Espiritualidad Católica como fuente testimonial. Tras el reconocimiento de nuestro carisma cristiano, buscamos ser consecuentes y por lo tanto expandir el Evangelio de Cristo en nuestra sociedad.
TIEMPOS LITURGICOS
jueves, 28 de marzo de 2024
EL TRIDUO PASCUAL Y SU SIGNIFICACIÓN
La pascua de los primitivos cristianos, entremezclada con la
experiencia de la comunidad apostólica, giraba en torno a una sola
celebración. El criterio místico de la
concentración dominaba sobre el cronológico de los tres días, que se impuso más
adelante. La pascua era la gran celebración de la noche. Su celebración
concentraba la unidad de la
historia de salvación desde la creación a la parusía.
Pronto esta
vigilia pascual fue precedida de uno o más
días de ayuno, los cuales se transformaron
progresivamente en el triduo del viernes, sábado y domingo, dedicados, respectivamente, a la muerte,
sepultura y resurrección del Señor.
El triduo pascual, vislumbrado ya en
Orígenes, nos lo descubre no como una indicación cronológica, sino de sentido
teológico y litúrgico. Comentando Os 6,2, dice: Prima die nobis passio
Salvatoris est et secunda, qua descendit in infernum, tertia autem
resurrectionis est dies, (El primer y
el segundo día son para nosotros el sufrimiento del Salvador, que bajó a los
infiernos, y el tercero es el día de la resurrección).
Llegados al s. IV,
encontramos una formulación teológica litúrgica bien precisa del triduo sacro. En san Ambrosio podemos leer: "Triduo en el que ha sufrido, ha reposado y ha resucitado el que
pudo decir destruid este templo y en tres días lo reedificaré".
Entre otras escogemos la conocida expresión de Agustín: Sacratissimum triduum
crucifixi, sepulti et suscitati. (Triduo sacratísimo de la crucifixión,
sepultura y resurrección)
La doble tradición acerca del nombre de
pascua contribuyó también a forjar la teología del triduo. Al entrar en crisis
la primitiva, la asiática (pascha-passio), en el s. IV, va adquiriendo
preponderancia la occidental al tener conocimiento de la alejandrina (pascha-transitus).
La traducción latina de la Vulgada de Ex 12,11 de la palabra pascua como
paso, (transitus) está en la base del nuevo acento teológico.
Al interpretarse pascua por paso, como lo hace por primera
vez Clemente de Alejandría, resulta muy adecuada para significar el principio y el término del triduo. Será el vehículo de una
teología que permite poner de relieve los aspectos morales, ascéticos y
doctrinales de la pascua. Los autores cristianos expresan así la dimensión
cristológica, sacramental y escatológica de la fiesta.
miércoles, 20 de marzo de 2024
jueves, 15 de febrero de 2024
PARA EL DIÁLOGO Y LA MEDITACIÓN
FEBRERO : ADORAR CON LOS APÓSTOLES
Alabado sea el Santísimo Sacramento del
Altar
¡ COR UNUM ET ANIMA UNA !
El Señor está con nosotros
acompañándonos, llamándonos a Sí, conllevando en cierto modo nuestros
trabajos, implorando por nosotros con su oración omnipotente, recabando tiempo
para nuestra conversión y siendo, en fin, el centro amoroso de nuestra vida
espiritual. ¿Por qué no será también el hogar de la santa amistad? ¿Quién
duda que allí pueden converger todos los santos deseos, que de
allí irradian todos los santos afectos y que allí, en su Sacratísimo Corazón,
viven todos los corazones que atrae a Sí el Señor y que, por lo tanto, Él
es el lazo de la santa amistad? (L.S. Tomo V (1874) Pág. 366)
¡Qué fuertes lazos de amistad se forman
entre aquellos que comparten su tiempo con un mismo corazón y un mismo ideal! “Cor
unum et anima una”, es la definición de la
amistad. Pidamos hoy al Señor, que nuestra asociación
tenga, en efecto, un solo corazón: el suyo. Que
nuestro ideal sea de todos uno y el mismo: su Reino. Es muy claro que nada une
tanto a los amigos como compartir sus quehaceres entorno a un mismo centro. La
amistad entre los Apóstoles en torno a Jesús tiene que ser para nosotros modelo
y reflejo.
