TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

viernes, 22 de enero de 2016

DOMINGO 24 DE ENERO, 3º DEL TIEMPO ORDINARIO


“QUE TODOS SEAN UNO…”



Queridos hermanos y hermanas:

     Entre las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy está el célebre texto de la primera carta a los Corintios en el que san Pablo compara a la Iglesia con el cuerpo humano. El Apóstol escribe: "Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (1 Co 12, 12-13). La Iglesia es concebida como el cuerpo, cuya cabeza es Cristo, y forma con él una unidad. Sin embargo, lo que al Apóstol le interesa comunicar es la idea de la unidad en la multiplicidad de los carismas, que son los dones del Espíritu Santo. Gracias a ellos, la Iglesia se presenta como un organismo rico y vital, no uniforme, fruto del único Espíritu que lleva a todos a una unidad profunda, asumiendo las diversidades sin abolirlas y realizando un conjunto armonioso. La Iglesia prolonga en la historia la presencia del Señor resucitado, especialmente mediante los sacramentos, la Palabra de Dios, los carismas y los ministerios distribuidos en la comunidad. Por eso, precisamente en Cristo y en el Espíritu la Iglesia es una y santa, es decir, una íntima comunión que trasciende las capacidades humanas y las sostiene.
     Me complace subrayar este aspecto mientras estamos viviendo la "Semana de oración por la unidad de los cristianos", que concluirá mañana, fiesta de la Conversión de san Pablo…
     La comunión de los cristianos hace más creíble y eficaz el anuncio del Evangelio, como afirmó el propio Jesús pidiendo al Padre en la víspera de su muerte: “Que todos sean uno…, para que el mundo crea” (Jn 17, 21)
     Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos conceda progresar siempre en la comunión, para transmitir la belleza de ser uno en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Benedicto XVI, pp emérito


miércoles, 20 de enero de 2016

Una luz tiene el Sagrario que alumbra la soledad...


…Y ADORANDO QUEDÓ POSTRADO.
DE LA LEYENDA EUCARÍSTICA DEL PANGE LINGUA

 

EL OFICIO DE ADORAR
       Adorar equivale a orar postrado. Y es tributo de fe, que, quien la tiene, se la reserva sólo a Dios. El Oficio de adorar inaugura sus prácticas en la Nochebuena de Belén. San Pablo se lo escribió así a los Hebreos (1,6) «Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en la redondez de la tierra, dice: Y "le adoren todos los Ángeles de Dios".»
     Esto de «otra vez» quiere decir, que han de adorarle ahora como Verbo Humanado en el Tiempo los mismos Ángeles, que le venían adorando en su divina Eternidad, como Verbo del Padre.
     Con lo que bien se echa de ver que las adoraciones a Cristo Dios se inauguran en la misma Cuna de Belén de Judá. Y que son los Ángeles de Dios los primeros en rendírselas en aquella feliz Noche, en la que comenzó a «habitar entre nosotros». (Ev. de San Juan, 1,14.)
     Este Oficio de adorar lo aprendieron los hombres de los Ángeles. Porque es Oficio, que viene de arriba; y salta desde punto y hora en que el Altísimo hizo la Luz, a cuyos vivos fulgores pudo ser vista la Omnipotencia del Creador, ante el que se postró la Creación entera, y le adoró y le aclamó…
     Todavía David, en el curso de los siglos, ponía en las cuerdas de su arpa real éste anhelo de urgente efusión amorosa y le decía al Señor: «Toda la tierra te adore y te cante…» (Salmo 65,4)
     Pero este Oficio de adorar ha de ser espontaneo en su modo e inteligente en su causa. De estos dos modos de adorar son ejemplo permanente los Pastores de Belén y los Magos de Arabia. Les bastó a los primeros el aviso del Ángel para caer postrados ante el Niño-Dios a impulsos de su curiosidad enardecida. Les sacó a los segundos de su país el cálculo racional, que les brindaba una estrella nueva en el firmamento azul. Son estos los dos modos de ejercer el Oficio de adorar: a plena luz de fe despierta, o en tributo justo de razón iluminada.
     Mejor le va al Oficio que se le junten los dos modos en uno. Porque «los verdaderos adoradores adoran... en espíritu y en verdad...» (Ev. de. San- Juan, IV,23.)
     Oficio dice «dedicación, atención, consagración a un fin». No es acto; es hábito, que hace a quien le tiene digno de la distinción que le procura. El Oficio de adorar madura la condición cristiana del creyente que la ejerce; la ennoblece y la vivifica.
     Si el Oficio de adorar supone sacrificio personal, tanto más vale cuanto más cuesta.
     El «fiectamus genua» (arrodillaos), al que el diácono de la Iglesia invita a los fieles en el rito penitencial, seguido al minuto por el «levate» (levantaos) de la misma voz, es un ensayo piadoso ante la Cruz del Altar, de la postración rendida a que se obliga de pura voluntad, y mediante juramento de Bandera, el Adorador nocturno de Jesús Sacramentado, dobladas sus rodillas delante del Tabernáculo abierto una noche y otras tantas más, ejerciendo su Oficio transcendente, hasta que de los divinos labios invisibles de la Hostia blanca salga el dulcísimo «levate», que le lleve a seguir adorando a su Dios con los Ángeles del Cielo... El Oficio no se le quita; se le cambia... Pero, ¡qué cambio, Santo Dios...! 

CRUZ DE LA CRUZ,  Adorador Nocturno Español  (Madrid 1961)