TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

viernes, 5 de septiembre de 2014



Ejemplos de cómo se aprender a rezar viendo a otros rezar
      Pocas cosas tan eficaces para aprender a orar o para ir más a fondo en la vida de oración como el testimonio de un genuino orante. Cito varios ejemplos.
     En mi vida sacerdotal he escuchado a muchos laicos decir cosas como éstas: “Vi a un hombre en adoración eucarística, me impresionó cómo se miraban él y Cristo Eucaristía; yo quiero aprender a orar así”; “Participé en un Rosario comunitario con un grupo de amigos, al ver a ese hombre de rodillas ante la imagen de Nuestra Señora y al escuchar la profunda piedad con que saboreaba cada Ave María, entendí que tenía a la Virgen delante, que de verdad hablaba con ella; yo quisiera rezar con esa fe”; “Fui a la Villa de Guadalupe y vi a una mujer enferma con un crucifijo en las manos; miraba con confianza a la Santísima Virgen, cerraba los ojos, apretaba el crucifijo y allí se quedaba largo rato sumida en oración, su actitud desconfianza y abandono me hizo reaccionar: también yo debo ser un hombre de oración para afrontar bien mis sufrimientos.”
     Y conversando con mis hermanos sacerdotes, tantas veces hemos comentado que al leer los escritos de los santos, la manera en que se llevan con Dios, el grado de intimidad que alcanzan en su relación con Él, la fe y la fortaleza con que afrontan los retos de la vida, sentimos un profundo deseo de ser hombres de oración. Nos sucede lo mismo ante el testimonio de algún hermano de la comunidad que visita con frecuencia a Cristo Eucaristía, o que al predicar se percibe de inmediato que comparte no sólo lo que ha estudiado sino sobre todo lo que ha aprendido en el contacto directo con Dios en la oración. He tenido superiores que ante ciertas situaciones difíciles, más que ponerse a discurrir, me han dicho: “Vámonos a la capilla, esto se arregla ante el Sagrario” y esas experiencias han sido para mí más valiosas y eficaces que cientos de conferencias y exhortaciones que he escuchado sobre la oración cristiana.
     Hans Urs Von Balthasar, en su libro ¿Por qué me hice sacerdote? narra el testimonio de oración en casa de la familia Duval: “En casa, nada de piedad expansiva y solemne; sólo cada día el rezo del rosario en común, pero es algo que recuerdo claramente y que lo recordaré mientras viva… Yo iba aprendiendo que hace falta hablar con Dios despacio, seria y delicadamente. Es curioso cómo me acuerdo de la postura de mi padre. Él, que por sus trabajos en el campo o por el acarreo de madera siempre estaba cansado, que no se avergonzaba de manifestarlo al volver a casa; después de cenar se arrodillaba, los codos sobre la silla, la frente entre sus manos, sin mirar a sus hijos, sin un movimiento, sin impacientarse. Y yo pensaba: Mi padre, que es tan valiente, que es insensible ante la mala suerte y no se inmuta ante el alcalde, los ricos y los malos, ahora se hace un niño pequeño ante Dios. ¡Cómo cambia para hablar con Dios! Debe ser muy grande Dios para que mi padre se arrodille ante él y también muy bueno para que se ponga a hablarle sin mudarse de ropa.
En cambio, a mi madre nunca la vi de rodillas. Demasiado cansada, se sentaba en medio, el más pequeño en sus brazos, su vestido negro hasta los tacones, sus hermosos cabellos caídos sobre el cuello, y todos nosotros a su alrededor, muy cerquita de ella. Musitaba las oraciones de punta a cabo, sin perder una sílaba, todo en voz baja. Lo más curioso es que no paraba de mirarnos, uno tras otro, una mirada para uno, más larga para los pequeños. Nos miraba, pero no decía nada. Nunca, aunque los pequeños enredasen o hablasen en voz baja, aunque la tormenta cayese sobre la casa, aunque el gato volcase algún puchero. Y yo pensaba: Debe ser sencillo Dios cuando se le puede hablar teniendo un niño en brazos y en delantal. Y debe ser una persona muy importante para que mi madre no haga caso ni del gato ni de la tormenta.
Las manos de mi padre, los labios de mi madre me enseñaron de Dios más que mi catecismo” (Hans Urs Von Balthasar “Por qué me hice sacerdote?, Salamanca 1992, 32-33).
     Y para no ir más lejos, recordemos el ejemplo de los discípulos de Jesús, que al verle orar le dijeron: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1) ¿Qué habrán visto en el modo de orar de Jesús que les resultó tan atractivo?
Algunas lecciones que podemos sacar de aquí:
  1. Para aprender a orar, estemos cerca de grandes orantes.
  2. Si queremos ayudar a otros a acercarse a Dios o a mejorar su vida de oración, más vale el testimonio que muchas teorías.
  3. Tengamos presente el valor de la oración comunitaria y superemos la vergüenza de orar con piedad delante de otras personas
  4. Seguramente ustedes tienen experiencias en este sentido o podrían sacar otras lecciones además de las tres que acabo de mencionar; les invito a compartirlas.
P. Evaristo Sada, L.C.; publicado originalmente en: http://www.la-oracion.com


Palabra de vida  Septiembre 2014
 "Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios" (Rom 15, 7)


            Estas palabras son una de las recomendaciones finales de san Pablo en su carta a los cristianos de. Esta comunidad, como tantas otras esparcidas por el mundo grecorromano, estaba formada por creyentes que provenían en parte del paganismo y en parte del judaísmo, es decir, con una mentalidad, formación cultural y sensibilidad espiritual muy distintas. Esta diversidad daba pie a juicios, prevenciones, discriminaciones e intolerancias de unos con otros que, ciertamente, no se avenían con esa acogida mutua que Dios quería de ellos.

             Para ayudarlos a superar dichas dificultades, el Apóstol no encuentra medio más eficaz que llevarlos  a reflexionar sobre la gracia de su conversión. El que Jesús los hubiese llamado a la fe, comunicándoles el don de su Espíritu, era la prueba palpable del amor con el que Jesús había acogido a cada uno de ellos. A pesar de su pasado y diversidad de procedencia, Jesús los había acogido para formar un solo cuerpo.


"Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios"


            Estas palabras de san Pablo nos recuerdan uno de los aspectos más conmovedores del amor de Jesús: el amor con que Jesús acogió a todos durante su vida terrena, de modo particular a los más marginados, los más necesitados, los más alejados. Es el amor con el que Jesús ofreció a todos su confianza, su familiaridad, su amistad, abatiendo una a una las barreras que el orgullo y el egoísmo humano habían erigido en la sociedad de su tiempo. Jesús fue la manifestación del amor plenamente acogedor del Padre celestial por cada uno de nosotros y del amor que, en consecuencia, deberíamos tener unos por otros. Esta es la primera voluntad del Padre sobre nosotros; por ello no podríamos dar mayor gloria al Padre que la que le damos al procurar acogernos mutuamente tal como Jesús nos acogió a nosotros.


"Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios"


            ¿Cómo viviremos, pues, la Palabra de vida de este mes? Esta concentro nuestra atención sobre uno de los aspectos de nuestro egoísmo que se da con más frecuencia y – digámoslo también – más difíciles de superar: la tendencia a aislarnos, a discriminar, a marginar, a  excluir al otro porque es distinto de nosotros y podría perturbar nuestra tranquilidad.

        Para ello trataremos de vivir esta Palabra de vida ante todo dentro de nuestras familias, asociaciones, comunidades y grupos de trabajo, eliminando en nosotros los juicios, las discriminaciones, las prevenciones, los resentimientos, la intolerancia hacia este o aquel prójimo, tan fáciles y tan frecuentes, que tanto enfrían y comprometen las relaciones humanas y que impiden el amor recíproco bloqueándolo como la herrumbre.

        Y luego, en la vida social en general, proponiéndonos dar testimonio del amor acogedor de Jesús hacia cualquier prójimo que el Señor nos ponga al lado, especialmente aquellos que el egoísmo social tiende más fácilmente a excluir o marginar.

        Acoger al otro, al que es distinto de nosotros, es la base amor cristiano. Es el punto de partida, el primer peldaño para construir esa civilización del amor, esa cultura de comunión a la que Jesús nos llama sobre todo hoy.                                                                                   Chiara Lubich

domingo, 31 de agosto de 2014

DOMINGO 31 DE AGOSTO, 22º DEL TIEMPO ORDINARIO



LA FE NO ES UN ATAJO
Padre Javier Leoz
      Aquel Pedro que fue inspirado por el mismo Jesús para su profesión de fe “Tú eres el hijo de Dios” hoy es puesto sobre las cuerdas: tú no piensas como Dios, piensas como los hombres.


1.- La fe es gracia y es regalo. Es un privilegio que Dios nos concede. Desde esa luz, que es la fe, podemos alumbrar todo lo que acontece en torno a nosotros e, incluso, nuestras mismas personas.
     Como a Pedro, al mundo de hoy, no le seduce demasiado el sufrimiento. Preferimos una fe de merengue ya fácil a una fe probada; una fe de gloria a una fe de calvario; una fe de sentimientos a una fe de conversión, una fe con camino llano más que aquella otra expresada en camino angosto o empedrado duro.
     Pensar como Dios, exige optar por lo que el mundo nos oculta. Pensar como los hombres, puede llevarnos a perdernos en unos túneles sin salida, a caer en unos pozos sin fondo.
     El camino que Jesús nos propone, no es el de los atajos que el discurso materialista nos vende machaconamente. No es aquel del escaparate del triunfo, sino aquel otro que se fragua en el escenario del servicio. No es el de la apariencia, sino el trabajar sin desmayo allá donde nadie oposita.

2.- Para que brille el sol es necesario que el cielo esté limpio de nubes. Jesús, en el evangelio de este domingo veraniego, nos advierte que para que destelle Dios con toda su magnitud en nosotros, no hemos de ser obstáculo. El sufrimiento y la cruz, o dicho de otra manera, las contrariedades, oposición, zancadillas, sinsabores, incomprensiones, etc., lejos de rehusarlas hemos de aprender a valorarlas y encajarlas desde ese apostar por Jesús de Nazaret en un contexto social donde, a veces, se oyen más las voces de los enemigos de Dios que la labor transformadora de aquellos que creemos en El. ¿A quién le apetece un camino con espinas? Jesús nos lo adelanta. Y los primeros testigos del evangelio (apóstoles y mártires) lo vivieron en propia carne: ser de Cristo implica estar abierto a lo que pueda venir. Incluso dar la vida por El. 
     Frente al único pensamiento que algunos pretenden imponernos (que puede distar mucho del pensamiento que Dios tiene sobre el mundo) no cabe sino ser fuertes y abrazar la cruz cuando sea necesario.

3.- El Papa Francisco, en sus alocuciones frecuentes en Roma, nos insiste en esa dirección: “el problema no está en los que “viven ilícitamente” su pertenencia a la Iglesia. El problema mayor es que, una gran mayoría de cristianos, viven su cristianismo con las mismas características de los no bautizados, de los que no creen en Dios”.