CAMINO HACIA LA PASCUA
En nuestro itinerario cuaresmal hemos
llegado al quinto domingo, caracterizado por el evangelio de la
resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45). Se trata del
último gran «signo» realizado por Jesús, después del cual los sumos sacerdotes reunieron
al sanedrín y deliberaron matarlo; y decidieron
matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de Cristo,
Señor de la vida y de la muerte.
En realidad, esta página evangélica
muestra a Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. Ante todo, el
evangelista insiste en su amistad con Lázaro y con sus hermanas Marta y María.
Subraya que «Jesús los amaba» (Jn
11, 5), y por eso quiso realizar ese gran prodigio. «Lázaro,
nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo» (Jn 11, 11),
así les habló a los discípulos, expresando con la metáfora del sueño el punto
de vista de Dios sobre la muerte física: Dios la considera precisamente como un
sueño, del que se puede despertar.
Jesús demostró un poder absoluto
sobre esta muerte: se ve cuando devuelve la vida al
joven hijo de la viuda de Naím (cf.
Lc 7, 11-17) y a la niña de doce años (cf. Mc 5, 35-43).
Precisamente de ella dijo: «La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5, 39),
provocando la burla de los presentes. Pero, en verdad, es precisamente así:
la muerte del cuerpo es un sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier
momento.
Este señorío sobre la muerte no
impidió a Jesús experimentar una sincera compasión
por el dolor de la separación. Al ver llorar a Marta y María y a cuantos habían
acudido a consolarlas, también Jesús «se conmovió
profundamente, se turbó» y, por último, «lloró» (Jn 11, 33. 35). El
corazón de Cristo es divino-humano: en él Dios y hombre se
encontraron perfectamente, sin separación y sin confusión. Él es la imagen, más
aún, la encarnación de Dios, que es amor, misericordia, ternura paterna y
materna, del Dios que es Vida.
Por eso declaró solemnemente a
Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree
en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá
para siempre». Y añadió: «¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Una
pregunta que Jesús nos dirige a cada uno de nosotros; una
pregunta que ciertamente nos supera, que supera nuestra capacidad de
comprender, y nos pide abandonarnos a él, como
él se abandonó al Padre.
La respuesta de Marta es ejemplar: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11, 27). ¡Sí, oh, Señor! También nosotros creemos, a pesar de nuestras dudas y de nuestras oscuridades; creemos en ti, porque tú tienes palabras de vida eterna; queremos creer en ti, que nos das una esperanza fiable de vida más allá de la vida, de vida auténtica y plena en tu reino de luz y de paz.
Encomendemos esta oración a María
santísima. Que su intercesión fortalezca nuestra fe y nuestra esperanza en
Jesús, especialmente en los momentos de mayor prueba y dificultad.
De una alocución de Benedicto XVI, Pp
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