TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

viernes, 20 de enero de 2017

DOMINGO 22 DE ENERO DEL 2017, 3º DEL TIEMPO ORDINARIO


«CONVERTÍOS, ESTÁ CERCA EL REINO DE LOS CIELOS»
  

      El Evangelio eclesial de Mateo nos presenta a Jesús que se retira y vive en Cafarnaún, junto al lago de Tiberiades. Una de las diez ciudades que circundan el lago y que se denominan la Decápolis. Allí, Jesús vive una vida verdaderamente humana. Con sus ojos de misericordia realiza muchos milagros y prodigios: cura a la suegra de Pedro, al paralítico, a los enfermos les devuelve la salud   Es totalmente humano y totalmente divino, y se compadece de todos, de los que viven como ovejas sin pastor. Sus ojos contemplan con misericordia la vida de la gente. 
     Su llamada es a la conversión porque está cerca el Reino de Dios. Jesús se identifica con el Reino, que tiene las Bienaventuranzas como ley y el corazón ilimitadamente bueno como el de Jesús, como fin. ¿Acaso la conversión, la santidad, no es vivir con los sentimientos del Corazón de Cristo? Y ¿acaso los sentimientos del Corazón de Cristo no están expresados en las Bienaventuranzas, en ser felices con un corazón pobre, humilde, limpio, misericordioso, manso…?
     Cafarnaún expresa las entrañas misericordiosas del Señor. En la sinagoga del pueblo tuvo lugar, como narra San Juan 6, el discurso del pan de vida. Jesús, Vivo en la Eucaristía nos recuerda, en Cafarnaún, que es el Pan de Vida y que el que come de este Pan vivirá para siempre. También nos dice que no fue Moisés el que nos dio el maná sino que el verdadero pan del cielo, el maná que nunca se agota, es su Cuerpo y su Sangre derramada para la vida del mundo.
     Volvamos a vivir la conversión del corazón. La alegría de ser testigos de su Misericordia y allí donde el Señor nos muestra sus ojos misericordiosos, dándonos el Pan de Vida y la compasión por los pobres. Vivir siempre en la alegría del Evangelio que se hace presente en todos los que sufren.
     Isaías habla de un siervo de dolores, misericordioso y humilde de corazón. Aquí, en Cafarnaún, el hogar del lago, la casa del amigo, donde vive Jesús se cumple el hacerse hermano de los hombres caminantes, con ojos de misericordia.

+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres    
 


martes, 17 de enero de 2017



ENERO 2017

«Porque el amor de Cristo nos apremia» (2 Co 14).

«Ayer fui a cenar fuera con mi madre y una amiga suya. Pedí como guarnición un plato de guisantes, que decidí dejarme para comerme el postre, que me apetecía más. Pero mamá dijo que no. Estaba a punto de ponerme de morros, pero recordé que Jesús estaba justo al lado de mamá, así que me puse a sonreír». «Hoy he vuelto a casa cansado y, mientras veía la tele, mi hermano me ha quitado el mando de las manos. Me he enfadado mucho, pero luego me he calmado y le he dejado ver la tele». «Hoy mi padre me ha dicho una cosa y yo le he respondido mal. Le he mirado y he visto que no estaba contento. Entonces le he pedido perdón y él me ha perdonado».
Son experiencias de la Palabra de vida contadas por niños de 5° de Primaria de un colegio de Roma. Puede que no haya una relación directa entre esas experiencias y la Palabra que vivían en ese momento, pero este es precisamente el fruto de vivir el Evangelio: que incita a amar.
Independientemente de la Palabra que nos propongamos vivir, los efectos son siempre los mismos: nos cambia la vida, nos pone en el corazón el acicate a estar atentos a las necesidades del otro, hace que nos pongamos al servicio de los hermanos y las hermanas. No puede ser de otro modo: acoger y vivir la Palabra hace que nazca en nosotros Jesús y nos lleva a actuar como Él. Es lo que deja entender Pablo cuando escribe a los corintios.
Lo que apremiaba al apóstol a anunciar el Evangelio y a trabajar por la unidad de sus comunidades era la profunda experiencia que había hecho con Jesús. Se había sentido amado y salvado por Él; había penetrado tanto en su vida, que nada ni nadie podría separarlo nunca de Él; ya no vivía Pablo, porque Jesús vivía en él. Pensar que el Señor lo había amado hasta dar la vida lo volvía loco, no lo dejaba tranquilo, y lo incitaba con una fuerza irresistible a hacer lo mismo con el mismo amor.
¿Nos apremia también a nosotros el amor de Cristo con la misma vehemencia?

