TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

viernes, 8 de abril de 2016

5ª CATEQUESIS SOBRE EL AÑO JUBILAR DE LA MISERICORDIA


MISERICORDIA CON LOS POBRES Y NECESITADOS
     La misericordia que Dios es no se manifiesta “en general”, sino en cada uno de noso­tros que somos pecadores y que necesitamos convertirnos y volver a Dios median­te la confesión de los pecados en el sacramento de la Penitencia, sacramento de la Misericordia de Dios. En Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él con la espe­ranza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa”. De esa Iglesia-Esposa que somos para Él cada uno de los cristianos en la Iglesia.
     Por tanto, cuanto más lejos de Dios nos encontremos, más debemos tomar en con­sideración la misericordia de Dios. Es para nosotros y para todos, sin excluir a nadie. Solamente así podremos ser luego testigos de esa misericordia ante otros, contándoles nuestra experiencia, invitándoles a comprobarlo personalmente manifestando que nues­tro corazón se ha trasformado en un corazón misericordioso con los demás.
     He aquí el porqué de nuestra fe que se traduce en obras concretas y cotidianas, destinadas a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu -nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo-, sobre lo que seremos juzgados por Dios al final de nuestra vida. Por eso Francisco desea que reflexionemos sobre las obras de misericordia corpo­rales y espirituales: para “despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (Misericordiae vultus, 15).
     Es preciso -a mi entender- ayudar a todos a experimentar la alegría de descubrir en los milagros diarios la grandeza de su Amor Misericordioso. En la Misericordia de Dios no hay cabida para la casualidad: Dios crea amor, por amor se entrega, por amor perdona con infinita Misericordia. Descubramos que todo lo que hacemos desde que nos levan­tamos hasta acostamos está lleno de pequeños milagros: poder comer cada día, tener una casa donde sentirse protegidos. Poder recibir estudios, atención médica. También siendo partícipes de la generosidad del Amor de Dios que nos empuja a ser mejores, a renunciar al egoísmo. Este descubrimiento en la donación de uno mismo, cuando com­partimos algo que nos gusta con un amigo nos ayudará a progresar y a reflexionar: ¿veo en el pobre la carne de Cristo que “se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, lla­gado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado? ¿Y qué hago en consecuencia? ¿Me doy cuenta de que en cada uno de los necesitados continúa “la historia del sufrimiento del Cordero Inocente”? ¿Soy capaz de descubrir ahí aquella “zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5)”, más aún en el caso de los cristianos perseguidos precisamente a causa de su fe?
     Es bueno recordar también que el pobre más miserable es quien no acepta recono­cerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Es esclavo del pecado, concretamente, el que utiliza los bienes materiales para servirse a sí mismo, no a Dios y a los demás (cf. Lc 16,20-21).
     No nos engañemos pues, con una consideración superficial o genérica de la misericor­dia, pensando que esto debe de ser “para otros”. En los pobres está Cristo y mendiga nuestra conversión. Los pobres y necesitados son la “posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Ninguno de nosotros está vacunado contra ese ofuscamiento que conlleva el querer ser como Dios. No sólo “a lo grande”, en las formas sociales y políticas de los totalitarismos, o en “las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar”. No sólo en referencia a “un modelo falso de desa­rrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos”. No sólo eso. Se trata de “nosotros mismos”, cada uno, a escala doméstica, en la familia, o con el grupo de nuestros amigos. Por eso ahora, leemos, es “un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia”. Concreta Francisco: “Mediante las [obras de misericordia] corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, vi­sitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de peca­dores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales.  Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo”. Y esto es así porque “sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer”. Ídolos, que pueden conducir –lo dice el Papa sin remilgos– al eterno abismo de soledad que es el infierno. Tener en cuenta esto también forma parte de la personalización de la misericordia.
     “Jesús nos revela el rostro de Dios con su comportamiento compasivo hacia los herma­nos marginados y pobres, un amor “visceral”. Miremos a todos con la mirada compasiva de Jesús, para consolar a cada descartado, afligido, herido de la vida, a cada empo­brecido. Nada más concreto que la ternura de Dios para orientar nuestro itinerario en el año jubilar de la misericordia y ver a Cristo mismo en cada uno de los necesitados (cf. Mt 25, 31-45). Vivamos la caridad en toda su extensión y sus múltiples expresiones y realizaciones vibrando ante las pobrezas que nos rodean. La Iglesia es experta en misericordia. Las incontables obras presentes en nuestras parroquias, comunidades reli­giosas, cofradías, etc. son muestra de ello. En este año jubilar son una llamada imperiosa para prestar nuestra ayuda y cambiar nuestro corazón a la medida del de Cristo.
+ Mons. D. Rafael Zornoza Boy – Obispo de Cádiz y Ceuta




sábado, 2 de abril de 2016

DOMINGO 3 DE ABRIL, 2º DE PASCUA Y DE LA DIVINA MISERICORDIA



DOMINGO DE LA MISERICORDIA

     A los ocho días, cuando ya estaba Tomás con los demás apóstoles, Jesús se apareció de nuevo entre ellos para certificar su resurrección. Ellos los apóstoles, que han sido constituidos testigos autorizados de este gran acontecimiento para la historia y para la humanidad. "Se apareció a Cefas (Pedro) y más tarde a los Doce, después de apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles, y por último como a un aborto, se me apareció también a mi (Pablo)" (1Co 15,5-8).
     La resurrección de Jesús no es algo privado, que se origina sólo en la conciencia y en el corazón de los creyentes. Es algo público, que han constatado muchos, de distinta manera, en distintos lugares, coincidentes en una certeza:
     "Verdaderamente ha resucitado". Aquel que había sido condenado a la pena capital crucificado en la cruz, después de ser azotado cruelmente, ha vencido la muerte rompiendo la piedra del sepulcro, del que ha salido victorioso. La alegría de la resurrección inunda el mundo entero.
     Pero entre todas esas apariciones, tiene especial significado la aparición al apóstol Tomás, que este domingo se proclama en el evangelio. "Si no lo veo, no lo creo" había dicho Tomás cuando sus compañeros le explicaban llenos de entusiasmo que Jesús el Maestro estaba vivo, había resucitado. A los ocho días (al domingo siguiente) Jesús, lleno de misericordia, se acerca a Tomás y le muestra sus llagas y su costado traspasado. Y Tomás confiesa: "Señor mío y Dios mío". Esta incredulidad de Tomás es un argumento para nuestra fe, pues ha provocado una condescendencia de Jesús, que tanto agradecemos. Jesús en su inagotable misericordia está dispuesto a mostrarnos una y otra vez sus llagas gloriosas para que veamos que es Él, no otro, y que está vivo después de haber pasado por la muerte. Nuestro encuentro con el sufrimiento se convierte en una ocasión propicia para descubrir la presencia misteriosa del Señor resucitado.
     En este Año de la misericordia podemos esperar que Jesús tenga gestos de cercanía con cada uno de nosotros, y también con aquellos que se resisten a creer. Jesús no le echa en cara nada a Tomás, simplemente se muestra de nuevo, una y otra vez, incansablemente. La convicción nace de dentro, no viene impuesta. La convicción es fruto de la gracia de Dios y de la libertad del sujeto. Dios propone una y otra vez, el sujeto acoge este testimonio de Jesús, de la Iglesia, de un cristiano coherente, hasta confesar: Realmente Dios está aquí. Ese resultado es fruto de la misericordia, de un amor más fuerte que todas las razones humanas, de un amor más fuerte que todas las resistencias. La misericordia de Dios es un amor paciente, que no se cansa de esperar.
     Ha sido el gran Papa san Juan Pablo II el que ha instituido esta fiesta de la Divina Misericordia en el segundo domingo de Pascua, a partir de las revelaciones privadas de santa Faustina Kowalska, monja polaca que él trato en su juventud. Este mensaje de la misericordia divina es especialmente necesario para un mundo afligido por tantas tensiones, guerras, persecuciones, venganzas. A partir del año 2000, este segundo domingo de Pascua se designará en toda la Iglesia con el nombre de "domingo de la Divina Misericordia". Juan Pablo II estaba "tocado" por esta devoción, haciendo de su vida una ofrenda de amor en favor del mundo entero. Dios vino a buscarle precisamente en esta fiesta –murió el 2 de abril de 2005, fiesta de la Divina misericordia- y ha sido beatificado (2011) y canonizado (2014) en la misma fiesta.
     El Papa Francisco ha tomado esta línea de la misericordia divina como lema de su pontificado, introduciéndonos este Año especialmente en el ámbito de la misericordia, que supera todos nuestros cálculos, pues se trata de un amor a la medida de Dios.
     La misericordia no se opone a la justicia, sino a la venganza. Dios no reacciona ante el mal, como suele hacer el hombre, sino que reacciona con su perdón sobreabundante y con su misericordia. La misericordia de Dios incluye la justicia y excluye incluso en el deseo todo tipo de venganza.
Recibid mi afecto y mi bendición:
+ Demetrio Fernández- Obispo de Córdoba


viernes, 1 de abril de 2016

MENSAJE DE NUESTRO OBISPO EN LA PASCUA DE RESURRECCIÓN (II)


El Señor nos fortalece en las pruebas
     La certeza que sostiene al Apóstol, debe sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta vida, tal como aconsejaba Pablo al discípulo Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio... Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con El, también viviremos con El; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con El; si le negamos, también Él nos negará; si somos fieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo...” (2 Tim 2, 8-13).
     La presencia de Cristo Vivo debe vivificar completamente nuestra vida, nuestro trabajo, la vida familiar y nuestro empeño por construir una sociedad más justa y fraterna. Esta certeza se convierte en seguridad y fuente de sentido ante la enfermedad, el dolor y el sufrimiento. Esta certeza, por fin, es acicate en la vida moral y en el esfuerzo por ser mejores, con el estilo de quien ha resucitado con Cristo y aspira a vivir una vida nueva (Col 6,1-2).
Los Sacramentos de Cristo
    ¡Nosotros podemos tocar a Cristo hoy, aquí y ahora! Cada sacramento es, sobre todo, un encuentro personal con Dios. Cuántas veces hemos deseando verle, plantearle nuestras dudas, tenerle cara a cara, tan cerca que incluso podamos tocarle. De hecho, muchas veces hemos envidiado a aquellos que estuvieron al lado de Jesús: los apóstoles, la samaritana, el centurión, todos los que fueron curados por Él, etc. Pues bien, este deseo profundo se hace posible hoy a través de los sacramentos y, de modo especialmente intenso, en la Eucaristía.
     Gracias a los sacramentos hoy puedo nacer de nuevo, como Nicodemo; recibir el perdón total y absoluto de todos mis pecados, como María Magdalena; exultar con el gozo del Espíritu derramado en Pentecostés; sanar de mis enfermedades y complejos, como el ciego de nacimiento; y, finalmente, reposar mi cabeza en Cristo, como San Juan, para permanecer con Él al pie de la Cruz y ofrecer mi vida, con la suya, por la salvación de los hombres. En los distintos gestos y oraciones de cada sacramento por la acción del Espíritu Santo, se hace realmente presente Cristo. Cuando decimos que Cristo ha resucitado no lo decimos de manera metafórica sino que afirmamos algo que ya escandalizó a judíos y romanos hace más de veinte siglos, y que el mismo San Pablo defendió con su vida: Cristo está vivo, es una persona viva, con la que puedo relacionarme. En los sacramentos puedo tocarle y, lo más sorprendente aún, Él mismo puede tocarme a mí y transformar mi vida por completo. En los sacramentos Cristo resucitado se me entrega para darme esa vida verdaderamente nueva. Que la nueva vida que brotó del costado abierto de Cristo en la cruz nos haga experimentar su presencia continua que nunca nos abandona.
La misericordia del Señor llena la tierra
     Deseo vivamente que estas semanas de Pascua nos lleven a los más necesitados para que conozcan el amor generoso del Señor que sale a su encuentro. Jesús ha entregado su vida y vuelve resucitado para cuantos buscan a Dios sin encontrarle, como sucedió a María Magdalena, y les toma en serio abriendo los ojos de sus corazones. También para los pesimistas derrotados, como los discípulos de Emaús, que pueden sentirse comprendidos y llegar a ser apóstoles. Sigue acercándose para los dominados por el miedo, tan humano, que hoy padecen tantos perseguidos, prófugos, refugiados, y abandonados de los demás. No rechaza a los incrédulos, como Tomás, que buscan razones para salir del absurdo de sus razonamientos o desvalimiento. El intercede por nosotros y sigue buscando a todos los heridos por el pecado, el odio, la miseria o el rechazo de la sociedad. Mira con infinita compasión a cuantos sufren las injusticias y desigualdades, a los marginados y excluidos de la sociedad, a los que viven en las periferias existenciales, que a veces están muy cerca de nosotros. Que con nuestra solicitud pastoral y caritativa y anunciando a todos los necesitados la resurrección del Señor puedan encontrar su presencia y el cálido abrazo de misericordia.
Seamos sus testigos, discípulos misioneros
     Hemos vivido, a través de la celebración litúrgica del Triduo Santo, junto a María, nuestra participación en el Misterio Pascual donde hemos puesto los dolores y alegrías de nuestra vida, las de la Iglesia y del mundo, y hemos renovado nuestros compromisos bautismales, para compartir la victoria de Cristo Resucitado en la Eucaristía. Anunciemos ahora la Buena Noticia que ha de resonar durante toda la cincuentena pascual como un himno de victoria: ¡Cristo ha resucitado¡ La muerte y el mal no tienen la última palabra, sino la Verdad y el Bien, Dios mismo. Ahora el Señor nos envía sin fijarse en nuestros defectos: “Como mi Padre me envió, así os envío yo” (Jn 20,21). Alegrémonos de compartir con El esta misión.
     Que el Señor os conceda vivir este tiempo de alegría y de fiesta con el corazón lleno de esperanza y así seamos ante cuantos nos conocen, testigos de Cristo resucitado.

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta - Pascua de 2016