TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

jueves, 22 de octubre de 2015



OCTUBRE 2015
«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros». (Jn 13, 35).

Este es el distintivo, la característica propia de los cristianos, el signo para reconocerlos. O al menos debería serlo, porque así concibió Jesús a su comunidad.
Un escrito fascinante de los primeros siglos del cristianismo, la Carta a Diogneto, declara que «los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación ni por la lengua ni por el vestido. En ningún sitio habitan ciudades propias, ni se sirven de un idioma diferente ni adoptan un género peculiar de vida»[1]. Son personas normales, como todas las demás. Y sin embargo, poseen un secreto que les permite influir profundamente en la sociedad y ser como su alma[2].
Es un secreto que Jesús entregó a sus discípulos poco antes de morir. Como los antiguos sabios de Israel, como un padre respecto a su hijo, también Él, Maestro de sabiduría, dejó como herencia el arte del saber vivir y del vivir bien, que había aprendido directamente de su Padre: «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15), y era fruto de su experiencia en la relación con Él. Consiste en amarse unos a otros. Esta es su última voluntad, su testamento, la vida del cielo que ha traído a la tierra y que comparte con nosotros para que se convierta en nuestra misma vida.
Y quiere que esta sea la identidad de sus discípulos, que se los reconozca como tales por el amor recíproco: 

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

¿Se reconoce a los discípulos de Jesús por su amor recíproco? «La historia de la Iglesia es una historia de santidad», escribió Juan Pablo II. Y sin embargo, «hay también no pocos acontecimientos que son un antitestimonio en relación con el cristianismo»[3]. Durante siglos, los cristianos se han enfrentado en guerras interminables en el nombre de Jesús y siguen estando divididos entre ellos. Hay personas que a día de hoy siguen asociando a los cristianos con las Cruzadas y los tribunales de la Inquisición, o los ven como defensores a ultranza de una moral anticuada, opuestos al progreso de la ciencia.
No ocurría así con los primeros cristianos de la comunidad naciente de Jerusalén. La gente sentía admiración por la comunión de bienes que vivían, la unidad que reinaba entre ellos, la «alegría y sencillez de corazón» que los caracterizaba (Hch 2, 46). «La gente se hacía lenguas de ellos», seguimos leyendo en los Hechos de los Apóstoles, con la consecuencia de que cada día «crecía el número tanto de hombres como de mujeres que se adherían al Señor» (Hch 5, 13-14). El testimonio de vida de la comunidad tenía una fuerte capacidad de atracción. ¿Por qué hoy no se nos conoce como aquellos que se distinguen por el amor? ¿Qué hemos hecho con el mandamiento de Jesús?

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Tradicionalmente, el mes de octubre se dedica en el ámbito católico a la «misión», a la reflexión sobre el mandato de Jesús de ir a todo el mundo a anunciar el Evangelio, a la oración y al sostenimiento de todos los que están en primera línea. Esta palabra de vida puede ayudar a todos a esclarecer la dimensión fundamental de todo anuncio cristiano. No consiste en imponer un credo, hacer proselitismo o ayudar de modo interesado a los pobres para que se conviertan. Tampoco debe primar la defensa exigente de valores morales ni el adoptar una postura ante las injusticias o las guerras, aun cuando sean actitudes obligadas que el cristiano no puede eludir.
El anuncio cristiano es ante todo un testimonio de vida que todo discípulo de Jesús debe ofrecer personalmente: «El hombre contemporáneo prefiere escuchar a los que dan testimonio que a los que enseñan»[4]. Incluso los que son hostiles a la Iglesia suelen sentirse conmovidos por el ejemplo de quienes dedican su vida a los enfermos o a los pobres y están dispuestos a dejar su patria para ir a lugares de frontera a ofrecer ayuda y cercanía a los últimos.
Pero lo que Jesús pide sobre todo es el testimonio de toda una comunidad que muestre la verdad del Evangelio. Esta debe mostrar que la vida que Él trae puede generar realmente una sociedad nueva, en la que se viven relaciones de auténtica fraternidad, de ayuda y servicio mutuo, de atención coral a las personas más débiles y necesitadas.
La vida de la Iglesia ha conocido testimonios así, como las reducciones para indígenas que los franciscanos y jesuitas construyeron en Sudamérica, o los monasterios, con las aldeas que surgían alrededor. También hoy, comunidades y movimientos eclesiales dan lugar a ciudadelas de testimonio donde se pueden ver los signos de una sociedad nueva fruto de la vida evangélica, del amor recíproco.

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Sin apartarnos de los lugares en que vivimos ni de las personas que nos rodean, si vivimos entre nosotros esa unidad por la que Jesús dio la vida, podremos crear un modo de vivir alternativo y sembrar en tomo a nosotros brotes de esperanza y de vida nueva. Una familia que renueva cada día su voluntad de vivir de modo concreto en el amor recíproco puede convertirse en rayo de luz en medio de la indiferencia de su vecindad. Una «célula local», o sea, dos o más personas que se asocian para practicar con radicalidad las exigencias del Evangelio en su entorno de trabajo, en clase, en la sede sindical, en la administración o en una cárcel, podrá desbaratar la lógica de la lucha por el poder, crear un ambiente de colaboración y favorecer que nazca una fraternidad inesperada.
¿No actuaban así los primeros cristianos de tiempos del Imperio romano? ¿No es así como difundieron la novedad transformante del cristianismo? Nosotros somos hoy los «primeros cristianos», llamados como ellos a perdonarnos, a vernos siempre nuevos, a ayudarnos; en una palabra, a amarnos con la misma intensidad con que Jesús amó, seguros de que su presencia en medio de nosotros tiene la fuerza de arrastrar también a los demás a esta lógica divina del amor.
Fabio Ciardi


[1] Carta a Diogneto, V, 1-2: en Padres apostólicos ("Biblioteca de Patrística" n. 50), Ciudad Nueva, Madrid 2000, 20143, p. 560.
[2] Ibid., VI, 1: en o. cit., p. 561.
[3] Juan Pablo II, bula Incarnationis mysterium, 11.
[4] Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 41.


viernes, 16 de octubre de 2015

DOMINGO 18 DE OCTUBRE, 29ª DEL TIEMPO ORDINARIO



El arte de servir



     El Evangelio de este domingo vuelve a tener ese tinte casi sobrecogedor ante un Jesús que dice cuál es la meta hacia la cual se dirige: la entrega, el juicio, la muerte. Y al mismo tiempo, aquellos de los que cabría esperar un mayor entendimiento de cuanto el Maestro anunciaba, se les ve ocupados en algo tan banal como andar jugando a los azares del poder, a los escalafones turbios, a las influencias fáciles. Hay una abismal diferencia entre el drama de Jesús y la frivolidad de los discípulos. Parece igual, pero no es lo mismo el cargo y la carga, el ministro y el servidor. Tal vez el uso y el abuso de estas palabras etimológicamente iguales, hace que en la práctica sean algo tan distinto, e incluso tan opuesto. Los hijos del Zebedeo hablaban de cargos y de ministerios. Jesús hablaba de carga dulce y humilde servicio.
       Luego vendrá el escándalo de los demás discípulos cuando se enteraron de las maquinaciones de Juan y Santiago. Pero tampoco ellos darán muestras de haber comprendido más de lo que entendieron estos dos. De modo que Jesús está solo ante su propio drama de excesivo amor hacia aquellos que para nada le entienden.
       No será la última incomprensión de aquellos que más de cerca siguieron a Jesús. Nada menos que Pedro, tratará de persuadir al Maestro de que no suba a Jerusalén si tan arriesgado va a resultar un tal viaje. ¿Por qué no quedarse allí, cuando tan bien les van las cosas, cuando tanto es el aplauso y el reconocimiento de la gente que se ve curada, instruida, alimentada? Y la respuesta de Jesús a Pedro, como a los hijos del Zebedeo del Evangelio de hoy, va a ser la misma: no he venido a hacer carrera sino a servir, y servir significa dar la vida, en lo concreto y hasta el final.
       La tentación es la de siempre: la prepotencia incontestable, al prestigio suntuoso, a la influencia grandilocuente. La palabra de Jesús, avalada por su vida hasta el final, va por otros derroteros. Y los grandes santos como los grandes profetas de siempre, nos han ofrecido en su palabra y en sus acciones el mejor comentario a este Evangelio de hoy. No hacer como hacen los grandes de este mundo, los trepas, los del paripé y la pasarela, sino ser concretos en nuestro modo de servir, de dar la vida en cada tramo del camino, en cada gesto y situación: acoger, escuchar, ofrecer, perdonar, compartir, animar, vendar heridas interiores o externas, anunciar la Buena Noticia del buen Dios. ¿A qué servicio concreto, salvador, misericordioso nos llama Dios a cada uno?
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm-Arzobispo de Oviedo


jueves, 15 de octubre de 2015

DOMUND 2015




     El próximo domingo 18 de octubre celebraremos la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND), es el día en que la Iglesia recuerda y celebra la universalidad de su misión. Por eso debemos fijarnos atentamente en el lema propuesto este año: «MISIONEROS DE LA MISERICORDIA»
     Los misioneros son aquellos que saben adelantarse sin miedo y salir al encuentro de todos para mostrar al Dios misericordioso. Con su vida de entrega al Señor, sirviendo a la humanidad y anunciándoles la alegría del perdón revelan el misterio del amor divino en plenitud.
     Cuando Jesús curó al leproso le dijo: «Vete a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti» (Mc 5, 19). La misericordia es el rostro de Dios, que da su corazón a los más humildes, y es también la identidad de la Iglesia, hogar donde cada uno puede sentirse acogido y vivir la alegría del Evangelio.
     Os invito a todos a celebrar la Jornada Mundial de las Misiones en comunión con toda la Iglesia, para vivir la dimensión universal de la fe y el compromiso de la caridad con los más pobres. Participando en las actividades organizadas con motivo de la celebración del DOMUND, viviendo un signo de comunión con vuestra ayuda económica, y orando insistentemente por aquellos misioneros, especialmente los de nuestra Diócesis de Asidonia-Jerez, que siguiendo las palabras de Cristo han abandonado todo y lo han seguido a anunciar el Evangelio por todo el mundo y ser Misioneros de la Misericordia.
     Un abrazo afectuoso en María Nuestra Madre,
+ José Mazuelos Pérez-Obispo de Asidonia-Jerez