sola noche al mes!

            (De la Lámpara del Santuario. Noviembre de 1.956) 

sábado, 7 de marzo de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA 

   En este tercer domingo de Cuaresma la liturgia vuelve a proponernos este año uno de los textos más hermosos y profundos de la Biblia: el diálogo entre Jesús y la samaritana (cf. Jn 4, 5-42). San Agustín... se sentía con razón fascinado por este relato, e hizo un comentario memorable de él. Es imposible expresar en una breve explicación la riqueza de esta página evangélica: es preciso leerla y meditarla personalmente, identificándose con aquella mujer que, un día como tantos otros, fue a sacar agua del pozo y allí se encontró a Jesús sentado, «cansado del camino», en medio del calor del mediodía. «Dame de beber», le dijo, dejándola muy sorprendida. En efecto, no era costumbre que un judío dirigiera la palabra a una mujer samaritana, por lo demás desconocida. Pero el asombro de la mujer estaba destinado a aumentar: Jesús le habló de un «agua viva» capaz de saciar la sed y de convertirse en ella en un «manantial de agua que salta hasta la vida eterna»; le demostró, además, que conocía su vida personal; le reveló que había llegado la hora de adorar al único Dios verdadero en espíritu y en verdad; y, por último, le aseguró —cosa muy rara— que era el Mesías.

   Todo esto a partir de la experiencia real y sensible de la sed. El tema de la sed atraviesa todo el evangelio de san Juan: desde el encuentro con la samaritana, pasando por la gran profecía durante la fiesta de las Tiendas (cf. Jn 7, 37-38), hasta la cruz, cuando Jesús, antes de morir, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed» (Jn 19, 28). La sed de Cristo es una puerta de acceso al misterio de Dios, que tuvo sed para saciar la nuestra, como se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8, 9).

   Sí, Dios tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor. Como un padre bueno y misericordioso, desea para nosotros todo el bien posible, y este bien es él mismo. En cambio, la mujer samaritana representa la insatisfacción existencial de quien no ha encontrado lo que busca: había tenido «cinco maridos» y convivía con otro hombre; sus continuas idas al pozo para sacar agua expresan un vivir repetitivo y resignado. Pero todo cambió para ella aquel día gracias al coloquio con el Señor Jesús, que la desconcertó hasta el punto de inducirla a dejar el cántaro del agua y correr a decir a la gente del pueblo: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?» (Jn 4, 28-29).

   Que nos obtenga este don María, la primera y perfecta discípula del Verbo encarnado.

De una alocución de Benedicto XVI, Pp

viernes, 6 de marzo de 2026

PARA EL DIÁLOGO Y LA MEDITACIÓN

MARZO :  HORNO ENCENDIDO.

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar

LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS

Eucaristía, Pan recién salido del horno del Amor.

   Todos hemos vivido la sensación de sentir cómo un horno con su calor va convirtiendo una masa de harina y otros ingredientes en un delicioso bizcocho o en unos bollitos que huelen de maravilla… El horno es esencial para convertir lo que no sería más que una masa informe en una repostería apetitosa… El calor hace cosas maravillosas cuando se aplica bien.

   La analogía culinaria puede servirnos. Muchas veces se ha llamado al Corazón de Jesús “horno encendido de caridad”. Y es que hay mucha relación entre el amor y el calor. También el amor, bien aplicado es capaz de sacar de las personas las cosas más hermosas, de convertir su masa en verdaderas maravillas. Lo que está crudo y frío, se hace cuando se sabe amado, sabroso y entregado.

 Cuando nosotros nos dejamos hornear por Jesús poniéndonos a su vera en la Eucaristía, sin que nos demos cuenta, Jesús va infundiendo sobre nosotros el calor de su caridad, de tal manera que nos prepara para entregarnos a los demás con gusto. Él mismo, de alguna manera está ardiendo en el fuego del Espíritu Santo, por eso dice que “he venido a prender fuego a la tierra” y que “ojalá estuviera ya ardiendo”. El fuego puede arrasar y abrasar todo lo malo, y así hace Jesús, pero también puede hacer aparecer, como en el caso de la cocina, virtudes insospechadas en la masa y en los ingredientes.

   Nuestra masa son nuestros deseos de santidad, nuestras pobres mortificaciones, nuestros sentimientos de amor tan chicos, nuestras buenas intenciones y nuestros propósitos mil veces repetidos. En realidad, con todo esto uno piensa que es difícil hacer un buen alimento, alcanzar la santidad. Pero si lo juntamos todo y lo ponemos en el Corazón Eucarístico de Jesús, al calor del Espíritu Santo... Dios que es el mejor cocinero, puede con su amor, convertir nuestra pobre masa en alguna delicia, como ha hecho con tantos santos. Además, en el bendito Corazón de Jesús, se “hornea” cada día el pan más maravilloso del mundo, la Eucaristía. Pan recién salido del horno del Amor. Pan para alimentar a los pobres del mundo de las almas -a nosotros-. Este pan no es prefabricado e insulso, es un pan que sacia, un pan de ángeles. ¿Sabías que Belén significa literalmente Casa-del-pan?

