TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

domingo, 22 de marzo de 2015


NO ANTEPONGAN NADA ABSOLUTAMENTE A CRISTO

     Cuando emprendas alguna obra buena, lo primero que has de hacer es pedir constantemente a Dios que sea él quien la lleve a término, y así nunca lo contristaremos con nuestras malas acciones, a Él, que se ha dignado contarnos en el número de sus hijos, ya que en todo tiempo debemos someternos a él en el uso de los bienes que pone a nuestra disposición, no sea que algún día, como un padre que se enfada con sus hijos, nos desherede, o, como un amo temible, irritado por nuestra maldad, nos entregue al castigo eterno, como a servidores perversos que han rehusado seguirlo a la gloria.
     Por lo tanto, despertémonos ya de una vez, obedientes a la llamada que nos hace la Escritura: Ya es hora de despertarnos del sueño. Y, abiertos nuestros ojos a la luz divina, escuchemos bien atentos la advertencia que nos hace cada día la voz de Dios: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis el corazón; y también: Quien tenga oídos, oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias.
     ¿Y qué es lo que dice? Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. Caminad mientras tenéis luz, antes que os sorprendan las tinieblas de la muerte.
     Y el Señor, buscando entre la multitud de los hombres a uno que realmente quisiera ser operario suyo, dirige a todos esta invitación: ¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? Y si tú, al oír esta invitación, respondes: «Yo», entonces Dios te dice: «Si amas la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella. Si así lo hacéis, mis ojos estarán sobre vosotros y mis oídos atentos a vuestras plegarias; y, antes de que me invoquéis, os diré: Aquí estoy». ¿Qué hay para nosotros más dulce, hermanos muy amados, que esta voz del Señor que nos invita? Ved cómo el Señor, con su amor paternal, nos muestra el camino de la vida.
     Ceñida, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras, avancemos por sus caminos, tomando por guía el Evangelio, para que alcancemos a ver a aquel que nos ha llamado a su reino. Porque, si queremos tener nuestra morada en las estancias de su reino, hemos de tener presente que para llegar allí hemos de caminar aprisa por el camino de las buenas obras.
     Así como hay un celo malo, lleno de amargura, que separa de Dios y lleva al infierno, así también hay un celo bueno, que separa de los vicios y lleva a Dios y a la vida eterna. Este es el celo que han de practicar con ferviente amor… 

…no antepongan nada absolutamente a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna.
 
De la Regla de san Benito (Prólogo, 4-22; cap. 72,1-12)


AYUDA A LA IGLESIA NECESITADA AGRADECE NUESTRA COLABORACIÓN


domingo, 15 de marzo de 2015

DOMINGO 15 DE MARZO, 4º DE CUARESMA



Queridos hermanos y hermanas:
     Este IV domingo de Cuaresma, tradicionalmente designado como "domingo Laetare", está impregnado de una alegría que, en cierta medida, atenúa el clima penitencial de este tiempo santo...
     Pensar en Dios da alegría. Surge espontáneamente la pregunta: pero ¿cuál es el motivo por el que debemos alegrarnos? Desde luego, un motivo es la cercanía de la Pascua, cuya previsión nos hace gustar anticipadamente la alegría del encuentro con Cristo resucitado. Pero la razón más profunda está en el mensaje de las lecturas bíblicas que la liturgia nos propone hoy y que acabamos de escuchar. Nos recuerdan que, a pesar de nuestra indignidad, somos los destinatarios de la misericordia infinita de Dios. Dios nos ama de un modo que podríamos llamar "obstinado", y nos envuelve con su inagotable ternura. Esto es lo que resalta ya en la primera lectura, tomada del libro de las Crónicas del Antiguo Testamento (cf. 2 Cr 36, 14-16. 19-23): el autor sagrado propone una interpretación sintética y significativa de la historia del pueblo elegido, que experimenta el castigo de Dios como consecuencia de su comportamiento rebelde: el templo es destruido y el pueblo, en el exilio, ya no tiene una tierra; realmente parece que Dios se ha olvidado de él. Pero luego ve que a través de los castigos Dios tiene un plan de misericordia. Como hemos dicho, la destrucción de la ciudad santa y del templo, y el exilio, tocarán el corazón del pueblo y harán que vuelva a su Dios para conocerlo más a fondo. Y entonces el Señor, demostrando el primado absoluto de su iniciativa sobre cualquier esfuerzo puramente humano, se servirá de un pagano, Ciro, rey de Persia, para liberar a Israel. En el texto que hemos escuchado, la ira y la misericordia del Señor se confrontan en una secuencia dramática, pero al final triunfa el amor, porque Dios es amor. ¿Cómo no recoger, del recuerdo de aquellos hechos lejanos, el mensaje válido para todos los tiempos, incluido el nuestro? Pensando en los siglos pasados podemos ver cómo Dios sigue amándonos incluso a través de los castigos. Los designios de Dios, también cuando pasan por la prueba y el castigo, se orientan siempre a un final de misericordia y de perdón.
    Eso mismo nos lo ha confirmado, en la segunda lectura, el apóstol san Pablo, recordándonos que "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo" (Ef 2, 4- 5). Para expresar esta realidad de salvación, el Apóstol, además del término "misericordia", eleos, utiliza también la palabra "amor", agape, recogida y amplificada ulteriormente en la bellísima afirmación que hemos escuchado en la página evangélica: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna" (Jn 3, 16). Sabemos que esa "entrega" por parte del Padre tuvo un desenlace dramático: llegó hasta el sacrificio de su Hijo en la cruz. Si toda la misión histórica de Jesús es signo elocuente del amor de Dios, lo es de modo muy singular su muerte, en la que se manifestó plenamente la ternura redentora de Dios. Por consiguiente, siempre, pero especialmente en este tiempo cuaresmal, la cruz debe estar en el centro de nuestra meditación; en ella contemplamos la gloria del Señor que resplandece en el cuerpo martirizado de Jesús. Precisamente en esta entrega total de sí se manifiesta la grandeza de Dios, que es amor. Todo cristiano está llamado a comprender, vivir y testimoniar con su existencia la gloria del Crucificado. La cruz —la entrega de sí mismo del Hijo de Dios— es, en definitiva, el "signo" por excelencia que se nos ha dado para comprender la verdad del hombre y la verdad de Dios: todos hemos sido creados y redimidos por un Dios que por amor inmoló a su Hijo único. Por eso, como escribí en la encíclica Deus caritas est, en la cruz "se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical" (n. 12). ¿Cómo responder a este amor radical del Señor? El evangelio nos presenta a un personaje de nombre Nicodemo, miembro del Sanedrín de Jerusalén, que de noche va a buscar a Jesús. Se trata de un hombre de bien, atraído por las palabras y el ejemplo del Señor, pero que tiene miedo de los demás, duda en dar el salto de la fe. Siente la fascinación de este Rabbí, tan diferente de los demás, pero no logra superar los condicionamientos del ambiente contrario a Jesús y titubea en el umbral de la fe. ¡Cuántos, también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un "signo" que toque su mente y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único "signo" es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Este es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor…
     Comprender y acoger el amor misericordioso de Dios: que este sea vuestro compromiso sobre todo en el seno de las familias y también en todos los ámbitos del barrio… amor que es el verdadero secreto de la alegría cristiana, a la que nos invita este domingo, domingo Laetare. Dirigiendo la mirada a María, "Madre de la santa alegría", pidámosle que nos ayude a profundizar las razones de nuestra fe, para que, como nos exhorta la liturgia hoy, renovados en el espíritu y con corazón alegre correspondamos al amor eterno e infinito de Dios.



Benedicto XVI, pp emérito

En el Día del Seminario.



Queridos diocesanos:
     Como cada año, al acercarse la fiesta de san José, Día del Seminario, me dirijo a vosotros para recordaros un tema que siempre es de actualidad, me refiero a la dimensión vocacional de la Iglesia que encuentra una concreción privilegiada en el Seminario, escuela del Evangelio, donde se forman los futuros pastores del pueblo de Dios.
     La Iglesia, y eso significa su nombre, es una gran llamada, una convocatoria. Los hombres estamos llamados a la comunión con Dios, pero no de modo aislado sino como pueblo, en familia. La Iglesia es y debe presentarse ante el mundo como una familia, un hogar de puertas abiertas donde todos pueden entrar a participar de la vida que en ella se da. No hace mucho nos decía el Papa: "cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia" (Mensaje para la Cuaresma 2015). Hermosas palabras que deben llamarnos a una renovación de nuestra vida cristiana y de nuestras comunidades.
     Los jóvenes viven en un mundo marcado por la indiferencia que se manifiesta en muchos de los ámbitos de la vida social. Buscamos nuestro interés y queremos asegurar nuestra supervivencia y nuestro lugar en una sociedad donde no hay las mismas posibilidades para todos. Hemos de reconocer que muchos de los grandes valores como la libertad, la justicia, la paz o el amor se han convertido en buenos deseos, o en una realidad sólo en el nombre. Estamos en una cultura donde nada es para siempre, por eso tiene más fuerza el voluntariado por un tiempo que las opciones para toda la vida. Sin embargo, también encontramos signos hermosos de solidaridad, ternura y entrega. Sí, hay jóvenes que quieren hacer de su vida una entrega generosa a los demás para siempre. Otros jóvenes buscan sin encontrar el camino, pero hay algo que les dice interiormente que tiene que arriesgar y darlo todo.
     Por eso, necesitamos esa Iglesia, esas comunidades de las que nos habla el Papa, que sean islas de misericordia y de fraternidad en medio de un mundo indiferente. Los jóvenes, y todos, han de encontrar en nosotros hombres y mujeres transformados por la experiencia de un encuentro que los ha cambiado y ha sembrados en sus corazones una alegría que nadie puede quitar, la alegría del amor de Dios.
     ¿Cuántas veces nos hemos preguntado el porqué de la falta de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada? Las causas pueden ser muchas; pero hay una clara: no hay vocaciones sacerdotales porque no hay vida cristiana. Sólo de la vida cristiana puede surgir la vocación a un estado de vida en la Iglesia. Sólo desde la oración, desde el estupor ante la presencia del Señor en la Eucaristía, desde la práctica del sacramento de la penitencia y la dirección espiritual, desde el descubrimiento de un amor que llena el corazón como nada en el mundo lo puede llenar, sólo desde la amistad con el Señor puede surgir la vocación. Hemos de crear espacios donde el joven puede escuchar la llamada del Señor y dejarla crecer.
     El lema del Día del Seminario de este año, tomado de santa Teresa de Jesús, nos sitúa en este horizonte: "Señor, ¿qué mandáis hacer de mí?". Que sencilla es la pregunta y que sencilla puede ser la respuesta cuando uno se abandona al querer de Dios. Si somos del Señor, ¿qué quiere de nosotros?
     A vosotros jóvenes os vuelvo a decir: preguntad cada día al Señor qué quiere de vosotros. Preguntarle con perseverancia y dejad que Él se vaya manifestando en vuestra vida. Nos os cerréis a la voluntad de Dios, estad abiertos a lo que Dios quiere de vosotros. Estoy firmemente persuadido que también hoy hay muchos jóvenes que sienten la llamada en su corazón, pero tienen miedo o amor propio para decir que sí. Santa Teresa llamaba a los sacerdotes "siervos del amor". Sí, la vida de un sacerdote está al servicio del amor de Dios y del amor a los hombres. Vivimos para amar con el mismo amor con que nosotros hemos sido amados. Damos a los demás lo que hemos recibido, somos testigos de aquello que anunciamos. Nada es nuestro, todo es gracia para el servicio del pueblo.
     El Seminario nos recuerda que Dios sigue llamando a los hombres para que lo sigan estando con Él y enviándolos al mundo como mensajeros del Evangelio. Dios no se cansa de llamar. Dios llama porque nos ama y nos quiere tener cerca; no quiere que a su pueblo le falten los signos de su presencia ni los medios de gracia que se nos dan a través del ministerio de los sacerdotes.
      Os confieso que el Seminario me preocupa por la escasez de las vocaciones, pero no me angustia porque sé que el Señor nos ha de bendecir con santas y numerosas vocaciones para el servicio de nuestras Diócesis. Me atrevo, por ello, a pediros que no dejéis de rezar por el Seminario y por las vocaciones. Pedid con insistencia, desde lo más hondo del corazón, y el Señor nos escuchará y nos concederá lo que nos conviene. Santa Teresa quiere que en sus conventos se ore "por los capitanes de este castillo", es decir, por los sacerdotes. Ofrezcamos también las dificultades y los sufrimientos por esta intención, y llevemos a los seminarista y a sus formadores muy cerca en el afecto. Si encontráis a algún muchacho que se siente llamado al sacerdocio invitadlo a ponerse en contacto con aquellos que los pueden acompañar en su camino vocacional, y no os olvidéis de invitar a los jóvenes: ¿No has pensado alguna vez ser sacerdote? ¿Y, tú, por qué no puedes ser sacerdote?
Con mi afecto y bendición.
+ Ginés García Beltrán- Obispo de Guadix