TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

lunes, 13 de febrero de 2017



FEBRERO 2017

«Os daré un corazón nuevo; infundiré en vosotros un espíritu nuevo» (Ez 36, 26).

     El corazón remite a los afectos, a los sentimientos, a las pasiones. Pero para el autor bíblico es mucho más: junto con el espíritu, es el centro de la vida y de la persona, el lugar de las decisiones, de la interioridad y de la vida espiritual. Un corazón de carne es dócil a la Palabra de Dios, se deja guiar por ella y formula «pensamientos de paz» hacia los hermanos. Un corazón de piedra está cerrado en sí mismo, incapaz de escuchar y de tener misericordia.
     ¿Necesitamos un corazón nuevo y un espíritu nuevo? No hay más que mirar a nuestro alrededor. La violencia, la corrupción, las guerras nacen de corazones de piedra que se han cerrado al proyecto de Dios sobre su creación. Incluso si miramos dentro de nosotros con sinceridad, ¿no nos sentimos movidos muchas veces por deseos egoístas? ¿Es efectivamente el amor el que guía nuestras decisiones; es el bien del otro?
     Observando esta pobre humanidad nuestra, Dios se compadece. Él, que nos conoce mejor que nosotros mismos, sabe que necesitamos un corazón nuevo. Así se lo promete al profeta Ezequiel, pensando no solo en las personas individualmente, sino en todo su pueblo. El sueño de Dios es recomponer una gran familia de pueblos como la concibió desde los orígenes, modelada por la ley del amor recíproco. Nuestra historia ha mostrado en muchas ocasiones, por un lado, que solos somos incapaces de cumplir su proyecto; y por otro, que Dios nunca se cansa de volver a apostar por nosotros e incluso promete darnos Él mismo un corazón y un espíritu nuevos.

«Os daré un corazón nuevo; infundiré en vosotros un espíritu nuevo»

     Él cumple plenamente su promesa cuando manda a su Hijo a la tierra y envía su Espíritu en el día de Pentecostés. De ahí nace una comunidad -la de los primeros cristianos de Jerusalén- que es icono de una humanidad caracterizada por «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32).
     También yo, que escribo este comentario, y tú, que lo lees o lo escuchas, estamos llamados a formar parte de esta nueva humanidad. Es más, estamos llamados a formarla a nuestro alrededor, a hacerla presente en nuestra vida y en nuestro trabajo. Fíjate qué gran misión se nos encomienda y cuánta confianza pone Dios en nosotros. En lugar de deprimirnos ante una sociedad que muchas veces nos parece corrupta, en lugar de resignarnos ante males que nos sobrepasan y encerrarnos en la indiferencia, dilatemos el corazón «a la medida del Corazón de Jesús. ¡Cuánto trabajo! Pero es lo único necesario. Hecho esto, está hecho todo». Es una invitación de Chiara Lubich, que dice a continuación: «Se trata de amar a cada uno que se nos acerca como Dios lo ama. Y dado que estamos sujetos al tiempo, amemos al prójimo uno por uno, sin conservar en el corazón ningún resto de afecto por el hermano con el que acabamos de estar».
     No confiemos en nuestras fuerzas y capacidades, inapropiadas, sino en el don que Dios nos hace: «Os daré un corazón nuevo; infundiré en vosotros un espíritu nuevo».
      Si permanecemos dóciles a la invitación de amar a cada uno, si nos dejamos guiar por la voz del Espíritu en nosotros, nos convertimos en células de una humanidad nueva, artesanos de un mundo nuevo en medio de la gran variedad de pueblos y culturas. 

Fabio Ciardi


sábado, 11 de febrero de 2017

DOMINGO 12 DE FEBRERO DEL 2017, 6º DEL TIEMPO ORDINARIO

«…NO HE VENIDO A ABOLIR, SINO A DAR PLENITUD»

