TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

sábado, 27 de mayo de 2017

DOMINGO 28 DE MAYO, 7º DE PASCUA, SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

« ID, Y HACED DISCÍPULOS A TODOS LOS PUEBLOS…»


     Desde que Cristo resucitó nos ha convocado a Galilea. A la vida donde está y transcurren los acontecimientos de la gente: “Id a Galilea y allí me veréis”. Si como decimos en Navidad “la cosa empezó en Galilea” y es, en la Galilea de la vida, donde nos encontramos con la cita del Resucitado. Ahora, desde un monte, en Galilea, se realiza la Ascensión del Señor. Sube para seguir estando con los de abajo. Desaparece de nuestros ojos, pero no se aleja porque está con nosotros “hasta el final de los siglos”.
     Se va, pero se queda y nos descubre que la vida cristiana es subir y bajar. Subimos con el Señor. Ascendemos a lo más alto del cielo, de su Corazón, y Él nos envía a los que no conocen el Amor de los Amores, a los que viven en todas las periferias y en el valle de la desfiguración y de las lágrimas.
     El Misterio de la Ascensión, el ser elevado, forma parte única de la primera elevación en la Cruz, derramando su sangre redentora. En la segunda elevación, resucitado, para que tengamos vida y la tengamos en abundancia, y, ahora, en la última elevación es ascendido a lo más alto del cielo, como persona divina con su naturaleza humana.
     Ahora, en la Trinidad, podemos contemplar la humanidad de Cristo. Un Corazón humano que late de Amor “por amor a nosotros los hombres y por nuestra salvación”. Ahora, por la Ascensión, ninguna persona puede decir con argumentos que está sola. La soledad y el vacío lo llena de la presencia del Señor Resucitado y Ascendido, en nuestro corazón.
     La Ascensión nos recuerda que el Señor no quiere que vivamos “mirando al cielo”, sino que bajemos al mundo para que los hombres se encuentren con el Cielo que es Cristo, lo que les hará salir de tantos problemas que los corazones humanos, a veces, no pueden digerir.
     El Señor nos dice que sigue con nosotros, como con los de Emaús, “hasta el final de los tiempos”.

+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres


REFLEXIONES PARA LA ADORACIÓN NOCTURNA ESPAÑOLA



MAYO: La Iglesia, (IV)

     La constitución dogmática sobre la Iglesia del concilio Vaticano II comienza en su primer número recordando:
     La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano.
     E insiste al final de ese mismo número primero de la constitución Lumen gentium (=LG), esta tarea de la Iglesia resulta mucho más urgente, para que todos los hombres, unidos hoy en día más estrechamente con diversas relaciones sociales, técnicas y culturales, alcancen también plenamente la unidad en Cristo.
     Quisiera que reflexionásemos hoy un poco sobre estas enseñanzas siempre actuales.

La Iglesia como un sacramento en Cristo.

     La Iglesia no se puede entender separada de Cristo su esposo, piedra fundamental y origen. Unida a él, que es la cabeza, es su cuerpo. Cada cristiano y la entera Iglesia somos y vivimos injertados en Cristo, partícipes de su filiación divina. Es en Él dónde Dios Padre ha unido lo humano y lo divino de un modo singular e irrevocable. Así lo establece en la Encarnación y lo manifiesta en todo su esplendor y de modo definitivo con su Resurrección y Ascensión a los Cielos (ya lo anticipó en el parto virginal o en la transfiguración). Este Cristo, Dios hecho hombre y hombre plenamente divinizado, es el “primogénito de muchos hermanos”. Hermanos llamados a ser su Iglesia.
     Esto quiere decir que en la Iglesia se participa esa unidad que trae lo divino a los hombres y eleva lo humano hasta Dios. El Padre ha querido hacer de la Iglesia, esponsalmente unida a Cristo, el “lugar de encuentro” entre los hijos de los hombres y Él. En la Iglesia, como en la humanidad de Cristo, Dios se abaja hasta nosotros y nos abraza hasta elevarnos hasta Él.
     Todo esto se inicia por medio del Bautismo y ve su acabamiento por medio de la Confirmación y la Eucaristía. Bautismo y confirmación nos hacen, cada uno desde su peculiar gracia, asociarnos a Cristo y poder actuar con Él, como su cuerpo. La Eucaristía alimenta este vínculo esponsal irrevocable y nos permite actuar ya sacramentalmente nuestra identidad y misión sacerdotales. Ser en la Iglesia de Cristo puentes que unen en si lo divino y lo humano. Consagrar el mundo y las realidades que lo integran y elevar a Dios alabanzas y súplicas en favor de toda la humanidad (Cfr. LG 10 y 11).
     La Eucaristía se presenta desde esta perspectiva como acción fundante y estructurante del sacerdocio cristiano (ya ordenado, ya regio o común). Según se participa en la Eucaristía, como cabeza o cuerpo, así se realiza y manifiesta la condición de Ordenado y Bautizado o de sólo Bautizado. Como bautizados  los miembros de la Iglesia purifican y transfiguran todas las realidades de la vida humana y las integran en el Plan de Dios, las unen a Dios, y manifiestan en ellas la gloria de Dios, elevando así un perfecto canto de alabanza al Creador y llevando a plenitud todo cuanto ha sido creado.
     Si esto nace de la Eucaristía celebrada y comulgada, esto se consolida y refuerza en la Eucaristía adorada y gustada.

La Iglesia y la unidad del género humano.

    Hoy, a 50 años vista del Vaticano II se habla más de “globalización” que de unidad. Tal vez, precisamente, porque el acercamiento de los seres humanos en este medio siglo ha seguido siendo por relaciones sociales, técnicas y culturales, crecientes pero no por acercamiento en Dios y en su Mediador con los hombres, Jesucristo. Y por eso esta globalización, que no unión, muestra sus debilidades e insuficiencias cada vez más contrastantes.
     La Iglesia, creo entender así el magisterio de los últimos pontífices, se ve urgida cada vez con más fuerza a la misión (Evangelización [Pablo VI], Nueva evangelización [Juan Pablo II y Benedicto XVI], Iglesia en salida [Francisco]…).  Urgida a salir al encuentro de los hombres de nuestro tiempo y ofrecerles la base y fundamento de su unidad: Jesús, el Cristo de Dios.   Los seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios, sólo en Dios encuentran su identidad y unidad. Hablar de Dios y hablar del hombre son realidades inseparables y que se reclaman mutuamente. Cristo es la Revelación plena de ambas. Sin él no hay ni teología ni humanismo completos y satisfactorios.
     Y la Iglesia vive y proclama estas realidades fundamentales y urgentes en la Eucaristía, compendio de Teología y de humanidad.

Preguntas para el diálogo y la meditación.

■ ¿Vives tu pertenencia a la Iglesia como signo de la unidad entre Dios y el hombre que ha comenzado en Cristo Jesús?
■ ¿Entiendes tu vocación y misión en la Iglesia como consagración de todas las realidades humanas a Dios e intercesión y alabanza de la humanidad ante Él?
■ ¿Al participar en la Eucaristía, en la celebración, la comunión y la adoración, comprendes que eres capacitado y llamado a realizar la gran misión de la Iglesia para salvación de los hombres y gloria de Dios?



martes, 23 de mayo de 2017

DOMINGO 21 DE MAYO, 6º DE PASCUA

«Y YO PEDIRÉ AL PADRE QUE OS DÉ OTRO DEFENSOR»




      Me impresiona, en este texto de Juan, que Jesús hable de otro defensor, de otro abogado que nos defenderá. El primer defensor que tenemos es Jesús, que nos defiende siempre ante el Acusador, el diablo, y ante nuestros acusadores que siembran nuestra vida de pecado y muerte. El Señor siempre actúa a nuestro favor.
     Jesús nos ofrece el seguir con nosotros hasta el final de los tiempos. No nos quiere dejar solos. En el fondo, este discurso tiene sabor de despedida y, por otra parte, a la Ternura de quien nos quiere acoger como una gallina a sus polluelos. (Mt. 23)
     Por otra parte, el Señor quiere que lo guardemos en la memoria para que así le conozcamos, le vivamos. El conocimiento es la sabiduría, la experiencia vivida que transforma nuestro corazón   y que nos recuerda el Amor incondicional del Señor que nos ama hasta el extremo de dar la vida.
     La promesa de Jesús de no dejarnos huérfanos, de cuidarnos, nos hace llenar nuestras almas de la Ternura de un Amor incondicional y total. Siempre somos defendidos por el Amor de Dios.
     Cuando vivimos en el Amor del Corazón del Señor nuestra vida se vive con la paz y la alegría que son frutos del Espíritu Santo y es la “prueba del algodón” de la presencia de la Trinidad en el corazón humano. Somos inhabitados por el Dios Uno y Trino que nos lanza a vivir en la caridad con los pequeños. Es un Amor que nos envuelve en Su Ternura y nos saca de la tentación de la autorreferencialidad de estar mirándonos el ombligo constantemente.
     Este discurso que suena, más que a despedida, a un “hasta luego”, “hasta siempre”, “hasta pronto” porque no se va, se queda en la Eucaristía, en la Iglesia. No puede vivir sin nosotros. Él quiere, también, que nosotros vivamos para Él, sembrando los caminos del Evangelio por el tortuoso camino donde tantas personas no encuentran sentido ni a la vida ni a la muerte ni a nada.
+Francisco Cerro Chaves - Obispo de Coria-Cáceres