   Hagamos hoy como D. Luis de Trelles, juntemos nuestros ingredientes, nuestras poquitas cosas, y presentémoselos a María, la divina panadera, para que ella nos amase y nos introduzca en el horno encendido del Corazón de Jesús.

   Unamos incluso nuestro grano al trigo de Jesús ofrecido para dar vida, y horneados con él por el amor, convirtámonos en alimento para el mundo. -“Os ofrezco estos mis humildes votos y tibios deseos, reunidos a los que emanan del divino corazón de Jesús en la santa Eucaristía, y os presento los sentimientos y latidos de ese horno incandescente de caridad por mis pecados y por los del mundo; y para sufragio de las benditas almas del purgatorio: esperando que admitáis esta ofrenda, pobre en cuanto mía, y grande por lo que de ella es vuestro, para otorgarme la gracia de no pecar más y luego la dicha de veros eternamente en la gloria, con el Padre Eterno y el Espíritu Santo, por los siglos sin fin”-. (Trelles, LS 3, 1872)

Preguntas para el diálogo y la meditación.

¿En qué se parece el amor y el calor? ¿Qué relaciones tienen?

¿Cómo se puede aplicar a la Eucaristía?

¿Qué cosas hay en nuestra vida que podemos “hornear” en la Eucaristía?

jueves, 5 de marzo de 2026

PLENO NACIONAL DE A.N.E. 2026 

   Durante los días 27, 28 y 01 del pasado mes de febrero-marzo tuvo lugar, en la Casa de Ejercicios San José de El Escorial (Madrid), el anual Pleno Nacional, reuniendo con tal motivo un considerable número de Presidentes Diocesanos, algunos de Sección; Consiliario Nacional Ilmo. Rvdmº. D. José Rico Pavés;  los Viceconsiliarios Rvds. D. Juan M. Melendo y D. Francisco Casas, así como los Vocales del Consejo Nacional, Sacerdotes y Religiosas colaboradoras.

   La tarde del viernes 27 fue de emotivos encuentros entre viejos amigos y conocidos, venidos desde muy diversas partes de nuestro país y a los que une el sentimiento de pertenencia a un carisma común: el de la Adoración Nocturna a Jesús Sacramentado.

   Oficialmente comenzó el Pleno con el saludo y bienvenida del Presidente Nacional D. José María Pérez-Mosso Nenninger a todos los asistentes y la presentación de Monseñor Rico Pavés, que en esta ocasión nos distinguía con su presencia; continuándose seguidamente con el rezo de Vísperas en el Salón-Capilla de la Residencia, rogando al Señor por los frutos de este nuevo encuentro.

   Tras la presentación de los asistentes y posterior cena, en la que además de los alimentos, los comensales compartieron en animada charla, opiniones, confidencias y experiencias; finalizó el día con la celebración de la Santa Misa, presidida, en esta ocasión, por nuestro Obispo Consiliario y el rezo de Completas.

   El sábado 28 comenzó con la oración de Laudes. Tras el desayuno se inicia el Pleno en el salón de actos de la Casa, abriéndose con el rezo de las Preces y Oración conmemorativa del 150 aniversario que dan paso a la lectura y aprobación del Acta del Pleno anterior. Continuó la sesión con la exposición de los distintos informes: Secretaría, Tesorería con la aprobación de presupuestos y balances, así como otros correspondientes a las actividades propias del Consejo Nacional.

   Al medio día, y tras el rezo del Ángelus, la conferencia del Consiliario Nacional y Obispo de Asidonia-Jerez Monseñor D. José Rico Pavés, titulada “La forma eucarística de la vida cristiana” (Grabada para su visualización en YouTube).

   Acabado el preceptivo descanso y almuerzo se pasó al Salón-Capilla para el rezo de la Coronilla de la Misericordia y la Hora Intermedia; reanudándose el Pleno que comienza con el informe de las diferentes Vocalías: de Juventud, de Zonas, etc. Significando la exposición por parte de la Vocal para la Causa de los Santos, sobre las incoadas desde las distintas diócesis sobre los llamados “mártires de la guerra”; también el Vocal encargado de la “Lámpara del Santuario”, revista oficial de la Adoración Nocturna en España y fundada por D. Luis de Trelles, emitió su informe y nos animó a seguir aumentando sus suscripciones. Recordando la fusión del Consejo Nacional con la Fundación Luis de Trelles se tuvo un especial recuerdo a todos los que trabajaron incansablemente en dicha Fundación con sus múltiples trabajos y publicaciones y que hoy ya descansan y participan de la Eterna Adoración.

  Tras la merienda dio comienzo una mesa de trabajo, organizada por grupos y coordinados por Beatriz,  Vocal del Consejo nacional,  que consistió en un pequeño estudio de varios escritos de los publicados por D. Luis de Trelles en la “Lámpara del Santuario”, finalizando con una muy instructiva puesta en común para la comprensión de dichos textos. 

   Concluía el sábado con el rezo de Vísperas y el Santo Rosario antes de pasar a cenar, para que, tras un pequeño descanso, celebrar la Santa Misa y comenzar los turnos de la Vigilia Nocturna, quedando expuesto el Santísimo Sacramento toda la noche hasta la mañana siguiente, siendo velado por los adoradores/as asistentes. 

    El domingo, primero del mes de marzo, comenzó la actividad finalizando la Vigilia Nocturna con la Bendición de Su Divina Majestad y el rezo de Laudes. Acabado el desayuno y el desalojo de las habitaciones se pasó al jardín para la tradicional foto de grupo como recuerdo de tan gratas jornadas vividas; reanudándose el Pleno para concluir los últimos asuntos, entre ellos la presentación de la Peregrinación anual de la Federación Mundial de Obras Eucarísticas de la Iglesia; finalizado este, y tras el rezo del Ángelus, se cerró la asamblea con una pequeña exposición sobre el artículo publicado por D. José Mª Pérez-Mosso en la revista Cristiandad, titulado “La Adoración Nocturna y la Realeza de Cristo” y con unas sentidas palabras de agradecimiento del Sr. Presidente a todos los asistentes, animando a perseverar adorando a Jesús Sacramentado en las horas de la noche, se concluyó con la concesión de una mención honorífica y entrega de sendas Placas a dos Veteranos Vocales del Consejo Nacional que generosamente siguen entregado su tiempo al servicio de la Obra.

   Como despedida, puso el colofón la celebración de la Santa Misa, antes de pasar al comedor para la última comida de fraternidad, poniendo seguidamente camino a las diferentes localidades de origen.

Francisco de la Torre, Presidente Diocesano de Cádiz.

sábado, 28 de febrero de 2026

CAMINO HACIA LA PASCUA 


     Este domingo, segundo de Cuaresma, se suele denominar de la Transfiguración, porque el Evangelio narra este misterio de la vida de Cristo. Él,  tras anunciar a sus discípulos su pasión, «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 1-2). Según los sentidos, la luz del sol es la más intensa que se conoce en la naturaleza, pero, según el espíritu, los discípulos vieron, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso, el de la gloria divina de Jesús, que ilumina toda la historia de la salvación. San Máximo el Confesor afirma que «los vestidos que se habían vuelto blancos llevaban el símbolo de las palabras de la Sagrada Escritura, que se volvían claras, transparentes y luminosas» (Ambiguum 10: pg 91, 1128 b).

  Dice el Evangelio que, junto a Jesús transfigurado, «aparecieron Moisés y Elías conversando con él» (Mt 17, 3); Moisés y Elías, figura de la Ley y de los Profetas.  Fue entonces cuando Pedro, extasiado, exclamó: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17, 4). Pero san Agustín comenta diciendo que nosotros tenemos sólo una morada: Cristo; él «es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en la Ley,  Palabra de Dios en los Profetas» (Sermo De Verbis Ev. 78, 3: pl 38, 491). De   hecho, el Padre mismo proclama: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17, 5).

     La Transfiguración no es un cambio de Jesús,  sino que es la revelación de su divinidad, «la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 361). Pedro, Santiago y Juan,  contemplando la divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se canta en un antiguo himno: «En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que,  viéndote crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre» (Kontákion eis ten metamórphosin, en: Menaia, t. 6, Roma 1901, 341).

     Queridos amigos, participemos también nosotros de esta visión y de este don sobrenatural, dando espacio a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios. Además, especialmente en este tiempo de Cuaresma, os exhorto, como escribe el siervo de Dios Pablo VI, «a responder al precepto divino de la penitencia con algún acto voluntario, además de las renuncias impuestas por el peso de la vida diaria» (const. ap. Pænitemini, 17 de febrero de 1966, III, c: aas 58 [1966] 182).

   Invoquemos a la Virgen María, para que nos ayude a escuchar y seguir siempre al Señor Jesús, hasta la pasión y la cruz, para participar también en su gloria.


De una alocución de Benedicto XVI, Pp