«Porque el amor de Cristo nos apremia»

Si de verdad hemos experimentado su amor, no podemos no amar a nuestra vez y entrar con valentía donde hay división, conflicto u odio para llevar concordia, paz y unidad. El amor nos permite proyectar el corazón por encima del obstáculo para ponernos en contacto directo con las personas, comprenderlas, compartir con ellas y buscar juntos la solución. No se trata de algo optativo. La unidad hay que perseguirla a toda costa, sin dejarnos frenar por una falsa prudencia, por dificultades o posibles enfrentamientos.
Esto se demuestra especialmente urgente en el campo ecuménico. Esta Palabra ha sido elegida en este mes en que se celebra la «Semana de oración por la unidad de los cristianos» de distintas Iglesias y comunidades, para que nos sintamos todos estimulados por el amor de Cristo a ir los unos hacia los otros y así recomponer la unidad.
Afirmaba Chiara Lubich el 23 de junio de 1997 en la apertura de la II Asamblea Ecuménica Europea en Graz (Austria): «Será un auténtico cristiano de la reconciliación solo quien sepa amar a los demás con la misma caridad de Dios, esa caridad que nos hace ver a Cristo en cada uno, que está destinada a todos -Jesús murió por todo el género humano-, que toma siempre la iniciativa, que es el primero en amar; esa caridad que lleva a amar a todos como a uno mismo, que nos hace uno con los hermanos y las hermanas en los dolores y en las alegrías. Y también las Iglesias deberían amar con este amor».
Vivamos también nosotros la radicalidad del amor con la sencillez y la seriedad de los niños de ese colegio de Roma.

Fabio Ciardi


sábado, 14 de enero de 2017

DOMINGO 15 DE ENERO DEL 2017, 2º DEL TIEMPO ORDINARIO

«ESTE ES EL CORDERO DE DIOS…»



     Junto a las aguas del Jordán, cuando Jesús se acercó para ser bautizado, Juan Bautista lo identifico y lo señaló diciendo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Desde el comienzo de su ministerio público, Jesús es identificado en un ambiente de pecadores arrepentidos que buscan penitencia. Y en ese contexto, Jesús es el único inocente que quita el pecado del mundo, cargando con ese pecado. “Cargado con nuestros pecados subió al leño [de la Cruz], para que muertos al pecado vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado” (1Pe 2,24).
     El misterio de la Redención tiene su fuente en el amor de Dios, que nos ha creado por amor y, ante la catástrofe del pecado, nos quiere redimir por el camino del amor. Un amor que incluye la justicia de la reparación, pues no sería más amor no permitir que el ofensor pueda reparar lo estropeado, si no todo, al menos lo que pueda. Así ha sucedido en la Redención, obrada por Jesucristo. Él ha devuelto al Padre lo que los hombres habíamos robado. El amor del corazón de Cristo es más grande que todos nuestros pecados. Su ofrenda en la Cruz repara todas las culpas de todos los tiempos, también las nuestras.
     Ahora bien, así como el pecado aparta de Dios por hacer el propio capricho (con placer o sin él), la redención se ha realizado por el camino de la obediencia amorosa y se ha expresado en el sufrimiento lleno de amor al Padre y a los hombres. Jesucristo es el Hijo amado del Padre, envuelto en el Espíritu Santo, dado a los hombres como ofrenda agradable, como cordero sin mancha, para ser ofrecido en reparación de nuestros pecados y los del mundo entero.
     En la tradición bíblica, el cordero recuerda la Pascua, recuerda el sacrificio ofrecido a Dios, recuerda al carnero que va delante del rebaño señalando el camino. La muerte de Cristo en la Cruz se produjo en el mismo instante en que los corderos eran preparados para la Pascua judía. Y, así como en el Antiguo Testamento, la ofrenda del cordero pascual recordaba con gratitud las maravillas de Dios y alcanzaba el perdón de los pecados del pueblo, así este Cordero (Jesús) al ser ofrecido en la Cruz repara los pecados del mundo entero, porque carga con ellos.
     Este sacrificio redentor se actualiza constantemente en la Eucaristía, en la celebración de la Santa Misa. Aquí recordamos haciendo presente a Cristo, que se ofrece por nosotros en la Cruz y el que ha vencido la muerte resucitando. El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, es dado en comida pascual, es Cristo vivo y glorioso, que alimenta en nosotros la nueva vida del Resucitado, dándonos su Espíritu Santo, y cargando con nuestros pecados para destruirlos ante la presencia de Dios. En la Eucaristía comemos el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
     Y ¿cuál es pecado del mundo? Son nuestros pecados personales, por los que rompemos con Dios, prefiriendo nuestra voluntad y capricho a la voluntad de Dios, que quiere nuestra felicidad verdadera. Jesucristo ha venido para restablecer esa relación con Dios, rota por el pecado. Son nuestras rupturas con los demás, llevados por nuestro egoísmo en sus múltiples manifestaciones, poniéndonos como centro de todo y olvidando que la vida es para darla, gastarla en servicio a los demás. Jesucristo ha vivido y nos ha enseñado el amor fraterno. Tantas injusticias en el mundo son el resultado de la suma de todos nuestros pecados. El pecado social llega incluso a hacerse pecado estructural, a generar estructuras de pecado (el aborto organizado, los emigrantes explotados, los niños abusados, los prófugos y refugiados, los pobres y desheredados de la tierra). Tales estructuras de pecado no son algo anónimo, sino el resultado de nuestras malas acciones. El pecado del mundo es también el estropicio de la Creación (la contaminación del aire y de las aguas, la deforestación, los ambientes insanos generados por las grandes industrias, etc.). Cuidemos la casa común, que Dios nos ha dado para habitarla y disfrutarla, no para destruirla.
     Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros y por tu misericordia y tu perdón haznos criaturas nuevas, con un corazón nuevo, semejante al tuyo, capaces de restaurar lo que el pecado a destrozado.
Recibid mi afecto y mi bendición:
+ Demetrio Fernández - Obispo de Córdoba