TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

domingo, 20 de mayo de 2018

DOMINGO 20 DE MAYO DE 2018, SOLEMNIDAD DE LA PASCUA DE PENTECOSTÉS

«SOPLÓ SOBRE ELLOS Y LES DIJO: RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»



     Tras la Ascensión de Jesús, los discípulos volvieron a Jerusalén. Allí esperarían el cumplimiento de la promesa del Espíritu. “Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés”. En la sala donde se tuvo la última Cena, solían reunirse, eran concordes, y oraban con algunas mujeres y con María.
     La tradición cristiana siempre ha visto esta escena como el prototipo de la espera del Espíritu. La Madre de Jesús… era una mujer que sabía de la fidelidad de Dios, de cómo Él hace posible lo que para nosotros es imposible; era una mujer creyente que había aprendido a guardar en su corazón todo lo que Dios le manifestaba. Ella era, y sigue siendo, la que reunía a la Iglesia.
     A diferencia de la torre de Babel… ahora en Jerusalén ocurría: que las maravillas que se escuchaban eran las de Dios, y que lejos de ser víctimas de la confusión, aun hablando lenguas distintas, eran las justas y necesarias para entenderse.
     Efectivamente, se trataba de hacer entender en todos los lenguajes lo que maravillosamente Dios había dicho y hecho. La misión de la Iglesia es continuar la de Jesús: “como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.
     Los discípulos de Jesús que formamos su Iglesia, como miembros de su “cuerpo”, desde nuestras cualidades y dones, en nuestro tiempo y en nuestro lugar, estamos llamados a continuar lo que Jesús comenzó.
     El Espíritu nos da su fuerza, su luz, su consejo, su sabiduría para que a través nuestro también puedan seguir escuchando hablar de las maravillas de Dios y asomarse a su proyecto de amor otros hombres, culturas, situaciones.
     El Espíritu “traduce” desde nuestra vida, aquel viejo y nuevo mensaje, aquel eterno anuncio de Buena Nueva. Esto fue y sigue siendo el milagro y el regalo de Pentecostés.

                + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm – Arzobispo de Oviedo


sábado, 19 de mayo de 2018

CARTA PASTORAL DE NUESTRO OBISPO



PARA PREPARAR LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO
CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (I)


“Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar.
Sea por siempre bendito y alabado”

Queridos fieles de Cádiz y Ceuta:

Cristo Eucaristía, tesoro de la Iglesia

     Me dirijo a vosotros en la cercanía de la Solemnidad del Corpus Christi. Toda la historia de Dios con los hombres se resume en las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: “Tomad, esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14,22-24). Hablan del acontecimiento central de la historia del mundo y de nuestra vida personal. Son palabras inagotables porque hablan de una persona que, a través del sacramento de la eucaristía, se acerca y se une a nosotros. En la eucaristía experimentamos a Dios, su presencia y su cercanía. Pero, contemplando la Hostia consagrada, en cada procesión y en la adoración, experimentamos su visita a la Iglesia en la proximidad de nuestras personas, casas y calles. En su presencia se expande nuestro ánimo y desbordan de fervor nuestros labios y el corazón, contemplando en la fe a Aquel que, con certeza sabemos, nos ama infinitamente y provoca en nosotros los mejores deseos de entrega y de pervivencia feliz durante toda la eternidad.
     Cristo, siempre contemporáneo nuestro, viene continuamente a nosotros de múltiples modos, en su Palabra, en la cercanía del prójimo, en los sacramentos. Pero en la eucaristía nos da su propia vida de modo eminente y sublime. En este pan comprendemos las palabras de Cristo antes de la pasión: “Si el grano de trino no cae en tierra y muere, queda el solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Este pan que nos alimenta en la peregrinación de la vida nos descubre a un Dios que muere y nos lleva a la vida. Recibirle y contemplarle es una de las mayores gracias que un cristiano puede recibir, lleno cada vez de asombro y admiración. No es un símbolo más, sino que su presencia real, tal como nos lo presenta Cristo mismo en la institución de este sacramento y en el discurso del Pan de Vida (cf. Jn 6), nos hace vivir eternamente.
     Jesucristo instituye este sacramento como permanente memorial, como escuela de amor, de oblación y sacrificio, presente para siempre en su iglesia para que aprendamos, unidos a su experiencia de entrega, a ofrecernos y entregarnos a nosotros mismos por amor. Es fuente de gracia y de acción de gracias, punto de encuentro con la Trinidad y lugar de superación, y, por ello, un fabuloso consuelo. En la eucaristía a prendemos a servir, haciéndonos –como Cristo– esclavos que lavan los pies a los demás, hasta la entrega total de la vida (cf. Jn 13).
     Los granos molidos que se convierte en este pan nos hablan también de un proceso de unificación para llegar a ser un solo pan y un solo cuerpo. En la comunión, por consiguiente, experimentamos la verdadera unión con Dios y con el prójimo, después de romper la coraza del individualismo que nos impide amar y nos inutiliza viviendo para nosotros mismos. Cristo eucaristía es, así mismo, el lugar de la comunión de la Iglesia, comunidad de hermanos, que, como un cuerpo fuerte, unidos a su Cabeza en la autoridad del Vicario de Cristo y los sucesores de los apóstoles, nos permite lanzarnos sin miedo a la misión, a transformar la sociedad y a la evangelización. Pidamos al Padre que nos dé “el pan de cada día”, como Jesús nos enseñó a pedir en el Padrenuestro, y que este pan “diario” y “de vida eterna” nos recuerde que nuestro tiempo está abrazado por la eternidad.
La Solemnidad del Corpus Christi para el amor más grande
     Hermanos: Si hay un momento donde se manifieste nuestra fe de modo eminente y se venere solemne y públicamente a Cristo resucitado es en la celebración de la Solemnidad del Corpus Christi. La tradición de llevar el santísimo Sacramento en procesión es un gesto lleno de significado. Le seguimos en ella y le imploramos, adoramos y aclamamos haciendo profesión pública de nuestra fe. Esta es la verdadera fiesta solemne y pública de Cristo resucitado que sigue presente entre nosotros, alimentando y haciendo crecer nuestra fe. Por ello cantamos: “¡Venid, adorémosle!”. El Sacramento de la Eucaristía llena por completo la vida de la Iglesia, que se convierte para siempre en un cenáculo permanente donde rememoramos y nos adentramos misteriosamente en la pasión, muerte y resurrección de Cristo; donde nos identificamos hasta cristificarnos con él, donde encontramos fuerza para perseverar y consuelo en nuestras luchas.   Es la fuente y la cima de nuestra vida cristiana, siempre escuela de entrega y amor, misericordia y servicio, adoración y acción, embriaguez de amor sublime a Dios y renuncia heroica hasta dar la vida por los demás. Al procesionar por nuestras calles le pedimos: “Quédate con nosotros, Jesús; danos el pan de la vida eterna que purifica nuestras conciencias con el poder de tu amor misericordioso. Líbranos del mal, de la violencia y del odio que nos contamina. Mira con compasión a los necesitados, a los enfermos, empobrecidos y abandonados. Convierte nuestra ciudad en un templo donde encontremos tu caridad y tu paz. Tu que nos diste el Pan del Cielo, el auténtico Maná que nos alimenta en esta vida, fortalécenos en nuestra peregrinación de la vida”.
     La presencia del Señor en la Eucaristía nos hace experimentar que nunca estamos solos, que Cristo comparte nuestra vida, que sigue siendo –tal como el mismo quiso– “Dios con nosotros”, el Emmanuel, que nos acompaña hasta el fin de los tiempos. En su presencia, además, pregustamos ya el deleite del amor infinito que ha de colmar nuestros anhelos durante toda la eternidad.

(Ga 5, 22-23)



MAYO 2018


«En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí» (Ga 5, 22-23).

     El apóstol Pablo escribe a los cristianos de la región de Galacia, que habían recibido de él el anuncio del Evangelio, pero ahora les recrimina que no han comprendido el sentido de la libertad cristiana. Para el pueblo de Israel, la libertad es un don de Dios: Él lo sacó de la esclavitud en Egipto, lo condujo hacia una nueva tierra y estipuló con él un pacto de fidelidad recíproca.
     Del mismo modo, Pablo afirma con fuerza que la libertad cristiana es un don de Jesús, pues Él nos da la posibilidad de convertimos, en Él y como Él, en hijos de Dios, que es Amor. También nosotros, imitando al Padre como Jesús nos enseñó y mostró con su vida, podemos aprender la misma actitud de misericordia para con todos, poniéndonos al servicio de los demás.
Para Pablo, este aparente sinsentido de la «libertad de servir» se resuelve por el don del Espíritu que Jesús hizo a la humanidad con su muerte en la cruz.
     En efecto, el Espíritu es el que nos da la fuerza de salir de la prisión de nuestro egoísmo --con su lastre de división, injusticia, traición y violencia- y nos guía hacia la verdadera libertad.

«En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí».

     La libertad cristiana, además de ser un regalo, es también un compromiso. En primer lugar, el compromiso de acoger al Espíritu en nuestro corazón, haciéndole sitio y reconociendo su voz en nosotros.
     Escribía Chiara Lubich: «[...] Ante todo debemos ser cada vez más conscientes de la presencia del Espíritu Santo en nosotros; llevamos en lo más íntimo un tesoro inmenso, pero no nos damos cuenta de ello suficientemente. [...] Además, a fin de poder oír y seguir su voz, hemos de decir no [...] a las tentaciones, atajando de raíz sus insinuaciones; sí a las tareas que Dios nos ha encomendado; sí al amor a todos los prójimos; sí a las pruebas y a las dificultades que nos salen al paso... Si lo hacemos, el Espíritu Santo nos guiará y dará a nuestra vida cristiana ese sabor, ese vigor, esa garra, esa luminosidad que no puede tener si no es auténtica. De ese modo, también quienes están cerca se darán cuenta de que no solo somos hijos de nuestra familia humana, sino hijos de Dios».
     Pues el Espíritu nos llama a apartar nuestro yo del centro de nuestras preocupaciones, para acoger, escuchar y compartir los bienes materiales y espirituales, perdonar o preocupamos de todo tipo de personas en las distintas situaciones que vivimos cada día. Y esta actitud nos permite experimentar el fruto característico del Espíritu: el progreso de nuestra humanidad hacia la verdadera libertad, pues pone de manifiesto y hace que florezcan en nosotros capacidades y recursos que quedarían para siempre sepultadas y desconocidas si vivimos replegados en nosotros mismos.
     Cada acción nuestra es, pues, una ocasión inexcusable para decir no a la esclavitud del egoísmo y sí a la libertad del amor.
«En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí».
     Quien acoge de corazón la acción del Espíritu contribuye además a construir relaciones humanas positivas por medio de todas sus actividades cotidianas, tanto familiares como sociales.

 «En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí».

     Carlo Colombino es empresario, marido y padre, y tiene una empresa en el norte de Italia. Una cuarta parte de sus sesenta empleados no son italianos, y algunos de ellos arrastran experiencias dramáticas. Al periodista que lo entrevista, le cuenta: «También el puesto de trabajo puede y debe favorecer la integración. Me dedico a actividades de extracción, de reciclado de material de construcción, y tengo responsabilidades con el entorno, con el territorio donde vivo. Hace unos años la crisis golpeó duramente: ¿salvamos la empresa, o a las personas? Trasladamos a varias personas, hablamos con ellas, buscamos la solución menos dolorosa, pero fue dramático, como para no dormir por las noches. Este trabajo podía hacerlo mejor o peor, y procuré hacerlo lo mejor posible. Aposté por el contagio positivo de ideas. Una empresa que solo piensa en la facturación, en los números, tiene un futuro de cortas miras: en el centro de toda actividad está el ser humano.  Soy creyente y estoy convencido de que una síntesis entre empresa y solidaridad no es una utopía».
     Activemos, pues, con valentía nuestra llamada personal a la libertad en el lugar donde vivimos y trabajamos. Así permitiremos que el Espíritu alcance y renueve también la vida de muchas otras personas a nuestro alrededor, impulsando la historia hacia horizontes de «alegría, paz, paciencia, afabilidad...»,

Leticia Magri



domingo, 13 de mayo de 2018

DOMINGO 13 DE MAYO DE 2018, 7º DE PASCUA - SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

«DESPUÉS, JESÚS FUE LLEVADO AL CIELO Y SE SENTÓ A LA DERECHA DE DIOS»



     Desde que Cristo resucitó nos ha convocado a Galilea. A la vida, donde está y transcurren los acontecimientos de la gente: “Id a Galilea y allí me veréis”. Si como decimos en Navidad, “la cosa empezó en Galilea” y es, en la Galilea de la vida, donde nos encontramos con la cita del Resucitado. Ahora, desde un monte, en Galilea, se realiza la Ascensión del Señor. Sube para seguir estando con los de abajo. Desaparece de nuestros ojos, pero no se aleja porque está con nosotros “hasta el final de los siglos”.
     Se va, pero se queda y nos descubre que la vida cristiana es subir y bajar. Subimos con el Señor. Ascendemos a lo más alto del cielo de su Corazón y Él nos envía a los que no conocen el Amor de los Amores, a los que viven en todas las periferias y en el valle de la desfiguración y de las lágrimas.
     El Misterio de la Ascensión, el ser elevado, forma parte única de la primera elevación en la Cruz derramando su sangre redentora. En la segunda elevación, resucitado, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia, y, ahora, en la última elevación, es ascendido a lo más alto del cielo, como persona divina con su naturaleza humana.
     Ahora, en la Trinidad, podemos contemplar la humanidad de Cristo. Un Corazón humano que late de Amor “por amor a nosotros los hombres y por nuestra salvación”. Ahora, por la Ascensión, ninguna persona puede decir con argumentos que está sola. La soledad y el vacío lo llena de la presencia del Señor Resucitado y Ascendido, en nuestro corazón.
     La Ascensión nos recuerda que el Señor no quiere que vivamos “mirando al cielo”, sino que bajemos al mundo para que los hombres se encuentren con el Cielo que es Cristo, lo que les hará salir de tantos problemas que los corazones humanos, a veces, no pueden digerir.
     El Señor nos dice que sigue con nosotros, como con los de Emaús, “hasta el final de los tiempos”.

+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres