LA MUERTE Y LA EUCARISTÍA
La muerte tiene la apariencia de un anonadamiento del ser y, por eso, nos repugna y produce un horror instintivo que solo la fe puede combatir con la seguridad de que sobrevive el hombre. Hay en el fondo de ese mismo horror una revelación de la eternidad que la criatura consciente desea y, en alguna manera prevé. Reside en el corazón humano un amor tal a la vida, que aún el más descreído, mira con horror al no ser y tiembla al recordar la noche que viene después del sepulcro.
La sagrada eucaristía es el centro de nuestras creencias y, en el voluntario anonadamiento del Hombre-Dios, en su pasión y muerte de las que es memoria, nos da una prenda de la vida eterna. Este sublime abajamiento, fruto de un amor infinito, nos brinda un germen de resurrección que la gracia desarrollará. La muerte es para el creyente la puerta dorada de la vida eterna.
Cuando los
fieles se reúnen en el templo para conmemorar a sus hermanos en la fe que han
fallecido, parece que la Iglesia quiere enjugar sus lágrimas recordándoles las
hermosas palabras de Jesucristo en el evangelio de san Juan, capítulo VI: “Yo
soy el pan vivo que ha descendido del cielo; si alguno comiere de este pan,
vivirá eternamente... El que come mi carne y bebe mi sangre tiene en sí la vida
eterna y yo le resucitaré en el último día”. Se halla en estas consoladoras
ideas algo más que la promesa de resurrección que la fe nos hace a todos los
hombres: el Sacramento del altar es prenda de gloria futura y semilla fecunda
de una feliz eternidad.
Hermano mío
que lees estas líneas, frecuenta todo lo que puedas el banquete real de Jesús:
el que le comulga puede, cuanto es posible en la carne, por medio de la
meditación detenida, conocer a Jesucristo asimilándose a Él por actos de
contemplación, de unión y de amor en los preciosos instantes que siguen a la
comunión. No te separes del pie del sagrario sin saborear la dulzura de este
pan. No pierdas de vista que la comunión con buenas disposiciones y bien
agradecida te asegura la eternidad feliz que el Señor te prometió en el
Evangelio y que te colmará de la dicha que el apóstol anuncia. Sólo es preciso
de parte del comulgante cooperar a esta bondad avivando la fe, fortificando la
esperanza y encendiendo la caridad perfecta en aquel horno de fuego que atesora
el Corazón de Jesús y que con su contacto nos comunica. El humilde pecador irá
alcanzando la verdadera unión con Cristo, que se irá formando con él de una
manera mística, pero real y efectiva.
Si así lo
hacemos, en la última hora veremos clara la afinidad que enlaza la Eucaristía,
principio de eterna dicha, con la muerte natural, fin y remate de la vida, corta época de
prueba que Dios nos otorgó en el tiempo para ganar el cielo.
La Lámpara del Santuario” Tomo XIII – Pág. 410
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