TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

viernes, 25 de marzo de 2016

EL TRIDUO PASCUAL Y SU SIGNIFICACIÓN (I)


Viernes santo, primer día del triduo

     La celebración actual. La liturgia de la palabra con su conclusión, las oraciones solemnes, continúa siendo el centro de la celebración. El silencio impresionante con que empieza —el nihil canentes (sin canto) del antiguo sacramentario— es expresión de la sobriedad de siempre, propia de este día. La reforma actual, al cambiar las dos primeras lecturas tradicionales, se ha inclinado por una acentuación de lo que podríamos llamar el anuncio de la pasión.    Un análisis atento del cuarto cántico del siervo de Yavé descubre una profecía del misterio de pascua. El salmo 30, como responsorial, continúa la meditación de la voluntad interior de oblación del que puede decir: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu". El fragmento de la carta a los Hebreos de la segunda lectura es una síntesis de la teología de la salvación pascual en Jesucristo, por su gran obediencia.
     Esta celebración de la palabra encuentra su cima en el evangelio de la pasión según san Juan, reservado desde siempre para este momento. En él, como el de la gran hora de Jesús entregado a los suyos por amor, se hacen más visibles que en ninguna otra narración sus características pascuales, sacramentales y de la sublime realeza y divinidad de quien va a una muerte abierta a la glorificación.
     Las oraciones con que concluye la liturgia de la palabra no son unas oraciones, sino las oraciones solemnes, según el sacramentario gregoriano. Son probablemente un sustrato anterior al s.v, y ya universalizado en éste. Es la plegaria del pueblo sacerdotal, asociado activamente a la salvación universal del viernes.
     La adoración de la cruz no como objeto sino como signo es un acto de fe y una proclamación de la victoria pascual de Jesús. Los cantos que la acompañan subrayan este carácter triunfal. El que mejor la sintetiza es el magnífico Crucem tuam, procedente del oficio bizantino de la mañana de pascua.
     La conveniencia de unirse en comunión con el pontífice que se entrega para liberar a su pueblo ha prevalecido en la liturgia actual sobre el inconveniente de la doble comunión del triduo en la controvertida cuestión histórica.
Joan Bellavista  

miércoles, 23 de marzo de 2016

REFLEXIONES PARA LA ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA



SAN JOSÉ: EL ÚLTIMO PATRIARCA, EL PRIMER APÓSTOL.

     Cuando contemplamos la figura de san José es fácil que salga del fondo de nuestra alma un gesto de admiración, de asombro, ante este hombre que ha abierto su mente a la Luz de Dios, que ha creído en su Palabra, y que ha amado a Cristo, como ningún otro ser humano, salvo la Virgen Santísima, en la tierra.
     La admiración se convierte en agradecimiento, al darnos cuenta de que la fe que ha vivido es un fiel reflejo de la fe con la que María, la Madre de Dios, acogió en su seno a Dios hecho hombre; esa misma Fe que el Señor espera encontrar en cada uno de nosotros.
     Quizás nos podemos preguntar: ¿Por qué Dios no ha comunicado a San José el “misterio del nacimiento de Jesús”, con tiempo suficiente para que no tuviera que pasar por el doloroso trance de “resolver repudiar a María en secreto?” Quizá la respuesta es: Dios quiso hacer de san José un hombre de profunda e inconmovible fe; un ejemplo para todos los que a lo largo de los siglos creemos y creerán en Cristo, Hijo de Dios hecho hombre.
     En ese doloroso trance de su alma, Dios le envió su luz:
“He aquí que se le apareció un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1, 20-21).
     Cesó la perturbación en el corazón de san José; y se convirtió en el hombre justo que “vive de Fe”.
“Así fue la fe de San José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente. Y, con la fe, la caridad, el amor. Su fe se funde con el Amor: con el amor de Dios que estaba cumpliendo las promesas hechas a Abrahán, a Jacob, a Moisés; con el cariño de esposo hacia María, y con el cariño de padre hacia Jesús. Fe y amor en la esperanza de la gran misión que Dios, sirviéndose también de él –un carpintero de Galilea-, estaba iniciando en el mundo: la redención de los hombres” (Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa”, n. 42).
     Fe en Dios, fe en la encarnación de Cristo, fe en poder llevar a cabo la misión que Dios Padre le invita a realizar con Dios Hijo.
     San José es la persona que ha recibido el encargo más precioso y difícil que ningún otro hombre ha tenido desde la creación del mundo, ni tendrá: acoger a la Madre de Dios, cuidar de Ella, custodiar la vida del Hijo de Dios hecho hombre, cuidar de Él en su crecer en la Sagrada Familia.
     San José participó, en unión con la Santísima Virgen, del misterio de la Encarnación de Jesucristo. Con amor y fe semejante a María, preparó su espíritu siguiendo fielmente las luces de Dios.
     No faltaron contrariedades ni obstáculos en la vida de José. Quizás la primera, después de no haber podido ofrecer a la Virgen otro lugar que un establo, para dar a luz al Redentor, fue la necesidad de marchar a Egipto, en el medio de la noche y en la mayor inseguridad.
     El Ángel le mandó huir de Herodes y refugiarse en Egipto. San José reacciona con paz, organiza enseguida las cosas, y sin esperar el amanecer, se pone en marcha.
     San Juan Crisóstomo comenta:
“Al oír esto, José no se escandalizó ni dijo: eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y sufrir un largo desplazamiento: eso es contrario a tu promesa. José no discurre de ese modo, porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que le había dicho: quédate allí –en Egipto- hasta que yo te diga. Sin embargo, no por eso crea dificultades, sino que obedece y cree y soporta todas las pruebas alegremente” (In Mattheum homiliae, 8, 3).
     San José realizó su misión fortalecido siempre en el calor del hogar de familia, con Jesús, con María.
“Su paternidad –nos recuerda Pablo VI - se ha expresado concretamente “al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y de la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerse don total de sí, de su vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda su capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa” (19-III-1966).
     Dios quiere que la devoción y el cariño al santo Patriarca nos sostengan a todos, en estos momentos de nuestra historia, de la historia de la Iglesia, en nuestro empeño por vivir la familia, como Dios quiere que la vivamos. Así nos lo recordó el Papa Francisco en su viaje a Filipinas.
“Nuestro mundo necesita familias buenas y fuertes para superar estos peligros. Filipinas necesita familias santas y unidas para proteger la belleza y la verdad de la familia en el plan de Dios y para que sean un apoyo y ejemplo para otras familias. Toda amenaza para la familia es una amenaza para la propia sociedad. Como afirmaba a menudo San Juan Pablo II, el futuro de la humanidad pasa por la familia" (cf. Familiaris Consortio, 85)” (16-I-2015).
     San José es Patrono de la Iglesia Universal. Como cuidó paternalmente a Jesucristo, ahora intercede ante la Santísima Trinidad, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, por la Iglesia de Cristo, que somos todos nosotros.
     En nuestros ratos de oración-adoración ante Jesús Sacramentado, unamos nuestras voces a las de los Papas Juan Pablo II y León XIII, que rogaron así al Santo Patriarca:
“El varón justo, que llevaba consigo todo el patrimonio de la Antigua Alianza, ha sido también introducido en el “comienzo” de la nueva y eterna Alianza en Jesucristo. Que él nos indique el camino de esta Alianza salvífica, ya a las puertas del próximo Milenio, durante el cual debe perdurar y desarrollarse ulteriormente la “plenitud de los tiempos”, que es propia del misterio inefable de la encarnación del Verbo.
“Que San José obtenga para la Iglesia y para el mundo, así como para cada uno de nosotros, la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. (Juan Pablo II, Redemptoris custos, n. 32).
“Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios… Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas…; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad” (León XIII, Quamquam pluries, 15-X-1889).

Cuestionario

■ ¿Le pido al Señor vivir mi fe con la delicadeza, docilidad y obediencia, con que la vivió san José?

■ ¿Rezo a san José para que me enseñe a ser acogedor y cariñoso con el Señor en mis actos de piedad, y especialmente, al recibirle en la Eucaristía?

■ María y José buscaron con diligencia al Niño Jesús en Jerusalén ¿Pongo el mismo empeño para volver a encontrarme con Jesús, cuando lo he abandonado con mi pecado?



domingo, 20 de marzo de 2016

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR



Jesús entra en Jerusalén.

     La muchedumbre de los discípulos lo acompaña festivamente, se extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38).
     Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella escena, llena de luz –la luz del amor de Jesús, de su corazón–, de alegría, de fiesta.
     Al comienzo de la Misa, también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se ha abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos ilumina en nuestro camino. Y así lo hemos acogido hoy. Y esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.
     ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que dice: Éste es el Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Y, entonces, he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que decía Benedicto XVI a los Cardenales: Vosotros sois príncipes, pero de un rey crucificado. Ese es el trono de Jesús. Jesús toma sobre sí… ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar. Mi abuela nos decía a los niños: El sudario no tiene bolsillos. Amor al dinero, al poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también –cada uno lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte…
     Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Que así sea.
Francisco, pp