TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

jueves, 19 de mayo de 2016

JORNADA "PRO ORANTIBUS", DOMINGO 22 DE MAYO


   ...  Contemplad el rostro de la misericordia, nos dicen en este año jubilar. Ellos son los primeros testigos de la misericordia de Dios, porque mantienen viva la experiencia del perdón de Dios, tienen muy clara su conciencia de ser personas salvadas y se sienten renovadas y envueltas continuamente por la santidad de Dios. Son así, para nosotros, ejemplo de confianza en la misericordia de Dios, que nunca nos abandona.
    Las personas contemplativas nos ayudan a recordar, asimismo, que el seguimiento de Jesucristo supone optar libremente por seguir sus verdades, no las nuestras, y desprendernos de todo lo que no esté conforme con su Evangelio. La opción valiente de la persona contemplativa es una invitación continuada para los demás, de lo que implica y conlleva el seguimiento de Jesucristo. Dar la vida por lo que se cree.
     Aunque no pocas nubes se ciernen sobre el horizonte de hoy sobre la vida contemplativa, también cerca de nosotros, hemos de estar seguros, y plenamente confiados, de la fuerza del Espíritu Santo que sopla por doquier en la Iglesia y en el mundo. Están apareciendo, incluso, nuevas formas de esta consagración, en consonancia con las nuevas exigencias de nuestro tiempo.
     Damos gracias a Dios por la riqueza de la vida contemplativa. Sus ejemplos suscitan, en no pocos jóvenes, el deseo de seguir a Cristo para siempre. El Señor sigue llamando.
     Nuestro agradecimiento y nuestro apoyo a las personas consagradas al Señor, particularmente a los contemplativos y contemplativas de esta Iglesia. Roguemos a Dios por su perseverancia y entrega plena a su vocación, al tiempo que les pedimos recen diariamente por todos los fieles diocesanos.
     Con nuestra felicitación y saludo en el Señor.

+ Ramón del Hoyo López - Obispo Adm. Apostólico




LAS OBRAS DE MISERICORDIA ESPIRITUALES



EXAMEN DE CONCIENCIA
EN EL AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA

ENSEÑAR A QUIEN NO LO SABE
Si soy padre o madre, ¿me preocupo de la educación de mis hijos? ¿Dedico tiempo al diálogo con ellos? Como cristiano, ¿inicio a mis hijos en la oración, los sacramentos y a tener el Evangelio como modo de vida?
Siendo discípulo de Jesús por el bautismo, ¿intento hacer nuevos discípulos y enseño a guardar todo lo que él nos ha mandado?
¿Muestro con palabras y obras la fe a los demás o me quedo solo en las palabras?
¿Procuro purificar cada día la imagen que tengo de Dios para no convertirlo en un ídolo creado a mi imagen y semejanza?
¿Valoro la catequesis de mi parroquia y me he preguntado si el Señor me llama a ser catequista?

DAR BUEN CONSEJO AL QUE LO NECESITA
Cuando alguien me pide un consejo, ¿intento orientar desde la fe y si no conozco el tema a tratar busco quien pueda ayudar a esa persona?
Cuando veo a las personas angustiadas o desesperadas, ¿soy mensajero de esperanza y de alegría cristiana?
¿Valoro el acompañamiento espiritual? ¿Acompaño a los demás y me dejo acompañar?
¿Me mantengo siempre en la búsqueda de la verdad y de la luz para orientarme a mí mismo y a los demás?
¿Cultivas el don de la escucha y la empatía con los que te necesitan?

CORREGIR AL QUE YERRA
¿Soy valiente cuando veo que tengo que hacer la corrección fraterna o lo dejo pasar porque no quiero complicarme la vida?
Antes de hacer la corrección fraterna, ¿pido a Dios que me ayude para que sea un bien para mi hermano y que me dé la luz necesaria para orientarlo bien?
Cada vez que lo veo necesario, ¿hago la corrección fraterna en vez de juzgar, criticar o murmurar?
Cuando hago la corrección fraterna, ¿la hago con humildad, caridad y mansedumbre?

PERDONAR AL QUE NOS OFENDE
Cuando alguien me ofende, ¿perdono con prontitud o voy acumulando rencor y resentimientos en mi interior?
Si me siento ofendido, ¿sé distinguir entre el mal que me han hecho y la persona que lo ha realizado, sabiendo que Dios rechaza el pecado pero no al pecador?
Cuando perdono, lo hago como una obligación cristiana que tengo que cumplir o como un gesto de amor al estilo de Jesús, que cuando lo estaban crucificando decía: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)?
¿Valoro el perdón que Dios Padre me da en el sacramento de la reconciliación y soy después generoso para ofrecer a los demás el perdón que Dios me ofrece?

CONSOLAR AL TRISTE
Cuando veo a una persona triste, ¿me acerco a ella para preguntarle «qué le pasa», escucharla y animarla?
Si veo a una persona hundida en su tristeza, ¿intento acompañarla hasta que recupere su alegría?
¿Estoy vigilante para que cuando vaya a consolar al triste no convierta la consolación en una acusación?
Cuando consuelo al triste, ¿me pongo en el lugar de la persona que sufre? ¿Intento comprenderlo y darle una respuesta desde el amor fraterno?

SUFRIR CON PACIENCIA LOS DEFECTOS DEL PRÓJIMO
¿Sufro con paciencia los defectos de los demás, comprendiendo que muchas veces ellos no llegan a aguantarse ni a sí mismos?
Ante el hermano difícil, ¿no pierdo la esperanza de que Dios puede actuar en él y puede darse la conversión de sus actitudes que me hacen daño, o por el contrario, lo trato con la indiferencia porque doy por imposible que pueda cambiar?
¿Amo a las personas como son, indistintamente de lo que hagan, sabiendo que Dios las ama sin condiciones?
¿Utilizo los defectos de los demás como camino de santificación?

ROGAR A DIOS POR LOS VIVOS Y LOS DIFUNTOS
¿Oro todos los días por la Iglesia y los que la gobiernan, así como por la sociedad civil y por sus autoridades?
¿Es para mí importante la oración personal y comunitaria como uno de los pilares fundamentales de la vida cristiana?
¿Valoro la Eucaristía como la oración por excelencia de toda comunidad cristiana y de toda la Iglesia? ¿Asisto a ella con un espíritu de recogimiento y devoción?
¿Oro por la Iglesia perseguida y por la conversión de sus perseguidores?
¿Oro por la paz del mundo, para que cesen las guerras y toda clase de violencia?
¿Oro por los enfermos, los pobres y por todos los que sufren?
¿Oro por las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y al matrimonio cristiano?
¿Oro por los difuntos y por las ánimas benditas del Purgatorio?

viernes, 13 de mayo de 2016

DOMINGO 15 DE MAYO, EN LA PASCUA DE PENTECOSTÉS, SOLEMNIDAD.



RECIBIRÉIS EL ESPÍRITU SANTO

     La fiesta de Pentecostés viene a rematar la acción redentora de Cristo y llevarla a cumplimiento. Cincuenta días después de su Resurrección y a los diez días de haber ascendido al cielo, Jesús cumple su promesa: nos envía el Espíritu Santo desde el seno del Padre para que nos acompañe como abogado en nuestro peregrinar hasta el cielo y en la transformación del mundo presente.
     La vida cristiana no es una imitación externa de un modelo superhombre, Jesucristo, y por tanto algo inalcanzable. La vida cristiana es la vida de Dios en nosotros y Dios quiere vivir su vida en todas y cada una de las personas que vienen a este mundo. Dios quiere poner su morada en nuestro corazón e ir construyendo desde dentro una personalidad nueva. El bautismo nos sumerge en la vida de Cristo y nos hace renacer con Él a otra vida, la de hijos de Dios. Y todo ello es obra del Espíritu Santo en nuestras almas. Por tanto, la vida cristiana no surge ni se sostiene de un voluntarismo, de una decisión humana, sino de un proyecto de Dios, si le dejamos que se cumpla en nosotros.
     El Espíritu Santo nos sitúa en la gracia de Dios. “Estar en gracia de Dios” es tener en el alma la presencia de Dios por inhabitación de las Personas divinas. Y junto a la gracia, las virtudes y los dones. Todas las virtudes tienen su centro y su motor en el amor, en el amor de Dios que nos ama y en el amor que genera en nosotros ese amor (ágapecaritas). Dios es amor. El Espíritu Santo es el amor personal de Dios, que abraza en amor al Padre y al Hijo, y que ha sido derramado en nuestros corazones, encendiendo en nosotros el mismo amor de Dios.
     El Espíritu Santo reproduce en nosotros las mismas actitudes de Cristo. La vida cristiana es la vida según el Espíritu Santo, movidos por él. La fe, la esperanza y la caridad son virtudes principales, que mueven todas las demás. Y junto a las virtudes, los dones: sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios. Y la acción perfecta del Espíritu produce en nosotros los frutos del Espíritu: caridad, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (Gal 5,22).
     El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, es quien la conduce por los caminos de la historia según los planes de Dios. Así aparece en los Hechos de los Apóstoles, en aquella primera comunidad. Y así continúa siendo a lo largo de la historia. La Iglesia, que ha pasado por todo tipo de avatares prósperos y adversos, continúa con una frescura siempre nueva sirviendo al mundo el Evangelio de Jesucristo. Ahí tenemos a los santos de todos los tiempos, también los de nuestra época, que son grandes bienhechores de la humanidad y son elocuentes testimonios de amor a Dios, movidos por el Espíritu Santo. Las dificultades no hunden a la Iglesia, sino que la renuevan. Las persecuciones la restauran y siempre son ocasión de un amor más grande.
     La fiesta de Pentecostés es ocasión propicia para tomar conciencia de pertenencia a una familia en la que todos tenemos una misión encomendada, para el servicio común del Cuerpo de Cristo. Pero en esta fiesta queda subrayada la acción apostólica de los laicos en el mundo. El mandato misionero de Cristo: “Id a todas las gentes y anunciadles el Evangelio”, adquiere en Pentecostés todo su vigor. El fiel cristiano seglar, laico en el mundo, tiene la preciosa misión de hacer visible a Jesucristo y su Evangelio en el mundo en el que vive, con el reto permanente de transformar este mundo en un mundo más parecido al proyecto de Dios, en un mundo más justo y más fraterno, en un mundo en que los más débiles no son descartados, en un mundo en el que se respeta la creación porque es regalo de Dios para los hombres.
     Pentecostés es el día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, porque el Espíritu Santo, que viene continuamente a su Iglesia, quiere suscitar testigos valientes en medio de las plazas de la civilización del amor, de la vida según el Espíritu.
Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba.