NADA ES NUEVO
La Vigilia es nuestro
acto de servicio, nuestra razón de Adorador. Tú, que no faltas a tu oficina, a tu
trabajo, a tus citas; unos impuestos por la necesidad de vivir, otras por
conveniencias sociales, ¿serás capaz de faltar a tu real servicio nocturno por
razones que no te hubieras atrevido a alegar para tus compromisos humanos?
Me dirás: “en ello no hay pecado”. ¡Tibio, tibio solamente! Y además desertor. Si todos tus hermanos de Adoración tuvieran ese espíritu, corroería la carcoma nuestros abandonados reclinatorios y estarían cegados de sucias telarañas los ventanales de nuestros templos solitarios. No, el día en que el Señor nos honró con tan alta distinción quedamos obligados a Él con todo nuestro cuerpo y alma, y si ni dándole ambos por entero podemos pagarle en nada, ¿crees tener mejor moneda?
No es pecado, cierto, y , para mayor tranquilidad de tu conciencia, así te lo advierte el Reglamento; pero no queda muy alto el concepto que pueda tenerse te tu fidelidad a la palabra dada, cuando faltas al compromiso fundamental del Adorador de asistir a sus vigilias. ¿Qué cicatería, qué tacañería de alma es esa? ¿No puedes dedicarle a tu Señor una noche al mes? ¿Tan apretado andas de tiempo?
Con
toda tu honda amargura vibra el dulce reproche que no ha perdido vigor a través
de los siglos: ¿De modo que no habéis podido velar conmigo
una hora?” Y luego la terrible frase: “dormid ya y descansad, que
ya se acerca la hora y el hijo del hombre va a ser entregado en manos de los
pecadores”. ¡Sí, durmamos y descansemos para que tengan libre el camino los
Judas que le venden, los Herodes que le injurian y los Pilatos que le condenan!
¡Dejémosle solo, como
entonces, como siempre, mientras le quede una gota de sangre que derramar, un
insulto que sufrir, un tormento que padecer!
Y mientras su Cuerpo cuelga hecho jirones de la cruz, ¡sus leales guardias nocturnos hacen su vela… durmiendo! Y ahora, ¿entiendes, hermano Adorador, por qué, aunque no sea pecado, debes de asistir por encima de todo a tu Vigilia? Sé de tus ocupaciones, de tus achaques, de tu familia, de tu cansancio, de tu falta de tiempo; pero se también que un día se borrará todo eso como un mal sueño; El, que está aquí y allí, seguirá allí y aquí y al sumergirte en la infinita felicidad de su presencia lamentarás no haberle dedicado todas las noches de tu vida. ¡Hermanos, una sola noche al mes!
(De la Lámpara del Santuario. Noviembre de 1.956)
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