ENERO : CORAZÓN CAUTIVO
Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar
LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS
Hermosura del
Corazón de Jesús ¡Cautiva mi corazón!
Cuando pensamos en la Eucaristía y en el
Corazón de Jesús nos damos cuenta de que hay una doble cautividad.
Por un lado, Jesús se ha hecho cautivo, se
ha dejado encerrar en las especies del pan, y en la caja del sagrario.
Está allí de alguna manera “prisionero de amor”, no
tiene libertad de ir donde quiera, sino que se deja traer y llevar igual que en
el tiempo de su pasión. Su cautividad está, sin embargo, motivada por el Amor.
Se queda bajo la especia del pan para estar más cerca de nosotros, se reserva en
el sagrario para hacernos compañía.
Por otro lado, para sus
adoradores, los que buscan ratos largos de hincarse ante
la majestad de Dios escondida en el Sacramento, les
ocurre con el tiempo que quedan ellos mismos cautivos, o cautivados por el Amor
de Jesús Eucaristía. Descubren como un poderoso imán del que ya
es muy difícil separarse y sienten la atracción siempre que pasan cerca de un
sagrario. Están como cautivados por tanta humildad, por tanta paciencia, por
tanta bondad. A veces decimos que tal o cual persona nos ha cautivado. Con más
razón que nadie se lo podemos aplicar a Jesús.
Así lo hace la Iglesia, en su oración de acción de
gracias, después de la Comunión de la Misa del Sagrado Corazón
dice: “Señor, que el sacramento de la caridad encienda en nosotros el fuego del
amor santo por el que, cautivados siempre por tu Hijo,
aprendamos a reconocerle en los hermanos. Él, que vive y reina
por los siglos de los siglos”.
Es la misma actitud que
quería infundir Luis de Trelles en la ANE: “Adoradores
en la noche, testigos en el día. Dejarse cautivar por el Dios
cautivo, para poder prender con su fuego el mundo.
Acercarse al trono de la gracia para alcanzar misericordia y auxilio”. Con qué
sorpresa Trelles repasa los contrastes divinos que
ve sintetizados en la Eucaristía: “La justicia y la paz; la
misericordia y el juicio, el amor y la ira, la providencia y el respeto o mejor
la reverencia a la humana libertad, la omnipotencia y la humildad que se reúnen
en el Hombre Dios, la mansedumbre y la justicia innata del Verbo Divino imagen
sustancial y espejo sin mancilla de la divinidad; la suprema soberanía que es
inamisible en Dios y la obediencia admirable que ostenta su divino Hijo durante
su vida en carne: son fases diversas de un misma rayo de luz purísima que
irradia del Eterno Padre y brilla sin sombra a través de la encarnación en
Jesús, Dios y hombre verdadero, persona divina por quien se han hecho todas las
cosas y criatura modelo en cuanto hombre de la diestra del Altísimo”.
Se puede decir que don Luis queda
totalmente cautivado por el misterio que contempla en sus noches de adoración,
hasta el punto de no encontrar palabras. Por eso exclama: ”Jesús, manifestación
del Padre igual a él y aun idéntico en esencia, bajó en persona y vino a
acercarnos este bellísimo prototipo, para expresarnos de algún modo y a
cautivar el humano corazón por ministerio de un amor que no hay palabras para
expresar, sin que pudiese por eso menoscabarse ninguno de los atributos de la
divina esencia. ¡Arcano impenetrable de luz y de amor que es
mejor adorar que explicar, por qué es incomprensible, y
que sólo pude la criatura admitir para tributarle profunda adoración y
dedicarle un amor sin límites cuanto cabe en el corazón del hombre en cuyo
fundo hay algo de insondable e infinito! Yo te adoro Señor en estos
altísimos misterios que nos revelan una tan
perfecta bondad y que nos ofrecen tanta merced”.
Trelles entiende que Dios ha venido al mundo para
hacernos prisioneros de su amor, y ve cómo quizá la mayor
estrategia que ha encontrado para ello es precisamente la de dejarse aprisionar
él mismo en un alimento tan sencillo como el pan, para poder darnos vida y
unirse a nosotros en un abrazo espiritual misterioso. Nos apunta una bella
analogía que quizá hoy nos puede servir para hacer nuestra meditación ante el
Santísimo: ”El Hijo de Dios puede decirse que se despojó de su justicia para
humanarse y para atraer al hombre por los vínculos de su caridad. Parece como
que el rey de la gloria, al disfrazarse y sobre vestirse de la carne del
hombre, como el hijo de un monarca poderoso que viniese a traer dones a un
pobre siervo, se obligó por un afecto incomprensible a ocultar o
velar los rayos de su justicia para aparecer con la gracia que convenía a sus
fines de amor”. (Trelles
LS, 3, 1872)
Preguntas para el
diálogo y la meditación.
■ ¿Alguna vez te has
sentido cautivado por algo?
■ ¿Cómo seguiría la
historia que nos ha sugerido Trelles?
■ ¿Qué cosas son las
que más te llaman la atención del misterio eucarístico?

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