     El sabio, en el Evangelio, es la persona que puede decir que ha experimentado y gustado el amor a Dios que da sabor a la vida. ”Gustad y ved que bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él”  (Salmo 33). El “saboreo” del Dios Amor es la auténtica sabiduría. Sabio no es el que tiene muchos conocimientos, ni muchas carreras, ni mucha teología de academia, sino el que ha gustado y saboreado a Dios.  Es el que se acerca al Señor de la Vida, “de rodillas” y, experimentado el Dios de la vida, aprende de las cosas sencillas con un “sexto” sentido que le hace interpretar y gozar de las cosas de Dios, saboreando y gozándose, desde esa sabiduría, en lo más grande y hermoso de la vida. El sabio es la persona humilde y feliz porque ha conocido el verdadero Amor de Dios.
     Cuando he realizado la Visita Pastoral a algunas de las zonas más pobres de mi Diócesis, me he encontrado con personas de una profunda sabiduría. Podían parecer que no eran de carrera o “letradas”. Habían adquirido, viviendo desde la sencillez  de Dios, una sabiduría capaz de convencer al mundo. Recuerdo que una mujer me decía. “He perdido a dos hijos y he sufrido mucho, pero todavía pienso que el Señor no permite más de lo que todavía puedo sufrir”. Es la sabiduría que se experimenta amada, incluso en los momentos más dolorosos  de la vida.
     Los hombres y mujeres del  Antiguo Testamento tenían una sabiduría que era admirada por los pueblos de alrededor. Ahora, con Jesús, la sabiduría del Padre, que es Él, por la Encarnación, Muerte y Resurrección, nos lanza a una sabiduría nueva: “Se os dijo, pero Yo os digo”. Vuelve a la experiencia más radical del Amor, que es volver a lo que nunca caduca, a no dejar en el sótano de nuestro corazón la amargura y el deseo de venganza, que nos hace tan infelices. La verdadera sabiduría se experimenta orando y en la unión con Dios.
     Jesús nos anima a mirar su Corazón, a poner los ojos en quien “tiene traspasado el Corazón”. Viendo cómo vivió Él, aprendemos a vivir, a perdonar, a no utilizar “el ojo por ojo y el diente por diente”  porque al final todos, absolutamente todos, desdentados y ciegos. No salir de la espiral del mal es no solucionar los problemas.
     La sabiduría es “saborear” que “para los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. La malicia engendra malicia, el rencor más rencor, la venganza engendra crimen. Sólo el Amor vence todo y nos hace estar en otra orilla, en otra realidad que es la sabiduría de los pobres, de los que confían y tienen el corazón ilimitadamente bueno de Jesús. La sabiduría se estrena con el corazón humilde y se hace realidad con las cosas sencillas de cada día.

+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres  


REFLEXIONES PARA LA ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA



FEBRERO: La Iglesia, (II)

     Ya entre el pueblo de Israel era costumbre emplear la palabra sinagoga tanto para referirse al edificio dedicado al estudio y al culto como para hablar del pueblo creyente que en él se congregaba, convocado por Dios. El Pueblo era la sinagoga (los convocados) por el Señor. El lugar donde se reunía este Pueblo (particularmente tras el Exilio en Babilonia) se llamará sinagoga.
     Los cristianos que como Jesús seguían, en un primer momento, acudiendo al culto sinagogal; pronto son excomulgados de las sinagogas y van a tener que reunirse solos, separados del pueblo judío, y en sus propias casas. Estas casas de familias cristianas donde se reunía más o menos establemente la comunidad de discípulos de Jesús (la Iglesia o convocatoria, término paralelo a sinagoga) comienzan a llamarse Domus Ecclesiae (casas de la Iglesia) y muy pronto, ellas mismas, iglesias.
     Tal fenómeno sucede muy pronto, en época apostólica, como testimonian abundantemente tanto el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,11), como las cartas apostólicas. Por ello ya el mismo san Pablo aprovecha la imagen del edificio o de la edificación para presentar el misterio de la Iglesia (1Cor 3,9) y lo mismo hará san Pedro (1P 2, 1-17). El mismo Cristo, antes, en su predicación, ya usó estas imágenes (Mt 21, 42 y par.; vid. CEC 756).

La Iglesia edificación.

