TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

viernes, 25 de marzo de 2022

MARZO 2022

 

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mc 6, 12).

 

    La Palabra de vida de este mes está sacada de la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, el Padrenuestro. Es una oración profundamente enraizada en la tradición hebraica. También los judíos llamaban y llaman a Dios «Padre nuestro».

     En una primera lectura, las palabras de esta frase nos comprometen: ¿podemos pedirle a Dios que borre nuestras deudas, como sugiere el texto griego, del mismo modo que nosotros somos capaces de hacerlo con quienes tienen alguna falta respecto a nosotros? Nuestra capacidad de perdón es siempre limitada, superficial, condicional. Si Dios nos tratase según nuestra medida, ¡sería una condena en toda regla!

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»

     Sin embargo, son palabras importantes que expresan ante todo la conciencia de que necesitamos el perdón de Dios. El propio Jesús se las dijo a sus discípulos -y a todos los bautizados-, de modo que puedan usarlas para dirigirse al Padre con sencillez de corazón. Todo nace de descubrirnos hijos en el Hijo, hermanos e imitadores de Jesús, que fue el primero que hizo de su vida un camino de adhesión cada vez más completa a la voluntad amorosa del Padre.

     Solo después de haber acogido el don de Dios y su amor sin medida podemos pedirle todo al Padre, incluso que nos haga cada vez más semejantes a Él, con su misma capacidad de perdonar a nuestros hermanos y hermanas con corazón generoso, día a día. Cada acto de perdón es una decisión libre y consciente que hay que renovar siempre con humildad. Nunca es un hábito, sino un camino exigente, por el cual Jesús nos llama a rezar cada día, como por el pan.

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» 

     ¡Cuántas veces las personas con las que vivimos -en la familia, en el barrio, en el lugar de trabajo o de estudio--- pueden habernos hecho una faena, y nos cuesta reanudar una relación positiva! ¿Qué hacer? Aquí es donde podemos pedir la gracia de imitar al Padre: «Levantémonos por la mañana con una "amnistía" completa en el corazón, con ese amor que todo lo cubre, que sabe acoger al otro tal como es, con sus limitaciones, sus dificultades, precisamente como haría una madre con el hijo que actúa mal: lo excusa siempre, le perdona siempre, no pierde la esperanza en él... Acerquémonos a cada uno viéndolo con ojos nuevos, como si nunca hubiese incurrido en esos defectos. Volvamos a empezar cada vez, sabiendo que Dios no solo perdona, sino que olvida: esta es la medida que nos pide también a nosotros»[1]. Es una meta alta hacia la cual podemos avanzar con la ayuda de la oración confiada.

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» 

   Además, toda la oración del Padrenuestro tiene la perspectiva del «nosotros», de la fraternidad: no pido solo por mí, sino también por los demás y con los demás. Mi capacidad de perdón está sostenida por el amor de los demás, y por otra parte mi amor puede en cierto modo sentir como propio el error del hermano: tal vez dependa también de mí, puede que no haya hecho toda mi parte para que se sintiese acogido, comprendido... En Palermo, una ciudad italiana, las comunidades cristianas viven una intensa experiencia de diálogo que requiere superar ciertas dificultades. Cuentan Biagio y Zina: «Un día un pastor amigo nuestro nos invitó a un encuentro con varias familias de su Iglesia que no nos conocían. Habíamos llevado cosas para compartir en la comida, pero esas familias nos dieron a entender que no les gustaba ese encuentro. Con delicadeza, Zina les dio a probar algunas especialidades que había preparado y al final comimos juntos. Después de comer empezaron a decir los defectos que veían en nuestra Iglesia. No queriendo entrar en una guerra verbal, dijimos: ¿qué defecto o diferencia entre nuestras Iglesias puede impedir que nos queramos? Ellos, acostumbrados a atacar continuamente, se quedaron asombrados y desarmados con una respuesta así, y empezamos a hablar del Evangelio y de lo que nos une, que seguro que es mucho más que lo que nos divide. Cuando llegó la hora de despedimos, no querían que nos fuésemos. En ese momento les propusimos rezar el Padrenuestro, y mientras lo rezábamos percibimos fuertemente la presencia de Dios. Nos hicieron prometer que volveríamos, porque querían presentarnos al resto de la comunidad, y así ha sido en todos estos años».

                                                                                                        Leticia Magri



[1] C. LUBICH, Palabra de vida, diciembre 2004: Ciudad Nueva 415 (12/2004), pp. 22-23.

REFLEXIONES PARA LA ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA

 

MARZO :  SINODALIDAD – MISIÓN

 Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar

 

LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS


     La común unión con Jesucristo en su Iglesia nos lleva a participar de la misma vida divina de la Santísima Trinidad.  Nos ha hecho un reino y sacerdotes, y de esa comunión y participación, nos manda a la misión, “Id al mundo entero y anunciad el Evangelio a toda criatura”. Los envió de dos en dos a ser testigos de lo que habían visto, oído y hacerlo vida con la fuerza del Espíritu Santo.

     Los Santos, muchedumbre inmensa que nadie podía contar, han realizado con su vida y enseñanzas la misión de Jesucristo, como nos dice el Concilio Vaticano II, haciendo de la Eucaristía su centro en el crecimiento de la Iglesia “la Iglesia, o Reino de Cristo presente ya en misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios”, respondiendo a la pregunta ¿Cómo crece?, añade: “Cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado se realiza la obra de nuestra redención y la unidad de los creyentes que forman un solo cuerpo en Cristo”.

     En la Eucaristía recibimos la fuerza espiritual necesaria para cumplir nuestra misión de bautizados, por lo que intentar anunciar la Buena Nueva sin la presencia de la Eucaristía, celebrada, adorada y recibida, es un acto de infidelidad a Cristo y a la Iglesia, lo opuesto a la sinodalidad. Cuando más nos dejemos ser Eucaristía, mejor mostramos el tesoro inestimable de Cristo al mundo, de tal forma que al estar con Él, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto, palpar el amor infinito de su corazón. Nos recuerda santa Margarita M.ª lo que le manifestaba el Corazón de Jesús: “Quiero que tu corazón sea para Mí un refugio en que pueda retirarme y tomar un poco de reposo cuando los pecadores me persiguen y me echan de sus corazones”. Realizando la unión de corazones, que el mundo necesita.

     Misión que vivió nuestro fundador el Venerable Luis de Trelles; tras su conversión se dio cuenta de que para alcanzar la regeneración moral de la sociedad, había que buscarla desde los medios de la fe, la piedad y la catequesis; en ese proceso reflexivo, Trelles, se transforma en un hombre renovado que busca en su interior un nuevo ideal y se propone impetrar a Jesucristo, desde la Eucaristía, el remedio de tantos males, de ayer y hoy de la sociedad “líquida”, La Lámpara del Santuario 1890, p.335: “Vemos tan claro, como la luz del mediodía, que tal es nuestra vocación como Adoradores: Orar, meditar, expiar, satisfacer y reparar, interceder y compensar los ultrajes que recibe el Augusto Sacramento”. De su vida eucarística brotará la misión concretada en las Conferencias de San Vicente de Paul, el abogado de los Pobres, periodista, diputado, el canje de prisioneros, adelantándose al derecho internacional, y cómo no, las obras eucaristías, para hombres y mujeres, animadas con la Lámpara del Santuario: así es considerado “Apóstol de la Eucaristía”. Trelles vive la misión de dar a conocer a Jesucristo, como lo dice la hija de un santo adorador, Teresa del Niño Jesús: “Sólo tenemos que hacer una cosa durante la noche, la única noche de la vida, que no vendrá más que una vez: amar, amar a Jesús con todas las fuerzas de nuestro corazón y salvarle almas para que sea amado”.

     Contemplemos la misión en San José, como nos insiste el Papa Francisco, su común unión familiar con su esposa y con su Niño, colaborando directamente en la obra redentora de Jesucristo. Misión confiada por el Padre sobre su Hijo y la madre de su Hijo, su esposa. Misión de José, que muestra la ternura y el cariño del Padre hacia sus hijos: esa misma ternura y cariño debemos mostrar como adoradores con el Señor sacramentado y con los hermanos: José nos enseñará. Misión en obediencia al plan de Dios en su vida, haciendo de su propia historia una aceptación gozosa de dicho plan, acogiendo a su esposa y a su niño. Misión que le lleva a salir de sí mismo, de su casa, de su tierra, para proteger al Hijo de Dios, alimentarlo con su trabajo cotidiano de la carpintería, colaborando en la misión corredentora con el Hijo del carpintero, enseñándole el oficio en el taller de Nazaret.

     Como adoradores nocturnos debemos acercarnos a Jesús, para descansar mutuamente en su Corazón y ser fieles al don y la misión que nos ha transmitido el Venerable Trelles, donde el silencio de José, bajo cuya sombra creció, en estatura, sabiduría y gracia el Hijo de Dios; tenemos que pedirle a San José  amar, gustar y practicar el silencio ante su Hijo, (Fuge… Tace… Quiesce…), (Huye, Calla, Descansa), como lo hizo Jesús en los brazos de José.

     Adorar, cuidar, vivir la redención en la Eucaristía, como José y Luis de Trelles, llevarla a las personas para que conozcan la misión del Padre en Cristo para sus vidas, y desde cada encuentro nocturno, ser lámpara que alumbre en medio de las tinieblas de este mundo; les pedimos al Venerable y a San José la fidelidad en la misión, como ellos la vivieron, lo hacemos con la oración del Papa Francisco:

Salve, custodio del Redentor y esposo de la Virgen María.

A ti, Dios confió a su Hijo,

en ti, María depositó su confianza,

contigo, Cristo se forjó como hombre.

     Para ser adoradores de noche y testigos de día.

Preguntas para el diálogo y la meditación.

■ ¿Aprovecho el don de la misión de ser y vivir la adoración nocturna?

■ ¿Cómo vivo mis silencios ante el Santísimo, en unión de San José y Luis de Trelles?

■ ¿Busco en la Eucaristía la fuerza renovadora para la misión evangelizadora que  lleva?

domingo, 27 de febrero de 2022

ADORAR EN LA NOCHE



     El Adorador lo hace en la noche, momento en que muchos de los hombres y mujeres de su tiempo se entregan a apurar, con pasión, los avatares del momento presente. O, por el contrario, se hunden en los abismos de la depresión o la angustia, provocados por el peso de una vida sin sentido o el sufrimiento al que no se encuentra razón y norte. El Adorador hace presente la verdad del hombre que sólo es tal, en radical totalidad, cuando se encuentra cara a cara con Aquel que se hace carne en el seno de María, muere en la Cruz, resucita y permanece real y verdaderamente presente en el Pan Eucarístico.

     Muchos autores han reflexionado sobre el sentido de la noche, pero pocos han sabido expresarlo como Teresa de Lisieux: para ella la noche es el momento de la máxima y radical tentación: el ateísmo. Pero, al mismo tiempo, es la radical permanencia en la fe desnuda y la confianza en Jesús-hombre, encarnación del Verbo-Dios. De aquí podemos deducir el doble sentido de la noche que está presente en toda la literatura espiritual, como acertadamente expresó San Juan de la Cruz "que bien se yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche".

    Fuente y noche definen el ser de la persona, tentada siempre en su precariedad. Un sentido es la noche como oscuridad, como vuelta al pasado tenebroso, como la impotencia de la persona humana ante las fuerzas tenebrosas del mal y de la tentación que no somos capaces de dominar. Hay un segundo significado acerca de la experiencia de la noche, que es la de los filósofos, los poetas y los místicos, que la consideran como un momento cumbre de expresión y experiencia vivencial, en la que pueden ser revelados a la persona asuntos trascendentales. No dudo, en absoluto, que la experiencia vivida en la noche orante del Adorador es la de este segundo significado. Viene a ser una experiencia total, donde la persona se encuentra consigo misma, y desde donde podemos remontarnos a la experiencia de Dios Trino. Experiencia de comunión y amor abierta a todas las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Experiencia a semejanza de la realidad íntima del misterio Trinitario de Dios. Por eso el Adorador se adentra en el corazón eucarístico de Cristo, que le lleva al corazón misericordioso del Padre y a la consolación del Espíritu Santo. De aquí que los autores espirituales nos digan que tal noche es una noche clara, noche luminosa más que el día como ora el salmista en el salmo 139. Es la noche que nos recuerda la institución de la Eucaristía, noche de amor y entrega apasionada y para siempre. Noche que fue testigo de la luz de Cristo resucitado. Es la noche en que Cristo-esposo vendrá a buscar a los que estén en vela. Es la noche que cantaba el poeta R. M. Rilke como lugar para el encuentro con Dios y para que la persona pueda encararse con la verdad de su ser.

     Por esto, para un Adorador nocturno, las tentaciones de oscuridad y de noche son momentos necesarios para el paso a la luz y el abrazo sin fin con su Señor, que le espera en la Eucaristía para poder ser luz ante sus hermanos. Cuando vamos a la adoración nocturna no vamos solos, llevamos la responsabilidad de ser el corazón orante de la Iglesia, llevamos la vida rota y el corazón abierto de tantos hombres y mujeres que hambrean felicidad, pero van al manantial equivocado. Nosotros hemos elegido la mejor parte y de ella queremos hacer partícipes a todos.                                                         

 S. L. P.  La Lámpara del Santuario octubre 2007, pág. 18 


lunes, 14 de febrero de 2022

Decálogo del optimismo cristiano

 


1. Sabemos que para los que aman, todo les sirve para su bien.

 

2. Son momentos para crecer y hacerlo juntos.

 

3. Cuando viene la inclemencia se ahondan las raíces.

 

4. Estar en la aparente intemperie es abandonarse en los brazos del Padre.

 

5. No son tiempos para las dudas sino para la cereza de su Amor.

 

6. En medio de la noche existen puntos de luz que son las estrellas.

 

7. Aunque parezca que no va a cambiar nada Él tiene la única palabra.

 

8. Con María decimos: “para Dios no hay nada imposible” ¡es cierto!

 

9. Los lamentos no solucionan nada y nos hunden en el pesimismo.

 

10. Cuando todas las puertas se cierran, todavía me quedas Tú, la puerta de la Vida, la puerta de la Esperanza.

 


+ Francisco Cerro Chaves - Arzobispo de Toledo,  Primado de España


domingo, 23 de enero de 2022

CONVOCANDO VIGILIA MENSUAL

 

REFLEXIONES PARA LA ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA

 


ENERO :  SINODALIDAD – COMUNIÓN

 

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar

 

LA ADORACIÓN NOCTURNA MOMENTO PARA CULTIVAR LA INTIMIDAD CON DIOS

 

     El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. Lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra “Sínodo”. Caminar juntos -laicos, pastores, Obispo de Roma- es un concepto fácil de expresar con palabras, pero no es tan fácil ponerlo en práctica” (Francisco 17/10/2015). Con estas palabras el Papa nos anima en el camino sinodal que hemos comenzado y que finalizará con la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos con el lema “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”.

     El Hijo de Dios al hacerse hombre ha comenzado a caminar junto a nosotros y va a seguir caminando en su Iglesia a nuestro lado hasta que vuelva a establecer su Reino de amor. Nos ha hecho miembros de su cuerpo, unidos a Él que es la cabeza, para que seamos piedras vivas del Templo santo de Dios, (Jn 14,23) “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él”.  Somos templos de la Trinidad, para que, por la acción del Espíritu Santo, tengamos los mismos sentimientos que Cristo, (Flp 2,5-11), que se anonadó hasta hacerse esclavo, caminando a nuestro lado para conseguirnos la redención. El perdón de los pecados y ser justificados ante Dios Padre, para que seamos un Pueblo Santo de sacerdotes, profetas y reyes, (1 P 2).

     En la Eucaristía, sacrificio, alimento y presencia, se ha quedado para que anunciemos su muerte, hasta que vuelva (1Co 11,26). Su permanencia sacramental, que es manifestación de su entrega de amor hasta el extremo, para caminar a nuestro lado en medio de las vicisitudes de este mundo.

     El cristiano ha de ser eucarístico por naturaleza y por tanto adorador de Aquel que camina a nuestro lado, para que por la recepción del Cuerpo de Cristo y la propia ofrenda personal a la ofrenda sacrificial de Cristo, nos hagamos uno con Él. Entonces iniciaremos la “comunión” para que, la Iglesia sinodal, mostrando a la humanidad, el amor misericordioso del Corazón de Jesús, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

     ¡Qué fin tan maravilloso el del adorador nocturno!, estar con Jesús Sacramentado uniéndonos a sus sentimientos de amor y reparación, y poder decir con Cristo, yo por ellos me consagro para que sean consagrados en la Verdad. Compartiendo el Cuerpo y la Sangre de Cristo somos congregados por el Espíritu Santo, y para que seamos víctima viva para alabanza de su gloria, de tal forma que seamos testigos de unidad.

   Jesucristo desde la Eucaristía hace camino sinodal con nosotros y realiza la comunión con cada uno en la unidad de la Iglesia, manifestándose en la pluralidad de sus miembros, unidos por el amor de su Corazón. El Pan de la Vida no se cambia en nuestra naturaleza como los demás alimentos terrenales, sino que nos transforma en Él, nos cristifica.

      San Juan Crisóstomo lo afirma explícitamente: “¿Qué es en realidad el Pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo” (Hom. sobre I Co 24), y San Cirilo de Alejandría: “…porque el Verbo habita en nosotros, de modo divino, por medio del Espíritu Santo, y de modo humano, por su carne y por su sangre” (Contra Nestorio,4)

     De la misma manera lo entendió y vivió el Venerable Luis de Trelles, que, tras descubrir el tesoro de la Adoración Nocturna en Paris, no paró hasta instaurarla en España, consciente de que, a través de la unión con Cristo, Pan de Vida eterna, se realiza la verdadera sinodalidad y unidad dentro de la Iglesia y como ejemplo de unidad ante la sociedad dividida por el pecado.

     Jesús resucitado en el camino de Emaús, escucha nuestros problemas y abatimientos y a la vez nos enseña con la Escritura el sentido del sufrimiento, para transformarnos en el partir del Pan. Con Él, Camino, Verdad y Vida, seremos para los demás, sacramento de común unión, y mostraremos en el caminar diario el remedio ante un mundo divido por el príncipe de la mentira, que agoniza por falta de sentido en la vida, aparte del que él es El Camino, Verdad y Vida.

 Preguntas para el diálogo y la meditación.

 ■ ¿Vivo la preparación del Sínodo con una mayor profundidad eucarística?

■ ¿Soy elemento de comunión con las personas que trato cada día?

■ ¿Llevo la presencia de Cristo a mis hermanos caminando con ellos, como Jesús con los de Emaús?

 

Oración del Ángel a los pastorcitos de Fátima:

  « “¡Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo! ¡Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan, no te aman! “»

 



sábado, 15 de enero de 2022

(Mt 2, 2)

ENERO 2022

 

«Vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo» (Mt 2, 2).

 

     Estas palabras, que solo recoge el Evangelio de Mateo, las pronuncian unos «sabios» que han llegado desde lejos a hacer una visita bastante misteriosa al niño Jesús. Es un grupo pequeño que emprende un largo camino siguiendo una pequeña luz, en busca de una Luz más grande, universal: el Rey que ya ha nacido y está presente en el mundo. De ellos no sabemos más, pero este episodio está lleno de motivos para la reflexión y la vida cristiana.

     Ha sido elegido y propuesto en este año por los cristianos de Oriente Próximo para celebrar la «Semana de oración por la unidad de los cristianos»[1], una ocasión preciosa para volver a ponemos en camino juntos, abiertos a la acogida recíproca, pero sobre todo al designio de Dios de ser testigos de su amor para todas las personas y pueblos de la tierra.

«Vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo».

     Esto dicen los cristianos de Oriente Próximo en el documento que acompaña a las propuestas para esta Semana de Oración: «[…] la estrella que apareció en el cielo de Judea constituye un signo de esperanza largamente esperado, que lleva a los Magos -y en ellos, en realidad, a todos los pueblos de la tierra- al lugar donde se manifiesta el verdadero Rey y Salvador. La estrella es un don, un signo de la presencia amorosa de Dios para toda la humanidad. [...] Los Magos nos revelan la unidad de todos los pueblos deseada por Dios. Viajan desde países lejanos y representan culturas diversas, y sin embargo a todos los empuja el deseo de ver y conocer al Rey recién nacido; se reúnen en la gruta de Belén para honrarlo y ofrecerle sus regalos. Los cristianos están llamados a ser en el mundo un signo de la unidad que Él desea para el mundo. Aunque pertenezcan a culturas, razas y lenguas distintas, los cristianos comparten una búsqueda común de Cristo y un común deseo de adorarlo. La misión de los cristianos es, pues, ser un signo, como la estrella, para guiar a la humanidad sedienta de Dios y llevarla a Cristo, y para ser instrumento de Dios para realizar la unidad de todas las gentes»[2]. La estrella que resplandece para los Magos es para todos, encendida ante todo en lo profundo de la conciencia que se deja iluminar por el amor. Todos podemos agudizar la mirada para descubrirla, ponemos en camino para seguirla y alcanzar la meta del encuentro con Dios y con los hermanos en nuestra vida cotidiana, para compartir con todos nuestras riquezas.

«Vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo».

     Honrar a Dios es fundamental para reconocernos ante Él tal como somos: pequeños, frágiles, siempre necesitados de perdón y misericordia y, por ello, sinceramente dispuestos a la misma actitud para con los demás. Este honor, debido solo a Dios, se expresa plenamente en la adoración.

     Podemos dejarnos ayudar por estas palabras de Chiara Lubich: «[...] ¿Qué significa "adorar" a Dios? Es una actitud que se dirige solo a Él. Adorar significa decirle a Dios: "Tú eres todo”; es decir: "Eres el que es"; y yo tengo el inmenso privilegio de vivir para reconocerlo. [...] significa también [...]: "Yo soy nada”. Y no decirlo solo con palabras. Para adorar a Dios hace falta anularnos nosotros y hacer que triunfe Él en nosotros y en el mundo. [...] Pero el camino más seguro para llegar a la proclamación existencial de nuestra nada y el todo de Dios es totalmente positivo. Para anular nuestros pensamientos no tenemos más que pensar en Dios y tener sus pensamientos, que se nos revelan en el Evangelio. Para anular nuestra voluntad no tenemos más que cumplir su voluntad, que se nos indica en el momento presente. Para anular nuestros afectos desordenados basta con tener en el corazón el amor a Él y amar a nuestros prójimos compartiendo sus ansias, sus penas, sus problemas, sus alegrías. Si somos "amor" siempre, sin que nos demos cuenta seremos nada por nosotros mismos. Y viviendo nuestra nada, afirmamos con la vida la superioridad de Dios, que Él es todo, y así nos abrimos a adorar verdaderamente a Dios»[3].

«Vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo».

     Podemos adoptar las conclusiones de los cristianos de Oriente Próximo: «Después de haber conocido al Salvador y haberlo adorado juntos, los Magos, prevenidos en sueños, regresaron a sus países por otro camino. Del mismo modo, la comunión que compartimos en la oración común debe inspirarnos a volver a nuestras vidas, a nuestras Iglesias y al mundo entero recorriendo nuevos caminos. [...] Ponerse al servicio del Evangelio requiere hoy el esfuerzo de defender la dignidad humana, sobre todo de los más pobres, los más débiles y los marginados. [...] El camino nuevo para las Iglesias es el camino de la unidad visible, que perseguimos con sacrificio, coraje y audacia, de modo que, día tras día, "Dios sea todo en todos" (1 Co 15,28)[4]».

Leticia Magri



[1]La fecha tradicional para celebrar la "Semana de oración por la unidad de los cristianos» es del 18 al 25 de enero en el hemisferio norte. En el hemisferio sur, ya que enero es tiempo de vacaciones, las Iglesias celebran la Semana de Oración en otras fechas, por ejemplo, en Pentecostés, época igualmente simbólica para la unidad de las Iglesias. Es también una invitación a mantener vivo el compromiso del diálogo ecuménico durante todo el año.

[3] C. LUBICH, "Palabra de vida», febrero de 2005: Ciudad Nueva n. 417 (212005), 22-23.