TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

viernes, 22 de diciembre de 2017

(Lc 1, 38)




DICIEMBRE 2017

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

     En su casa de Palestina, un lugar anónimo en la periferia del potente Imperio Romano, una mujer joven recibe una visita inesperada y estremecedora: un mensajero de Dios le trae una invitación y espera su respuesta.
     «Alégrate», le dice el ángel al saludarla; y luego le revela el amor gratuito de Dios por ella y le pide que colabore en el cumplimiento de su designio sobre la humanidad.
     María acoge con estupor y alegría el don de este encuentro personal con el Señor y, por la plena confianza que deposita en el amor de Dios, también ella se entrega totalmente a este proyecto aún desconocido.
     Con su «¡Herne aquí!» generoso y total, María se pone con decisión al servicio de Él y de la humanidad y, con su ejemplo, indica a todos un modo luminoso de adhesión a la voluntad de Dios.

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»

     Meditando esta frase del Evangelio, Chiara Lubich escribió: «Para cumplir sus designios, Dios solo necesita personas que se entreguen a Él con toda la humildad y la disponibilidad de una esclava. Con su actitud, María -verdadera representante de la humanidad, cuyo destino asume- deja todo el espacio a Dios para su actividad creadora. Pero ya que “siervo del Señor”: además de expresar humildad era también un título de nobleza que se atribuía a los grandes servidores de la historia de la salvación, como Abrahán, Moisés, David y los profetas, con estas palabras María afirma toda su grandeza».

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»

     También nosotros podemos descubrir la presencia de Dios en nuestra vida y escuchar esa «palabra» que nos dirige a cada uno para invitarnos a hacer realidad en la historia, aquí y ahora, un fragmento de su designio de amor. Pero podríamos sentirnos bloqueados por nuestra fragilidad y por una sensación de ineptitud. En ese caso, hagamos nuestra la palabra del ángel: «Nada es imposible para Dios» (Lc 1, 37) y confiemos en su poder más que en nuestras fuerzas.
     Es una experiencia que nos libera de condicionamientos y de la presunción de bastarnos a nosotros mismos, pone de manifiesto nuestras mejores energías y unos recursos que no creíamos tener y nos hace capaces de responder con el amor.
     Cuenta una pareja de casados: «Desde el comienzo de nuestro matrimonio abrimos nuestra casa a los familiares de niños hospitalizados en la ciudad donde vivimos. Han pasado por casa más de cien familias, y siempre hemos procurado ser una familia para ellos. Muy a menudo la Providencia nos ha ayudado a sostener económicamente esta acogida, pero contando con nuestra disponibilidad previa. Hace poco recibimos una suma de dinero y pensamos dejarla en reserva: seguro que le vendría bien a alguien. De hecho, al poco tiempo nos llegó otra petición. Es todo un juego de amor con Dios, y nosotros solo tenemos que ser dóciles y estar al quite».

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»

     A vivir esta frase del Evangelio nos puede ayudar la sugerencia de Chiara de acoger la Palabra de Dios como hizo María: «...con total disponibilidad, sabiendo que no es palabra de hombre. Siendo Palabra de Dios, contiene en sí la presencia de Cristo. Así pues, acoge a Cristo en ti en su Palabra. Y con una prontitud muy activa, ponla en práctica momento a momento. Si lo haces, el mundo volverá a ver pasar a Cristo por las calles de nuestras ciudades modernas; a Cristo en ti, vestido como todos, trabajando en las oficinas, en las escuelas, en los lugares más variados, en medio de todos».
     En este tiempo de preparación para la Navidad, busquemos también nosotros, como hizo María, algún rato para estar cara a cara con el Señor, por ejemplo leyendo una página del Evangelio.
     Procuremos reconocer su voz en nuestra conciencia, iluminada así por la Palabra y sensible ante las necesidades de los hermanos con los que nos cruzamos.
     Preguntémonos: ¿de qué modo puedo ser una presencia de Jesús hoy y así contribuir, allí donde vivo, a transformar la convivencia humana en una familia?
     El «Heme aquí» con el que responderemos hará que Dios siembre la paz en torno a nosotros y acreciente la alegría en nuestro corazón.
Leticia Magri

viernes, 15 de diciembre de 2017

DOMINGO 17 DE DICIEMBRE, 3º DEL ADVIENTO - DOMINGO DE GAUDETE



«YO SOY LA VOZ QUE GRITA EN EL DESIERTO: “ALLANAD EL CAMINO DEL SEÑOR”»


     El protagonista principal del Adviento es el que viene en la noche para colmar todas nuestras esperanzas. Sin embargo hay también hombres y mujeres que preparan el camino del Señor y son claves los profetas, Juan Bautista, María que “le esperó con inefable amor de Madre” (Prefacio II de Adviento).
     El Jordán, como el desierto, como Belén, son lugares teológicos de los acontecimientos del Adviento y de la Navidad. Aquí la llamada es a una vivencia del Bautismo, como un cambio de mentalidad, de vida, capaz de lanzarnos a un servicio humilde, el servicio de la evangelización de la Redención desde “signos pobres”.
     El fruto que siempre da la identificación con Cristo es la alegría, tan escasa en nuestro mundo, incluso en nuestra Iglesia y que expresa que en medio de no pocas dificultades, en las que vivimos envueltos, nuestra vida está anidada en el Amor de Dios. No estamos lejos de la alegría cuando nos alejamos del pecado y nos acercamos a su infinita Misericordia.
     Este domingo de la alegría es siempre una llamada a llegar hasta el último rincón de nuestro corazón, donde todavía pueden existir zonas que no están evangelizadas, “sótanos” a los cuales todavía no llega “la cobertura de Dios” y que deben ser impregnados de la alegría de la salvación. Juan es un buen testigo, él es capaz de ser dedo que indica, que señala el camino, “Amigo del Esposo” que nos ayuda a prepararnos intensamente a los acontecimientos de gozo y de alegría que nos conducen cuando convertimos el desierto de nuestro corazón en el jardín que ha florecido por la esperanza.
     Este domingo de Adviento el Evangelio nos recuerda que estamos llegando a Belén, al portal donde nació la Vida. Caminemos “a pie descalzo” con los testigos que, como nosotros, han caminado al encuentro con ALEGRÍA.

+Francisco Cerro Chaves - Obispo de   Coria-Cáceres


REFLEXIONES PARA LA ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA



DICIEMBRE: La Iglesia (Fin)

     Terminamos las meditaciones sobre la Iglesia de este año 2017 con una nueva mirada desde el Canon romano y esta su peculiar forma de presentar la comunión entre la Iglesia del Cielo y de la tierra.

     Veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa
siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro
Dios y Señor; la de su esposo san José…

     Detrás de estas frases está el misterio del papel singular de la Virgen María y de san José en la celebración cristiana y en el misterio de la Iglesia. He leído hace poco con dolor un comentario, desde el absoluto inmovilismo litúrgico, que denigraba la introducción en el Canon del nombre de san José por parte de san Juan XXIII; así como la integración del mismo en las otras plegarias (IIª, IIIª y IVª) del actual Misal Romano por parte del papa Francisco (siguiendo una iniciativa nacida de Benedicto XVI). Se consideraba este cambio en el antiquísimo Canon como una falta de respeto por la Tradición. Pero en el fondo se entendía la presencia de esos nombres como expresión de una simple “devoción”. Si fuera simple efecto de la devoción de un papa, tal vez no se justificase un cambio litúrgico. Pero aquí no estamos ante hechos meramente devocionales.
     Ni la antiquísima presencia de la Virgen, los Apóstoles y los Mártires locales fue un fenómeno de pura devoción, ni lo es ahora, en nuestros tiempos, la irrupción de san José. Tanto la llegada de Cristo al mundo por su Encarnación, como su llegada a cada lugar históricamente por la predicación y la implantación de la Iglesia, es una obra divina, pero es también una obra humana, donde la providencia ha dispuesto la participación de hombres y mujeres concretos. Por eso tanto en el Credo de la Fe como en las Plegarias Eucarísticas aparecen desde la antigüedad ciertos nombres propios.
     Esta participación es un tema teológico y no sólo de piedad. María la Virgen, la Madre de Jesús ha sido reconocida en primer lugar con una participación en el Misterio de Dios, considerada del todo singular (Madre del Redentor). También san José lo fue según testimonios particularmente coptos hasta el siglo IV. Pero la irrupción del arrianismo (negando la divinidad de Cristo), así como los ulteriores adopcionismos (haciendo de Jesús Hijo por adopción), hicieron que un velo de prudencia se extendiese sobre la figura de José, para evitar toda sombra de duda. Tienen que pasar muchos siglos, para que superadas las controversias sobre la divinidad de Cristo y la virginidad de María, la figura elegida por el Padre, como custodio del Redentor, volviese a ocupar su puesto en la vida de la Iglesia.
     Podemos decir que el siglo XX se perfila como el siglo de san José, pues pasa de la consideración en el plano de la piedad del pueblo cristiano a las sólidas construcciones de la teología, el Magisterio y la misma Liturgia. Patrón de la Iglesia universal, privilegiado en las Letanías, honrado con diversas celebraciones litúrgicas y presente en el Canon romano. No es un increscendo  devocionalista, se trata de una maduración teológica asumida por el supremo magisterio de la Iglesia. La entrada del nombre de san José en todas las Plegarias Eucarísticas ha de entenderse como la culminación de este proceso, y encuentra su soporte doctrinal en la Encíclica de san Juan Pablo II “Redemptoris custos”. No en vano en la propuesta de Benedicto XVI se sugería que en vez de la referencia a la condición de Esposo de María, fuese éste el título esgrimido por san José, custodio del Redentor. Algún espíritu cerrado no valoró tales trasfondos teológicos e impuso lo ya cumplido en tiempos de san Juan XXIII, evidentemente no fue el santo padre Francisco.
     Así, de hecho, este celebrar la Eucaristía con María, la Virgen y con su esposo san José nos ayuda a aprender de ellos a acoger el don de Dios y a dar a nuestra vida eclesial ese claro sabor de hogar, como lo aportaron para Jesucristo, María y José. No se puede conocer a Cristo sin María y sin José, no se termina de entender la Iglesia sin María y sin José. Como Juan Bautista, otro nombre propio, José sabe menguar para que Cristo crezca; pero, al mismo tiempo, su presencia con nosotros se hace muy importante para que Cristo crezca en nosotros. La devoción eclesial a san José ha sido particularmente propuesta a los candidatos al ministerio ordenado y a los padres de familia. En nuestra cultura contemporánea faltan a los jóvenes claros modelos masculinos de vida. Modelos humanos y cristianos; la sólida y teologal devoción a san José, aprendida desde la Misa se presenta como de feliz actualidad.

Preguntas para el diálogo y la meditación.

■ ¿Has leído algún buen libro sobre san José? ¿Has leído y meditado la “Redemptoris custos” (custodio del Redentor) de san Juan Pablo II? ¿Qué te han aportado estas lecturas?

■ ¿Procuras meditar y contemplar en tu oración y ratos de adoración el papel de María y José en la obra de nuestra salvación, en la vida de la Iglesia y en cada Eucaristía?

■ ¿Qué piensas puedes hacer en tu ambiente (familia, trabajo, amigos, vecinos) por dar a conocer las figuras de María y José como ayuda para conocer a Cristo, y como reales modelos de vida humana y cristiana? ¿Se puede hacer algo, en este sentido, desde la Adoración Nocturna?