TIEMPOS LITURGICOS

TIEMPOS LITURGICOS

miércoles, 5 de marzo de 2014

MIÉRCOLES DE CENIZA



Carta del Obispo de Cádiz y Ceuta, con motivo del miércoles de Ceniza 2014



Queridos fieles diocesanos:

    Me dirijo a vosotros en este día que rebosa de intensidad espiritual por la fuerza de la penitencia expresada en la ceniza que va a ser impuesta hoy sobre nuestras cabezas.
   El Hijo de Dios extendiendo sus brazos en la Cruz ha abrazado los cuatro puntos cardinales del espacio y el tiempo humanos y ha convertido nuestra historia -cada una de nuestras circunstancias y fatigas, y aún nuestros pecados- en “tiempo de gracia”, lugar de encuentro entre dos abismos, el de la Misericordia del Padre y el de la miseria del hombre.
  El papa Francisco, en su Mensaje cuaresmal titulado: “Cristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros” nos invita a centrar nuestra mirada en el abajamiento y la pobreza que Cristo asumió al encarnarse y que ahora por su resurrección se ha convertido en fuente de vida para todos nosotros, los pobres y necesitados de su salvación, especialmente los que más sufren.

    Dejemos que el dolor de nuestros hermanos sufrientes se una en nuestra oración a los gemidos de toda la creación que clama por la vida resucitada; demos de limosna no sólo nuestras cosas sino nuestra vida entera para que sea partida por y para ellos, y nuestro ayuno se convierta en el espacio en el que nuestro cuerpo se une a nuestra alma para dejar clamar al Espíritu Santo por la renovación de todos los hombres.
     Oremos especialmente por los sin techo, los parados, los emigrantes, y los más dolientes y afectados de Ceuta.
   Os deseo una santa cuaresma para que podamos vivir una feliz y fructífera Pascua de Resurrección. Cristo nuestro Maestro va delante de nosotros, sigámosle agarrados de la mano de su Madre, de nuevo hacia la casa del Padre. La fiesta está preparada.
 + Rafael, obispo de Cádiz y Ceuta

sábado, 15 de febrero de 2014

"DE LOS ESCRITOS DEL SIERVO DE DIOS D. LUIS DE TRELLES Y NOGUEROL"



 

VIRTUDES EUCARÍSTICAS DE JESÚS
(DISPOSICIONES QUE DEBEN LLEVARSE A LA SAGRADA COMUNIÓN)

     “En la eucaristía es necesaria una gran fe para reconocer a JESUCRISTO, residiendo todo entero y en millones de lugares, sin división como sin multiplicación de su persona única, bajo las especies y apariencias de pan y vino. No hay, en efecto más que un solo y mismo JESÚS en el cielo, en los múltiples tabernáculos de la tierra, y en cada uno de nosotros.
 
     ¡Qué misterio! Hay aquí una maravilla incomprensible a la razón humana, porque para comprenderla necesitaría esta pobre y débil razón de un orden de conocimientos que no tiene, y que Dios le ha rehusado con sabiduría y justicia, a fin de probar la fe del cristiano en su divina palabra, perfectamente expresa en este punto: Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre (Mateo. 26, 26-28). Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre es verdaderamente bebida (Juan, 6, 56).El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos ¿no es la participación del cuerpo del señor? (I Corintios, 10,16). Pues bien, esta sumisión de la razón a Dios, esta creencia en la verdad de su palabra, formalmente reconocida y establecida, es lo que constituye el mérito de la fe. Dios es honrado por este acto, [. . .] Pues bien [. . .] Dios ha hablado. Dios ha afirmado y apoyado su palabra con testimonios irrefutables y al alcance de la razón humana. El hombre sabe que Dios es infinitamente superior a él, que no puede ni quiere engañar a nadie, y que tiene el derecho de pedir al hombre que le honre por un acto de fe en su palabra, por increíble que sea esta palabra a su limitada inteligencia.

     Entonces se somete y dice ¡Dios mío, creo! Y lo dice con amor, porque sabe que honra a Dios y le agrada con su fe. Ved ahí un gran acto de virtud. Ved ahí una fe digna de la mirada de Dios, y de los ángeles. Ved ahí un corazón sumiso que mueve el corazón de JESÚS, y hace descender sobre él grandes gracias.
La lámpara del Santuario

sábado, 1 de febrero de 2014

DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO



LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO




"LAS CANDELAS"

     La candelaria, sin duda ha sido una de las fiestas más significativamente mariana, la Purificación de María; en ella celebramos que Madre e Hijo se sometieron a la legislación judía: toda mujer, al dar a luz un varón, en el plazo de cuarenta días, debía presentarse en el templo para su "purificación legal".
     La fiesta mariana fue popularizándose a lo largo de la Edad Media, se solemnizaba con una gran procesión de "candelas encendidas"; luego, en las casas, las velas volvían a encenderse en los acontecimientos familiares.
     A partir del Concilio Vaticano II, se recuperó el sentido primitivo de esta fiesta del siglo VII, bajo la denominación de "la Presentación de Jesús en el Templo", con un significado cristológico: Cristo es la figura principal de la escena, en brazos de María y con la presencia de José.
El templo es la imagen del Pueblo de Israel, que se prolongará en la Iglesia.
     Las figuras de Simeón y Ana personifican a Israel y a la Iglesia. La invocación de Simeón sintetiza la misión de ese Niño en la historia "luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel", a la vez que anuncia la función de María como corredentora; "y a ti, una espada de dolor te traspasará el corazón".
     Una atractiva fiesta para vivirla desde el evangelio (Lc.2,22-40) y dejarnos empapar por la presencia salvadora de Jesús y María, teniendo como testigo excepcional a José.

LA CANDELARIA

     "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria del pueblo de Israel". (Lc. 2, 29 y 30)

domingo, 5 de enero de 2014

DOMINGO 2º DE NAVIDAD

Anuncio pascual
visigótico-mozárabe

Queridos hermanos:

     En la revelación del nacimiento corporal de nuestro Señor Jesucristo, y ante tantos signos de su presencia, os anunciamos la solemnidad de la Pascua.
     Así, pues, amados hermanos que os habéis reunido en la iglesia de Dios para celebrar el día de la Aparición del Señor nuestro, Jesucristo, tened presente su muerte gloriosa.
     En este año de 2014, la santa Cuaresma se inicia el 5 de marzo.
     El jueves de la Cena del Señor, el 17 de abril, inician los misterios de la gloriosa pasión de nuestro Señor Jesucristo.
     Ante esto, os exhorto, hermanos, a que pongamos empeño en llevar desde ahora una vida honrada y religiosa, casta y sobria, para que merezcamos llegar a la santa solemnidad de la Resurrección sin pecado y abundando en buenas obras.
     Purifiquémonos de los malos deseos del cuerpo y del espíritu. Por la confesión de los pecados, alejemos el castigo del Señor. Evitando caer en las antiguas faltas, acojámonos a su misericordia abrazando con sincero corazón la concordia: para que los misterios de la santísima pasión nos hagan partícipes de la resurrección del Señor.
     Que a su vuelta no encuentre en nosotros nada que reprochar, sino que nos halle preparados para recibir la corona de gloria. Él, clemente y misericordioso, que vive con el Padre y reina con el Espíritu Santo, un solo Dios por los siglos de los siglos.
Amén. Aleluya.

El anuncio solemne de las fiestas pascuales: una antigua costumbre hispana recuperada
Manuel González López-Corps  Facultad de Teología San Dámaso, Madrid



     Para el día 6 de enero, solemnidad de la Epifanía del Señor, denominada «Aparición» en la liturgia hispana, el Ceremonial de los obispos propone anunciar a modo de proclama la fecha de la Santa Pascua y las fiestas móviles del año que dependen de ella (cf. C E. 240).
     Es un anuncio significativo, ya que la fecha de Pascua es movible al depender del calendario lunar (el plenilunio después del equinoccio de primavera) y hay que situarla en el calendario solar o fijo. Es propio del diácono, o en su defecto de otro ministro, el hacer los oportunos anuncios o advertencias al pueblo en la conclusión de la Misa y en un lugar oportuno (Ordo Missae, n. 154). De idéntica manera, el mismo ministro, desde ese mismo lugar, cantará en la noche de la Vigilia el único anuncio que los cristianos hacemos al mundo: Cristo ha resucitado del abismo y nosotros estamos llamados a resucitar con él.
     En nuestra tradición hispana este anuncio de la fecha de Pascua puede remontarse al siglo IV (cf. Líber Ordinum, 523). El carácter eminentemente pascual de las fiestas navideñas lo expresa la eucología de la liturgia hispana al decir: «El que nace viene para morir». En la felicitación castellana hemos conservado este sentido en el popular deseo: «¡Felices pascuas!» Este parabién, extraño a oídos extranjeros, muestra cómo entre nosotros se ha mantenido muy viva la conciencia de que las fiestas navideñas no celebran un hecho aislado, sino que lo sitúan en la perspectiva del acontecimiento pascual. Navidad es el inicio de la redención o, lo que es lo mismo, la fuerza salvadora del misterio pascual se manifiesta ya en María.
     Por ello, el anuncio de las fiestas de Pascua y las celebraciones móviles es una manera adecuada de subrayar la manifestación del Señor en una carne que ha de entregarse por nosotros y para nuestra salvación: la Pascua es el verdadero motivo de la venida de Cristo, el Señor.

sábado, 4 de enero de 2014

LAS DOS VENIDAS DE CRISTO
Catequesis 15 de san Cirilo de Jerusalén


     Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía futuro.
     En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles. No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor.
     El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé. Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.
     De ambas venidas habla el profeta Malaquías: De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis. He ahí la primera venida. Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar -dice el Señor de los ejércitos-. ¿Quién podrá resistir el día de su venida?, ¿quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará como un fundidor que refina la plata.
     Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos: <Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo>. Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.
     Por esa razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
     Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado.