CAMINO HACIA LA PASCUA
«¡Hosanna al
Hijo de David!» (Mt 21, 9). La Iglesia repite hoy en
toda la tierra estas palabras con las que la multitud –congregada en Jerusalén
para las fiestas pascuales– aclamó a Jesús de Nazaret. «¡Hosanna al Hijo de
David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!» (Ibid.).
Jesús, rodeado por sus discípulos, entra
en la Ciudad Santa montado sobre un asno. También en esta ocasión, como subraya
el Evangelista, se cumple en Jesús lo anunciado por el Profeta: «Decid a la hija de Sion: he aquí que viene a ti tu Rey con
mansedumbre, sentado sobre un asno, sobre un borrico, hijo de burra de carga» (Mt 21, 5). La Iglesia llama a este día Domingo de Ramos en recuerdo de los ramos que
extendieron los habitantes de Jerusalén y los peregrinos, al pasar Jesús, saludado con todo entusiasmo por la multitud. Los cantos litúrgicos de este domingo nos
recuerdan que la juventud participó, de modo particular, de aquel entusiasmo: son los «pueri Hebraeorum» –los jóvenes hebreos–, que aparecen en esos cantos como
protagonistas de la aclamación popular al Hijo de David […]
Sí. La liturgia de hoy nos recuerda que
la entrada solemne de Jesucristo en Jerusalén fue el preludio o la introducción a los sucesos
de la Semana Santa. Aquellos que al ver a Jesús preguntaban:
«¿Quién es éste?», sólo hallarán una respuesta completa si siguen sus pasos
durante los días decisivos de su muerte y resurrección […] Hoy escuchamos la
narración, que de esos hechos hace San Mateo en su Evangelio. Y, aunque sus
palabras no sean nuevas, una vez más han suscitado un hondo sentimiento en
nosotros. Cuando del texto
emerge la figura del hijo del hombre sometido a interrogatorios y torturas, las palabras del Profeta propuestas por
la liturgia de hoy, y que se remontan a muchos siglos antes de que los hechos
se cumplieran, adquieren plena realidad y elocuencia.
Isaías escribía del futuro
Mesías: «Di mi cuerpo a los que me herían, y mis mejillas a los
que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me injuriaban y me
escupían» (Is 50, 6). Comparando
sus palabras con los trágicos sucesos entre la noche del jueves y la mañana del
viernes, la semejanza es asombrosa; el Profeta escribe como
si fuera testigo de aquellas escenas. Con igual precisión, el Salmo de la
liturgia de hoy preanuncia los sufrimientos de Cristo: «Todos los
que me veían, hicieron burla de mí, / tuercen los labios y mueven la cabeza: /
Esperó en el Señor, líbrele, / sálvele, puesto que le ama» (Sal 21, 8-9). Son
palabras que el texto evangélico confirmará, hasta casi en los menores
detalles, al narrar la crucifixión de Jesús en el Gólgota.
Entonces se cumplirán también las palabras del Salmista que describen las
llagas de Cristo –«Horadaron mis manos y mis pies, pueden contar todos mis
huesos» (Ibíd.,
17-18)– y la división de sus vestiduras –« Se repartieron mis
vestiduras y sobre mi túnica echaron suertes» (Ibíd., 19)–.
El relato de la pasión del Señor nos
acompaña hoy hasta el momento en que el cuerpo de Jesús, muerto en la cruz,
queda puesto en un sepulcro de piedra. Y, sin embargo, la
liturgia de hoy quiere introducirnos más profundamente en el misterio pascual
de Jesucristo. Por eso, el texto conciso de la segunda
lectura, tomado de la Carta de San Pablo a los Filipenses, es clave para
descubrir, en el trasfondo de los acontecimientos de la Semana Santa, la plena
dimensión del misterio divino […]
¿Quién es Jesucristo?
podríamos preguntarnos de nuevo, como aquellos que lo vieron entrar en
Jerusalén […] Vienen entonces a
nuestra memoria aquellas síntesis de su actividad misionera, densas en su
brevedad, que nos ofrecen los textos inspirados: «Hacía
y enseñaba» (cf.
Hch 1, 1); «Pasó haciendo el bien... a todos...» (cf. Ibíd., 10, 38); «¡Jamás
un hombre ha hablado como habla este hombre!» (Jn 7, 46). Y
no obstante, todas nuestras respuestas sobre Jesús serían incompletas, si no
habláramos de su muerte en la cruz. En la cruz la vida de Cristo
cobra todo su sentido: la muerte es el acto fundamental de la
vida de Cristo. Por eso, el texto de San Pablo responde bien
a la pregunta antes formulada: «Mostrándose igual que los
demás hombres, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y
muerte de cruz» (Flp
2, 7-8).
El centro de toda la vida de Cristo es su muerte en la cruz: ése es el acto fundamental y definitivo de su misión mesiánica. En esta muerte se cumple «su hora» (cf. Jn 18, 37). Cristo toma nuestra carne, nace y vive entre los hombres, para morir por nosotros […] San Pablo escribe: «Por eso Dios lo ha exaltado y le ha dado un nombre que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para la gloria de Dios Padre» (Flp 2, 9-11) […]
Sí. El Domingo de Ramos nos introduce en el misterio total de Jesucristo, es decir, en el misterio pascual, en el que todas las cosas alcanzan su culminación, y en el que se reconfirma plenamente la verdad de las palabras y de las obras de Jesús de Nazaret. En este misterio se revela también hasta qué punto «Dios es amor» (cf. 1Jn 4, 8); y a la vez, adquirimos conciencia de la verdadera dignidad del hombre, rescatado con el precio de la Sangre del Hijo de Dios, y destinado a vivir eternamente con El en su amor [...]
Dejad que este misterio penetre, hasta el fondo, en vuestras vidas, en vuestra conciencia, en vuestra sensibilidad, en vuestros corazones, de modo que dé el verdadero sentido a toda vuestra conducta. El misterio pascual es misterio salvífico, creador. Sólo desde el misterio de Cristo puede entenderse plenamente al hombre; sólo desde Cristo muerto y resucitado puede el hombre comprender su vocación divina y alcanzar su destino último y definitivo. Dejad, pues, que el misterio pascual actúe en vosotros. Para el hombre, y especialmente para el joven, es esencial conocerse a sí mismo, saber cuál es su valor, su verdadero valor, cuál es el significado de su existencia, de su vida, saber cuál es su vocación. Sólo así puede definir el sentido de su propia vida.
Sólo acogiendo el misterio
pascual en vuestras vidas podréis «responder a cualquiera que os pida razón de
la esperanza que está en vosotros» (1P 3, 15).
Sólo acogiendo a Cristo, muerto y resucitado, podréis responder a los grandes y
nobles anhelos de vuestro corazón… Aquel que se entregó a Sí mismo haciéndose
obediente hasta la muerte de cruz, El solo tiene palabras de vida eterna. Acoged
sus palabras. Aprendedlas. Edificad vuestras vidas teniendo
siempre presentes las palabras y la vida de Cristo. Más
aún: aprended a ser Cristo mismo, identificados con El en todo.
De una alocución de San Juan Pablo II, Pp
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