TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

domingo, 31 de agosto de 2014




Papa Francisco:
PIDAMOS LA GRACIA
DE NO CHISMORREAR
La santidad de la Iglesia se expresa en la unidad, el perdón y el apostolado, dijo en la predicación de la audiencia general de este miércoles © CTV 27-08-2014



     En la IV catequesis del Papa Francisco dedicada a la misión de la Iglesia, sin leer el texto, espontáneamente, ante unos 10 mil peregrinos presentes en la plaza de San Pedro, pidió evitar los chismes, las habladurías, las calumnias, las voces de corredor que dividen y crean discordia. “Y las habladurías están a la portada de todos”, advirtió.
“Cuando se chismorrea en las parroquias, ¿es bueno o no? Y uno es elegido presidente de esa asociación, se rumorea contra de él; y si esa otra persona es elegida presidente de la catequesis, las otras hacen habladurías contra de ella. Pero, ¿es esta la Iglesia? Esto no se debe hacer. No tenemos por qué hacerlo” aseveró. 
     En tono jocoso, el Papa Francisco continúo: “No les digo que se corten la lengua, no, no hasta allá, no… ¡Pero, pidan al Señor la gracia de no hacerlo!”, en alusión a que un cristiano no debe hablar mal de los demás… explicó que la santidad de la Iglesia se expresa en la unidad, el perdón y el apostolado. 
   El Papa retomó el texto escrito recordando que con la oración del Credo, los católicos “afirmamos que la Iglesia es ‘una’ y ‘santa’, a pesar de que está llena de pecadores, con divisiones y escándalos”. El sucesor de Pedro ha asegurado en varias ocasiones: “Pecadores sí pero corruptos no”. Así aspirar a la santidad para la Iglesia, continuó el Papa Francisco, es “reproducir la imagen de Dios, rico en misericordia y gracia“.
UNIDAD.
     Tomando como referencia la oración del Credo, el Papa habló de unidad y santidad: “Lo que Dios quiere es que seamos acogedores, que nos perdonemos y nos amemos, para parecernos cada vez más a Él que es comunión y amor”. “Jesús pidió a Dios Padre por la unidad de sus discípulos, confiándoles así su deseo de que la unidad sea nota característica de la comunidad”, afirmó 

DIVISIÓN.
… explicó que “la división es uno de los pecados más graves, que no permiten que Dios actúe. Es el diablo el que separa, destruye las relaciones y pone siempre prejuicios”.
     Sucesivamente, el Papa habló de las divisiones entre cristianos: “Si miramos hacia la historia de la Iglesia, ¡cuántas divisiones entre nosotros los cristianos. También ahora estamos divididos. También ahora estamos divididos”, lamentó. No es cristiano estar divididos. “También en la historia los cristianos hemos hecho la guerra entre nosotros por divisiones teológicas. Pensemos en esa de los 30 años. Pero esto no es cristiano. ¿Somos cristianos o no?“, cuestionó pidiendo una oración para “la unidad de todos los cristianos”, para ir por el camino de Jesús. 
     “Pidamos sinceramente perdón – prosiguió el Pontífice- por todas las veces en las cuales hayamos causado división e incomprensión en el interior de nuestras comunidades, sabiendo que no se alcanza a la comunión si no a través de una continua conversión”. Pero,
Señor dame la gracia de no chismorrear, de no criticar, de no crear habladurías, de querer a todos mucho”.  Y afirmó: “esto es convertir el corazón”.
     A los peregrinos de Oriente Medio presentes en la audiencia general, el Papa Francisco dijo: “pidamos perdón por cada vez que hemos sido motivo de división e incomprensión”.  
     La catequesis concluyó pidiendo por los que trabajan por la paz. “Queridos amigos hagamos resonar en nuestros corazones esta palabra de Jesús: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamado hijos de Dios” (Mt 5,9). 

domingo, 24 de agosto de 2014

COMENTARIO AL EVANGELIO



¿Quién dice la gente que soy yo?
XXI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mateo 16, 13-20


      Existe, en la cultura y en la sociedad de hoy, un hecho que nos puede introducir a la comprensión del Evangelio de este domingo, y es el sondeo de las opiniones. Se practica un poco por todas partes, pero sobre todo en el ámbito político y comercial. También Jesús un día quiso hacer un sondeo de opinión, pero con fines, como veremos, muy diversos: no políticos sino educativos. Llegado a la región de Cesarea de Filipo, es decir, la región más al norte de Israel, en una pausa de tranquilidad, en la que estaba solo con los apóstoles, Jesús les dirigió a quemarropa la pregunta: "¿Quién dice la gente que es el hijo del Hombre?"
     Parece como si los apóstoles no esperaran otra cosa para poder finalmente dar rienda suelta a todas las voces que circulaban a propósito de él. Responden: "Algunos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas". Pero a Jesús no le interesaba medir el nivel de su popularidad o su índice de simpatía entre la gente. Su propósito era bien diverso. A renglón seguido les pregunta: "¿Vosotros quién decís que soy yo?" Esta segunda pregunta, inesperada, les descoloca completamente.   Se entrecruzan silencio y miradas. Si en la primera pregunta se lee que los apóstoles respondieron todos juntos, en coro, esta vez el verbo es singular; sólo "respondió" uno, Simón Pedro: "¡Tú eres el Cristo, el hijo del Dios vivo!"


     Entre las dos respuestas hay un salto abismal, una "conversión". Si antes, para responder, bastaba con mirar alrededor y haber escuchado las opiniones de la gente, ahora deben mirarse dentro, escuchar una voz bien distinta, que no viene de la carne ni de la sangre, sino del Padre que está en los cielos. Pedro ha sido objeto de una iluminación "de lo alto".
     Se trata del primer auténtico reconocimiento, según los evangelios, de la verdadera identidad de Jesús de Nazaret. ¡El primer acto público de fe en Cristo de la historia! Pensemos en el surco dejado por un barco: se va ensanchando hasta perderse en el horizonte, pero comienza con una punta, que es la misma punta del barco. Así sucede con la fe en Jesucristo. Es un surco que ha ido ensanchándose en la historia, hasta llegar a los "últimos confines de la tierra". Pero empieza con una punta. Y esta punta es el acto de fe de Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". Jesús usa otra imagen, vertical no horizontal: roca, piedra. "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia".

     Jesús cambia el nombre a Simón, como se hace en la Biblia cuando uno recibe una misión importante: lo llama "Kefas", Roca.   La verdadera roca, la "piedra angular" es, y sigue siendo, él mismo, Jesús. Pero, una vez resucitado y ascendido al cielo, esta "piedra angular", aunque presente y operante, es invisible. Es necesario un signo que la represente, que haga visible y eficaz en la historia este "fundamento firme" que es Cristo. Y éste será precisamente Pedro, y, después del él, el que haga las veces de él, el Papa, sucesor de Pedro, como cabeza del Colegio de los apóstoles. 
     Pero volvamos a la idea del sondeo. El sondeo de Jesús, como hemos visto, se desarrolla en dos tiempos, comporta dos preguntas fundamentales: primero, "Quién dice la gente que soy yo?"; segundo, "¿Quién decís vosotros que soy yo? Jesús no parece dar mucha importancia a lo que la gente piensa de él; le interesa saber qué piensan sus discípulos. Les coge con ese "¿y vosotros quién decís que soy yo?". No permite que se atrincheren tras las opiniones de otros, quiere que digan su propia opinión.


     La situación se repite, casi idéntica, en el día de hoy. También hoy "la gente", la opinión pública, tiene sus ideas sobre Jesús. Jesús está de moda. Miremos lo que sucede en el mundo de la literatura y del espectáculo. No pasa un año sin que salga una novela o una película con la propia visión, torcida y desacralizada, de Cristo. El caso del Código Da Vinci de Dan Brown ha sido el más clamoroso y está teniendo muchos imitadores.
     Luego están los que se quedan a medio camino. Como la gente de su tiempo, cree que Jesús es "uno de los profetas". Una persona fascinante, se le coloca al lado de Sócrates, Gandhi, Tolstoi. Estoy seguro de que Jesús no desprecia estas respuestas, porque se dice de él que "no apaga el pábilo vacilante y no quiebra la caña cascada", es decir, sabe apreciar todo esfuerzo honesto por parte del hombre. Pero hay una respuesta que no cuadra, ni siquiera a la lógica humana. Gandhi o Tolstoi nunca han dicho "yo soy el camino, la verdad y la vida", o también "el que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí".
     Con Jesús no se puede quedar uno a medio camino: o es lo que dice ser, o es el el mayor loco exaltado de la historia. No hay medias tintas. Existen edificios y estructuras metálicas (creo que una es la torre Eiffel de París) hechas de tal manera que si se toca un cierto punto, o se traslada cierto elemento, se derrumba todo. Así es el edificio de la fe cristiana, y ese punto neurálgico es la divinidad de Jesucristo.
     Pero dejemos las respuestas de la gente y vayamos a los no creyentes. No basta con creer en la divinidad de Cristo, es necesario también testimoniarla. Quien lo conoce y no da testimonio de esta fe, sino que la esconde, es más responsable ante Dios que el que no tiene esa fe. En una escena del drama "El padre humillado" de Claudel, una muchacha judía, hermosísima pero ciega, aludiendo al doble significado de la luz, pregunta a su amigo cristiano: "Vosotros que veis, ¿qué uso habéis hecho de la luz?". Es una pregunta dirigida a todos nosotros que nos confesamos creyentes.
Rdº. P. Rainiero Cantalamesa. Ofm.
[Traducción del original italiano realizada por Inmaculada Álvarez.]

viernes, 22 de agosto de 2014

DOMINGO 24 DE AGOSTO, 21º DEL TIEMPO ORDINARIO



…Y SOBRE ESTA PIEDRA EDIFICARÉ MI IGLESIA


 Queridos hermanos y hermanas:

…el texto de san Mateo, recogido en la liturgia de hoy. Según algunos estudiosos, la fórmula que aparece en él presupone el contexto post-pascual e incluso estaría vinculada a una aparición personal de Jesús resucitado a san Pedro; una aparición análoga a la que tuvo san Pablo en el camino de Damasco.
     En realidad, el encargo conferido por el Señor a san Pedro está arraigado en la relación personal que el Jesús histórico tuvo con el pescador Simón, desde el primer encuentro con él, cuando le dijo: "Tú eres Simón, (…) te llamarás Cefas (que quiere decir Piedra)" (Jn 1, 42). Lo subraya el evangelista san Juan, también él pescador y socio, con su hermano Santiago, de los dos hermanos Simón y Andrés. El Jesús que después de la resurrección llamó a Saulo es el mismo que —aún inmerso en la historia— se acercó, después del bautismo en el Jordán, a los cuatro hermanos pescadores, entonces discípulos del Bautista (cf. Jn 1, 35-42). Fue a buscarlos a la orilla del lago de Galilea y los invitó a seguirlo para ser "pescadores de hombres" (cf. Mc 1, 16-20).
     Además, a Pedro le encomendó una tarea particular, reconociendo así en él un don especial de fe concedido por el Padre celestial. Evidentemente, todo esto fue iluminado después por la experiencia pascual, pero permaneció siempre firmemente anclado en los acontecimientos históricos precedentes a la Pascua…
     En los evangelios sinópticos, a la confesión de san Pedro sigue siempre el anuncio por parte de Jesús de su próxima pasión. Un anuncio ante el cual Pedro reacciona, porque aún no logra comprender. Sin embargo, se trata de un elemento fundamental; por eso Jesús insiste con fuerza. En efecto, los títulos que le atribuye san Pedro —tú eres "el Cristo", "el Cristo de Dios", "el Hijo de Dios vivo"— sólo se comprenden auténticamente a la luz del misterio de su muerte y resurrección. Y es verdad también lo contrario: el acontecimiento de la cruz sólo revela su sentido pleno si "este hombre", que sufrió y murió en la cruz, "era verdaderamente Hijo de Dios", por usar las palabras pronunciadas por el centurión ante el Crucificado (cf. Mc 15, 39). 
     Estos textos dicen claramente que la integridad de la fe cristiana se da en la confesión de san Pedro, iluminada por la enseñanza de Jesús sobre su "camino" hacia la gloria, es decir, sobre su modo absolutamente singular de ser el Mesías y el Hijo de Dios. Un "camino" estrecho, un "modo" escandaloso para los discípulos de todos los tiempos, que inevitablemente se inclinan a pensar según los hombres y no según Dios (cf. Mt 16, 23). También hoy, como en tiempos de Jesús, no basta poseer la correcta confesión de fe: es necesario aprender siempre de nuevo del Señor el modo propio como él es el Salvador y el camino por el que debemos seguirlo. En efecto, debemos reconocer que, también para el creyente, la cruz es siempre difícil de aceptar. El instinto impulsa a evitarla, y el tentador induce a pensar que es más sabio tratar de salvarse a sí mismos, más bien que perder la propia vida por fidelidad al amor, por fidelidad al Hijo de Dios que se hizo hombre.
     ¿Qué era difícil de aceptar para la gente a la que Jesús hablaba? ¿Qué sigue siéndolo también para mucha gente hoy en día? Es difícil de aceptar el hecho de que pretende ser no sólo uno de los profetas, sino el Hijo de Dios, y reivindica la autoridad misma de Dios. Escuchándolo predicar, viéndolo sanar a los enfermos, evangelizar a los pequeños y a los pobres, y reconciliar a los pecadores, los discípulos llegaron poco a poco a comprender que era el Mesías en el sentido más alto del término, es decir, no sólo un hombre enviado por Dios, sino Dios mismo hecho hombre.
      Claramente, todo esto era más grande que ellos, superaba su capacidad de comprender. Podían expresar su fe con los títulos de la tradición judía: "Cristo", "Hijo de Dios", "Señor". Pero para aceptar verdaderamente la realidad, en cierto modo debían redescubrir esos títulos en su verdad más profunda: Jesús mismo con su vida nos reveló su sentido pleno, siempre sorprendente, incluso paradójico con respecto a las concepciones corrientes. Y la fe de los discípulos debió adecuarse progresivamente. Esta fe se nos presenta como una peregrinación que tiene su origen en la experiencia del Jesús histórico y encuentra su fundamento en el misterio pascual, pero después debe seguir avanzando gracias a la acción del Espíritu Santo.  
     Esta ha sido también la fe de la Iglesia a lo largo de la historia; y esta es también nuestra fe, la fe de los cristianos de hoy. Sólidamente fundada en la "roca" de Pedro, es una peregrinación hacia la plenitud de  la  verdad  que el pescador de Galilea profesó con convicción apasionada: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). En la profesión de fe de Pedro, queridos hermanos y hermanas, podemos sentir que todos somos uno, a pesar de las divisiones que a lo largo de los siglos han lacerado la unidad de la Iglesia, con consecuencias que perduran todavía…
     Que nos guíe y acompañe siempre con su intercesión la santísima Madre de Dios: su fe indefectible, que sostuvo la fe de Pedro y de los demás Apóstoles, siga sosteniendo la de las generaciones cristianas, nuestra misma fe: Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amén.
Benedicto XVI, pp emérito