Espiritualidad Católica como fuente testimonial. Tras el reconocimiento de nuestro carisma cristiano, buscamos ser consecuentes y por lo tanto expandir el Evangelio de Cristo en nuestra sociedad.
TIEMPOS LITURGICOS
martes, 29 de abril de 2025
lunes, 21 de abril de 2025
viernes, 18 de abril de 2025
TRES MODOS DE EXPRESAR Y VIVIR LA ORACIÓN
(Continuación)
LA ORACION DE
MEDITACION
La oración de meditación supone
llevar al corazón la Palabra de Dios, pero también es meditación
la reflexión
que educa la fe y edifica espiritualmente a la persona. Por
tanto, podemos meditar también los textos de las enseñanzas de
los Padres de la Iglesia y del Magisterio más reciente y
actual. También las reflexiones y enseñanzas de los santos
que nos han precedido. Todo es llevado al corazón con
el ejemplo de la Virgen María que “conservaba todo en su corazón” (Cf.
Lc 2, 19 y 51). Distingamos así que una cosa es tener
conocimiento de la Palabra de Dios y otra cosa es acogerla y conservarla para
la propia edificación espiritual y su puesta en práctica.
Si en la oración vocal
nuestras potencias están activas, en la meditación, nuestras potencias están
receptivas. La memoria, el entendimiento y la voluntad se disponen a
la lectura o a la escucha atenta de la Palabra de Dios. Observemos que la dispersión
de las potencias, o la distracción, nos hace perder la concentración y la
debida atención a la Palabra de Dios. Por esta razón, necesitamos
esforzarnos en mantener el recogimiento de las potencias en la
presencia de Dios. Este es el esfuerzo humano necesario (ascética) que permitirá
que la gracia de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo, pueda depositar su
obra en lo más íntimo de nuestro corazón (mística).
Este
grado de oración es el que practicamos en nuestras vigilias nocturnas, al leer
los textos que nos propone la Iglesia en la Liturgia de las Horas. En
ellos meditamos la Palabra de Dios contenida en las Escrituras (lecturas,
salmos, etc.). En el Oficio de Lecturas también leemos las reflexiones de los
Padres de la Iglesia y del Magisterio, e incluso, se nos proponen los ejemplos
de la vida de los santos en las reflexiones mensuales. La atención
en estas meditaciones es muy importante para nuestro provecho,
pues hemos de procurar meditarlas con serenidad y reposo de nuestras potencias,
conscientes
de que el corazón percibe la presencia del Señor, sin
ocuparnos en otra cosa, y evitando que las lecturas se queden en una simple recitación
vocal, tal y como lo ensenaba nuestro fundador, el Venerable don Luis de
Trelles. En definitiva, solo una buena disposición permitirá que,
por la meditación, el Espíritu de Dios haga una perfecta edificación espiritual
en el corazón de todos los que meditan su Palabra.
En consecuencia, la oración de meditación
nos es necesaria para que la semilla pueda ser depositada en nuestro corazón.
Es por la oración de meditación que la Palabra de Dios es sembrada en el corazón
de los hombres para que podamos dar fruto abundante. Si
la oración vocal preparo las potencias del alma para la siembra, ahora, la oración
de meditación permite la siembra de la Palabra de Dios que
necesita toda criatura para dar el fruto esperado por el
Creador. Con ello, recibimos nuevas gracias y seguimos afianzando
el recogimiento de la mente, la quietud en la voluntad y la vivencia de las
virtudes que el espíritu evangélico nos va proponiendo (pobreza, castidad y
obediencia). Entendido así, la oración de meditación es una tarea comparable a
la que realiza el campesino en la siembra de la semilla, tras haber preparado
la tierra (oración vocal). Recordemos en todo momento que, sin oración, la
gracia de Dios no puede actuar para acrecentar y fortalecer los dones naturales
que hemos recibido, con lo que se pierde el fruto esperado por el Viñador.
En conclusión, esforcémonos en practicar el recogimiento de nuestras potencias (memoria, entendimiento y voluntad), pues la oración de meditación es la oración que prepara la acequia que nos ha de acercar a las fuentes de la contemplación. Perseveremos en hacer nuestras las enseñanzas de la Iglesia, siempre de la mano de la Virgen María, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, pues Ella es nuestra protectora e intercesora y la mediadora de todas las gracias.
FRANCISCO JAVIER CEBRIÁN DEL POZO Vocal nacional de formación A.N.E.
lunes, 14 de abril de 2025
La tradición
cristiana ha conservado tres modos principales de expresar y vivir la oración: la oración vocal, la meditación y la oración
contemplativa. Su rasgo común es el recogimiento del corazón. (CIC-C #568). Así que, de acuerdo al Catecismo, y de acuerdo
a la experiencia de vida de oración de los católicos, hay tres formas de expresión en la
oración: vocal, meditación u oración
mental y contemplación.
A pesar de que cada forma de orar tiene características especiales que hacen que se diferencien entre sí, las tres tienen el mismo fin (la unión con Dios), y las tres requieren el recogimiento de la mente y del corazón. Es decir, las tres presuponen el deseo de tomar contacto con Dios a través de la oración.
La vida de
oración - Catholic.net
LA ORACION VOCAL
Podemos decir que la oración vocal es la
oración inicial y más básica que practicamos los fieles. Con ella, seguimos la
inspiración del Espíritu Santo que ya ha puesto la semilla
en nuestro corazón. Es el don incipiente que desarrollara el don de piedad, don
que se acrecienta más y más cuando vamos experimentando la acción de la gracia
de Dios.
La oración vocal, personal o comunitaria,
siempre expresa la pertenencia a una comunidad
plural, la Iglesia, en
la que fuimos injertados por la gracia de Dios en nuestro
Bautismo. La oración nace entonces en lo más
íntimo, en el corazón, y se expresa con la boca en forma de alabanza, de
petición por nuestras necesidades o las de otras personas, y
como no, de acción de gracias. Nada se pierde, pues
los ángeles recogen nuestras oraciones y las presentan al Padre con la
mediación de los santos, de la Virgen María y del mismo Cristo, nuestro Señor,
en unión de su Santo Espíritu.
Con todo lo dicho, podemos decir que la oración vocal nos es necesaria como le es el agua a todas las criaturas, sin la cual no tendríamos vida en nosotros. Por estas razones, no debemos abandonar la oración vocal bajo ningún pretexto, más bien, debemos apreciar en todo momento los bienes que produce: activa las potencias del alma (memoria, entendimiento y voluntad), de suerte que nos dispone a aprovechar más aun la oración de meditación y la contemplación, afianzando nuestro recogimiento de la mente, la quietud en la voluntad y la vivencia personal en la práctica de las virtudes que el espíritu evangélico nos comunica (pobreza, castidad y obediencia). La oración, en definitiva, es una tarea comparable a la que realiza un campesino en la preparación de la tierra para recibir la semilla: el campesino vigila la tierra y no cesa de labrarla para que pueda respirar, eliminando constantemente las piedras que obstaculizan la siembra. Tal es la tarea de la oración para el alma que quiere dar frutos de santidad: sin oración, la gracia de Dios no puede actuar y pierde el fruto esperado por el Viñador. En conclusión, perseveremos unánimes en la oración del Santo Rosario, pues es la oración que la Virgen María nos ha pedido para atraer la fuerza del Espíritu y los dones de la gracia de Dios, tanto en el ámbito personal como en el ámbito eclesial y por la paz del mundo.
FRANCISCO JAVIER CEBRIÁN DEL POZO Vocal nacional de formación A.N.E.
viernes, 7 de marzo de 2025
PARA EL DIÁLOGO Y LA MEDITACIÓN
MARZO : ADORAR Y ALABAR
Alabado sea el Santísimo
Sacramento del Altar
LAUS DEO…
Entre los distintos modos de orar, la
adoración y la alabanza están íntimamente unidos. Uno es fundamento, el otro es
culmen. Nuestras Vigilias de Adoración Nocturna tienen por esto
que llevarnos también a una verdadera alabanza divina. Nos
unimos al culto de la Iglesia celeste, purgante y terrena que sin cesar alaba a
su Dios. Precisamente para que no cese esta alabanza ni siquiera
por las noches se levantaban los monjes en sus oraciones nocturnas. Algo
parecido es lo que hacemos desde la Adoración Nocturna Española,
participando también nosotros de este privilegio de poder velar junto al Señor
para alabar su Santo Nombre. Con qué belleza lo
expresa nuestro fundador Trelles: «Haremos resonar acentos
de alabanza y bendición. Unas veces uniremos nuestras voces a las de los
Serafines que cantan el eterno cántico de gloria a la adorable
Trinidad, repitiendo sin cesar: «Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios de los
Ejércitos», glorificando también así a esa Trinidad augusta de las
divinas personas que acaban de hacer su morada en nosotros. (S. Juan, XIV.) Otras
veces diremos como los hijos de los hebreos, que aclamaron a
Jesús el día de su entrada triunfal en Jerusalén: «¡Hosanna al hijo de David!
¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor! iHosanna en lo alto de los
cielos!» (S. Mateo,
XXI.) Podremos también, como David, excitar a
todas las potencias de nuestra alma a
glorificar a nuestro Salvador, exclamando con él: «iOh
alma mía, bendice al Señor; que todo lo que está en mí exalte su santo nombre!
Oh alma mía, bendice al Señor y nunca olvides sus beneficios. Mi corazón
saltará de alegría en el Señor y se regocijará en su Salvador. Todo mi ser
exclama: Señor ¿quién es semejante a vos?» (LS,
T.I, p.204)
Según el
Catecismo [2639] “la alabanza es la forma de
orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios”.
Porque su motivación no es otra que su grandeza, su Ser. Por ser vos quien sois
Bondad Infinita. No hace falta más motivo. Al adorar y alabar a Dios no miramos
beneficios legítimos, sino que nos centramos en el que nos llena de sus
gracias. En la alabanza se unen la adoración, la petición, la
acción de gracias y se llevan a su raíz más
profunda: la bondad, la grandeza de Dios:
“La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel
que es su fuente y su término”.
Quien aprende a alabar “Participa en la
bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en
la gloria”. Todos hemos experimentado cómo después de una noche de adoración y
alabanza al Señor estamos, de alguna manera, más cerca del cielo. Además, el
hecho de mirarle a Él, de fijarnos en su humildad, en su bondad, en su
sencillez, en su grandeza, en su poder etc… nos purifican a nosotros mismos
descentrándonos de nuestro ego y nuestras pequeñeces. La
mejor escuela de alabanza se encuentra en la Eucaristía. No
por casualidad se le llama a la santa Misa “sacrificio de
alabanza”. La Misa contiene y expresa todas las formas de oración.
La Escritura está
llena de cánticos de alabanza, ante los milagros del
Señor, en las cartas inspiradas, en los Hechos de los Apóstoles. Son
como ecos de la melodía eterna que se canta en el Cielo alabando al que está
sentado en el Trono y al Cordero. El apocalipsis nos enseña a
entonar este cántico nuevo. Para
san Juan, la alabanza lleva a la adoración y viceversa: (Apoc
19, 1-10) Después oí en el cielo como un gran
ruido de muchedumbre inmensa que decía: «¡Aleluya! La
salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son
verdaderos y justos; porque ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra
con su prostitución, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos.» Y por
segunda vez dijeron: «¡Aleluya! La
humareda de la Ramera se eleva por los siglos de los siglos.» Entonces los
veinticuatro Ancianos y los cuatro Vivientes se postraron y adoraron a Dios,
que está sentado en el trono, diciendo: «¡Amén! ¡Aleluya!» Y salió
una voz del trono, que decía: «Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los
que le teméis, pequeños y grandes.» Y oí el ruido de
muchedumbre inmensa y como el ruido de grandes aguas y como el fragor de
fuertes truenos. Y decían: «¡Aleluya!
Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso.
Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del
Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino
deslumbrante de blancura - el lino son las buenas acciones de los santos».
-Luego me dice: «Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del
Cordero.» Me dijo además: «Éstas son palabras verdaderas de Dios.». Entonces me
postré a sus pies para adorarle, pero él me dice: «No, cuidado; yo soy un
siervo como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús. A
Dios tienes que adorar.»
Cuando cantamos en la noche al Santísimo
debemos sentirnos parte de esta nube de testigos, de esta muchedumbre que se
postra ante el trono y que reconoce en el Cordero, a
Aquel que puede quitar el pecado del mundo. En el Cielo lo hacen
en la Gloria, nosotros lo hacemos por la fe, ellos contemplan ya
el rostro del Padre, nosotros lo advertimos velado por las especies del pan.
Pero en realidad estamos haciendo lo mismo. Pidamos a la corte
de los santos que nos enseñen a perseverar y a hacerlo cada vez mejor. Con un
corazón más puro y reverente, más amante y devoto.
Para ayudarnos a alabar
tienen su importancia los cantos que hacemos durante la Vigilia.
Saberse bien las letras, cantar lo mejor posible, nos ayuda a poner todo el
corazón, la voz y la mente en Dios. Ya nos dice san Agustín: Cantad
al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles. Se
nos exhorta a cantar al Señor un cántico nuevo. El hombre nuevo sabe lo que
significa este cántico nuevo. Un cántico es expresión de alegría y,
considerándolo con más atención, es una expresión de amor. (…) ¡Oh, hermanos!
¡Oh, hijos de Dios! Germen de universalidad, semilla celestial y sagrada, que
habéis nacido en Cristo a una vida nueva, a una vida que viene de lo alto,
escuchadme, mejor aún, cantad al Señor, junto conmigo, un cántico nuevo. «Ya lo
canto», me respondes. Sí, lo cantas, es verdad, ya lo oigo. Pero, que
tu vida no dé un testimonio contrario al que proclama tu voz. (…) Cantad con la
voz y con el corazón, con la boca y con vuestra conducta:
Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Os preguntáis qué alabanzas hay que cantar
de aquel a quien amáis? Porque, sin duda, queréis que vuestro canto tenga por
tema a aquel a quien amáis. ¿Os preguntáis cuáles son las alabanzas que hay que
cantar? Habéis oído: Cantad al Señor un cántico nuevo. ¿Os preguntáis qué
alabanzas? Resuene su alabanza en la asamblea de los fíeles. Su alabanza son
los mismos que cantan. ¿Queréis alabar a Dios? Vivid de acuerdo
con lo que pronuncian vuestros labios. Vosotros mismos seréis la mejor alabanza
que podáis tributarle, si es buena vuestra conducta”
Preguntas para el diálogo y la meditación.
■ ¿Qué
atributos de Dios te mueven más a la alabanza?
■ ¿Cómo está presente esta dimensión de la
oración en nuestras vigilias?
■ ¿Qué cantos te ayudan más a unirte a Dios?
QUÉ SIGNIFICA
«ENTRAR EN LA CUARESMA»
Queridos hermanos y hermanas:
Con el ayuno y el rito de imposición de la ceniza, hemos entrado
en la Cuaresma.
Pero, ¿qué significa "entrar en la Cuaresma"? Significa iniciar un tiempo de particular empeño en el combate espiritual que nos opone al mal presente
en el mundo, en cada uno de nosotros y en torno a nosotros. Quiere decir mirar el mal cara a cara y
disponerse a luchar
contra sus efectos, sobre todo contra sus causas, hasta la causa última, que es
Satanás. Significa no descargar el problema del mal
en los demás, en la sociedad o en Dios, sino reconocer las propias responsabilidades y afrontarlo
conscientemente.
A este propósito, resuena con mucha
urgencia, para nosotros cristianos, la invitación de Jesús a que cada uno tome
su "cruz" y lo siga con humildad y confianza (cf. Mt 16,24). La "cruz", por pesada que sea, no es sinónimo de
desventura, de desgracia que hay que evitar lo más posible, sino de oportunidad
para seguir a Jesús y así adquirir fuerza en la lucha contra el pecado y el
mal. Por tanto, entrar en la Cuaresma significa
renovar la decisión personal y
comunitaria de afrontar el mal junto con Cristo. En efecto, el camino de la cruz es el único
que conduce a la victoria del
amor sobre el odio, del compartir con los demás sobre el egoísmo, de la paz
sobre la violencia. Vista así, la Cuaresma es en verdad una ocasión de fuerte
empeño ascético y espiritual, fundado en la gracia de Cristo.
De una carta Pastoral de Benedicto pp. XVI
martes, 4 de marzo de 2025
LA MÍSTICA DEL MIÉRCOLES DE
CENIZA
El Miércoles de
Ceniza, fecha litúrgica que marca el comienzo de la escalada cuaresmal. Desde este día hasta antes del Triduo Pascual son los
cuarenta días simbólicos que recuerdan el
tiempo que Jesús estuvo en el Desierto venciendo las tentaciones que le ofreció Satanás. Esta cifra que recordamos por
la estancia de Jesús en el desierto, hace un guiño a gran cantidad de
acontecimientos del Antiguo Testamento efectuados en 40 días o 40 años.
El Miércoles de Ceniza envuelve una mística especialísima que marca la pauta
de lo que será toda la Cuaresma. Se abre paso poniendo la mirada en el otro, en los demás, especialmente en los más necesitados. Insiste en la caridad sobria, sin anunciarlo con trompetas como lo hacen los
hipócritas gritándolo por las calles. Jesús insiste que, al hacer la caridad se
haga con extremo cuidado, sin que la mano izquierda sepa lo que hace la
derecha. Es muy claro al señalar que es vital que
la caridad quede en secreto.
Más adelante
insiste en la oración en secreto, ante el Padre Celestial que ve lo secreto; sin poses ni actuaciones farisaicas que se satisfacen
con la mirada de los demás. Llama a una oración íntima y en
intimidad. Así como es Jesús al hablar, con
una progresividad pedagógica, luego de insistir
en la mirada a los otros por medio de la caridad. Insiste en mirar a Dios por medio de la oración. La última mirada es a uno mismo por medio del ayuno, este es un llamado a la sobriedad y a la
solidaridad, al recato en lo
que justamente se le ofrece al cuerpo para su alimentación y nutrición.
La caridad, la
oración y el ayuno es la insistencia del Día de la Ceniza, y es la ruta
con la que se ha de seguir cada uno de los días de la
Cuaresma. Ni la ceniza ni la Cuaresma son
un fin en sí mismos, sino un medio que quiere ayudar a llegar renovados a la
celebración de la Pascua. Hacia allá apunta todo.
Del
Semanario Alégrate


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