TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

sábado, 16 de junio de 2018

DOMINGO 17 DE JUNIO DE 2018, 11º DEL TIEMPO ORDINARIO

«¿CON QUÉ PODEMOS COMPARAR EL REINO DE DIOS?»



    Cuando leemos de una manera continuada el Evangelio de Marcos y lo pasamos por el Corazón de Cristo y el nuestro, descubrimos por el Espíritu Santo maravillas de maravillas.
     En este domingo Marcos nos presenta parábolas de la verdad de Jesús y el Reino. Si el domingo  pasado se nos hablaba del diablo el que divide la obra de Dios y  su Reino, ahora el evangelista recurre a ejemplos humildes y sencillos, parábolas que nos enternecen y nos lanzan a una confianza ilimitada en el Amor de Dios. Se habla de semilla enterrada y que no se ve, y que cuando crece de hace espiga y hortaliza, y hasta las aves hacen sus nidos
     ¿Qué nos sugiere a nosotros, hombres y mujeres que en este tiempo que nos toca vivir nos invade un pesimismo de muerte?
     Primero la fe confiada que me lleva a vivir sabiendo que el Señor sigue actuando y sembrando semillas de esperanza en todos los corazones, aunque no se vean y parezcan insignificantes y signos pobres.
     Por otra parte esas semillas nos indican que debemos “saber esperar” como repetía el lema del Hermano Rafael “toda la ciencia consiste en saber esperar”. Dicen por Castilla, que nunca coincide la siembra, con la cosecha. Gran sabiduría que podemos olvidar con facilidad. La paciencia forma parte esencial del que quiera ser de Dios y dar frutos abundantes.
     Es también claro que esa semilla crecerá aunque se tenga que regar con el sudor de nuestra esperanza. A veces impaciente y como siempre muy influenciada por el deseo de éxito y de ver enseguida los frutos podemos pensar que no hay nada que hacer.
     El Señor nos lanza a confiar en que los planes de Dios se cumplen, aunque se hagan esperar. No tirar la toalla pensando cuando llega el invierno y los campos parecen callar y que sólo hay muerte debajo de una tierra dura, agostada y sin agua, sin embargo pronto estallará la vida y como sin darnos cuenta la vida se ha hecho realidad, pues la primavera acaba llegando siempre a nuestras vidas.
     Jesús nos sugiere con el Evangelio de Marcos que lo pequeño, lo sencillo tiene vocación de crecer, de hacerse grande, de albergar vida, como los pájaros con sus nidos. Son parábolas que los autores dicen que son la respuesta de Jesús a través del Evangelio de Marcos de los momentos difíciles en la vida de Cristo que comenzaron en su vida pública donde después del éxito inicial se va enfriando poco a poco el entusiasmo de la mayoría de sus seguidores que se cansan pronto de seguirle por los caminos de la vida. Estas parábolas hablan de lo pequeño, del saber esperar y de que al final vuelve la vida y que los momentos difíciles se superan confiando en que la semilla crecerá.

+ Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres 


ESPIGAS 2018 ADELANTO



sábado, 9 de junio de 2018

DOMINGO 10 DE JUNIO DE 2018, 10º DEL TIEMPO ORDINARIO

«¿QUIÉNES SON MI MADRE Y MIS HERMANOS?»



     La promesa que nos releja el libro de los orígenes, el Génesis, de que sería aplastada la cabeza de la serpiente, de Satanás, continuamente está reflejado en el Evangelio de Marcos.
     Dios es Todopoderoso, pero el diablo no es todopoderoso, es “mentiroso y padre de la mentira” y toda su misión consiste en hacer la guerra a la obra del Reino de Dios. El diablo no puede reinar, pero sí hace la vida imposible a los que siguen a Cristo implantando su Reino de justicia, de paz y de amor. Se expulsa al diablo cuando amamos, reflejamos el Evangelio y  cumplimos la voluntad de Dios, que nos aleja del pecado que mata la vida y el corazón.
     Como nos recuerda el Papa Francisco en “Gaude et exultate”, el diablo que siempre trata de separarnos a través de la mentira y la calumnia, también trata de separarnos de Dios calumniándole.  Dios no te quiere. No eres nadie, por eso te trata tan mal. Trata de separarnos de los hermanos calumniándolos y poniendo siempre la sospecha, es especialista en sospechas, no son de fiar tus hermanos. También en sus obras de las tiniebla calumniándonos a nosotros mismos creando pesimismo, tristeza, que nos retiremos, que esto no es para nosotros. Nos aparta con mentiras y divide la obra de Dios, la obra del Reino y nos separa de los demás y de nosotros mismos.
     La clave es creer, confiar plenamente como un niño en brazos de su madre. La confianza absoluta en el triunfo de Jesús arroja una vez más al vacío al diablo y sus secuaces. La victoria está en Jesús y en los que le seguimos siempre que nos abramos a una fe, a una confianza ilimitada en su Corazón. Si alguna vez creyéramos que estamos condenados, que estamos en el infierno, si hemos confiado y creído en el Amor de Dios, no dudes que  estamos soñando, sería sólo un sueño, porque cuando nos arrojamos confiadamente en su Corazón Misericordioso el diablo no tiene nada que hacer, no puede reinar donde hay una fe que se hace confianza en “que sabemos que nos ama” y donde hay confianza en Dios, Satanás no puede reinar.
     Jesús nos vuelve a situar en la clave de una fe que “mueve montañas”. El Evangelio de Marcos, del catecúmeno, es donde se refleja la vida de Jesús y donde se prepara para vivir en la vida a la renuncia a Satanás y a todas sus seducciones, nos lanza a vivir en una confianza sin límites en el Amor del Señor que es Todopoderoso no como el diablo que disimula, que se trata de hacer pasar por lo que no es, y es vencido por la Verdad de Cristo.

+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres


(Mt 5, 9)

Palabra de vida
JUNIO 2018

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9)

     El Evangelio de Mateo inicia el relato de la predicación de Jesús con el sorprendente anuncio de las bienaventuranzas. En ellas, Jesús proclama «bienaventurados», es decir, plenamente felices y realizados, a todos los que a los ojos del mundo son considerados perdedores o desventurados: los humildes, los afligidos, los mansos, los que tienen hambre y sed de la justicia, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz. A ellos Dios les hace grandes promesas: serán saciados y consolados por Él mismo, serán herederos de la tierra y de su Reino.
     Es, pues, una revolución cultural en toda regla, que trastoca nuestra visión, a menudo cerrada y miope, para la cual estas categorías son una parte marginal e insignificante de la lucha por el poder y el éxito.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios»,

     Según la visión bíblica, la paz es fruto de la salvación que Dios realiza; o sea, es ante todo un don de Dios. Es una característica de Dios mismo, que ama a la humanidad y a toda la creación con corazón de Padre y tiene sobre todos un proyecto de concordia y armonía. Por eso, quien se prodiga por la paz demuestra cierta «semejanza» con Él, como un hijo.
     Escribe Chiara Lubich: «Puede ser portador de paz quien la posee en sí mismo. Es necesario ser portador de paz ante todo en nuestro comportamiento de cada instante, viviendo de acuerdo con Dios y su voluntad. [...] “...serán llamados hijos de Dios": recibir un nombre significa convertirse en lo que ese nombre expresa. Pablo llamaba a Dios "el Dios de la paz" y saludaba a los cristianos diciéndoles: "EI Dios de la paz esté con todos vosotros”: Los que trabajan por la paz manifiestan su parentesco con Dios, actúan como hijos de Dios, dan testimonio de Dios, quien [...) ha imprimido en la sociedad humana el orden, que da como fruto la paz». Vivir en paz no es simplemente la ausencia de conflicto; tampoco es una vida sosegada, contemporizando con los valores para buscar la aceptación de los demás siempre y como sea; más bien es un estilo de vida exquisitamente evangélico que requiere la valentía de hacer opciones a contracorriente.
     «Trabajar por la paz» es sobre todo crear ocasiones de reconciliación en la vida de uno mismo y de los demás, en todos los niveles: ante todo con Dios, y luego con quienes tenemos cerca, en la familia, en el trabajo, en clase, en la parroquia y en las asociaciones, en las relaciones sociales e internacionales. O sea, es un modo decisivo de amar al prójimo, una gran obra de misericordia que sanea todas las relaciones.
     Eso es precisamente lo que Jorge, un adolescente de Venezuela, decidió hacer en el colegio: «Un día, al final de las clases, vi que mis compañeros se estaban organizando para una manifestación de protesta durante la cual tenían la intención de usar la violencia, incendiando coches y tirando piedras. Inmediatamente pensé que ese comportamiento no cuadraba con mi estilo de vida. Así que les propuse escribir una carta a la dirección del colegio: así podríamos pedir de otro modo lo mismo que ellos pensaban conseguir con la violencia. Entre unos cuantos la redactamos y se la entregamos al director».

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios».

     En este tiempo se revela especialmente urgente promover el diálogo y el encuentro entre personas y grupos diversos por historia, tradiciones culturales o puntos de vista, y así mostrar aprecio y acoger la variedad y riqueza que supone.
     Como dijo recientemente el papa Francisco: «La paz se construye en el coro de las diferencias [...] Y a partir de esas diferencias uno aprende del otro, como hermanos... Uno es nuestro Padre, nosotros somos hermanos. Querámonos como hermanos. Y si discutimos entre nosotros, que sea como hermanos que enseguida se reconcilian, que siempre vuelven a ser hermanos».
     También podremos esforzarnos por conocer los brotes de paz y fraternidad que ya hacen nuestras ciudades más abiertas y humanas. Preocupémonos de ellos y hagamos que crezcan; así contribuiremos a curar las fracturas y los conflictos que las invaden.

Leticia Magri

domingo, 3 de junio de 2018

DOMINGO 3 DE JUNIO DE 2018, SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

«TOMAD, ESTO ES MI CUERPO… ESTA ES MI SANGRE»



     Quien conoce y reconoce a Cristo Vivo en la Eucaristía, nunca tendrá la profunda soledad del corazón. Aquí se cumple la promesa de la Trinidad en el Génesis: “no es bueno que el hombre esté solo”. Es la presencia de Jesús en el alma, el antídoto más eficaz contra todas nuestras soledades, como decía San Bernardo, nunca está el hombre menos solo que cuando está a solas con Dios.
     ¿Cómo poder superar la profunda soledad del alma si no es con la presencia que “recrea y enamora” de Cristo en la Eucaristía?
     Tenemos que adorar a Jesús en la Eucaristía que se reserva en el Sagrario para ser nuestra compañía y amigo en los caminos de la vida.
     Es verdad que la Eucaristía es comida, es banquete. El mismo Jesús la instituye en esa clave de comida, como dice esta antífona: “Les diste pan del cielo que contiene en sí todo deleite”. La Eucaristía por la adoración responde a la pregunta profunda del corazón humano que le dicen al apóstol Felipe, aquellos griegos: “Queremos ver a Jesús”. Así lo han cantado los poetas: “Veante mis ojos, dulce Jesús Bueno, veante mis ojos y muérame yo luego” (Santa Teresa de Jesús)
     En esta fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo  se reafirman las tres dimensiones esenciales de la Eucaristía como sacramento, sacrificio, banquete y presencia. Lo recoge bellamente uno de los himnos de Liturgia de este día, se canta la locura del Amor del Corazón: su Presencia entre nosotros. Se queda con nosotros para siempre como el Amigo que nunca falla. Aquello que le dicen las madres a sus hijos: “Te quiero tanto que te voy a comer”. Aquí es Cristo el que por amor se deja comer por nosotros como el auténtico maná que bajó del cielo.
     Jesús nos dice con este sacramento: Os quiero tanto que me dejo comer para ser vuestra vida, vuestra alegría, vuestra paz  ahora y por siempre.
La Eucaristía nos dice una y otra vez que no fue Moisés el que nos da el pan de vida, es mi Padre, dice el Señor, el que os alimenta, y también repetirá que la Eucaristía es para la vida; el que coma de este pan vivirá para siempre. Quien vive adorando la Eucaristía  transforma su corazón.



+Francisco Cerero Chaves - Obispo de Coria-Cáceres