Qué dulces veladas las de aquellos hombres
escuchando las enseñanzas de Jesús, conversando íntimamente con él, qué alegría
poder servirle en cada momento, y qué emoción al contemplar sus milagros, tan
de cerca… “Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su
ministerio, "llamó a los que él quiso [...] y vinieron
donde él. Instituyó Doce para que
estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 13-14).
Desde entonces, serán sus "enviados" [es lo que significa la palabra
griega apóstoloi]. En ellos continúa su propia misión: "Como
el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20, 21; cf. Jn 13, 20; 17, 18).
Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: "Quien
a vosotros recibe, a mí me recibe", dice a los Doce (Mt 10, 40; cf, Lc 10, 16).” CEC 858. “Llamó a los que quiso”, somos
muy afortunados de haber sido llamados por Cristo,
como los Apóstoles, no por nuestros méritos o buenas cualidades, si somos
adoradores es por misericordia de Dios que quiso llamarnos. Con
una doble intención, “estar con él”, y “enviarlos a predicar”. “Adoradores de
noche, testigos de día” ¡Cómo nos calza este programa con la
misión que Cristo dio a los Apóstoles! Estar con él, compartir en confianza su
palabra, hablar, callar, escuchar… todo ello nos transforma durante las horas
de la noche, para que seamos verdaderos testigos suyos durante las horas del
día.
Los Apóstoles nos enseñan a
estar con Jesús, en confianza y con reverencia. En nuestras dudas y con fe.
Ellos ¡tantas veces! se postraban y le adoraban. (Cf. Lc 14, 23-33). Después
de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al
atardecer estaba solo allí. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos
estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. ¡Cuántas veces
se repite esta escena a lo largo de nuestra historia! Jesús
solo, en el sagrario, orando por nosotros al Padre, y
nosotros, metidos en nuestra barquichuela por un mar lleno de olas, con vientos
contrarios y… sin él. Qué poco tardan las pasiones en levantarse contra aquel
que no navega con Jesús, cómo soplan las tentaciones del mundo cuando uno se
aventura sin él por la travesía de la vida… Pero, por suerte, Jesús no renuncia
a estar con nosotros, y busca la manera para que nos topemos con Él. En la
noche, en el sagrario.
Y a la cuarta vigilia de la noche vino él
hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos,
viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de
miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo:
«¡Animo!, que soy yo; no temáis.»
Fue en la noche cuando salió
Jesús a su encuentro. De modo semejante, en esta noche, Jesús sale del sagrario
a la custodia, sale a nuestro encuentro… Su
humanidad santa queda como suspendida sobre el altar, si bien velada. Ellos
pensaron ¡es un fantasma! Y a lo mejor si nuestra fe está débil podríamos
pensar ¡pero si no es más que pan! Pero no es así. Jesús nos lo dice con
fuerza. “Soy Yo”. Escuchemos a Jesús que desde la Eucaristía nos dice estas
palabras. “Yo soy”, “no temáis”. Pedro le respondió:
«Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas.» «¡Ven!», le dijo.
Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús.
Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a
hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!»
Es una mezcla extraña, tanta confianza
y a la vez miedo, “mándame caminar sobre el
agua” y, a la vez, “qué fuerte sopla el viento”. Parece paradójico, pero
hemos de reconocer que es una mezcla muy frecuente en nuestra vida de fe.
Queremos seguir a Jesús, incluso por encima de nuestras pasiones, de nuestros
vicios, y de nuestras miserias. Sabemos que él tiene poder para hacernos
sobrevolar sobre todo ello, y sin embargo, en nuestro día a día, en muchas
ocasiones no nos vemos capaces, y comenzamos a hundirnos, nos entra miedo,
desesperanza… Ahí es cuando hay que gritar ¡Señor sálvame!
¡Señor sálvanos! Nuestra
vigilia de adoración es este grito, desde la barca de la
Iglesia zarandeada para todos nosotros, “no nos sueltes Señor”. Él siempre responde. Al
punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por
qué dudaste?» Subieron a la barca y amainó el viento. Y
los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres
Hijo de Dios.» Cuando Jesús sube a la barca, la tempestad se calma. Siempre. Él
es Señor de cielos y tierras, cuando él nos guía no hay miedo que nos
sorprenda. Gracias Jesús, que tantas veces nos agarras en el último momento de
la mano, nos sacas de las aguas, con fuerza. Cuantas veces la comunión ha sido
para nosotros el salvavidas de nuestros naufragios. Gracias Jesús,
como los apóstoles hoy todos nosotros queremos postrarnos ante ti en la
Eucaristía y decir desde lo más hondo de nuestro corazón: “En
verdad eres Hijo de Dios” Queremos adorarte juntos, y que tu corazón divino sea
el lazo que nos haga amigos entre nosotros.
Preguntas para el diálogo y la meditación.
■
¿Has
intentado contemplar o tratar a algún Apóstol en particular?
■
¿A
cuál tienes más devoción?
■
¿Qué
actitudes de los Apóstoles nos pueden ayudar a adorar mejor?
miércoles, 14 de febrero de 2024
Qué significa «entrar en la cuaresma»
Con el ayuno y
el rito de imposición de la ceniza, entramos en la Cuaresma. Pero, ¿qué significa "entrar
en la Cuaresma"? Significa iniciar un tiempo de particular *empeño en el combate espiritual que nos opone al mal presente en el mundo, en cada uno de
nosotros y en torno a nosotros. Quiere decir *mirar
el mal cara a cara y disponerse a luchar contra sus efectos, sobre todo contra sus causas, hasta
la causa última, que es Satanás.
Significa no descargar el problema del mal en los demás, en la sociedad o en
Dios, sino reconocer las propias responsabilidades y afrontarlo
conscientemente.
A este propósito, resuena con mucha urgencia, para nosotros cristianos, la invitación de Jesús a que cada
uno tome su "cruz" y lo siga con humildad y confianza (cf. Mt 16,24). La "cruz", por pesada que sea, no es sinónimo de
desventura, de desgracia que hay que evitar lo más posible, sino de oportunidad
para seguir a Jesús y así adquirir fuerza en la lucha contra el pecado y el
mal. Por tanto, entrar en la Cuaresma significa *renovar la decisión personal y
comunitaria de afrontar el mal junto con Cristo. En efecto, el camino de la cruz es el único que
conduce a la victoria del amor sobre el odio, del compartir con los demás sobre
el egoísmo, de la paz sobre la violencia. Vista así, la Cuaresma es en verdad
una ocasión de fuerte empeño ascético y espiritual, fundado en la gracia de
Cristo… recuerda las
palabras que Jesús pronunció precisamente al inicio de su misión pública, y que volvemos a
escuchar muchas veces durante estos días de Cuaresma: «Convertíos
y creed en el Evangelio», rezad y haced penitencia. Acojamos la invitación de María, que hace eco a la de Cristo, y
pidámosle que nos obtenga "entrar" con fe en la Cuaresma, para vivir
con alegría interior y empeño generoso este tiempo de gracia…
En este primer domingo de Cuaresma, os animo a que os dejéis llevar sin
temor por el Espíritu Santo para seguir más de cerca a Cristo en su camino
hacia la Pascua. Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros, para que
sepamos responder con generosidad a la llamada que Dios nos hace a la
conversión y a la renovación de nuestra fe.
De Benedicto XVI, Pp.
DEL BLOG DEL OBISPO
“Danos siempre de ese Pan”
Jn 6, 34)
Carta Pastoral de Mons.
Rafael Zornoza, Obispo de Cádiz y Ceuta
Queridos hermanos, fieles de la diócesis
de Cádiz y Ceuta, sacerdotes, consagrados, laicos de todas las edades en la vida parroquial o en movimientos,
asociaciones y cofradías:
Os invito encarecidamente a
celebrar el año que comienza, el 2024, dedicándolo
a la Eucaristía. Salgamos al encuentro de Cristo Jesús en el
Pan que transforma la vida, el Pan bajado del cielo, un misterio para creer,
para celebrar y para vivir [1]. Jesús se hace siempre accesible como el mayor
don de Dios para nosotros, que se ha hecho comida (pan) para caminar con
nosotros en la senda de la vida, transformándonos. Es
el verdadero Pan del cielo, “el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn
6,33),
el don del Padre a la humanidad hambrienta. A Él le pedimos: “Señor, danos
siempre de ese Pan” (Jn 6,34).
“¡Éste es el sacramento de
nuestra fe!”, decimos en Misa [2]. En efecto, es misterio
de la fe y compendio de vida cristiana donde Dios se da a sí mismo y hace
renacer constantemente a la iglesia, por lo que “es importante que las
comunidades (…) experimenten la exigencia de un conocimiento más profundo del
misterio y del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Al mismo tiempo, con el
espíritu misionero que queremos fomentar, es necesario que se difunda el
compromiso de anunciar esta fe eucarística para que cada hombre pueda
encontrarse con Jesucristo, que nos ha revelado al Dios “cercano”, amigo de la
humanidad, y testimoniarla con una elocuente vida de caridad”[3]. Recibamos,
pues, este don maravilloso que nos ofrece la vida divina con obediencia fiel,
celebrando y adorando al verdadero cordero pascual que realiza con nosotros la
nueva y eterna alianza, diciendo: «Éste es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor».
Como fruto de este año,
deseamos que se acreciente la vida eucarística, como dimensión espiritual
esencial para madurar la fe personal y comunitaria, con
todas sus consecuencias, en la unión con Dios, en la comunión fraterna, en el
apostolado y la evangelización, en la vida caritativa y el compromiso social.
Quiero expresar mi gratitud
a cuantos sostenéis y alentáis la participación en la Eucaristía en
parroquias, conventos, colegios, comunidades, etc., en especial a los
sacerdotes, que, como celebrantes en nombre de Jesucristo, hacéis posible que
este Santo Sacramento llegue a todos; pero también a los adoradores del
Santísimo, a los grupos de liturgia, a los catequistas de iniciación cristiana.
Con vuestra entrega constante y generosidad llega a todos el Pan de Vida que
nos alimenta, fortalece y consuela. Confío especialmente en vosotros,
sacerdotes, personas consagradas y laicos comprometidos, para impulsar en este
año una más decidida vida eucarística personal y comunitaria, acogiendo el
Cuerpo de Cristo que se hace presente en el sacramento y nos hace ver desde su
corazón su otro modo de presencia en los necesitados. Alimentados por él, demos
los frutos de amor que espera de nosotros [...
Nunca agradeceremos bastante
el Señor el regalo de haberse querido quedar en la Eucaristía, en el sagrario o
expuesto en la custodia. Eso nos permite poder adorarlo y
contemplarlo constantemente experimentando su presencia. Ante Jesús Sacramentado
percibimos interiormente el profundo misterio de su presencia divina, de su
entrega total, de su amor constante con que nos acompaña y consuela.
La experiencia del adorador
de Cristo en la Eucaristía proclama que está verdadera, real y sustancialmente
presente en la Hostia Consagrada, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su
Divinidad. El cristiano que adora le reconoce presente y
experimenta con fuerte convicción lo que afirma el famoso canto eucarístico:
“Dios está aquí”. En efecto, esta experiencia profundamente
cristiana configura su vida, la llena de su presencia y cercanía, acoge su fuerza
para hacer la voluntad de Dios y evitar el pecado, recibe un impulso mayor para
corresponder al amor de Dios y amar a los hermanos. Dios mismo hace que renazca
en el corazón del adorador la caridad más generosa, la certeza de la vida
eterna, la satisfacción de las esperanzas más profundas del corazón, la
liberación del peso de lo material en la contemplación del mismo Dios, el deseo
de permanecer siempre en Él.
Ante el Santísimo Sacramento
experimentamos de manera totalmente particular ese “permanecer” de Jesús, que
él mismo, en el Evangelio de Juan, pone como condición necesaria para dar mucho
fruto (Cf. Jn 15, 5) y evitar que nuestra acción apostólica quede reducida a un
estéril activismo, convirtiéndose más bien en testimonio del amor de Dios […]
[2]
Catecismo de la Iglesia Católica, 1356-1372; San Juan Pablo II, Enc. Ecclesia
de Eucharistia, 17-IV-2003, 11-20.
[3]
BENEDICTO XVI, 5 de junio de 2010, discurso en la Basílica de San Juan de
Letrán.
[13]
BENEDICTO XVI, APERTURA DE LA ASAMBLEA ECLESIAL DE LA DIÓCESIS DE ROMA,
Basílica de San Juan de Letrán, 15 de junio de junio de 2010.
( https://rafaelzornozaboy.com/2024/01/22/danos-siempre-de-ese-pan-jn-6-37/ )
miércoles, 31 de enero de 2024
viernes, 19 de enero de 2024
PARA EL DIÁLOGO Y LA MEDITACIÓN
ENERO : ADORAR CON LOS PASTORES
Alabado
sea el Santísimo Sacramento del Altar
¡VENITE ADOREMUS!
“Desnudo, pobre, aterido de
frío y llorando, nace el Hijo de Dios vivo, hecho hombre, en el pesebre de
Belén. Desnudo nació, y así se encuentra en el altar y en la
custodia humilde y otras veces desprovisto de paños limpios y dignos. Pobre
se halla en el sagrario, y solo está con sus ángeles la
mayor parte de tiempo, sobre todo en las iglesias de poco culto. Frío
se muestra el hombre con el Dios eucarístico, llorando
místicamente en el sagrario por nuestros pecados y ofensas
infinitas que le produjeron al Dios de bondad. Jesús puede exclamar desde la
Hostia consagrada: ¿Qué utilidad he sacado de mi sangre derramada?” (LS Tomo IV (1873) Pág. 8 y ss.)
“Niño pequeñito, el Dios
eterno” ¡Qué misterio tan hermoso celebramos en la Navidad! ¡Qué
contrastes tan magníficos! ¡Menuda paradoja! Jesús, el Dios Altísimo que no
contienen los cielos... nació en la humildad de un establo. Jesús, el Hijo
Eterno del Padre… nació de una familia pobre… y ¡unos sencillos
pastores son los primeros testigos del acontecimiento! ¡Qué
afortunados seremos si nos contamos entre esos pastores, que
son los primeros en atender a la llamada del Cielo para
acudir al dulce oficio de la Adoración del Verbo hecho carne! ¡Venite
Adoremus! Que amable invitación a ponerse en
camino, a andar al encuentro de una presencia viva… ¡Cómo se lo dirían unos a
otros los pastores! Estas palabras resonarían entre ellos como un precioso eco
del mensaje de los ángeles. Venite Adoremus! ¿A quién se lo
he dicho yo? ¿Quién me lo dijo a mí? Invitémonos unos a otros a
la Adoración Eucarística, como los pastores se animaban mutuamente a
ir a Belén. Ojalá vayamos a adorar al Señor, con otros, con los pequeños de
Dios.
«Vayamos, pues, a Belén, y
veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15),
así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una
enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. A
diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los
pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la
salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los
más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que
viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose
en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro. Este
encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida
precisamente a nuestra religión y constituye su singular
belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre. (Admirabile signum, 5)
Las páginas más entrañables de la
Escritura son quizás las que nos cuentan los primeros misterios de la vida de
Jesús ¿qué habríamos hecho sin el relato de Lucas? Nos cuenta el evangelista… “Había
en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno
durante la noche su rebaño.”
Vigilaban en la noche,
velaban por turnos, atentos y ¡por eso pudieron contemplar las maravillas del
cielo! ¡Cómo se parece esto ya a nuestras vigilias de adoración! El
no dormir, el organizar los turnos, el sueño y la vigilia… Pero aún no se había
expuesto el Santísimo, cuando aparece el sacerdote y celebra la Eucaristía
¿acaso no puede compararse al ángel que anuncia la buena nueva? “Se
les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz;
y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran
alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David,
un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis
un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.”
Ojalá en nuestra adoración
nos llenemos de santo temor, de reverencia, de respeto, de reconocimiento de la
grandeza de Dios que nos envuelve con su luz. Si así lo hacemos,
Dios cambiará nuestros temores en alegrías, nuestras penas en dichas ¡qué gran
noticia! El Salvador, está aquí, ya entre nosotros, ha llegado a
la tierra, está en el sagrario. Para siempre ¡Qué gran noticia! Y
entonces los ángeles se ponen a cantar sus salmos, sus laudes de alabanza, como
nosotros rezamos la liturgia de la Iglesia, del cielo y de la tierra.
Y de pronto se juntó con el ángel una
multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a
Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se
complace.» Estos cánticos son
como los salmos de nuestras vísperas, o mejor, los salmos de nuestro oficio son
como cantos de ángeles que alaban al Padre, ¡hemos de rezarlos con unción!
¡incluso mejor, ojalá que cantemos en nuestras vigilias!
Y sucedió que cuando los ángeles,
dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros:
«Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha
manifestado.» Vayamos, venid, adoremos, Belén -la casa del
pan- encierra el Tesoro del Salvador, también el Sagrario, de
alguna manera es Belén, ¡ea pues! vayamos a Belén adoradores, a ver al Señor
que se nos ha manifestado. Vayamos a prisa, sin perezas, con puntualidad,
vayamos con ganas, con corazón inflamado… Y fueron a toda
prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al
verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos
los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían.
¡Qué maravillas encontraremos! Está
Jesús, sí, pero no está solo, está con María y con José, y con ellos podemos
hablar y conversar y adorar al que se esconde entre las pajas… Una
noche bendita de adoración, va a producir frutos hermosos… el corazón de María
va a contemplar con alegría la escena, nuestros corazones volverán
ensanchados y llenos de gloria: María,
por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los
pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían
oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Igual que los pastores, los
santos son quienes han acudido a la Adoración y han
vuelto con un corazón rebosante de gloria para Dios, los santos nos
animan a acudir al pesebre y a acudir al sagrario. Si les hacemos caso, no será
sin consecuencias de santidad.
“La Navidad está rodeada también de
sencillez admirable: el Señor viene sin aparato, desconocido de todos. En la
tierra sólo María y José participan en la aventura divina. Y luego aquellos
pastores, a los que avisan los ángeles. Y más tarde aquellos sabios de Oriente.
Así se verifica el hecho trascendental, con el que se unen el cielo y la
tierra, Dios y el hombre. ¿Cómo es posible tanta dureza de corazón, que hace
que nos acostumbremos a estas escenas? Dios se humilla para que podamos
acercarnos a Él, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para
que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino
ante la maravilla de su humildad” (San
Josemaría, Es Cristo que pasa, nº 18).
Preguntas para el diálogo y
la meditación.
■ Piensa
en tu círculo ¿hay algún pequeño, algún pobre de espíritu?
■ ¡Invítale
a la adoración!
■ ¿Has
contemplado despacio alguna obra de arte o miniatura de los pastores
adoradores?
■ ¿La
Eucaristía te parece adorable?
¡VENITE ADOREMUS!

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