TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Necesidad de reevangelizar nuestro catolicismo

Autor: Francisco Mario Morales
fmmorales_14@yahoo.com.mx

La gran mayoría de la gente de nuestras comunidades que aseguran creer en la religión cristiana, pero lamentablemente en la práctica no es verdad.

A pesar de que la gente dice profesar alguna religión, cuando se le preguntan los objetivos de ésta no sabe, y eso significa que están faltando a su compromiso. Esto ha sido comprobado por sacerdotes, religiosos y laicos de más de 12 países de América Latina, Europa y Asia que han sido ponentes y organizadores del primer Congreso Internacional del Apostolado de la nueva evangelización.

Ahora los que se dicen creyentes, creen en forma rutinaria con una fe inculcada y de costumbres externas. Esto se ha comprobado durante 18 años de colaborar en un equipo de pastoral y de tener la oportunidad de convivir con padres y padrinos, adolescentes y jóvenes.

Creen pero no practican, no aman su religión porque no la conocen y no están convencidos, son solo fieles tradicionalistas y "Pasan por alto los mandatos de Dios" (Mc. 7, 9), no se comprometen a la conversión ni al testimonio. Todo porque llevan una religión superficial, de apariencia, externa.

Afortunadamente una gran mayoría no niega la existencia y el poder de Dios. Pero no basta con creer. Porque no será jamás lo mismo: Creer y practicar.

Se cree por herencia, por costumbre y por tradiciones. En nuestras comunidades, en nuestras parroquias y en nuestras diócesis, somos creyentes. Pero, se cree, en forma individualista, convenenciera y cómoda. Por desconocimiento, por falta de bases, interés y amor hacemos una religión adaptada a los intereses de cada uno.

En la actualidad se agudiza día con día la obsesión por ser "libres"; por desconocer toda ley existente, por infringir toda norma religiosa, moral, civil y familiar. No depender de nada ni de nadie; Vivir sin control y desconocer toda autoridad. La única ley vigente es la que cada uno pretende imponer; la mentalidad que prevalece es la de los romanos: "Comamos y bebamos que mañana moriremos". Lo "atractivo" es ir en sentido contrario.

El materialismo, la superficialidad, el rechazo al compromiso por la comodidad, la incongruencia, la conveniencia, la falta de conocimiento y un verdadero convencimiento, han hecho que la falta de una constante preparación, actualización y práctica lleve a una gran mayoría a la indiferencia y apatía.

"Nadie ama lo que no conoce" y la consecuencia es que: la dejadez, el abandono, la falta de interés y de superación religiosa, nos ha llevado a desconocer los objetivos de nuestra religión: Creer, esperar, observar y recibir.

De estos objetivos: CREER, ESPERAR, OBSERVAR, Y RECIBIR, únicamente se lleva el primer objetivo y con bases muy endebles y, muchas veces solo de palabra. Lo que debemos esperar no se tiene fe. Lo que se debe observar, se desconoce, se huye del compromiso y se adapta cómodamente; y lo que se debe recibir se convierte en eventos puramente sociales.

Lo que debemos comprender es que:

No basta con creer, hay que practicar.
"Los demonios también creen, dice S. Tomás, pero como unos esclavos que aborrecen a su Señor.
Pero así como de nada sirve a los demonios este conocimiento que tienen, porque su voluntad es perversa, de la misma suerte de nada sirve a un cristiano esa creencia si no lo mueve el amor de Dios que se manifiesta en la conducta" (Stgo. 2, 19). Biblia Comentada - Straubinger.
"La fe que no va acompañada de hechos, es una fe inútil" (Stgo. 2, 20) "No basta con creer hay que practicar" (Mt. 7, 21). Si sólo se cree pero no se practica estamos viviendo una religión incompleta, insuficiente. Y además estamos dando anti-testimonio al decir una cosa y hacer otra. No basta creer con la boca sino con el corazón.

Afirma Carl Caleb Colton: Los hombres reñirán, escribirán, lucharán, morirán por la religión; todo excepto vivirla".

Creer: es dar por cierto.
Practicar: es ejercer, usar, instruirse y formarse.
Creyente es todo aquel que cree en algo o en alguien
El creyente a medias, cree pero no practica.
El creyente completo, cree, se prepara y practica.
El creyente, debe tener convicción en la que no exista ninguna duda. La creación es obra única de Dios, Dios en tres personas.
El católico debe tener absoluta obediencia de inteligencia y de generosidad, gratitud y amor a las enseñanzas de Dios.
"¿Con la fe le quitaremos el valor a la ley? ¡Claro que no! Más bien afirmamos el valor a la ley." (Rom. 3, 31)

El católico no cree en "algo", sino cree en ALGUIEN. Cree en Dios, lo ama y lo obedece, tiene deberes que cumplir. La verdadera religión no solo son actos individuales y externos.

Aun no podemos entender que solos no podremos humanizarnos ¡Jamás!, Que no podemos ni debemos vivir en soledad, en la esterilidad, en la lejanía y en el individualismo.

Lo que destaca en muchos católicos, desgraciadamente, es lo negativo: el odio, el egoísmo, la envidia, la soberbia, el conflicto y la división. La principal amenaza es nuestra propia ignorancia.

Jesús, lejos de promover el individualismo egoísta Él quiere una sociedad fraterna. Muchos buscan a Dios, pero toman ignorantemente el camino opuesto a Él. Otros buscan sinceramente a Dios, pero no lo escuchan, se han hecho un Dios a su conveniencia. A Dios no lo encontraremos construyendo cada uno, para sí mismo, una iglesia y una religión.

En la verdadera Iglesia todos somos importantes. Pero esa importancia no es para recibir honores y reconocimientos, sino para ser servidores de los demás.

El padre Flaviano Amatulli Msp. Nos dice: "la ignorancia religiosa es causa de división. El desconocimiento que existe entre los mexicanos es muy amplio, pocos se interesan por conocer los peligros que representan las sectas, ya que ni su religión conocen."

Para el padre Amatulli, el principal problema que enfrentan muchos bautizados es que no conocen su religión y son personas que fácilmente son convencidas por otro tipo de creencias que muchas veces disfrazan la verdad, mienten y engañan fácilmente a las personas. Los grupos sectarios buscan sembrar la destrucción en la familia e imponer la vida fácil del pecado.

Es necesario también reconocer y re- evangelizar para combatir la ignorancia, la animadversión y el escepticismo (incredulidad) de muchos hermanos y enfrentar con valor y amor los ambientes adversos.

Muchos viven alejados de la Iglesia por circunstancias personales, por vivir alguna situación anormal, por circunstancias familiares o por experiencias desagradables o conflictivas. Muchos creen estar fuera de la Iglesia, pero ¡nadie! lo está, sólo se necesita el arrepentimiento y un cambio de vida (conversión).

"Los sacerdotes deben ser los promotores de integridad y unidad. Los presbíteros, los religiosos y religiosas, los laicos comprometidos, deben ser el rostro amable, estimulante, reconciliador, integrador y agradable de la Iglesia". (Cardenal Norberto Rivera Carrera, 12 de Enero 2001 Nac. Basílica de Ntra. Señora de Guadalupe)

Muchos miembros de la Iglesia están más preocupados por las cuestiones políticas y personales que por una verdadera evangelización. Muchos no queremos darnos cuenta de la amenaza que se cierne sobre nuestra religión y de lo que somos culpables nosotros mismos.
"Necesitamos una transformación interior. Necesitamos reconstruir la Iglesia y la familia. Necesitamos palabras acompañadas de testimonio y de vida. Un vínculo entre fe y obras. La transformación es dolorosa pero necesaria". (Cardenal Norberto Rivera Carrera, 12 de Enero 2001 Nac. Basílica de Ntra. Señora de Guadalupe)

La ignorancia y la superficialidad han llevado a muchos a tratar de comprar algún sacramento (Simonía). Otros ven en los sacramentos la oportunidad de un evento social. Otros se han alejado de la verdadera religión por los falsos argumentos de las sectas. Muchos cambian a las sectas para ser "mejores". Pero para cambiar de vida no hace falta cambiar de iglesia, sino de corazón.
A cuántos les han inculcado que ser católico es no faltar al primer mandamiento de la Iglesia y los tres primeros mandamientos de la Ley de Dios. Que con aprenderse de memoria el catecismo como requisito para la primera comunión y posteriormente, tal vez, algún curso de Historia Sagrada, con eso basta para ser "auténtico" cristiano. Que ser católico es ser espectador (mirar pero sin responsabilizarse - pasivos) practicar actos piadosos en forma rutinaria y con eso están satisfechos.

El error de la gran mayoría es pensar, creer que ya todo se sabe, o que con lo poco que hemos aprendido en un curso de catequesis, es suficiente, cuando en realidad navegamos en una tremenda ignorancia doctrinal, fruto de la indiferencia, de la apatía, autosuficiencia y abandono, de no querer darse cuenta o no querer aceptar la magnitud del problema del que todos somos responsables.

El aspecto importante que debemos considerar con toda la seriedad es que nuestra fe se afirma en un trípode donde falta mayor cuidado, apoyo y dedicación: a nuestros hijos los bautizamos a los días o semanas o meses de nacidos, donde los padres y padrinos hacen acto de presencia como "expertos" en religión (se "supone") y piden la fe y se comprometen por el hijo y el ahijado.

De ahí hay un primer intervalo:

De 6 a 9 años, para continuar con los Sacramentos de Iniciación Cristiana, con la finalidad de que la niña o el niño sean concientes de los Sacramentos que van a recibir. Se les prepara en diversas formas y tiempo, para la reconciliación, la primera comunión y la confirmación.

Ahí habrá un segundo periodo:

De 10, 15, 20 o quizá hasta 25 años para volver a recibir alguna instrucción que se desvanece y se olvida porque es improvisada y extra-rápida sólo para cubrir el requisito… y hasta ahí llegó nuestra preparación religiosa.

El tercer espacio es indefinido:

Tiempo que las sectas aprovechan.
Se supone que esos tiempos (primero y segundo) son responsabilidad y los que debe aprovechar la familia, para la Evangelización doméstica; cosa que no sucede, por la falta de conocimiento religioso.

En esos 2 o 3 lapsos de años, que es la mayor parte de la vida, hay demasiado tiempo a la deriva, a la indiferencia y abandono de todos. Tiempo en que los niños, adolescentes, jóvenes y adultos están expuestos a otras ideologías, más que a una verdadera formación religiosa.

Ante estas realidades la fe heredada y sin posibilidades de reforzarla por convencimiento y motivación personal y, sin tener un verdadero encuentro personal con Dios, es una fe sin verdaderas bases, sin objetivos claros, es una fe débil que cualquier viento o circunstancia la arrastrará. Ahí tendremos hijos incrédulos, nietos ateos y bisnietos herejes.

No olvidemos que un buen hermano separado, es un mal católico.

"El mundo se resiste a creer palabras que no van acompañadas de un testimonio de vida" (Juan Pablo II en su 2ª visita pastoral a México).

"El seguimiento cercano de Jesús no depende de la preparación académica, sino de haber captado el sentido del Reino de Dios" (Cardenal Norberto Rivera Carrera, 12 de Enero de 2001 Nac. Basílica de Ntra. Sra. De Guadalupe.)

San Pablo me impulsa cuando dice: "Hay que arriesgarse si quiere uno anunciar a Cristo. Muchos esperan estar bien preparados y capacitados humanamente para hablar a los demás. Se preparan toda la vida y mueren sin haberse atrevido" (1 Cor. 1, 28) (Comentario de ese versículo – Biblia Latinoamericana).

La niñez, la adolescencia y la juventud tienen necesidad, tienen hambre de conocer y vivir el amor de Dios.

martes, 4 de noviembre de 2008


El hombre viviente es imagen de Dios

“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad”(Ps. 8).

El ser humano, varón y mujer, excelsa criatura de Dios, ha sido “coronado” por Dios con su amor. La grandeza, la dignidad y el valor de su humanidad radican en el ser partícipe del misterio de Dios, que es “amor”. El amor del “Padre por siempre” (Is 9,5) es la “corona” del hombre, pues lo reviste de trascendencia. Sin embargo, frente a tal grandeza, gloria y honor, no dejamos de experimentar dolores, males y límites. Uno de los límites, con todas las preguntas que suscita, lo presenta la discapacidad mental y física, o la combinación de ambas.
Esto contrasta ampliamente con el dato bíblico que revela el misterio de los orígenes: El ser humano, todo ser humano, es criatura de Dios y es un ser viviente a imagen y semejanza de Dios.
“Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y como semejanza nuestra’… Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó”(Gen 1,26-27).

“El día en que hizo Yahveh Dios la tierra y los cielos, no había aún en la tierra arbusto alguno del campo, y ninguna hierba del campo había germinado todavía, pues Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre que labrara el suelo. Pero un manantial brotaba de la tierra, y regaba toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”(Gen 2,4-7).


«Decálogo católico» sobre ética y ambiente

Presentado por el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz- ROMA, 08.11.2005 expresa la enseñanza –síntesis- de la doctrina social de la Iglesia católica sobre el ambiente.
1) La Biblia tiene que dictar los principios morales fundamentales del designio de Dios sobre la relación entre hombre y creación.
2) Es necesario desarrollar una conciencia ecológica de responsabilidad por la creación y por la humanidad.
3) La cuestión del ambiente involucra a todo el planeta, pues es un bien colectivo.
4) Es necesario confirmar la primacía de la ética y de los derechos del hombre sobre la técnica.
5) La naturaleza no debe ser considerada como una realidad en sí misma divina, por tanto, no queda sustraída a la acción humana.
6) Los bienes de la tierra han sido creados por Dios para el bien de todos. Es necesario subrayar el destino universal de los bienes.
7) Se requiere colaborar en el desarrollo ordenado de las regiones más pobres.
8) La colaboración internacional, el derecho al desarrollo, al ambiente sano y a la paz deben ser considerados en las diferentes legislaciones.
9) Es necesario adoptar nuevos estilos de vida más sobrios.
10) Hay que ofrecer una respuesta espiritual, que no es la de la adoración de la naturaleza.


VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Nuestra Señora de Fátima


La palabra Rosario significa ‘Corona de Rosas’. Nuestra Señora ha revelado a mucha gente que cada vez que ellos dicen un Ave María le dan una hermosa rosa y que cada Rosario completo hace una corona de rosas. La rosa es la reina de las flores, así que el Rosario es la rosa de todas las devociones y por lo tanto es la más importante.

El Santo Rosario es considerado como la oración perfecta porque junto con el esta aunada la majestuosa historia de nuestra salvación. Con el rosario de hecho, meditamos los misterios de gozo, de dolor y de gloria de Jesús y María. Es una oración simple, humilde como María. Es una oración que podemos hacer con ella, la Madre de Dios. Con el Ave María la invitamos a que rece por nosotros. Nuestra Señora siempre nos otorga lo que pedimos. Ella une su oración a la nuestra. Por lo tanto, ésta es más poderosa, porque María recibe lo que ella pide, Jesús nunca dice no a lo que su madre le pide. En cada una de sus apariciones, la bendita Madre nos ha invitado a rezar el Rosario como una arma poderosa encontra del maligno, para traernos la verdadera paz. Tu oración en unión con la de la Virgen María, puedes obtener el regalo de la conversión y cambio de corazones. Cada día, puedes alejar de ti mismo y de tu casa, peligros y maldades. Un buen ejercicio para empezar a rezar el Santo Rosario y obtener cualquier petición es através de la novena de los 54 días en honor a Nuestra Señora de Pompeii. El papa Juan Pablo II ha firmado el 16 de octubre 2002 la Carta Apostólica «Rosarium Virginis Mariae», sobre el Rosario de la Virgen María, en la que introduce cinco nuevos misterios. Además, ha proclamado como «Año del Rosario», el que va desde el 16 octubre de este 2002 hasta el mismo día y mes de 2003. Con esta oración se invocará especialmente la paz amenazada en el mundo y en la familia.

El Poder del rezo del Santo Rosario

Las Quince Promesas de la Virgen María a quienes recen el Rosario:


1. Aquellos que recen con enorme fé el Rosario recibirán gracias especiales.

2. Prometo mi protección y las gracias mas grandes a aquellos que recen el Rosario.

3. El Rosario es una arma poderosa para no ir al infierno, destruirá los vicios, disminuirá los pecados, y defendernos de las herejías.

4. Se otorgará la virtud y las buenas obras abundarán, se otorgará la piedad de Dios para las almas, rescatará a los corazones de la gente de su amor terrenal y vanidades, y los elevará en su dedeo por las cosas eternas. Las mismas almas se santificarán por este medio.

5. El alma que se encomiende a mi en el Rosario no perecerá.

6. Quien rece el Rosario devotamente, y lleve los misterios como testimonio de vida no conocerá la desdicha. Dios no lo castigará en su justicia, no tendrá una muerte violenta, y si es justo, permanecerá en la gracia de Dios, y tendrá la recompensa de la vida eterna.

7. Aquel que sea verdadero devoto del Rosario no perecerá sin los Sagrados Sacramentos.

8. Aquellos que recen con mucha fe el Santo Rosario en vida y en la hora de su muerte encontrarán la luz de Dios y la plenitud de su gracia, en la hora de la muerte participarán en el paraíso por los méritos de los Santos.

9. Libraré del purgatorio a aquienes recen el Rosario devotamente.

10. Los niños devotos al Rosario merecerán un alto grado de Gloria en el cielo.

11. Obtendrán todo lo que me pidan mediante el Rosario.

12. Aquellos que propaguen mi Rosario serán asistidos por mí en sus necesidades.

13. Mi hijo me ha concedido que todo aquel que se encomiende a mi al rezar el Rosario tendrá como intercesores a toda la corte celestial en vida y a la hora de la muerte.

14. Son mis niños aquellos que recitan el Rosario, y hermanos y hermanas de mi único hijo, Jesus Cristo.

15. La devoción a mi Rosario es una gran señal de profecía.

Bendiciones del Rosario

1. Los pecadores son perdonados.

2. Las almas sedientas son refrescadas.

3. Aquellos que son soberbios encuentran la sencillez.

4. Aquellos que sufren encontrarán consuelo.

5. Aquellos que estan intranquilos encontrarán paz.

6. Los pobres encontrarán paz.

7. Los religiosos son reformados.

8. Aquellos que son ingnorantes serán instruídos.

9. Los vivos aprenderán a sobrepasar el orgullo.

10. Los muertos (las almas santas) aliviarán sus dolores por privilegios.

Los beneficios del Rosario

1. Nos otorga gradualmente un conocimiento completo de Jesus Cristo.

2. Purifica nuestras almas, lavando nuestras culpas.

3. Nos da la victoria sobre nuestros enemigos.

4. Nos facilita practicar la virtud.

5. Nos enciende el amor a Nuestro Señor.

6. Nos enriquece con gracias y meritos.

7. Nos provee con lo necesario para pagar nuestras deudas a Dios y a nuestros familiares cercanos, y finalmente, se obtiene toda clase de gracia de nuestro Dios todopoderoso.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo.

El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe, la Vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia..." (Catecismo, N. 683)


Cuán importante es el Espíritu Santo. Es el Espíritu de la Verdad.
"Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio." (Jn 15, 26-27)
El Espíritu Santo es quien nos recuerda las cosas de Jesucristo.
"Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho." (Jn 14, 26)


Y quien nos permite conocer las cosas de Dios.
"En efecto, nadie nos conoce como nuestro espíritu, porque está en nosotros. De igual modo, sólo el Espíritu de Dios conoce las cosas de Dios." (1 Co 2, 11)


No podemos dejar a un lado al Espíritu Santo, el Verdadero Maestro de la Oración.
"Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rm 8, 26)


¿Cómo reconocer la presencia del Espíritu? San Pablo es bien claro al respecto en su carta a los Gálatas:
"Por mi parte os digo: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais. Pero, si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios. En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley." (Ga 5, 23)


Examínate, ¿tienes los frutos del Espíritu Santo?
Pero eso sí. No te dejes confundir por quienes creen que su iglesia es mejor porque allí se manifiesta el Espíritu Santo, pues El da a quien quiere y como quiere (lee el artículo "
Las manifestaciones del Espíritu en otras iglesias" en este site, por favor), y por supuesto se da en abundancia en la Iglesia Católica.


Pidamos insistentemente el Espíritu Santo, para que nos ilumine y nos quíe y seamos verdaderos cristianos. Sin el Espíritu Santo, vana es nuestra búsqueda del Reino pues nuestras fuerzas son completamente inútiles para semejante labor. No permaneceremos en Cristo sin la ayuda del Espíritu Santo.
" El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo" (Rm 15, 13)


La Iglesia no ha dejado a un lado al Espíritu Santo, sino que muchos católicos lo han hecho. ¿Has leído, por ejemplo, todo el libro de los Hecho de los Apóstoles? Qué lamentable que los católicos no lo conozcan mejor, y no precisamente por falta de exhortación de la Iglesia. Fíjate en lo que pedía el papa León XIII en 1897:
"Acaso no falten en nuestros días algunos que, de ser interrogados como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo «si habían recibido el Espíritu Santo», contestarían a su vez: «Nosotros, ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo». Que si a tanto no llega la ignorancia, en una gran parte de ellos es muy escaso su conocimiento sobre El; tal vez hasta con frecuencia tienen su nombre en los labios, mientras su fe está llena de crasas tinieblas. Recuerden, pues, los predicadores y párrocos que les pertenece enseñar con diligencia y claramente al pueblo la doctrina católica sobre el Espíritu Santo, mas evitando las cuestiones arduas y sutiles y huyendo de la necia curiosidad que presume indagar los secretos todos de Dios. Cuiden recordar y explicar claramente los muchos y grandes beneficios que del Divino Dador nos vienen constantemente, de forma que sobre cosas tan altas desaparezca el error y la ignorancia, impropios de los hijos de la luz. Insistimos en esto no sólo por tratarse de un misterio, que directamente nos prepara para la vida eterna y que, por ello, es necesario creer firme y expresamente, sino también porque, cuanto más clara y plenamente se conoce el bien, más intensamente se le quiere y se le ama. Esto es lo que ahora queremos recomendaros: Debemos amar al Espíritu Santo, porque es Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fortaleza. Y ha de ser amado, porque es el Amor sustancial eterno y primero, y no hay cosa más amable que el amor; y luego tanto más le debemos amar cuanto que nos ha llenado de inmensos beneficios que, si atestiguan la benevolencia del donante, exigen la gratitud del alma que los recibe. Amor este que tiene una doble utilidad, ciertamente no pequeña. Primeramente nos obliga a tener en esta vida un conocimiento cada día más claro del Espíritu Santo: El que ama, dice Santo Tomás, no se contenta con un conocimiento superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intrínsecamente, y así entra en su interior, como del Espíritu Santo, que es amor de Dios, se dice que examina hasta lo profundo de Dios. En segundo lugar, que será mayor aún la abundancia de sus celestiales dones, pues como la frialdad hace cerrarse la mano del donante, el agradecimiento la hace ensancharse. Y cuídese bien de que dicho amor no se limite a áridas disquisiciones o a externos actos religiosos; porque debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra el Espíritu Santo. Cuanto somos y tenemos, todo es don de la divina bondad que corresponde como propia al Espíritu Santo; luego el pecador le ofende al mismo tiempo que recibe sus beneficios, y abusa de sus dones para ofenderle, al mismo tiempo que, porque es bueno, se alza contra El multiplicando incesantes sus culpas."(Carta Encíclica
"Divinum Illud Munus")


Lee el Catecismo, números 683 a 747.

viernes, 31 de octubre de 2008

El Espíritu Santo en la vida de la Iglesia primitiva

1. La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés es un acontecimiento único, que sin embargo, no se agota en sí mismo. Al contrario, es el inicio de un proceso duradero, del que los Hechos de los Apóstoles sólo nos narran las primeras fases. Se refieren, ante todo a la vida de la Iglesia en Jerusalén, donde los Apóstoles, tras haber dado testimonio de Cristo y del Espíritu y después de haber conseguido las primeras conversiones, debieron defender el derecho a la existencia de la primera comunidad de los discípulos y seguidores de Cristo frente al Sanedrín. Los Hechos nos dicen que, también frente a los ancianos, los Apóstoles fueron asistidos por la misma fuerza recibida en Pentecostés: quedaron “llenos del Espíritu Santo” (cf., por ejemplo, Hch 4, 8).
Esta fuerza del Espíritu se manifiesta operante en algunos momentos y aspectos de la vida de la comunidad jerosolimitana, de la que los Hechos hacen una particular mención.

2. Resumámoslos sucintamente, comenzando por la oración unánime en que la comunidad se recoge cuando los Apóstoles, de vuelta del Sanedrín, refirieron a los “hermanos” cuanto habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos: “Todos a una elevaron su voz a Dios...” (Hch 4, 24). En la hermosa oración que nos refiere Lucas, los orantes reconocen el plan de Dios en la persecución, recordando cómo Dios ha hablado “por el Espíritu Santo” (4, 25) y citan las palabras del Salmo 2 (vv. 1-2) sobre las hostilidades desencadenadas por los reyes y pueblos de la tierra “contra el Señor y contra su Ungido”, aplicándolas a la muerte de Jesús: “Porque verdaderamente en esta ciudad se han aliado Herodes y Poncio Pilato con las naciones y los pueblos de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien has ungido, para realizar lo que en tu poder y en tu sabiduría habías predeterminado que sucediera. Y ahora, Señor, ten en cuenta sus amenazas y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía” (Hch 4, 7-29).
Es una oración llena de fe y de abandono en manos de Dios, y al final de la misma se realiza una nueva manifestación del Espíritu y casi un nuevo acontecimiento de Pentecostés.

3. “Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos” (Hch 4, 31). Por consiguiente, se realiza una nueva manifestación sensible del poder del Espíritu Santo, como había acontecido en el primer Pentecostés. También la alusión al lugar en que la comunidad se halla reunida confirma la analogía con el Cenáculo, y significa que el Espíritu Santo quiere envolver a toda la comunidad con su acción transformante. Entonces “todos quedaron llenos del Espíritu Santo”, no sólo los Apóstoles que habían afrontado a los jefes del pueblo, sino también todos los “hermanos” (4, 23) reunidos con ellos, que son el núcleo central y más representativo de la primera comunidad. Con el nuevo entusiasmo suscitado por la nueva “plenitud” del Espíritu Santo ―dicen los Hechos― “predicaban la Palabra de Dios con valentía” (Hch 4, 31). Eso demostraba que había sido escuchada la oración que habían dirigido al Señor: “Concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía” (Hch 4, 29).
El “pequeño” Pentecostés marca, por tanto, un nuevo inicio de la misión evangelizadora después del juicio y del encarcelamiento de los Apóstoles por parte del Sanedrín. La fuerza del Espíritu Santo se manifiesta especialmente en la valentía, que ya los miembros del Sanedrín habían notado en Pedro y Juan, no sin quedar maravillados “sabiendo que eran hombres sin instrucción ni cultura” y “reconociendo... que habían estado con Jesús” (Hch 4, 13). Ahora los Hechos subrayan de nuevo que “llenos del Espíritu Santo predicaban la Palabra de Dios con valentía”.

4. También toda la vida de la comunidad primitiva de Jerusalén lleva las señales del Espíritu Santo, que es su guía y su animador invisible. La visión de conjunto que ofrece Lucas nos permite ver en aquella comunidad casi el tipo de las comunidades cristianas formadas a lo largo de los siglos, desde las parroquiales a las religiosas, en las que el fruto de la “plenitud del Espíritu Santo” se concreta en algunas formas fundamentales de organización, parcialmente recogidas en la misma legislación de la Iglesia.
Son principalmente las siguientes: la “comunión” (koinonía) en la fraternidad y en el amor (cf. Hch 2, 42), de forma que se podía decir de aquellos cristianos que eran “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4, 32); el espíritu comunitario en la entrega de los bienes a los Apóstoles para la distribución a cada uno según sus necesidades (Hch 4, 34-37) o en su uso cuando se conservaba su propiedad, de modo que “nadie llamaba suyos a sus bienes” (4, 32; cf. 2, 44-45; 4, 34-37); la comunión al escuchar asiduamente la enseñanza de los Apóstoles (Hch 2, 42) y su testimonio de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4, 33); la comunión en la “fracción del pan” (Hch 2, 42), o sea, en la comida en común según el uso judío, en la que sin embargo los cristianos insertaban el rito eucarístico (cf. 1 Co 10, 16; 11, 24; Lc 22, 19; 24, 35); la comunión en la oración (Hch 2, 42. 46-47). La Palabra de Dios, la Eucaristía, la oración, la caridad fraterna, eran, por tanto, el ámbito dentro del cual vivía, crecía y se fortalecía la comunidad.

5. Por su parte los Apóstoles “daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús” (4, 33) y realizaban “muchas señales y prodigios” (5, 12), como habían pedido en la oración del Cenáculo: “Extiende tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús” (Hch 4, 30). Eran señales de la presencia y de la acción del Espíritu Santo, a la que se refería toda la vida de la comunidad. Incluso la culpa de Ananías y Safira, que fingieron llevar a los Apóstoles y a la comunidad todo el precio de una propiedad vendida, quedándose, sin embargo con una parte, es considerada por Pedro una falta contra el Espíritu Santo: “Has mentido al Espíritu Santo” (5, 3); “¿Cómo os habéis puesto de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor?” (Hch 5, 9). No se trataba de un “pecado contra el Espíritu Santo” en el sentido en que hablaría el Evangelio (cf. Lc 12, 10) y que pasaría a los textos morales y catequísticos de la Iglesia. Era más bien, un dejar de cumplir el compromiso de la “unidad del Espíritu con el vínculo de la paz”, como diría San Pablo (Ef 4, 3) y, por lo tanto, una ficción al profesar aquella comunión cristiana en la caridad, de la que es alma el Espíritu Santo.

6. La conciencia de la presencia y de la acción del Espíritu Santo vuelven a aparecer en la elección de los siete diáconos, hombres “llenos de Espíritu Santo y de sabiduría” (Hch 6, 3) y, en particular, de Esteban, “hombre lleno de fe y de Espíritu Santo” (Hch 6, 5), que muy pronto comenzó a predicar a Jesucristo con pasión, entusiasmo y fortaleza, realizando entre el pueblo “grandes prodigios y señales” (Hch 6, 8). Habiendo suscitado la ira y los celos de una parte de los judíos, que se levantaron contra él, Esteban no cesó de predicar y no dudó en acusar a aquellos que se le oponían de ser los herederos de sus padres al “resistir al Espíritu Santo” (Hch 7, 51), yendo así serenamente al encuentro del martirio, como narran los Hechos: “Él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente el cielo y vio la gloria Dios y Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios...” (Hch 7, 55), y en aquella actitud fue apedreado.
Así la Iglesia primitiva, bajo la acción del Espíritu Santo, añadía a la experiencia de la comunión la del martirio.

7. La comunidad de Jerusalén estaba compuesta por hombres y mujeres provenientes del judaísmo, como los mismos Apóstoles y María. No podemos olvidar este hecho, aunque a continuación aquellos judío-cristianos, reunidos en torno a Santiago cuando Pedro se dirigió a Roma, se dispersaron y desaparecieron poco a poco. Sin embargo, lo que sabemos por los Hechos debe inspirarnos respeto y también gratitud hacia aquellos nuestros lejanos “hermanos mayores”, en cuanto que ellos pertenecían a aquel pueblo jerosolimitano que rodeaba de “simpatía” a los Apóstoles (cf. Hch 2, 47), los cuales “daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús” (Hch 4, 33). No podemos tampoco olvidar que, después de la lapidación de Esteban y la conversión de Pablo, la Iglesia, que se había desarrollado partiendo de aquella primera comunidad, “gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaba y progresaba en el temor del Señor y estaba llena de la consolación del Espíritu Santo” (Hch 9, 31).
Por consiguiente, los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles nos testimonian que se cumplió la promesa hecha por Jesús a los Apóstoles en el Cenáculo, la víspera de su pasión: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad” (Jn 14, 16-17).
Como hemos visto a su tiempo, “Consolador” ―en griego “Parakletos”― significa también Patrocinador o “Defensor”. Y ya sea como Patrocinador o “Defensor”, ya sea como “Consolador”, el Espíritu Santo se revela presente y operante en la Iglesia desde sus inicios en el corazón del judaísmo. Veremos que muy pronto el mismo Espíritu llevará a los Apóstoles y a sus colaboradores a extender Pentecostés a todas las gentes.

JUAN PABLO II Magno-AUDIENCIA GENERALMiércoles 29 de noviembre de 1989

jueves, 30 de octubre de 2008

Solemnidad de Todos los Santos

Durante todo el año celebramos la fiesta de muchos santos famosos. Pero la Iglesia ha querido recordar que en el cielo hay innumerables santos que no cabrían en el calendario. Por eso nos regala esta solemne fiesta de Todos los Santos que abarca a todos nuestros hermanos que ya están en el cielo. Multitudes de santos desconocidos por nosotros pero amadísimos de Dios. Entre ellos pueden haber familiares nuestros, amigos, vecinos...

Universal vocación a la santidad en la Iglesia. La fiesta de Todos los Santos no es solo para recordar sino también una llamada a que vivamos todos nuestra vocación a la santidad, cada uno según su propio estado de vida (como solteros, casados, viudos, consagrados, etc.). El capítulo V de la Constitución Dogmática "Lumen Gentium" (Concilio Vaticano II), lleva por título "Universal vocación a la santidad en la Iglesia". Dios nos creó para que seamos santos. Según Benedicto XVI, "El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo".

Desde la Iglesia primitiva, los cristianos siempre hemos venerado a los mártires por su virtud heroica. Al guardar en nuestros corazones sus memorias y su ejemplo, nos animan a vivir también nosotros la radicalidad del Evangelio. Es por ello que se guardan sus reliquias. Estas pueden ser partes de sus cuerpos o de sus ropas u otros artículos asociados con ellos. En la Biblia leemos que los cristianos guardaban hasta las ropas y pañuelos que San Pablo hubiese tocado (Hechos 19,12).

Durante la persecución de Diocleciano (284-305) hubieron tantos mártires que no se podían conmemorar todos. Así surgió la necesidad de una fiesta en común la cual se comenzó a celebrar, aunque en diferentes fechas, a partir del siglo IV.

La Roma pagana observaba el fin del año el 21 de febrero con una fiesta llamada Feralia, para darle descanso y paz a los difuntos. Se rezaba y hacían sacrificios por ellos. Con la cristianización del imperio, los papas pudieron remplazar las prácticas paganas. El 13 de Mayo de 609 o 610, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón Romano (donde antes se honraba a dioses paganos) para ser templo de la Santísima Virgen y de todos los Mártires. Fue así que se comenzó la fiesta para todos los santos. Gregorio III (731-741) la transfirió al 1ro de Noviembre. Gregorio IV (827-844) extendió esta fiesta a toda la Iglesia.

Los Ortodoxos griegos celebran a todos los santos el primer domingo después de Pentecostés.
LETANÍA DE LOS SANTOS

Señor, ten piedad. / Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad. / Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad. / Señor ,ten piedad.
Santa María, Madre de Dios, / Ruega por nosotros.
San Miguel, / Ruega por nosotros.
Santos ángeles de Dios, / Rogad por nosotros.
San Juan Bautista,/ Ruega por nosotros.
San José,/ Ruega por nosotros.
Santos Pedro y Pablo,/ Rogad por nosotros.
San Andrés, / Ruega por nosotros.
San Juan, / Ruega por nosotros.
Santa María Magdalena,/ Ruega por nosotros.
San Esteban, / Ruega por nosotros.
San Ignacio de Antioquía, / Ruega por nosotros.
San Lorenzo, / Ruega por nosotros.
Santas Perpetua y Felicidad, / Rogad por nosotros.
Santa Inés, / Ruega por nosotros.
San Gregorio, / Ruega por nosotros.
San Agustín, / Ruega por nosotros.
San Atanasio, / Ruega por nosotros.
San Basilio,/ Ruega por nosotros.
San Martín, / Ruega por nosotros.
San Benito, / Ruega por nosotros.
Santos Francisco y Domingo, / Rogad por nosotros.
San Francisco Javier,/ Ruega por nosotros.
San Juan María Vianney, / Ruega por nosotros.
Santa Catalina de Siena, / Ruega por nosotros.
Santa Teresa de Avila,/ Ruega por nosotros.
San Raimundo de Peñarfort,/ Ruega por nosotros.
Santos y Santas de Dios, / Rogad por nosotros.
Muéstrate propicio,/ Líbranos, Señor.
De todo mal,/ Líbranos, Señor.
De todo pecado, / Líbranos, Señor.
De la muerte eterna,/ Líbranos, Señor.
Por tu encarnación,/ Líbranos, Señor.
Por tu muerte y resurrección,/ Líbranos, Señor.
Por el envío del Espíritu Santo,/ Líbranos, Señor.
Nosotros, que somos pecadores,/ Te rogamos, óyenos.
Jesús, Hijo de Dios vivo, / Te rogamos, óyenos
Cristo, óyenos/ Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos./ Cristo, escúchanos
¿Podemos orar por los difuntos? ¿Les sirven nuestras oraciones? ¿Cuál es la doctrina católica y la evangélica al respecto?
La Doctrina católica La Biblia nos dice que después de la muerte viene el juicio: «Está establecido que los hombres mueran una sola vez y luego viene el juicio» (Hebr. 9, 27).
Después de la muerte viene el juicio particular donde «cada uno recibe conforme a lo que hizo durante su vida mortal» (2 Cor. 5, 10). Al fin del mundo tendrá lugar el «juicio universal» en el que Cristo vendrá en gloria y majestad a juzgar a los pueblos y naciones. Es doctrina católica que en el juicio particular se destina a cada persona a una de estas tres opciones: Cielo, Purgatorio o Infierno. Las personas que en vida hayan aceptado y correspondido al ofrecimiento de salvación que Dios nos hace y se hayan convertido a El, y que al morir se encuentren libres de todo pecado, se salvan. Es decir, van directamente al Cielo, a reunirse con el Señor y comienzan una vida de gozo indescriptible «Bienaventurados los limpios de corazón -dice Jesús- porque ellos verán a Dios» (Mt. 5, 8). -Quienes hayan rechazado el ofrecimiento de salvación que Dios hace a todo mortal, o no se convirtieron mientras su alma estaba en el cuerpo, recibirán lo que ellos eligieron: el Infierno, donde estarán separados de Dios por toda la eternidad. -Y finalmente, los que en vida hayan servido al Señor pero que al morir no estén aún plenamente purificados de sus pecados, irán al Purgatorio. Allá Dios, en su misericordia infinita, purificará sus almas y, una vez limpios, podrán entrar en el Cielo, ya que no es posible que nada manchado por el pecado entre en la gloria: «Nada impuro entrará en ella (en la Nueva Jerusalén)» (Ap. 21, 27). Aquí surge espontánea una pregunta cuya respuesta es muy iluminadora:
¿Para qué estamos en este mundo? Estamos en este mundo para conocer, amar y servir a Dios y, mediante esto, salvar nuestra alma. Dios nos coloca en este mundo para que colaboremos con El en la obra de la creación, siendo cuidadores de este «jardín terrenal» y para que cuidemos también de los hombres nuestros hermanos, especialmente de aquellos que quizás no han recibido tantos dones y «talentos» como nosotros. Este es el fin de la vida de cada hombre: Amar a Dios sobre todas las cosas y salvar nuestra alma por toda la eternidad.
¿Qué acontece, entonces, con los que mueren? Ya lo dijimos: Los que mueren en gracia de Dios se salvan. Van directamente al cielo. Los que rechazan a Dios como Creador y a Jesús como Salvador durante esta vida y mueren en pecado mortal se condenan. También aquí la respuesta es clara y coincidente entre católicos y evangélicos.
Pero, ¿qué ocurre con los que mueren en pecado venial o que no han satisfecho plenamente por sus pecados? Ahí está la diferencia entre católicos y evangélicos. Los católicos creemos en el Purgatorio. Según nuestra fe católica, el Purgatorio es el lugar o estado por medio del cual, en atención a los méritos de Cristo, se purifican las almas de los que han muerto en gracia de Dios, pero que aún no han satisfecho plenamente por sus pecados. El Purgatorio no es un estado definitivo sino temporal. Y van allá sólo aquellos que al morir no están plenamente purificados de las impurezas del pecado, ya que en el cielo no puede entrar nada que sea manchado o pecaminoso. Ahora bien, según los evangélicos no hay Purgatorio porque no figura en la Biblia y Cristo salva a todos, menos a los que se condenan. Para nosotros, los católicos hay Purgatorio y en cuanto a su duración podemos decir que después que venga Jesús por segunda vez y se ponga fin a la historia de la humanidad, el Purgatorio dejará de existir y sólo habrá Cielo e Infierno. Por consiguiente, según nuestra fe católica, se pueden ofrecer oraciones, sacrificios y Misas por los muertos, para que sus almas sean purificadas de sus pecados y puedan entrar cuanto antes a la gloria a gozar de la presencia divina.
Los evangélicos insisten en que la palabra «Purgatorio» es una pura invención de los católicos y que ni siquiera este nombre se halla en la Biblia. Nosotros argumentamos que tampoco está en la Biblia la palabra «Encarnación» y, sin embargo, todos creemos en ella. Tampoco está la palabra «Trinidad» y todos, católicos y evangélicos, creemos en este misterio. Por tanto, su argumentación no prueba nada. En definitiva, el porqué de esta diferencia es muy sencillo. Ellos sólo admiten la Biblia, en cambio para nosotros, los católicos, la Biblia no es la única fuente de revelación. Nosotros tenemos la Biblia y la Tradición. Es decir, si una verdad se ha creído en forma sostenida e ininterrumpida desde Jesucristo hasta nuestros días es que es dogma de fe y porque el Pueblo de Dios en su totalidad no puede equivocarse en materia de fe porque el Señor ha comprometido su asistencia. Es el mismo caso de la Asunción de la Virgen a los cielos, que si bien no está en la Biblia, la Tradición cristiana la ha creído y celebrado desde los primeros tiempos, por lo que se convierte en un dogma de fe.
Además esto lo ha reafirmado la doctrina del Magisterio durante los dos mil de fe de la Iglesia Católica. La Tradición de la Iglesia Católica La Tradición constante de la Iglesia, que se remonta a los primeros años del cristianismo, confirma la fe en el Purgatorio y la conveniencia de orar por nuestros difuntos. San Agustín, por ejemplo, decía: «Una lágrima se evapora, una rosa se marchita, sólo la oración llega hasta Dios». Además, el mismo Jesús dice que «aquel que peca contra el Espíritu Santo, no alcanzará el perdón de su pecado ni en este mundo ni en el otro» (Mt. 12, 32). Eso revela claramente que alguna expiación del pecado tiene que haber después de la muerte y eso es lo que llamamos el Purgatorio. En consecuencia, después de la muerte hay Purgatorio y hay purificación de los pecados veniales. El Apóstol Pablo dice, además, que en el día del juicio la obra de cada hombre será probada. Esta prueba ocurrirá después de la muerte: «El fuego probará la obra de cada cual. Si su obra resiste al fuego, será premiado, pero si esta obra se convierte en cenizas, él mismo tendrá que pagar. El se salvará pero como quien pasa por el fuego» (1 Cor. 3, 15). La frase: «tendrá que pagar» no se puede referir a la condena del Infierno, ya que de ahí nadie puede salir. Tampoco puede significar el Cielo, ya que allá no hay ningún sufrimiento. Sólo la doctrina y la creencia en el Purgatorio explican y aclaran este pasaje. Pero, además, en la Biblia se demuestra que ya en el Antiguo Testamento, Israel oró por los difuntos. Así lo explica el Libro II de los Macabeos (12, 42-46), donde se dice que Judas Macabeo, después del combate oró por los combatientes muertos en la batalla para que fueran liberados de sus pecados. Dice así: «Y rezaron al Señor para que perdonara totalmente de sus pecados a los compañeros muertos». Y también en 2 Timoteo 1, 1-18, San Pablo dice refiriéndose a Onesíforo: «El Señor le conceda que alcance misericordia en aquel día».
Resumiendo, entonces, digamos que con nuestras oraciones podemos ayudar a los que están en el Purgatorio para que pronto puedan verse libres de sus sufrimientos y ver a Dios. No obstante, como que en la práctica, cuando muere una persona, no sabemos si se salva o se condena, debemos orar siempre por los difuntos, porque podrían necesitar de nuestra oración. Y si ellos no la necesitan, le servirá a otras personas, ya que en virtud de la Comunión de los Santos existe una comunicación de bienes espirituales entre vivos y difuntos. Esto explica aquella costumbre popular de orar «por el alma más necesitada del Purgatorio».

miércoles, 29 de octubre de 2008

Entre la ciencia y la fe

Cada época humana, cada cultura, acepta una serie de ideas como verdaderas. Desde ellas los hombres y las mujeres piensan y deciden en los mil asuntos de la vida concreta.

Algo propio de nuestra época es considerar lo «científico» como una especie de verdad absoluta. Los investigadores llegan a ser vistos como «oráculos» que determinan la naturaleza de las cosas, lo que es bueno y lo que es malo, lo pasado y lo futuro. No faltan quienes tachan de enemigos del progreso y de fundamentalistas a quienes pongan en duda las afirmaciones que ofrecen los hombres de ciencia.
En realidad, quienes conocen el mundo de los laboratorios saben que no todo está claro, y que muchas afirmaciones y leyes aceptadas como «absolutas» no son más que etapas provisionales de un camino entre tinieblas.

Pero hay muchas personas que no conocen la provisionalidad propia del método científico. Acogen, entonces, lo presentado como científico como absolutamente verdadero. Durante sus estudios leen libros, manuales, revistas científicas de biología, de paleontología, de climatología, de medicina, y consideran que lo allí afirmado vale siempre.

Las ideas sobre el funcionamiento de las células, sobre el origen de los mamíferos, sobre la utilidad de ciertas medicinas, sobre la situación climática del planeta, están en discusión entre quienes hacen ciencia de verdad, aunque algunos propongan sus conclusiones como verdades indiscutibles o «conquistas definitivas».

Respecto a la historia del planeta tierra, respecto al origen de la vida y a la evolución de las especies, la situación de las investigaciones es mucho más compleja. En parte, porque quedan muchas preguntas por resolver, en parte porque los datos no son suficientes para llegar a conclusiones absolutas, en parte porque existen muchas teorías y propuestas para explicar lo ocurrido hace millones y millones de años.

A pesar de la confusión que reina respecto del pasado, miles de personas creen, como si fuesen certezas indiscutibles, las afirmaciones que encuentran en libros divulgativos, en gráficos claros y bien pensados, en reportajes televisivos hechos con muy buen gusto y, a veces, con poca seriedad científica. Así, están convencidos de que la vida se originó en un medio acuático, que pasó luego de formas simples a formas más complejas, que luego pasó del agua a la tierra firme...
Así, a través de dibujos y animaciones, aceptan que unos animales dieron origen a otros, hasta llegar a la aparición, hace miles de años, de ese animal tan complejo que somos los seres humanos.

Estas teorías, desde luego, tienen apoyos y «pruebas» importantes. Se han encontrado huesos aquí y allá, se han analizado terrenos estratificados, se conoce cada vez más la semejanza que existe entre el ADN de los distintos tipos de vivientes. Pero todos estos apoyos, todos los datos recogidos por distintas ciencias, no son suficientes para decir que hay una certeza del 100 % acerca de que el animal «X» surgió hace tantos años del animal «Y». Las teorías y creencias que los científicos proponen hoy sobre estos «detalles» no son sólo diversificadas, sino provisionales, pues dentro de algunos años nuevos descubrimientos o nuevos datos científicos obligarán a revisar, cambiar o incluso renunciar a aquello que en el siglo XXI parecía tan claro.

En este sentido, es oportuno recordar cómo uno de los padres de la ciencia moderna, Galileo, atacó con poca seriedad las propuestas de Kepler para explicar el fenómeno de las mareas. Hoy sabemos que Kepler tenía más razón (en su tiempo) que Galileo, y que Galileo se dejó cegar por su fama y por su apego a lo que para él parecía «más científico», cuando no lo era.

Los creyentes necesitamos conocer estos aspectos humanos del mundo científico, para relativizar lo que es relativo, y para no sentir que nuestra fe es puesta en peligro cada vez que dicen haber descubierto por ahí un nuevo fósil humano. Porque la ciencia analiza datos con instrumentos limitados, mientras que la fe se apoya en una certeza profunda que se basa en acoger la intervención de Dios en la historia humana.

Es cierto que algunos quieren ver la fe como si se tratase de algo provisional, como si estuviese sometida a las probetas de los laboratorios. Pero es una cosa muy distinta.

Así lo explica el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica (n. 28): «El acto de fe es un acto humano, es decir un acto de la inteligencia del hombre, el cual, bajo el impulso de la voluntad movida por Dios, asiente libremente a la verdad divina. Además, la fe es cierta porque se fundamenta sobre la Palabra de Dios; «actúa por medio de la caridad» (Ga 5,6); y está en continuo crecimiento, gracias, particularmente, a la escucha de la Palabra de Dios y a la oración».
Dios entró en la historia humana: se manifestó al Pueblo de Israel, caminó entre los hombres con la venida de Cristo al mundo. Cada uno de nosotros es invitado a acoger su Presencia entre nosotros en la libertad. También los científicos, que tanto bien pueden hacer si aceptan en sus vidas la verdades del Evangelio y si viven su vocación al estudio con actitud de servicio y con esa humildad que reconoce que algo sabemos sobre la fascinante historia de la vida, pero que todavía nos queda mucho por saber...
Fernando Pascual, LC Doctor en filosofía por la Universidad Gregoriana.Profesor de Hª de Filosofía, Filosofía de la Educación y Bioética.