     En el Oficio de Lecturas de la Dedicación de una iglesia encontramos un precioso texto de Orígenes, el antiguo pensador alejandrino, de Egipto:

    Todos los que creemos en Cristo Jesús somos llamados piedras vivas…
     Así lo afirma Pablo cuando nos dice: Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular…
     Pero en este edificio de la Iglesia conviene que también haya un altar. Ahora bien, yo creo que son capaces de llegar a serlo todos aquéllos que, entre vosotros, piedras vivas, están dispuestos a dedicarse a la oración, para ofrecer a Dios día y noche sus intercesiones, y a inmolarle las víctimas de sus súplicas; ésos son, en efecto, aquellos con los que Jesús edifica su altar….
(Homilía 9, 1-2; PG 12,871-872)

     La imagen de la Iglesia cuerpo ya servía para identificar ministerios y carismas diversos, miembros, en la unidad del organismo. Ahora la imagen del edificio y del templo sirve para presentar esta variedad con gran expresividad sin perder tampoco la noción de la unidad orgánica del conjunto.
     Será la celebración litúrgica en el edificio de piedra la que lo impregne de la presencia de la Iglesia Pueblo de Dios, que a su vez ve reforzada su estructura y ordenamiento por el espacio que la acoge y en el que desarrolla sus ritos propios.
     Por eso será tan importante respetar en el espacio litúrgico los lugares propios de cada ministerio y cada cosa o acción. En el texto que hemos citado de Orígenes se identifica con el altar, como lugar del sacrificio y de la intercesión, a los orantes. Estos serán en primer lugar los sacerdotes (Obispos o Presbíteros) de los que dice en la Liturgia Romana el Común de Pastores: “este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo” (Responsorio breve, II Vísperas común de Pastores). Pero ante el altar, casi como prolongación del mismo, está una muchedumbre inmensa de orantes. ¿Cómo no ver a los/as adoradores de la Eucaristía reflejados en tal altar? Y ante la alusión al día y a la noche, ¿cómo no sentirse interpelados como Adoración Nocturna?
     Estar en el altar significa particular dedicación a la oración y a la adoración, al sacrificio de inmolar la propia vida por amor unidos a Cristo. Esto se construye en la constancia, orando y adorando, orando y amando. Allí se aprende a estar unidos al Señor Jesús y a sus Pastores, allí se aprende a descubrir al Señor en pobres, menesterosos y enemigos, para servirlos como a Él.
     En este punto es imprescindible recordar que Obispos y sacerdotes son altar no sólo cuando celebran en él los Divinos Misterios, singularmente la Eucaristía, sino también cada vez que a lo largo de su jornada prolongan esta Eucaristía bajo la forma de la oración y la adoración. Siendo así una sola cosa con Cristo Sacerdote y Víctima, son altar también cuando hacen de toda su vida una inmolación en favor de su Pueblo e incluso de todos los hombres. Pero de aquí se sigue que los sacerdotes tendríamos que encontrar en la oración y la adoración un elemento connatural a nuestro modo de ser, a nuestra vocación. La mucha actividad (las muchas cosas que hay que hacer) más que excusa para relegar la oración ha de ser exigencia o reclamo de la misma.
     La presencia de orantes y adoradores laicos ante el altar de la Eucaristía será, junto con su intercesión y su amor en favor de los sacerdotes, estímulo eficaz para la santificación de los mismos. Y el Pueblo entero, viendo siempre arder el altar, encontrará en él ese faro salvador y guía, particularmente en los momentos de noche o de tormenta. La adoración, la adoración nocturna, es hoy muy necesaria para la Iglesia.
     Haciendo arder el altar se hallan también, claro está, los contemplativos y contemplativas, cuyas vidas dan cohesión a este altar de la Oración de la Iglesia. Allí encontró su vocación santa Teresa del Niño Jesús, como leíamos el día de su fiesta (1 de octubre) en la segunda lectura del Oficio de Lecturas, allí descubrió el corazón de la Iglesia, que hace llegar el Amor de Dios hasta los extremos más remotos de su cuerpo. Así la pequeña Teresa desde su convento es Patrona de las misiones, como con su celo apostólico, viajando hasta los confines del Oriente, lo es san Francisco Javier.
            
Preguntas para el diálogo y la meditación.

■ ¿Sientes realmente tu pertenencia a la Iglesia como la respuesta a una vocación, a una llamada amorosa y personal de Dios? [Esto quieren recordarte las campanas cada vez que suenan llamándote a acudir a la iglesia].

■ ¿Has hallado ya tu “lugar” en la Iglesia? ¿Qué haces para encontrarlo o para cuidarlo fiel y perseverantemente?

■ Como adorador nocturno ¿te ves reflejado ante el altar, según el texto comentado de Orígenes? ¿Cómo vives tu relación con los Pastores de la Iglesia? ¿Rezas por tu cura? ¿Sabemos valorar y agradecer el don de los hermanos y hermanas de vida contemplativa?