TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

miércoles, 13 de septiembre de 2017

AL HABLA CON TU OBISPO



Mi querido amigo:

     ¿Qué tal has pasado este verano? Me alegro si has podido descansar y reponer fuerzas. No he querido retrasar esta comunicación por la que habitualmente te informo personalmente de las novedades más esperadas y de mis impresiones más cercanas[...]

     Espero que tengas noticias del JUBILEO DIOCESANO preparado para este curso, con motivo de los 750 años del traslado a Cádiz de la sede episcopal y los 600 de la creación de la de Ceuta. He informado a los medios de comunicación y a través de la página web de la diócesis, que te invito a seguir con asiduidad. En cualquier caso ha de ser un acontecimiento importante cuya gracia ha de renovarnos interiormente y hacernos avanzar para que, con la gracia jubilar concedida por la Santa Sede, podamos progresar en la experiencia de nuestra fe y responder a la llamada que Dios nos hace a transmitirla y evangelizar.

     La celebración de un Año Santo es una fiesta para la Iglesia. Es un tiempo de gracia que tiene como objetivo bendecir al Señor y renovar nuestra fe, un tiempo para acercarse más al Señor. Por esta razón he pedido al Santo Padre el Papa Francisco que nos conceda la gracia de la Indulgencia Plenaria durante un año a cuantos participen en las principales celebraciones o visiten la Catedral de Cádiz o de Ceuta con deseo de avivar su fe acogiendo con todas sus consecuencias la gracia del perdón. Este es el modo establecido por la Iglesia que renueva la vida de los fieles, cumpliendo las condiciones consabidas de confesar, comulgar y orar por las intenciones del Papa.
     He centrado mi carta pastoral de inicio de curso en esta celebración. Te invito a la presentación que haré de ella en las diferentes zonas de la diócesis. Espero que sirva de estímulo para vivirlo a fondo y aprovechar las gracias especiales que Dios nos concede este año. En cuanto esté disponible la recibirás.

     Quiero invitarte ahora con toda confianza a la inauguración del Jubileo el próximo jueves 14 de septiembre, Solemnidad de la exaltación de la Santa Cruz, en la Catedral de Cádiz, donde tendrá lugar la Solemne Misa concelebrada de inauguración. Que tu presencia sea signo de comunión y de apertura del corazón a los bienes que este año el Señor nos concede. Cuento contigo con el deseo de que el Señor te colme con su gracia.
     La inauguración en Ceuta será el domingo día 1 de octubre, a las 12h. También allí se hizo la presentación oficial con motivo de las fiestas de la Virgen de África.
     Espero que nos veamos pronto y nos podamos saludar.

Un abrazo.

+ Rafael, Obispo de Cádiz y Ceuta





viernes, 8 de septiembre de 2017

(Mt 16, 24)



SEPTIEMBRE 2017

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24).

     Pero Jesús no quiere alimentar esas ilusiones, Jesús está en la plenitud de su vida pública, en medio de su anuncio de que el Reino de Dios está cerca, y se prepara para ir a Jerusalén. Sus discípulos, que han intuido la grandeza de su misión y han reconocido en Él al Enviado de Dios que todo el pueblo de Israel aguardaba, esperan por fin liberarse del poder de Roma y ver el alba de un mundo mejor, portador de paz y prosperidad; dice claramente que su viaje hacia Jerusalén no lo llevará al triunfo, sino más bien al rechazo, al sufrimiento y a la muerte; revela también que al tercer día resucitará. Son palabras tan difíciles de entender y de aceptar que Pedro reacciona y muestra su rechazo a un proyecto tan absurdo; incluso intenta disuadir a Jesús.
     Después de una seria regañina a Pedro, Jesús se dirige a todos los discípulos con una invitación desconcertante:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

     Con estas palabras, ¿qué les pide Jesús a sus discípulos de ayer y de hoy? ¿Quiere que nos despreciemos a nosotros mismos, que nos volquemos todos en una vida ascética? ¿Nos pide que busquemos el sufrimiento para ser más gratos a Dios?
     Esta Palabra nos exhorta más bien a seguir los pasos de Jesús acogiendo los valores y exigencias del Evangelio para parecernos cada vez más a Él. Lo cual significa vivir con plenitud la vida entera, como hizo Él, incluso cuando aparece en el camino la sombra de la cruz.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

     No podemos negarlo: cada uno tiene su cruz. El dolor, con sus variadas caras, forma parte de la vida humana, pero nos parece incomprensible, contrario a nuestro deseo de felicidad. Pero ahí es precisamente donde Jesús nos enseña a descubrir una luz inesperada. Como sucede cuando, al entrar en algunas iglesias, descubrimos lo maravillosas y luminosas que son sus vidrieras, que desde fuera parecían oscuras y sin belleza.
     Si queremos seguirlo, Jesús nos pide que trastoquemos completamente nuestros valores, quitándonos nosotros del centro del mundo y rechazando la lógica de buscar el interés personal. Nos propone que prestemos más atención a las necesidades de los demás que a las nuestras; que usemos nuestras energías para hacer felices a los demás, como Él, que no perdió ocasión de consolar y dar esperanza a aquellos con quienes se encontraba. Y por este camino de liberación del egoísmo podemos comenzar a crecer en humanidad, a conquistar la libertad que realiza plenamente nuestra personalidad.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».
           
     Jesús nos invita a ser testigos del Evangelio aun cuando esta fidelidad sea puesta a prueba por pequeñas o grandes incomprensiones del entorno social en que vivimos. Jesús está con nosotros, y quiere que nos juguemos la vida con Él por el ideal más atrevido: la fraternidad universal, la civilización del amor.
     Esta radicalidad en el amor es una exigencia profunda del corazón humano, tal como atestiguan personalidades de tradiciones religiosas no cristianas que han seguido la voz de la conciencia hasta el fondo. Escribe Gandhi: «Si alguien me matase y yo muriese con una oración por mi asesino en los labios y el recuerdo de Dios y la consciencia de su viva presencia en el santuario de mi corazón, solo entonces se podrá decir que poseo la no-violencia de los fuertes».
     Chiara Lubich encontró en el misterio de Jesús crucificado y abandonado la medicina para sanar cualquier herida personal y cualquier desunidad entre personas, grupos y pueblos, y compartió con muchos este descubrimiento. En 2007, con ocasión de un congreso de movimientos y comunidades de distintas Iglesias en Stuttgart (Alemania), escribió:
     «También cada uno de nosotros sufre en la vida dolores por lo menos un poco semejantes a los de Él. [...] Cuando sentimos [...] estos dolores, acordémonos de Él, que los hizo suyos: son poco menos que una presencia de Él, un modo de participar en su dolor. Hagamos como Jesús, que no permaneció petrificado, sino que añadió a ese grito las palabras: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (Lc 23, 46) Y volvió a abandonarse en el Padre.
     Como Él, también nosotros podemos ir más allá del dolor y superar la prueba diciéndole: "En ella te amo a ti, Jesús abandonado; te amo a ti, me recuerda a ti, es una expresión de ti, un rostro tuyo”. Y si en el momento siguiente nos lanzamos a amar al hermano y a la hermana y a hacer lo que Dios quiere, la mayoría de las veces experimentamos que el dolor se transforma en alegría [...]. Los pequeños grupos en que vivimos [...] pueden conocer pequeñas o grandes divisiones. También en ese dolor podemos ver su rostro, superar ese dolor en nosotros y hacer lo que sea con tal de recomponer la fraternidad con los demás. [...] La cultura de la comunión tiene como camino y modelo a Jesús crucificado y abandonado».

Leticia Magri



domingo, 3 de septiembre de 2017

DOMINGO 3 DE SEPTIEMBRE, 22º DEL TIEMPO ORDINARIO



«QUIEN QUIERA VENIR CONMIGO QUE TOME SU CRUZ Y ME SIGA»




     La vida cristiana cuando se vive afirmando todas las verdades y se armonizan unas con otras, siempre nos ayuda a ser capaces de vivir aspectos que pueden parecer contradictorios y, sin embargo, son complementarios. Si se viven en el Espíritu del Señor, como por ejemplo ser exigente y ser misericordioso, estar en el mundo pero sin ser del mundo, negarse a sí mismo y a la vez vivir una vida plena, uno se da cuenta de que todo lo armoniza y equilibra el Amor de Dios.
     Esto ocurre en el Evangelio de este domingo. Quizás las palabras de este Evangelio nos cuesta aceptar y explicar. ¿Se puede seguir a Jesús sin la cruz, sin la abnegación, sin negarse uno a sí mismo? ¿Cómo se puede alcanzar la plenitud cristiana y a la vez renunciar a todo aquello que no nos deja vivir con plenitud el seguimiento de Cristo?
     No podemos servir a dos señores. El seguimiento de Jesús exige lo más difícil, el negarse a uno mismo, asesinar el propio yo egoísta para que crezca el Tú de Dios, el nosotros, el abrirse al amor de los hermanos.
     No es buena una espiritualidad que tratase de silenciar la exigencia de entregar la vida a lo que nos lleva el Amor de Jesús. Aquí, se encuentra el camino de la vida plena que pasa por la abnegación, por cargar con la cruz, por negarse uno a sí mismo. No es la renuncia para fastidiarse, sino el Amor que nos lleva a elegir lo mejor.
     No podemos hacer de nuestra vida una búsqueda de reafirmarnos en nuestros egoísmos y pecados. El olvido de sí es el corazón del Evangelio, porque sin Él no se puede amar, nos amamos a nosotros mismos, pero eso implica que no salimos de nuestros propios intereses.
     Seguir a Jesús exige cargar la cruz, el negarse a sí mismo. En el fondo, la vida cristiana, cuando se coloca cada cosa en su sitio, es muy equilibradora. El peligro es cuando no colocamos cada cosa en su sitio y desde el sentido común, que también está enraizado en la fe, ponderamos aspectos que a la larga pueden romper a la persona, cosa que nunca hace el Señor que además de Redentor es el que nos ha creado y sellado con su Amor. 

+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres