TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

sábado, 25 de febrero de 2017

EL SILENCIO


“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas” (Romanos 11:36).


     ¿Qué es el silencio? Si consultamos un diccionario, encontraremos como acepciones principales la ‘abstención de hablar', la ‘falta de ruido', la ‘omisión de algo por escrito' y la ‘pausa musical'. Pero, sin lugar a dudas, la connotación de la palabra silencio nos presenta un universo de significados mucho más complejo. Por ejemplo, al disfrutar de un hermoso paisaje, en la montaña, en el mar, en el campo, solemos decir que disfrutamos del silencio, cuando en realidad muchos sonidos están llegando a nuestros oídos. Pero, en ese caso, consideramos que estamos en silencio porque, por un lado, los sonidos que escuchamos en esos lugares nos resultan muy gratificantes y, por el otro, debido a que experimentamos la ausencia de aquellos ruidos que cotidianamente nos resultan molestos.
     Todos los creyentes conocemos la importancia que tiene la palabra en el pensamiento de Dios. Por su Palabra fueron creados los cielos y la tierra, y todo lo que en ellos hay. Pero, cuando nos detenemos a considerar a la palabra en el plano de la comunicación, no podemos pensar en ella si no pensamos también en el silencio. Palabra y silencio son las dos caras de una misma moneda. Cuando una persona le habla a otra, el receptor del mensaje necesariamente debe guardar silencio para que la comunicación sea efectiva. Si dos personas se hablan al mismo tiempo, ninguna de las dos comprenderá a la otra. Esto que parece tan simple, en realidad es una de las cosas que más nos cuesta llevar a la práctica.
     Cuando Dios nos habla, siempre nos concede, en su inmensa gracia, un silencio para que nosotros meditemos en su Palabra. Él es el interlocutor perfecto. Habla y otorga el tiempo necesario para meditar, comprender y actuar en consecuencia. ¡A cuántos hombres de Dios vemos en las Escrituras guardando silencio mientras están en sus lechos, en el camino, en la enfermedad, en la pobreza, en tiempos de guerra...! ¡Qué hermoso y necesario silencio Dios nos regala después de hablarnos! ¡Y cuánto nos convendría aprender a guardar silencio en los momentos críticos! El profeta Amós alertaba acerca de los juicios de Dios que se aproximaban a causa de la impiedad del pueblo, y en el capítulo 5:13 de su libro leemos un interesante y necesario consejo: “Por tanto, el prudente en tal tiempo calla, porque el tiempo es malo”.
     Muchas veces Dios puede estar hablándonos para comunicarnos algo importante y nosotros no lo escuchamos porque nuestra lengua no se detiene. Nos convendría recordar que Samuel había aprendido algo muy útil desde su niñez; cuando Dios lo llamó, él supo contestar acertadamente: “Habla, porque tu siervo oye” (1.º Samuel 3:9). ¡Y cuántas veces nos sentimos humillados cuando nosotros, creyentes, comprobamos la veracidad de la siguiente enseñanza bíblica: “Aun el necio cuando calla, es contado por sabio” (Proverbios 17:28).
     De manera que, con lo poco expresado hasta ahora, nos damos cuenta de la importancia del silencio. Y cuando nos referimos al silencio no lo hacemos pensando únicamente en la ausencia de sonidos, ruidos, palabras, sino también pensando en otro tipo de silencio, que quizá podríamos llamar silencio espiritual, silencio de actitud, silencio de sujeción y humildad, que tal vez no se demuestre solamente con la falta de palabras, sino mediante la predisposición de nuestros corazones a escuchar a Dios y a aquellos que desean hablarnos para nuestro bien.
     Si somos hijos de Dios tenemos libertad para entrar en Su presencia con total libertad, pues la sangre de Cristo nos abrió la entrada a los cielos, y podemos dirigirnos a Él con total confianza: adoramos, agradecemos, pedimos, intercedemos... Pero, muchas veces, al considerar la grandeza del amor de Dios o al contemplar las bellezas de la persona del Señor Jesús, sentimos que lo que conviene es el silencio. Y particularmente nos suele ocurrir cuando estamos juntos, en comunión, postrados a los pies del Señor Jesús, rindiendo la adoración que Él se merece. Tanta grandeza, maravillas y perfecciones de nuestro Amado muchas veces nos dejan sin palabras audibles, aunque, por supuesto, en esos momentos el perfume sigue subiendo al Padre desde el corazón de la Iglesia.
Ezequiel Marangone

sábado, 18 de febrero de 2017

DOMINGO 18 DE FEBRERO DEL 2017, 7º DEL TIEMPO ORDINARIO


«SED PERFECTOS, COMO VUESTRO PADRE CELESTIAL ES PERFECTO»



     El Evangelio de Jesús siempre nos coloca frente a las cuerdas. No nos deja respiro. No es fácil la experiencia del Amor de Jesús, porque cree en la persona, y nos lleva a un amor sin límites, a amar a los enemigos.
     El Señor nos lleva a una santidad de “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Se entiende por perfección el vivir “con los sentimientos del Corazón de Cristo” (Fip, 2.5). La perfección cristiana no es una especie de nerviosismo absurdo que nos lleva a “pegarle en la cresta” a todos, porque nos convertimos en una especie de “autorreferencialidad”, como los fariseos que se creían perfectos y juzgaban a todos sin piedad, como nos recuerda la parábola de los dos que fueron a rezar al templo.
     ¿Cuál es la perfección cristiana? Se lo han preguntado teólogos y santos al inicio de la vida cristiana y, también, cuando nos van saliendo canas nos puede surgir esa pregunta. Mirando a Jesús y contrastando con los otros paralelos, la perfección es la suma humildad de los que tienen un corazón misericordioso, manso y humilde, como el de Jesús. Esta es la clave de nuestra vida. Mirar a Jesús y dejarse impregnar por su misericordia.
     ¿Enemigos? Aquellos que quieren serlo, pero nosotros rezar y pedir mucho por los que nos hacen daño, nos calumnian y la envidia nos les deja vivir. Nuestra clave es la del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” No tener enemigos concretos a los que nosotros tenemos que amar como los ama Jesús, pero sí tener enemigos a los que nos gustaría aplastar contra la pared, como son el odio, el terrorismo, la venganza, los que matan, los que explotan, todos aquellos que destrozan el corazón humano y la convivencia entre los pueblos. Para ellos debe ser nuestra oración y, por tanto, nuestro perdón.
     Es preciso y precioso volver al Evangelio de Jesús donde el centro es Él, su Amor y sus claves para que el mundo cambie sabiendo, como dice el Papa Francisco, que otro mundo es posible. Es preciso volver a la alegría del Evangelio, del perdón, de la reconciliación. Con sabiduría decía el dominico Padre Lacordaire: ¿Quieres ser feliz un instante? Véngate... ¿Quieres ser feliz toda la vida? Perdona.
     Quien lleva al extremo las ansias de venganza, de “ojo por ojo y diente por diente”, de aplastar siempre, en el fondo lleva, durante toda su vida, un cadáver en su corazón que se traduce en una inmensa tristeza y una  infelicidad que es patente a los ojos de cualquiera.

+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres  



EUCARISTÍA Y SILENCIO


     Dios fue silencioso durante muchos siglos, y en ese silencio se gestaba la comunicación más entrañable: el diálogo entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. El silencio es esa capacidad interior de saber estar reposado, calmado, controlando y encauzando los sentidos internos y externos. Es esa capacidad de callar, de escuchar, de recogerse. Es esa capacidad de cerrar la boca en momentos oportunos, de calmar las olas interiores, de sentirse dueño de sí mismo y no dominado o esclavo de sus alborotos. Uno de los males de la actualidad es el aburrimiento, que se origina de la incapacidad del hombre de estar a solas consigo mismo. El hombre de la era atómica no soporta la soledad y el silencio, y para combatirlos echa mano de un cigarrillo, una radio, la televisión, y para evadirse del silencio se echa ciegamente en brazos de la dispersión, la distracción y la diversión. Necesitamos del silencio para una mayor unificación personal. La mucha distracción produce desintegración y esta acaba por engendrar desasosiego, tristeza, angustia. Jesús nos dijo: "cierra las puertas". Cerrar las puertas y ventanas de madera es fácil. Pero aquí se trata de unas ventanas más sutiles, para conseguir ese silencio.
     Está, primero, el silencio exterior, que es más fácil de conseguir: silencio de la lengua, de puertas, de cosas y de personas. Es fácil. Basta subirse a un cerro, internarse en un bosque, entrar en una capilla solitaria, y con eso se consigue silencio exterior. Pero está, después, el silencio interior: silencio de la mente, recuerdos, fantasías, imaginaciones., memoria, preocupaciones, inquietudes, sentimientos, corazón, afectos. Este silencio interior es más difícil, pero imprescindible para oí r a Dios e intimar con Él. El mayor milagro se realiza en el silencio de la Eucaristía. Las más íntimas amistades se fraguan en el silencio de la Eucaristía. Las más duras batallas se vencen en el silencio de la Eucaristía, frente al Sagrario.
     La lectura de la Palabra que se tiene en la misa debe hacerse en el silencio del alma, si es que queremos oí r y entender. El momento de la Consagración tiene que ser un momento fuerte de silencio contemplativo y de adoración. Cuando recibimos en la Comunión a Jesús ¡que silencio deberíamos hacer en el alma para unirnos a Él! Nadie debería romper ese silencio.
     Las decisiones más importantes se han tomado al pie del silencio, junto a Cristo Eucaristía. ¡Cuántas la grimas secretas derramamos en el silencio! Juan Pablo II cuando era Obispo de Cracovia pasaba grandes momentos de silencio en su capillita y allí escribía sus discursos y documentos. ¡Fecundo silencio del Sagrario!
Recuperado por Ricardo Nieto